Tan irresistible como Stanford Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Eso, si hubiera algún resto.

—Sí, claro —admitió Nathan sonriéndole.

—¿Tienes interés en conservar alguna de las casas? —preguntó Delaney.

—Aunque quisiera quedarme con una, no podría pagarla.

—Tú dinos si quieres quedarte alguna, del resto nos encargaremos nosotros.

—No, no quiero. Si viviera en alguna de ellas, siempre me recordaría a mis padres.

—Entonces, ¿quieres que las pongamos a la venta?

—Sí.

—Conseguiremos el mejor precio y puede que saques buenos beneficios.

—Eso sería estupendo. ¿Qué sucede con el negocio de mi padre y con los empleados?

—El negocio fue bien hasta hace cosa de dos años. Por esa fecha tu padre cambió de director. Ese hombre no hizo muy buen trabajo, su dirección consiguió que el casino comenzara a perder dinero. No entendemos porqué tu padre no se dio cuenta —comentó Nathan.

—Puede que no fuera tan inteligente como yo pensaba.

—¿Te interesaría conservar el negocio para llevarlo tú? —preguntó Delaney.

—No tengo ningún interés.

—Eso suponíamos.

—Tenemos todos los documentos de despido de los empleados —dijo el abogado.

—Decidme que no tendré que pagar despidos.

—No tendrás que hacerlo. Al ser a causa del fallecimiento del propietario, las reglas son diferentes. Lo arreglaré y no tendrás que pagar nada.

—¿Se les debía algo a los empleados?

—No. Las nóminas estaban al día.

—Estupendo.

—Supongo que tu padre no querría deber dinero a los empleados por si se marchaban dejándolo colgado. Aunque sí hay algunas deudas de bebidas, y algunas otras cosas más, pero son pequeñas cantidades.

—Menos mal.

—En cuanto a la asistenta de la casa y la cocinera, a quienes les pagaste los atrasos que te dijeron que les debían, tenían razón.

—Bien. Al menos son honradas y no me engañaron.

—Pasemos a otra cosa. Jack se encargó de abrir las cajas fuertes de la casa de la ciudad y del casino.

—Dadme alguna buena noticia.

—Eres rica —dijo Delaney sonriendo.

—¿En serio?

—Sí, lo eres. Aunque no millonaria. En la caja fuerte del casino había trescientos cincuenta mil dólares en efectivo.

—Vaya.

—Es dinero negro, de manera que no lo hemos ingresado en tu banco.

—¿En mi banco? Yo no os he dado los datos de mi cuenta.

—Cariño, sabemos hasta el número que calzas de zapatos —dijo Delaney sonriendo.

—Supongo que tienes poder para hacer todo lo que quieras.

—Y no te equivocas, pero en ese caso tú nos firmaste los poderes.

—Cierto.

—El dinero está en mi caja fuerte a espera de lo que decidas hacer con él.

—¿Te importaría seguir guardándolo?

—¿Te fías de mí?

—Te confiaría mi vida. A los tres —dijo mirando a los otros hombres—. Bien, entonces, el asunto no es tan malo como me esperaba.

—No hemos terminado —dijo Nathan.

—Ah, perdona.

—En la caja fuerte del casino había otra pistola —dijo Jack—. Las llevé las dos al despacho de Delaney y están en su caja fuerte. Supongo que no quieres conservarlas.

—Desde luego que no.

—En ese caso las daré de baja y las venderé en una de las tiendas especializadas.

—Está bien.

—El dinero lo ingresaré en tu cuenta.

—Quédatelo, por las molestias. O dáselo a ellos —dijo señalando de los otros dos hombres—. Nunca voy a poder pagarles lo que están haciendo por mí.

—Cuando vivas aquí nos invitas un día a comer y todo quedará saldado.

—Vaya, qué baratos sois.

Los hombres se rieron.

—En la caja fuerte de la casa también había dinero efectivo, setenta y cinco mil dólares. Además de las joyas de tu madre, y los gemelos y relojes de tu padre. Estas son las fotos del contenido —dijo Nathan entregándole un sobre.

Jess sacó las fotos del interior y fue pasándolas una a una.

—Tenía un montón de joyas.

—Sí.

—Las llevé todas a mi joyero. Le expliqué lo que sucedía y le pedí que las valorase todas.

—Esta es la lista de la valoración. Cada una de las fotos tiene un número en la parte superior. Y esta es la lista detallada —dijo el abogado pasándole el papel por encima de la mesa.

—¿Las han valorado en tres millones novecientos mil dólares?

—Sí. El joyero me dijo que no le importaría comprarlas todas, restándole un diez por cien del valor, porque tiene que limpiar las piedras, rodiar el metal y algunas desmontarlas y cambiar alguno de los diseños, porque es antiguo.

—Así y todo, me darían mucho dinero.

—Sí. El dinero se puede ingresar en tu banco, porque tendrías una factura oficial.

—Eso está bien.

—¿Quieres quedarte algunas de las joyas? —preguntó Delaney.

—No.

—Bien. En cuanto a los relojes de tu padre y de tu madre, todos de marcas importante, lo hablamos con el joyero y nos dijo que estaba interesado. Nos dijo que tiene una tienda de segunda mano, solo de relojes de marcas importantes.

—Esto es lo que nos ha ofrecido por todos ellos —dijo Nathan deslizando otro papel por la mesa hacia Jess junto con las fotos.

—Es una buena cantidad. Y te aseguro que no pagaría nadie tan bien por productos de segunda mano —explicó Delaney.

—Ciento cincuenta mil dólares, no está nada mal.

—No.

—¿Quieres deshacerte de ellos?

