Capítulo 4
Era jueves, tres días después de que Jess cenara con el grupo de chicas. Tess la había llamado esa mañana para decirle que tenía una cita con Delaney y su abogado. Le envió la dirección del edificio y la planta a la que tenía que subir. Allí tenía que preguntar por Sarah, la secretaria de Stanford.
Había pasado tres veces por delante de la puerta del edificio. La cita era a las cuatro y media y solo eran las cuatro y diez. Había ido con tiempo de sobra para no llegar tarde, y ahora se arrepentía de haber ido tan pronto.
Se colocó a un lado de la fachada, alejada de la puerta y se apoyó en la pared. De pronto pensó que se mancharía, pero pasó un dedo por la pared y descubrió que ese edificio no tenía ni una mota de polvo. Se preguntó si limpiarían la fachada todos los días.
¿Por qué demonios estaba tan nerviosa?, se preguntó.
Solo iba a hablar con un empresario, un empresario que era dueño de más de doscientos hoteles repartidos por todo el mundo, y no sabía cuántas cosas más.
La noche anterior había investigado sobre él y se había quedado alucinada, imaginando cuánto dinero tendría ese hombre. Y su mujer parecía tan normal, se dijo.
Al abogado no lo había investigado. Seguro que él no la intimidaría.
Unas semanas atrás había ido a ver al abogado de su padre y estaba segura de que no le intimidaría tanto como él, que era un hombre mayor, que parecía tener muy malas pulgas.
Stanford y su abogado no serían muy mayores, porque Tess y Lauren tenían más o menos la edad de ella.
Por mucho que intentara decirse que no debía estar nerviosa, no podía evitar estar como un flan.
Vio acercarse un Mercedes blanco y detenerse justo en la puerta del edificio. De pronto, el corazón le dio un salto, porque asoció ese vehículo con el hombre con quien se había acostado. No miró al conductor, de hecho, se giró para que no la viera, fuera quien fuese.
—Hola, Jessica —dijo unos segundos después una voz grave detrás de ella.
Jess se volvió y miró al hombre. Era Jack, el guardaespaldas de Stanford.
—Hola, Jack. ¿Ha llegado usted con ese coche?
—Sí. ¿Qué hace aquí?
—Tengo una cita con el señor Stanford y su abogado a las cuatro y media.
—Estoy informado de ello. Pero, ¿por qué está en la calle?
—He llegado pronto y he pensado que debería esperar aquí. La verdad es que estoy un poco nerviosa y quería tranquilizarme antes de entrar.
—Vamos, la acompañaré al despacho de Delaney.
—¿No le importará que llegue antes de tiempo?
—Él y Nathan estarán ocupados hasta que sea la hora de su cita. Pero puede esperar sentada cómodamente en un sofá hasta que la reciban.
—¿Va a dejar el coche ahí? Seguramente le multarán.
—Todo el edificio es de mi jefe y aquí solo aparcan sus coches.
—Claro, también tenía que tener un edificio —dijo ella.
Jack la miró sonriendo.
—Vamos.
Entraron juntos en el edificio. El guarda de seguridad se acercó a la chica.
—No te preocupes Charlie, viene conmigo.
—De acuerdo, Jack.
Subieron en uno de los ascensores. Jess se apoyó en una de las paredes y respiró profundamente.
—No tiene que estar nerviosa, solo son dos hombres —dijo Jack.
—No suelo estar con hombres, que no estén en una camilla y tapados con una sábana.
Jack no pudo evitar reírse.
—¿La pone nerviosa estar conmigo? Yo no estoy en una camilla.
—No —dijo ella sonriéndole—. En realidad me siento más tranquila desde que usted ha aparecido.
—¿Quiere que entre en el despacho de Delaney con usted?
—¿Puede hacer eso? ¿Su jefe no lo echará?
—Si quiere que esté con usted, estaré.
—No quiero que tenga problemas por mi culpa.
—No voy a tener problemas.
—En ese caso, se lo agradecería.
—De acuerdo.
Llegaron a la penúltima planta y caminaron hasta una mesa en la que había una señora sentada.
—Hola, Sarah.
—Hola, Jack. ¿Habías quedado con Delaney?
—No. Jessica, le presento a Sarah, la secretaria de Delaney. Sarah, ella es Jessica Palmer.
—Un placer conocerla —dijo Jess.
—Lo mismo digo.
—Tiene una cita con Delaney y Nathan —mencionó Jack.
—Sí, a las cuatro y media. Están en el despacho de Nathan, pero no tardarán.
—Esperaremos. Siéntese, Jessica. ¿Le apetece tomar algo: agua, un café…?
—No, gracias —dijo ella sentándose en el sofá que había pegado a una pared.
Jack se sentó a su lado.
—Ha dicho que el edificio es de Stanford, ¿lo tiene alquilado para oficinas?
—No. En el edificio hay diferentes departamentos, pero todos de los negocios de Delaney. En esta planta es donde se lleva el negocio de los hoteles.
—Es muy grande.
—Tiene muchos hoteles.
—Eso tengo entendido.
—¿Ha traído todos los documentos relacionados con sus padres?
—Sí.
Jess desvió la mirada hacia el pasillo, porque vio que se acercaba alguien, y se sintió turbada por la imagen de los dos hombres que caminaban hacia la mesa de la secretaria. Los dos eran guapísimos, altos y con un cuerpo de escándalo.
—¿Ha ido todo bien? —preguntó Sarah.
—Sí.
—Vuestra próxima cita ha llegado, espera allí con Jack. Se llama Jessica Palmer. Tess pidió la cita para ella.
