Capítulo 3 #2
—Yo también estuve en un internado durante siete pero me acostumbré a estar allí. Aunque he de admitir que no me gustaba —informó Tess.
—¿Tú veías a tus padres?
—Sí, muy a menudo.
—Yo nunca.
—Entiendo. Eso es diferente.
—Luego me fui a la universidad. Y allí me di cuenta de que era rara.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ellie.
—Supongo que por haber estado tantos años encerrada, sin que mis padres fueran a verme ni una sola vez y pasar las vacaciones con mis abuelos, que eran ambos muy serios y no disimulaban que no me querían.
Cuando salí del internado era como un extraterrestre que hubieran depositado en la tierra sin instrucciones de ninguna clase.
Todas se rieron.
—Siempre estaba sola y pasaba el tiempo leyendo o estudiando. Y en Atlanta… Mi trabajo es muy solitario, porque los muertos no hablan.
Todas volvieron a reír.
—¿Tienes novio? —preguntó Kate.
—No. Cuando los hombres descubren que soy forense huyen —dijo ella riendo, sin duda por el alcohol—.
Pensé que me vendría bien quedarme aquí y empezar una nueva vida.
Lo cierto es que estoy harta de la vida que llevo en Atlanta.
Aunque no del trabajo, porque me encanta mi trabajo.
Pero después de lo que me he encontrado aquí, es mejor que vuelva.
Al menos allí tengo una casa que es mía y un trabajo.
—Pues yo creo que deberías quedarte. Los problemas que tienes de dinero se solucionarán —mencionó Tess.
—Eso es lo que dicen las personas que no tienen problemas de dinero. Pensé que la muerte de mis padres me daría la oportunidad para dar un cambio a mi vida. Es patético pensar que pueda aprovechar la muerte de mis padres para mudarme aquí. Y en vez de eso me he encontrado con un montón de deudas.
—Escucha, tienes que hablar con Delaney y con Nathan. Llamaré a Sarah, la secretaria de mi marido y le pediré que busque un hueco para que puedas ir a hablar con ellos —dijo Tess.
—¿No estarán muy ocupados para atenderme?
—Ellos siempre están ocupados.
—Pero si Tess se lo pide a su marido, puedes estar segura de que te convertirás en su prioridad. Delaney hace cualquier cosa que Tess le pida —comentó Abby.
—Los hombres millonarios suelen ser intimidantes.
—Mi marido no.
Las otras cuatro mujeres soltaron una carcajada.
—Tu marido intimida a cualquiera, Tess —dijo Kate, y que conste que lo he comprobado por mí misma.
—Yo también —añadió Abby.
—No sé si será buena idea —dijo Jess indecisa.
—Es una idea genial. Cuando Sarah me dé la cita, te llamaré para decírtelo —dijo Tess—. Dame tu teléfono.
Jess se lo dio y lo añadió a sus contactos.
—¿Cuál es tu apellido?
—Palmer.
Jack estaba escuchando la conversación y sabía que su jefe haría cualquier cosa por complacer a su mujer.
El guardaespaldas se preguntaba qué pintaba esa chica en el grupo de amigos.
¿Sería la futura esposa de alguno del grupo?
En realidad solo quedaba uno soltero, y ese era Ryan.
Harían buena pareja, se dijo mirándola. Esa chica le caía bien.
—¿Qué has hecho desde que llegaste a Nueva York? —preguntó Abby.
—Organizar el entierro de mis padres. Ir al abogado para recibir las increíbles noticias de mi herencia. Leer un montón de cartas que siguen llegando a diario, todas reclamando dinero. He leído las escrituras de propiedad y las hipotecas de las mismas. Todas cosas muy agradables, como veis.
—¿No has conocido a nadie desde que estás aquí? —preguntó Tess.
—Al director del casino, que no me cayó nada bien, y a algunos empleados.
El camarero se acercó para retirar los platos de los entrantes. Luego les sirvió más vino. Y poco después les llevó la cena. Jess se encontraba muy alegre.
—Entonces, ¿no te ha ocurrido nada destacable en esta ciudad? —preguntó Ellie.
—Bueno, sucedió algo hace poco más de una semana, y que a mí me parece muy interesante.
—Cuenta.
Jess empezó a contarles lo de la agencia de acompañantes.
—¿Para qué fuiste a una agencia de acompañantes? —preguntó Tess.
—Para alquilar un hombre —dijo tan tranquila. Sin duda, las cuatro copas de vino que había bebido le habían hecho efecto y se sentía completamente desinhibida.
—¿Para qué querías alquilar un hombre?
—Porque quería dejar de ser virgen. Ya os he dicho que soy muy tímida y sabía que no sería capaz de salir a la calle a buscar un hombre para acostarme con él. Pensé que alquilarlo sería la solución.
—¿Y lo hiciste? —preguntó Ellie.
—Sí.
Jess les contó lo que sucedió en la agencia.
—Así que lo contraté y quedamos en que iría a mi casa el siguiente sábado.
—¿En serio lo alquilaste? —preguntó Abby.
—Sí. Y he de deciros que me costó un pastón. Pero bueno, iba a ser mi primera vez y pensé que merecería la pena.
Jack escuchaba la conversación, evitando sonreír, mientras fingía que leía el periódico.
—Entonces, ¿fue a tu casa? —preguntó Kate.
—Sí, ya no soy virgen —pronunció con una descarada sonrisa.
