Tan irresistible como Stanford Capítulo 5
14%

Capítulo 5

Jess iba caminando por la acera y de repente se detuvo.

Si alguna vez deseó que se abriera un agujero a sus pies y la engullera, fue en ese momento. Al principio no estaba segura de que fuera él, porque estaban bastante alejados el uno del otro, pero a medida que se iba acercando, no tuvo ninguna duda. Se detuvo y se quedó parada en medio de la acera.

Ahí estaba ese hombre guapísimo, arrogante y muy masculino.

Era aterradoramente atractivo, además de ser simplemente horrible.

Era alto y tenía una presencia irresistible.

Emanaba confianza en sí mismo, y parecía irradiar un peligro oculto.

Podría decirse de él que era el error que ninguna mujer se arrepentiría de cometer.

Si con traje estaba guapo, con unos vaqueros azul claro desteñidos y un suéter blanco de cuello de pico, que se adhería a sus pectorales como si fuera una segunda piel, estaba de muerte.

Tenía las mangas remangadas, dejando ver los fibrosos antebrazos que ella sabía que tenía.

El pantalón se ceñía de forma deliciosa a su fantástico trasero y dejaba, de manera bien clara, que los músculos de sus piernas eran igual de poderosos que los del resto de su anatomía.

Lo observaba, recreándose en su magnífico cuerpo, y maldiciéndose a sí misma por no poder apartar la mirada de él.

Tenía un físico espectacular. Ese hombre podría ganarse la vida como modelo, se dijo.

Llevaba el pelo revuelto, como si se hubiera peinado con las manos, y la barba de dos días que le marcaba la mandíbula, le hacía más atractivo y sexy de lo que ya era.

Sus increíbles ojos grises y sus sensuales labios hacían de su rostro algo admirable.

La atracción que Jess sintió fue inmediata. No debería estar permitido que un sinvergüenza como ese tuviera su aspecto. Era un hombre de una belleza arrolladora.

La imagen de ese hombre unas semanas atrás volvió nítida a su mente, mientras sentía cómo los latidos de su corazón se incrementaban.

Recordaba con total claridad la forma tan intensa en que la había mirado.

Para ella fue algo nuevo que se sintiera tan atraída por él, porque hasta que lo conoció, jamás ningún hombre había despertado su interés.

Era alucinante lo excitada que se sentía al volver a verlo, después de que hubiera pasado unas horas con él en toda su gloriosa desnudez.

De pronto, Ryan advirtió su presencia y se dibujó una pícara sonrisa en aquella boca que, sin duda, era una boca hecha para pecar.

Jess observó la increíble belleza de ese hombre que, por la expresión que se apreciaba en su rostro, sin duda se alegraba de verla de nuevo. Se sintió confusa y sorprendida, porque ella también sentía placer al verlo.

El corazón de Jess se aceleró de forma violenta en su pecho. Su sonrisa se reflejó en sus ojos grises y a Jess se le secó la boca y se le quedó el cerebro en blanco. En ese momento, ese hombre le pareció la belleza personificada.

Ryan deslizó lentamente la mirada por el rostro de Jess y fue descendiendo por su cuerpo lentamente, dibujando su silueta con la mirada, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Él parecía incapaz de apartar la vista, y eso la ponía más nerviosa de lo que estaba.

Se sentía desnuda bajo su mirada. La observaba de una manera alarmante, aunque no en el mal sentido.

No es que estuviera siendo maleducado o grosero, ni que estuviera haciendo que se sintiera molesta ni incómoda.

El problema era que la hacía sentir, sin más.

Él levantó la vista y sus miradas se encontraron.

Aunque no quisiera hacerlo, Jess le sonrió.

Ryan notó de pronto una extraña presión en el pecho, fue una sensación cálida que se extendió por el interior de su cuerpo de forma asfixiante, aunque también placentera.

Estaba completamente seguro de que era la primera vez que experimentaba algo así.

El deseo volvía a estar presente, era una agitación profunda que lo hacía querer acariciar, saborear y poseer.

Dios, cómo la deseaba. La fuerza de su propio deseo lo sorprendió.

Al encontrarse de nuevo con aquellos ojos grises demoledores, Jess notó cómo los latidos de su corazón se incrementaban aún más y le preocupó que se oyera la fuerza con la que le golpeaba en el pecho.

Recordaba perfectamente cuando había abierto la puerta de su casa el día que lo conoció y había puesto los ojos sobre él.

Se había quedado sin aliento, su piel se había calentado de pronto y el pulso se le había acelerado tanto que pensó que le estaba dando un infarto.

Y ahora que lo veía, se había sentido igual.

De pronto, Jess desvió la mirada y vio al niño que él tenía en sus brazos y supuso que sería su hijo.

Luego volvió a mirar a Ryan. Y entonces él le sonrió, con aquella despreocupada belleza tan especial.

Su mirada seguía siendo pícara y su sonrisa encantadora y descarada. Una sonrisa que recordaba muy bien.

—Ya estoy aquí —dijo Ellie a Ryan cuando salió de la tienda.