—Sí. ¿Queda algo más?

—Los dos vehículos. Tu padre los compró ambos por una financiera y se deben unos cuantos recibos. Ya sabes que los coches se devalúan en el momento que uno los compra. Así y todo, Jack tiene dos compradores, si estás interesada en venderlos.

—Sí, estoy interesada. ¿En qué coche tuvieron mis padres el accidente?

—Tenían un Audi todoterreno. Viajaban en él. El coche fue siniestro total y no estaba asegurado a todo riesgo.

—No me importa el coche.

—Tus padres también tenían un yate, que está valorado en tres millones seiscientos mil dólares, pero me temo que lo compró recientemente y está prácticamente sin pagar. Solo los gastos de limpiarlo y trasladarlo adonde tienen la exposición, costaría lo que tu padre dio de entrada —dijo Nathan.

—Entiendo.

—¿Quieres conservarlo?

—No.

—Entonces le diremos a la empresa que se lo lleven y cancelaremos la plaza que tenía en el muelle deportivo.

—Hace un par de semanas te pregunté si estabas interesada en conservar alguna de las propiedades y me dijiste que no —mencionó Jack.

—Lo recuerdo.

—Me tomé la libertad de llevar a un anticuario a tu casa de la ciudad para que echara un vistazo. Ya sabes que la mayoría de los muebles son antiguos.

—Sí.

—Está muy interesado. Estoy esperando que me haga una oferta.

—Genial.

—Jack se encargará también de intentar vender el resto del contenido de las casas y además, de todo lo que hay en el interior del casino.

—Te informaré de todo ello —dijo el guardaespaldas.

—Estupendo.

—Bien, pues ahora sí que creo que hemos terminado con todo —señaló Delaney—. Te informaremos de todo lo que vayamos solucionando.

—Si cambias de parecer respecto a algo, llámanos —añadió Nathan.

—De acuerdo.

Todos se levantaron y Jess les abrazó.

—Me siento feliz —dijo ella de pronto.

—Normal, acabas de convertirte en una chica rica.

—Bah, el dinero no me importa. Me siento feliz porque os he visto.

Delaney y Nathan se quedaron mirándola, sorprendidos por sus palabras.

—¿Tienes planeado ir pronto a Nueva York? —preguntó Delaney.

—No. A no ser que decida mudarme.

—Ahora eres rica y puedes hacerlo.

—Lo pensaré. Que tengáis buen viaje.

—Gracias. Jack te llevará a casa.

—De acuerdo.

Jess buscó en los contactos de su teléfono y marcó el número de Tess, la esposa de Stanford. La llamó a media mañana, cuando sabía que sus amigos estarían con ella.

—Hola, Jess.

—Hola, Tess. ¿Qué tal va todo por ahí?

—Genial. Estamos en casa de Logan y Kate. Las chicas me dicen que te envían un beso y te echan de menos.

—Dales las gracias. Yo también os echo a todas de menos.

—Lo haré.

—¿Qué tal va todo por Nueva York?

—Todo bien.

—Supongo que ya sabes que tu marido y Nathan estuvieron aquí la semana pasada.

—Sí, lo sé. Delaney me dijo que comisteis juntos y que te pusieron al día sobre los resultados de la investigación que habían hecho sobre tu herencia. ¿Está todo bien?

—Mejor que bien. Delaney y Nathan son fantásticos. Bueno, y también Jack.

—Totalmente de acuerdo contigo. Jack es un cielo.

Todos los hombres se miraron y sonrieron.

—He de decirte que soy rica. Bueno, si se le puede llamar rica a una persona que tenga en efectivo unos cuatrocientos mil dólares.

Pero pronto tendré más, bastante más. Parece ser que las joyas de mi madre valen un pastón y tu marido se las va a vender a su joyero.

Y bueno, creo que también Jack se va a encargar de vender los muebles y las cosas de decoración de la casa.

De manera que no me puedo quejar, porque todo está saliendo mejor de lo que esperaba.

—Me alegro muchísimo.

—Yo también. Cuando el abogado de mi padre me habló de cómo estaba la situación me asusté al pensar que tendría que hacerme cargo de las deudas de mi padre.

—Te dije que Delaney y Nathan lo arreglarían todo.

—Son unos hombres fantásticos.

—Lo sé —dijo Tess mirando a su marido y a Nathan—. Bueno, como las cosas han salido bien, supongo que vendrás a vivir a Nueva York, como pensabas hacer.

—Lo cierto es que no me he parado a pensar en ello. He tenido muchísimo trabajo desde que volví y he terminado tan tarde cada día que cuando llegaba a casa solo quería comer algo, ducharme y meterme en la cama.

—Pues deberías dedicar tiempo a ello y tomar la decisión. Estaría bien que te mudaras a primeros de año, como dice el refrán: Año nuevo, vida nueva.

—Sí, estaría bien, y la verdad es que me haría mucha ilusión. Pero solo de pensar en una mudanza, se me pone la carne de gallina. Además, tendría que hacer tantas cosas…

—¿Qué cosas?

—Tengo aquí una casa que tendría que vender, empaquetar todas mis cosas… Bueno, creo que eso sería todo.

—Pues no son muchas cosas.

—Tienes razón. También tendría que buscar un trabajo allí.

—No creo que eso fuera un problema. Deberías preparar un currículum y enviárnoslo. Abby se lo dará a su capitán.

—Si encontrara un trabajo en Nueva York sería maravilloso. Aunque, la verdad es que los cambios me asustan un poco.

—¿Recuerdas que te comentamos que Ryan, uno de nuestros amigos, que es médico, vivía en Atlanta?

—Sí.