Capítulo 3
Había estado una hora y media hablando con el abogado, a quien no conocía.
Siempre había pensado que su padre era millonario, y no se había esperado escuchar todo lo que le había mencionado el abogado.
El hombre le dijo que los herederos, no solo heredaban el dinero y las propiedades, sino también las deudas.
Iba caminando por la calle como si fuera un zombi, hasta que llegó al coche. Al coche de su madre, se dijo de nuevo. Un coche que le quitarían en breve, junto con el de su padre, y todas las propiedades que tenía.
Se sentía aturdida. Había pensado dejar su trabajo en Atlanta y trasladarse a Nueva York para comenzar una nueva vida… Después de saber que posiblemente no heredaría nada, tendría que replantearse lo de mudarse a esa ciudad.
Entró en el coche y cerró la puerta, quedándose sola, como había estado siempre. Sus padres le habían hecho el regalo más apoteósico de su vida: morirse, dejándole todas las propiedades hipotecadas y cientos de miles de dólares de deudas.
Habían pasado casi tres semanas desde que Jessica fue a hablar con el abogado.
Era 21 de octubre y su cumpleaños. Cogió el móvil y buscó un restaurante.
Iría a cenar para celebrarlo, sola, como lo celebraba siempre.
Encontró un restaurante italiano que tenía unas reseñas increíbles, aunque había que reservar mesa.
Probaría sin tener reserva, al fin y al cabo solo necesitaría una pequeña mesa.
Las cinco mujeres del grupo de amigos de Stanford entraron en el restaurante italiano. Ninguna de ellas tenía que esperar nunca, al igual que sus maridos, porque siempre había una mesa reservada para ellos. Una chica acababa de entrar y estaba hablando con el maître. Esperaron detrás de ella.
—Hola, buenas noches.
—Buenas noches, señorita. ¿Tiene reserva?
—No sabía que hubiera que hacer reserva. Me han dicho que aquí se comía muy bien y me he limitado a venir. Voy a cenar sola y seguro que podrá encontrar una mesa pequeña.
—Lo siento, pero todas las mesas están reservadas.
—Vaya contratiempo.
Lauren, la mujer de Nathan, el abogado de Delaney Stanford, se acercó al pequeño mostrador. Sofía y Roberto, los propietarios del restaurante eran como unos padres para ella.
—Hola, Maximilian.
—Hola, Lauren.
—Si a la señorita no le importa cenar con nosotras, estaríamos encantadas de que nos acompañara —dijo mirando a la desconocida—. Me llamo Lauren, y voy a cenar con mis amigas. Lo que te han dicho es cierto, aquí se come muy bien. ¿Quieres acompañarnos?
—No sé… No nos conocemos —dijo Jessica.
—A mí no me gusta comer sola, y menos aún en un restaurante, es como si hubieras quedado con alguien y esa persona no se hubiera presentado.
Jessica la miró y luego desvió la mirada a las otras cuatro mujeres que le sonreían.
—De acuerdo.
—Estupendo. Max, seremos seis en vez de cinco.
—Muy bien.
—Jack está aparcando el coche, no tardará.
—Os acompañaré a vuestra mesa.
—Gracias.
—Os agradezco que me hayáis ofrecido acompañaros —dijo Jessica después de entrar en el reservado—. Hoy es mi cumpleaños y no quería comer sola.
—En ese caso nos alegramos de que hayas aceptado cenar con nosotras —pronunció Tess, la mujer de Stanford—. Felicidades.
—Muchas gracias.
Las otras cuatro mujeres la abrazaron para felicitarla.
—¿Cuántos cumples? —preguntó Lauren mientras se sacaban las chaquetas y las colgaban en el perchero.
—Treinta.
—Todas nosotras tenemos entre veintinueve y treinta y tres. Te las presentaré. Como ya sabes, soy Lauren; ella es Tess —dijo señalándola—; la que está a su lado es Abby, su cuñada; la pelirroja es Ellie; y la última Kate.
—Es un placer conoceros. Yo soy Jessica, pero podéis llamarme Jess.
—Voy un momento a saludar a Roberto, vuelvo enseguida —indicó Lauren alejándose.
Estaban sentadas en una mesa redonda y podían verse las caras perfectamente. Jess se fijó que se había sentado un hombre junto a la entrada en una pequeña mesa.
—¿Quién ese hombre?
—Es Jack, quien cuida de nosotras —dijo Tess—. Mi marido es muy protector.
—¿Es tu guardaespaldas?
—Sí. Normalmente acompaña a mi marido, pero cuando salimos todas juntas suele acompañarnos él.
Lauren regresó y se sentó en su silla.
—¿Por qué celebras sola tu cumpleaños? —preguntó Tess.
—Soy nueva en la ciudad. Llegué hace unos días y no conozco a nadie aquí.
—¿Estás de paso? —preguntó Lauren.
—Todavía no lo he decidido.
Un camarero se acercó interrumpiéndolas. Hicieron el pedido de la comida y el vino y el hombre se retiró.
—¿Qué tienes que decidir? —preguntó Ellie.
—Mis padres fallecieron el 29 del mes pasado, por eso estoy aquí.
Todas le dijeron que lo sentían.
—Os lo agradezco, pero he de deciros que yo no lo he sentido lo más mínimo. No es porque sea insensible, es solo que yo no les importaba, nunca les importé. Y al pasar los años ellos dejaron de importarme a mí también.
—Algunas de nosotras hemos tenido problemas muy serios con nuestros padres —dijo Lauren.