Jess miró a la mujer pelirroja. No pudo verle el rostro porque estaba de espaldas. Ryan apartó la mirada de Jess un instante para mirar a su amiga. Y cuando miró de nuevo hacia donde estaba Jess, ella había desaparecido. Ryan la buscó con la mirada, pero no la localizó.

Jess estaba mirándolos, a través del escaparate de la cafetería en la que había entrado. Los vio alejarse, él rodeaba a la mujer por los hombros. No sabía lo que le sucedía, pero se sintió muy mal al darse cuenta de que estaba casado y tenía un hijo.

Jess llamó a Tess para decirle que se marchaba a Atlanta en tres días y quería invitarlas a todas a cenar en su casa esa noche. Tess le dijo que se lo diría a las demás y que todas irían.

Llamaron a la puerta y Jess abrió. Y allí estaban las cinco, elegantes y preciosas. Y detrás de ellas, estaba Jack.

Después de saludarse, se sacaron las chaquetas y las colgaron en el perchero del recibidor.

—Jack, ¿cenarás con nosotras?

—No, gracias. Si no te importa, mientras cenáis voy a buscar la caja fuerte. Revisaré la casa palmo a palmo hasta que la encuentre.

—De acuerdo. Que tengas suerte. ¿Te has llevado ya todos los papeles del despacho?

—Sí, y también los del casino. En el casino hay una caja fuerte, pero no la he abierto.

—¿Acaso tienes la combinación?

—No, pero no la necesitaría para abrirla. No siempre he sido guardaespaldas.

—¿Y por qué no la has abierto?

—Quiero que Nathan y Delaney estén presentes cuando lo haga.

—Necesitas testigos.

—Algo así.

—Pues te dejo con tu búsqueda. ¿Quieres tomar algo?

—No. Gracias.

—Vayamos a la cocina —dijo Jess a las chicas.

—¿De qué iba todo eso? —preguntó Lauren.

—A petición de Delaney y Nathan, Jack ha estado revisando todos los papeles de los dos despachos de mi padre, el de casa y el del casino.

Ha cogido los que ha pensado que les harían falta y se los ha llevado a Nathan.

Ahora va a buscar la caja fuerte. Por cierto, ¿qué ha querido decir Jack con que no siempre ha sido guardaespaldas? —le preguntó a Tess.

—Antes de trabajar para mis suegros estaba en la Armada, en un cuerpo especial.

—¿Los de ese cuerpo especial saben abrir cajas fuertes?

—Supongo que sí.

—Me alegro de que hayáis venido. Sentaos, por favor. La cena está lista. Espero que os guste la lasaña.

—Nos gusta a todas.

—Estupendo —dijo sacándola del horno y sirviendo los platos para que se enfriara un poco.

Jess aliñó dos ensaladas grandes y las dejó en la mesa. Luego llevó los platos con la cena y se sentó.

—¿Qué tal va el embarazo? —le preguntó a Abby.

—Muy bien.

—Me alegro. Quiero daros las gracias por haberme invitado a cenar con vosotras la otra noche. Estaba tan borracha que no recordaba si os lo había agradecido.

—No tienes que agradecernos nada. Lo pasamos muy bien.

—Yo también. Creo que fue la mejor noche de mi vida. Espero que el vino sea bueno, estaba aquí en casa de mis padres.

—Te aseguro que es muy bueno —dijo Lauren.

—Pues me alegro, porque hay un montón de botellas de la misma marca. También quiero agradecerte a ti, Tess, que solicitaras una cita con tu marido y con Nathan. Solo por verlos, aunque no me hubieran ayudado, habría merecido la pena. Son dos hombres espectaculares.

—Creo que todas estamos de acuerdo contigo.

—¿Van a ayudarte? —preguntó Lauren.

—Ya lo están haciendo. Le he dado a Jack las llaves de todas las propiedades, por si necesitan algo, porque yo vuelvo a Atlanta el jueves.

—¿Te vas a mudar aquí?

—Todavía no lo sé. Depende de cómo termine todo. Delaney y Nathan me han dicho que ellos se encargarán de todo. Cuando sepan con exactitud como están las cosas, me informarán.

—Ellos lo arreglarán, de una forma u otra —dijo Lauren.

—Desde luego que sí —añadió Tess.

—Y podrás mudarte aquí y comenzar una nueva vida —aseguró Ellie.

—Eso era lo que quería hacer. Pero cuando pensaba que nada podía trastocar mis planes de futuro, el universo me ha sorprendido, una vez más.

—Sí, el universo es un cabrón —expresó Kate.

—Os mantendré informadas de todo lo que vaya sucediendo. Bien. Vosotras lo sabéis todo sobre mí. Me gustaría saber algo de todas vosotras. Por ejemplo, ¿cómo conocisteis a vuestros maridos?

—Has hecho la pregunta perfecta. Las respuestas te van a encantar —dijo Abby.

—Te lo diremos por orden de cuando los conocimos —añadió Kate.

—Yo fui la primera, así que empezaré yo —dijo Tess—. Te daremos una versión corta, ya sabrás el resto más adelante.

—De acuerdo.