Capítulo 6
Delaney llamó a Jess por la noche, tres semanas después de que ella fuera a verlos al despacho.
—Hola, Delaney.
—Hola, Jess. ¿Qué tal va todo?
—Bien, he vuelto a la rutina de siempre.
—No te acostumbres mucho a esa rutina, porque vas a volver a Nueva York.
—Yo no estoy muy segura de eso.
—Mi mujer quiere que vivas aquí...
—Y tú siempre haces lo que quiere tu mujer —dijo ella interrumpiéndolo.
—Exactamente.
—Supongo que me llamas porque ha habido algún avance respecto a mis asuntos.
—Sí. Nathan lo ha investigado todo y tenemos los resultados. Te llamo para preguntarte si estarás en Atlanta el fin de semana.
—Sí, no suelo salir de la ciudad, a no ser que tenga que hacerlo por trabajo.
—Estupendo. Nathan y yo vamos mañana a Atlanta. ¿Trabajas los fines de semana?
—No suelo hacerlo, a no ser que se presente más de un caso y se requiera mi presencia, pero este fin de semana no estoy de guardia.
—Bien, en ese caso podemos quedar el sábado para comer y luego, mientras tomamos café, hablaremos de todo lo que hemos descubierto. Entonces decidirás qué quieres hacer.
—El sábado me parece bien. ¿Dónde quieres que quedemos.
—Estamos hospedados en mi hotel, ¿te parece bien que comamos allí? Si te apetece ir a cualquier otro restaurante no hay problema.
—Delaney, yo no conozco ningún restaurante.
—Perdona, había olvidado que no sueles salir. De acuerdo entonces. Envíame tu dirección y Jack te recogerá, digamos a la una.
—¿Jack vendrá a Atlanta?
—Sí.
—Cuánto me alegro. Tengo ganas de verlo.
—Parece que te cae bien. A nadie le cae bien Jack.
—Ya te dije que soy rara.
Delaney no pudo evitar reírse.
—Pero no hace falta que venga a por mí, puedo ir yo a tu hotel.
—Jack te recogerá a la una. Habla con él para darle tu dirección.
—De acuerdo. Hasta entonces. Tengo muchas ganas de veros.
—¿En serio?
—Va a ser algo excepcional en mi aburrida rutina.
—Entonces me alegro de que vayamos. Hasta el sábado, cielo.
—Adiós, Delaney.
—Esta chica es encantadora —le dijo Delaney a su abogado después de cortar la llamada—. Dice que le cae bien Jack.
—Como a todas nuestras mujeres.
Jack llamó a Jess para decirle que estaba llegando a su casa. Ella cogió la chaqueta y el bolso y abandonó su apartamento. El chófer la esperaba junto al coche. Se acercó a él y lo abrazó. Lo cogió por sorpresa y tardó unos segundos en devolverle el abrazo.
—Hola, Jack.
—Hola, Jess.
—Me alegro mucho de verte.
—Y a mí de verte a ti.
—¿Quieres sentarte en el asiento trasero?
—Por supuesto que no. Me sentaré a tu lado.
El hombre abrió la puerta para que subiera al vehículo y luego se sentó al volante.
—¿Cómo están las chicas?
—Todas están bien —dijo arrancando el vehículo y uniéndose a la circulación.
—He hablado con Tess un par de veces, pero no me ha dicho nada sobre mi asunto.
—Delaney y Nathan no suelen comentar con sus mujeres cosas de trabajo. Y ambos se han tomado tu asunto, como tú lo llamas, como trabajo.
—Tampoco tú me has comentado, y hemos hablado varias veces.
—No me correspondía a mí informarte. Y las veces que te llamé fue para asegurarme de que estuvieras bien.
—Gracias por preocuparte, Jack. ¿Puedes adelantarme al menos si las cosas se están solucionando?
—Se están solucionando de forma positiva. Y acabará todo pronto.
—Esa es una buena noticia.
—No te veo tan tímida como de costumbre.
—Tú no me resultas intimidante.
—Vaya, estaré perdiendo facultades.
—Espero sentirme con Delaney y Nathan tan cómoda como cuando los vi en Nueva York.
—Piensa que les importas mucho, y están haciendo todo lo posible porque tus problemas se resuelvan de la mejor manera.
—Sé que son personas muy ocupadas. No sé cómo voy a agradecérselo.
—Lo hacen encantados. Es cierto que les ha llevado bastante tiempo investigar todo lo relacionado con tu padre, pero tienes que comprender que tienen muchos negocios de los que ocuparse.
—Lo sé perfectamente.
Jack y Jess entraron en el bar del hotel y se acercaron a la barra, donde se encontraban Delaney y Nathan. Tan pronto los vieron se levantaron de los taburetes. Sin pensárselo dos veces, Jess abrazó a Delaney.
—Menudo recibimiento. ¿Dónde está la chica tímida y nerviosa que conocimos en Nueva York? —preguntó Delaney devolviéndole el abrazo—. Hola, cielo.
—Hola. Supongo que soy la misma, es solo que me alegro mucho de veros.
—Ya tienes que estar aburrida para alegrarte de ver a dos carcamales como nosotros —dijo Nathan abrazándola cuando se separó de su amigo—. Hola, preciosa.
—Hola, Nathan. ¿Carcamales? Madre mía, no hay ninguna mujer en este bar que no esté pendiente de vosotros.
—Gracias, cariño.
—Vayamos al comedor. Jack, acompáñanos —dijo Delaney rodeándole los hombros a Jess con el brazo.
—¿Cómo están vuestras mujeres?
—Están bien y te echan de menos.
—Será por mi timidez, antes de beber, o por mi descaro, después de hacerlo.