—De acuerdo.
Los dos hombres desviaron la mirada y caminaron hacia allí.
Al verlos, Jack se levantó y ayudó a Jess a que se levantara.
—Jessica, ellos son Delaney, el marido de Tess y Nathan, el marido de Lauren. Ella es Jessica.
—Un placer conocerles —dijo ella extendiendo la mano.
—El placer es mío —mencionó Delaney estrechándosela.
—Me alegro de conocerla —dijo Nathan estrechándosela también.
—Entremos en mi despacho.
—Vamos —le pidió Jack caminando hacia la estancia con Jess a su lado.
Delaney entró detrás de ellos y a continuación lo hizo Nathan, que cerró la puerta tras él.
Jack le dijo a Jess que se sentara en uno de los sofás y él lo hizo a su lado. Delaney y el abogado se sentaron en otro frente a ellos.
—Supongo que le extrañará que su guardaespaldas me acompañe. Nos hemos encontrado en la entrada del edificio. Estaba un poco nerviosa y se ha ofrecido a acompañarme. Espero que no le importe que él esté aquí.
—Por supuesto que no me importa. Nunca cuestiono lo que hace Jack. Aunque no tiene porqué estar nerviosa.
—Soy un poco tímida.
—Eso tengo entendido, al menos, cuando no ha bebido —dijo Delaney sonriéndole.
—No estoy acostumbrada a beber —articuló ella devolviéndole la sonrisa.
—Mi mujer también llegó a casa bastante borracha, ella tampoco suele beber.
—Lauren llegó en el mismo estado —añadió Nathan.
—No quiero hacerles perder mucho tiempo, aunque les pagaré por ello, por supuesto.
—No se preocupe por el tiempo, si hablar con usted nos lleva más tiempo del que pensábamos, mi secretaria retrasará nuestra próxima reunión o la cancelará.
—Oh, no me gustaría que eso sucediera, sé que están muy ocupados.
—Veo que sigue nerviosa —dijo Delaney—. ¿Le apetece una copa?
—No, gracias.
—Bien. Háblenos un poco de usted.
—Vivo en Atlanta. Soy forense del laboratorio criminalista. Trabajo en el centro de investigación de la escena del crimen.
—Parece un trabajo importante —dijo Delaney.
—Para mí lo es.
—¿Es usted quien hace las autopsias?
—Sí.
—¿Le gusta su trabajo?
—Me encanta.
—Sin embargo, mi mujer me comentó que estaba planteándose mudarse aquí —dijo Nathan.
—Mi vida no es para echar cohetes. He estado sola prácticamente toda mi vida.
—¿Dónde estudió?
—Primero en un internado, y la carrera en la Emory University de Atlanta. Antes de terminar la especialidad ya tenía trabajo y me quedé a vivir allí. No suelo salir, de hecho no tengo amigos, solo conocidos.
—¿No hizo amigos en el internado o en la universidad? —preguntó Delaney.
—Digamos que era un poco rara, el clásico cerebrito.
Me costaba relacionarme con la gente, supongo que por mi timidez.
Yo nací aquí en Nueva York y mis padres siempre vivieron aquí.
No tenía una buena relación con ellos, y no porque nos lleváramos mal, simplemente, no nos conocíamos.
No recuerdo ningún momento en que estuvieran conmigo cuando era pequeña, era el personal del servicio quien se ocupaba de mí.
A los nueve años me enviaron a un internado en San Francisco y estuve allí hasta los diecisiete.
En todos esos años creo que vi a mis padres dos veces.
Ni siquiera pasaba las vacaciones con ellos, enviaban un coche para que me recogiera y me llevara a casa de mis abuelos paternos, y me dejaban allí hasta que tenía que volver al colegio.
Mis abuelos eran muy serios y bastante desagradables.
Siempre sospeché que no me querían. Ni siquiera hablaban conmigo.
De manera que pasaba las vacaciones sola, estudiando o leyendo.
Y cuando fui a la universidad mi carácter ya estaba definido, siempre estaba sola y no solía hablar con nadie.
Vivía en un apartamento que mis padres me habían alquilado y pasé todos esos años estudiando.
No fui a fiestas, no salí con amigas, y mucho menos con chicos.
Empecé a trabajar en el departamento forense tan pronto acabé la especialidad.
Así que, no he tenido amigos, no me he sentido querida y he estado sola toda mi vida, porque era distinta a los demás. Nunca me he considerado normal.
—Lo siento —se disculpó Delaney.
—Bah, no importa. Cuando murieron mis padres no se puede decir que lo sintiera, porque eran dos desconocidos para mí.
—Lo entiendo.
—No me sentía feliz con la vida que llevaba en Atlanta y pensé que, al no tener hermanos, heredaría la fortuna de mis padres. Entonces decidí que podría mudarme aquí, buscar trabajo y empezar una nueva vida.
—Vamos a tutearnos, ¿te parece bien? —preguntó Delaney.
—Claro.
—¿No te gusta el trabajo que haces?
—Mi trabajo me encanta, es lo único que me gusta de Atlanta.
—¿Por qué te gusta tanto tu trabajo? —preguntó Nathan.
—Puede que porque trabajo con muertos y no tengo que hablar con ellos. Aunque a veces lo hago, pero no me contestan.
Los tres hombres sonrieron.
—¿Cuándo tienes que volver a Atlanta?
—Tengo que estar allí el 31 de este mes. Solo he cogido un mes libre para ocuparme del funeral y del papeleo, pero no pensé que me encontraría con lo que me he encontrado.