—Cuéntanos que sucedió —pidió Ellie—, y no escatimes detalles.
—Lo intentaré.
Jess les contó lo que sucedió antes de que llegara ese hombre a su casa.
El camarero volvió a llenarles las copas y les retiró los platos. Les preguntó si querían postre y ellas dijeron que más tarde.
—Sigue —dijo Tess.
—Todavía no eran las nueve de la noche cuando llamaron a la puerta.
Entonces fui a abrir. Y me encontré frente a un monumento de hombre.
Sus ojos grises casi me desarmaron. Su color era como un cielo gris en un día de tormenta.
Su rostro era perfecto, y de una belleza asombrosa.
Sus labios carnosos y apetecibles. En ese hombre se apreciaba una sensualidad que no se podía ignorar.
Su pelo era negro… parecía un ángel caído.
Me faltaba el aliento, y eso solo con mirarlo.
—¿Y el cuerpo? —preguntó Tess.
—Su cuerpo era atlético, masculino y… perfecto.
Era delgado, pero con músculos, aunque no exagerados, ya sabéis, en el punto justo.
Siempre había fantaseado con estar con un hombre como ese, pero nunca imaginé que mis fantasías llegaran a hacerse realidad.
Mediría alrededor de un metro noventa y vestía de manera elegante.
Llevaba un traje gris que le sentaba de maravilla, y una camisa blanca con los tres botones de arriba desabrochados.
Todo en él desprendía salvaje masculinidad y peligro.
De pronto me sentí muy atraída por él. Ese hombre era digno de admirar, y estoy segura de que lo miraba embobada.
Me faltaba la respiración solo por estar cerca de él.
Lo primero que me vino a la mente cuando lo vi fue que era él.
—¿Él?
—Sí, ya sabéis, él, el hombre de tu vida.
¿No dicen que cuando aparece el hombre de tu vida lo reconoces al instante?
Pues pensé que ese hombre era él. El corazón me latía descontrolado.
Cuando me miró me sonrió, y esa fue la sonrisa más bonita que había viso en mi vida.
Sentía un cosquilleo muy extraño en el vientre y estaba aturdida, como si estuviera soñando.
No sé cómo pude hablar, porque desde el momento en que lo vi solo podía pensar en él, en que estaba allí conmigo, y en que lo había encontrado entre los más de ocho mil millones de personas que hay en el mundo.
Por la descripción que Jess había dado, en la mente de Jack se estaba formando la imagen de un hombre y, aunque no estaba completamente seguro, esa descripción encajaba perfectamente con la de Ryan Owens.
—¿Qué te dijo? —preguntó Abby.
—Lo primero que dijo fue: Espero no haberme confundido de casa. Su voy hizo que me estremeciera, era rasposa y profunda. Ya sabéis, una de esas voces que hacen que mojes las bragas solo con escucharlas.
Toda la mesa soltó una carcajada. Incluso Jack se rio, subiendo el periódico para que le cubriera el rostro.
Jess siguió hablándoles de lo ocurrido.
—Por lo que nos has dicho de él, es como si hubieras descrito a Logan, mi marido —dijo Kate.
—¿Tú marido tiene ese aspecto?
—Sí. Y me habría preocupado, de no haber sabido que él no podía ser.
—En realidad, todos nuestros hombres tienen ese aspecto, aunque con diferente color de pelo y ojos. Logan y Ryan son los únicos del grupo que tienen los ojos grises —expresó Lauren.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Tess.
—No nos dijimos los nombres.
—Sigue contando.
—Vio que estaba muy nerviosa y me dijo que debería tomar un poco de coñac. Lo hice y él tomó un whisky. Ese hombre emitía una fuerte personalidad: una mezcla de intensa masculinidad, confianza en sí mismo y arrogancia, que hizo que un estremecimiento me recorriera el cuerpo.
—¿Sentiste miedo? —preguntó Ellie.
—Puede que algo, pero mezclado con lujuria. Cuando tuvo claro para qué lo había contratado me dijo: Voy a hacer que pases unas horas inolvidables —dijo Jess riendo.
—¿Por qué te ríes? —inquirió Kate.
—Porque jamás podría haber imaginado que yo estuviera con un tío como ese.
Sus palabras hicieron que mi cuerpo ardiera.
Pensé que iba a incendiarme y que le demostraría a ese hombre que existía la combustión espontanea.
Y entonces me besó. Me habían besado en alguna ocasión, pero esos besos no tenían nada que ver con el de ese hombre.
A partir de ahí me sentí aturdida y desconcertada.
—¿Qué os parece si pedimos el postre? —preguntó Abby.
—Estupendo —dijeron algunas de ellas.
—A Jess le vendrá bien hacer un intermedio, está un poco alterada —dijo Tess sonriendo.
—Siempre que pienso en él me altero.
Lauren le hizo una señal con la cabeza a Sofía, la dueña del restaurante, que estaba esperando en un lugar donde pudiera verla.
Entonces apagaron las luces del reservado y entró un camarero con un carrito en el que había una tarta con treinta velas encendidas.
Todas las chicas empezaron a cantar el cumpleaños feliz.
Jess no se lo podía creer, no recordaba haber tenido nunca una tarta de cumpleaños. Se emocionó y estuvo a punto de llorar, pero no lo hizo, aunque todas se dieron cuenta de que tenía los ojos brillantes por las lágrimas retenidas.