Los tres hombres se rieron.
—Siguen confiando en que te mudarás a Nueva York —dijo Nathan.
—Abby ha hablado con su capitán para que te tenga en cuenta —añadió Delaney.
—Aunque no me gusta la vida que llevo, de momento no tengo intención de mudarme.
—Quítate eso de la cabeza —dijo Delaney.
—Tú no lo entiendes, aquí me siento segura, tengo un buen trabajo y una casa. No podría pedir más. Por cierto, ¿cómo está Abby?
—Está muy bien.
Delaney la ayudó a sacarse la chaqueta y se la dio a Jack para que la dejara en el perchero. Luego separó la silla para que Jess se sentara.
—Tu hotel es muy bonito, y de lujo, como tú.
—Vaya, tu descaro se incrementa por momentos —dijo Delaney sonriendo.
—¿Ya no eres tímida? —preguntó Nathan.
—Puede que mi timidez se quedara en Nueva York.
Cuando estuvieron sentados, el camarero se acercó a ellos para tomarles nota.
—¿Has trabajado hoy? —preguntó Nathan.
—No, hoy no estoy de guardia. Solo me llamarían si aparecieran dos cuerpos en lugares diferentes. Los fiambres aparecen de repente, en el lugar menos esperado —dijo ella con sarcasmo.
—Espero que no suceda antes de que terminemos de hablar.
Durante toda la comida estuvieron hablando del grupo de amigos y de los lugares a los que iban juntos. A Jess le encantaba escucharlos, y mientras lo hacía se imaginaba una vida teniendo a esos millonarios a su alrededor, sería un buen cambio en su vida. Y deseó pertenecer a ese grupo de amigos.
Luego hablaron de ella y de su trabajo, y ellos la escucharon como si fuera lo más fascinante del mundo. Esos hombres sabían escuchar, pensó Jess.
—Si te parece bien, tomaremos el café en la sala de reuniones, hemos dejado allí toda tu documentación.
—Claro.
Jess vio un montón de documentos sobre la gran mesa de la sala de reuniones.
—Toma asiento, cielo —dijo Delaney separándole la silla para que se sentara y sentándose a su lado, presidiendo la mesa ovalada.
Jack se sentó junto a Jess y Nathan al otro lado de Delaney y frente a ella.
—Nathan ha finalizado la investigación de todo lo relacionado con tus padres —dijo Delaney.
—Ha sido un trabajo de los dos. Es cierto que yo me he personado en casi todos los lugares para solicitar documentos y averiguar lo sucedido, pero Delaney ha ido a otros sitios a informarse de otros asuntos.
Además, hemos discutido juntos cualquier cosa que se nos presentara, para encontrar la mejor solución.
Incluso Jack ha colaborado, como ya sabes —dijo el abogado.
—Sí, lo sé —habló ella girándose para sonreírle a Jack—. ¿Y habéis encontrado una solución?
—Cielo, todo tiene solución —dijo Delaney.
—Eso es lo que suelen decir los millonarios, porque no tienen problemas de ningún tipo. Bien, os escucho.
—Vayamos por partes. En primer lugar trataremos lo más importante: las hipotecas de las propiedades. Lo primero que hicimos fue pedir que las valoraran. El casino está valorado en tres millones quinientos mil dólares. Y tiene una hipoteca de un millón setecientos cincuenta mil dólares —dijo Nathan.
—Supongo que los pagos mensuales de la hipoteca serán astronómicos —pronunció ella.
—Lo son. Y he de decir que hay tres meses de retraso en los pagos, con los correspondientes intereses, que no son bajos.
—Dios mío.
—Cuando fui a ver al juez para formalizar los poderes que firmaste, solicite que congelara las deudas, hasta que todo el asunto estuviera aclarado. Tenemos hasta final de año.
—Entonces, ¿no hay que pagar nada de momento?
—No.
—Estupendo.
—Vayamos ahora a la casa del centro de la ciudad.
Está valorada en dos millones novecientos mil dólares.
Tiene dos hipotecas, una de un millón doscientos mil, y la otra de dos millones cien mil.
Al igual que ocurre con el casino, se deben algunas mensualidades de ambas hipotecas, para ser más preciso, de la primera se deben cinco mensualidades y de la segunda tres.
—Vamos bien —dijo ella con sarcasmo. Eso produjo que los tres hombres sonrieran.
—En cuanto a la casa de la playa sucede lo mismo. Está valorada en un millón cien mil dólares. Tiene también dos hipotecas de quinientas cincuenta mil y la otra de setecientas cincuenta mil.
—Por lo que has dicho, el valor de las hipotecas se asimila mucho a la valoración de las propiedades.
—Tienes razón. A eso habrá que añadir el gasto que conlleva el levantamiento de las hipotecas, que por las cuantías, será una gran cantidad. Y además, los pagos que se deben, más los intereses.
—Ahora eres tú quien debe decirnos qué es lo que quieres hacer —dijo Delaney.
—¿Yo tengo que decirlo? No tengo ni idea —señaló ella sorprendida.
—Son tus propiedades.
—Propiedades que igualan los préstamos que mi padre tiene con el banco. Bueno, que yo tengo con el banco, porque no he de olvidar que es lo que he heredado de mis queridos padres. Supongo que si quisiera venderlas todas, no tendría ningún beneficio, porque el dinero iría a parar a los bancos.
—Cierto. Pero ya no tendrías las deudas que tienen las propiedades —apuntó Delaney.
—¿Quién querría comprar una propiedad con dos hipotecas?
—Que estén hipotecadas no tiene importancia para el comprador. Pagaría al banco el total de la hipoteca más los gastos, y el resto lo cobrarías tú —dijo Nathan.