—Yo, prácticamente no tuve contacto con ellos.
A los nueve años me enviaron a un internado de religiosas en San Francisco y me dejaron allí hasta los diecisiete años.
Nunca iban a verme. Ni siquiera se molestaban en llevarme a casa en las vacaciones.
Enviaban a alguien para que me recogiera y me llevara a casa de mis abuelos.
Cuando terminé fui directa a Atlanta, porque me habían aceptado en una universidad de allí.
Mis padres me enviaron una tarjeta del banco y me dijeron que alquilara un apartamento. Poco después recibí todas mis cosas.
—Desde luego no parece que tuvieran mucho interés en ti —apuntó Kate.
—Por eso no he sentido su muerte. Eran unos desconocidos para mí. No los había visto en años.
—¿Dónde vives? —preguntó Abby.
—En Atlanta. Me quedé allí cuando acabé la universidad.
—Tenemos un buen amigo que también vivía allí. Se mudó aquí a finales de agosto. A lo mejor lo conoces, se llama Ryan Owens —dijo Kate.
—Kate, Atlanta es muy grande y no conozco a todos los que viven allí.
—Claro.
—De todas formas, sería un poco difícil que lo conociera, porque no suelo salir. Voy de casa al trabajo y del trabajo a casa.
—¿No sales a ningún sitio? —preguntó Tess.
—¿El supermercado cuenta? Es lo único que hago fuera de la rutina de trabajar. Bueno, a veces también voy al gimnasio, aunque no muy a menudo porque suelo terminar tarde en el trabajo.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Lauren.
—Trabajo en el depósito forense.
—¿Eres ayudante de forense?
—No, soy médico forense.
—Vaya, tenemos tres amigos médicos: Carter, el marido de Ellie es ginecólogo; Ryan, que es quien te hemos dicho que vivía en Atlanta es neurocirujano; Y Jules, que ahora vive en Seattle, es traumatólogo.
—¿A qué os dedicáis vosotras?
—Yo tengo una librería —dijo Tess.
—Yo soy profesora de Historia —pronunció Kate.
—Yo repostera —dijo Ellie.
—Yo soy ingeniero informático —mencionó Lauren.
—Y yo detective del cuerpo de policía —añadió Abby.
—Sois un grupo muy variado. Supongo que la millonaria eres tú —dijo Jess mirando a Tess—, porque tener un guardaespaldas cuesta dinero.
—La verdad es que todos nuestros maridos son millonarios, y también los dos amigos médicos que te hemos mencionado, que son solteros —mencionó Ellie.
—Vaya.
El camarero les llevó el vino y sirvió en todas las copas, excepto en la de Abby, que estaba embarazada, y le sirvió agua.
—¿No bebes porque estás enferma? —preguntó Jess.
—No estoy enferma, estoy embarazada.
—Felicidades.
—Gracias.
—¿De cuánto estás?
—De doce semanas.
—Yo no suelo beber vino —dijo Jess.
—Nosotras tampoco bebemos a menudo, pero un día es un día, y es tu cumpleaños. Además, Jack nos llevará a casa. ¿Has venido en coche?
—Sí. Aunque si me lo robaran me harían un favor —dijo Jess.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Tess.
El camarero se acercó y llenó la mesa con los entrantes, luego se retiró.
—Mis padres eran millonarios, o eso pensaba yo.
A mí nunca me faltó de nada, y el internado costaba una pasta.
El caso es que cuando me reuní hace unos días con el abogado de mi padre para que abriera el testamento me quedé muy sorprendida.
Me dijo que mi padre tenía tres propiedades, una casa en la ciudad, que es donde estoy viviendo en este momento y otra en los Hamptoms. No conocía su casa.
Ni siquiera me dijeron que se hubieran mudado.
Las dos casas están hipotecadas, y no con una hipoteca sino con dos.
El Mercedes de mi padre y el BMW de mi madre están sin pagar y se deben unos cuantos atrasos.
Y parece ser que el negocio, que es un casino, da pérdidas en vez de obtener ganancias.
Había pensado que los casinos siempre ganaban.
Además, debían un montón de dinero, porque cuando llegué a la casa de mis padres encontré algunas cartas de dos joyerías, reclamando el pago de cifras escandalosas.
Por eso he dicho antes que no había decidido si quedarme aquí.
Tendré que ocuparme de todo ello y no sé cómo hacerlo.
—¿Tienes problemas de dinero? —preguntó Tess.
—Nunca he tenido problemas de dinero, pero no creo que pueda hacerme cargo de algo de esa envergadura. Sé que en el casino trabajan muchas personas y puede que ni siquiera estén cobrando. Lo cierto es que estoy aterrada.
—No te preocupes, todo se arreglará —dijo Lauren—. Mi marido es abogado, precisamente es el abogado de Delaney, el marido de Tess. Él podrá asesorarte.
—Esa es una buena idea —observó Tess—. Deberías ir a ver a mi marido y a Nathan. Ellos solucionarán tu problema en un abrir y cerrar de ojos.
—No sé…
—Te aseguro que harán todo lo necesario para ayudarte —dijo Lauren.
—No lo pongo en duda. El problema es que soy muy tímida.
—¿En serio? No lo pareces —mencionó Abby.
—Puede que el alcohol tenga algo que ver con eso.
—Bueno, con nosotras no hace falta que seas tímida —dijo Kate.
—¿Por qué eres tímida? —preguntó Tess.
—Supongo que estar encerrada en un internado durante ocho años ayudó a ello.