Tan irresistible como Stanford Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

Después de secarlo siguió escuchando el mensaje:

Si quieres que te envíe a otro hombre, llámame cuanto antes. Si no lo haces entenderé que no te urge. De manera que ponte en contacto conmigo para que acordemos otra cita. Siento que tengas que cambiar los planes. Hasta pronto.

—¿Cambiar de planes? Ayer vino el hombre que me enviaste, y ya no soy vírgen —dijo como si tuviera delante a la mujer.

Jessica comprobó en el móvil si la agencia estaba abierta ese día. Y sí, estaba abierta de seis a ocho de la tarde, a pesar de ser domingo.

—Hola, Jess —dijo Ruth levantándose de detrás del escritorio para saludarla cuanto entró en el local.

—Hola, Ruth.

—No tenías que haberte molestado en venir. Podrías haberme llamado por teléfono.

—Quería hablar contigo en persona.

—Vale. ¿Te apetece tomar algo?

—No, gracias.

—Ven, sentémonos en el sofá. ¿Has decidido cuándo quieres que te envíe al hombre que contrataste?

—En realidad, no. Porque el hombre que contraté estuvo ayer en mi casa, y ya no soy virgen. Y tengo que añadir que tenías razón, ese hombre era perfecto.

—Pero… eso no puede ser. David, que así se llama, cogió un vuelo hacia San Francisco ayer a las cinco de la tarde. Su hermana tuvo un accidente.

—Pues parece ser que perdió el avión. Pensaría que tendría tiempo de estar conmigo antes de coger el siguiente vuelo.

—Eso no es posible, ninguno de los chicos cambia los planes sin informarme primero.

—Pues te aseguro que en esta ocasión lo hizo.

—Lo averiguaré enseguida —dijo la mujer levantándose para coger el móvil que estaba sobre el escritorio. Marcó el número.

—Hola, Ruth.

—Hola, David. ¿Estás en San Francisco?

—Sí.

—¿Cómo está tu hermana?

—A Dios gracias, no era tan grave como pensaba. Aunque tiene algunos huesos rotos, se recuperará.

—¿Cogiste el vuelo de las cinco de la tarde o lo cambiaste?

—Cogí el de las cinco, ¿por qué lo preguntas?

—Por nada en especial. Un malentendido. Ya hablaremos a tu vuelta. Que se mejore tu hermana.

—Gracias. En dos o tres días estaré en Nueva York.

—Vale. Hasta pronto —dijo la mujer finalizando la llamada—. David no estuvo en tu casa anoche.

—No lo entiendo. Entonces, ¿quién fue el hombre que se presentó en mi casa poco antes de las nueve de la noche?

—No tengo ni idea —dijo Ruth sonriendo—. ¿Qué aspecto tenía?

—Era muy alto, mediría alrededor de un metro noventa. Guapísimo, moreno, con unos ojos grises increíbles, una boca de ensueño y un cuerpo de escándalo.

—No parece que estuviera mal.

—No, no estaba nada mal. Iba vestido de manera elegante, con un traje gris claro, que le sentaba de maravilla, y una camisa blanca.

—Entonces, ¿se acostó contigo?

—Sí. Y he de admitir que, a pesar de mi inexperiencia, apuesto a que es un fuera de serie en la cama. Se fue a la una de la mañana.

—Parece que todo fue bien.

—Mejor que bien. Pero tengo que saber quién es ese hombre.

—¿Tienes algún admirador secreto?

—No.

—¿No notaste nada extraño?

—Lo único que me pareció extraño fue que no llevara condones. Dijo que se los había dejado en el coche y usamos los que yo compré.

—¿Estaba nervioso? ¿Lo viste intranquilo?

—No. Estaba como si hiciera eso todos los días.

—Qué raro. ¿Tenía el coche delante de tu casa? ¿Pudiste verlo?

—Sí, lo vi. Era un Mercedes blanco.

—Tenía clase, incluso con el vehículo.

—Sí.

—Puede que te lo encuentres alguna vez por ahí. Aunque, teniendo en cuenta que en Nueva York hay casi nueve millones de habitantes, no lo creo probable.

—Pero necesito saber quién es.

—Yo me inclino por pensar que sea un admirador que te ha visto en algún sitio.

—¿Y me ha seguido hasta casa?

—Tienes razón, eso sería acoso.

—Yo creo que es para tener miedo —dijo Jess.

—También es posible que sea simple casualidad.

—¿Qué quieres decir?

—Imagina que fuera a tu casa buscando a alguien. Me dijiste que la casa en la que vives la heredaste de tus padres recientemente.

—Sí.

—¿Ellos vivieron siempre en esa casa?

—No, la compraron hace poco más de un año.

—Es posible que fuera a ver a alguien que vivía en esa casa antes de ellos, o puede que fuera a ver a tus padres, y se encontró contigo. ¿Qué dijo cuando te vio?

—Iba a decirme quien era…

—¿Por qué te has detenido?

—Porque no le dejé hablar, le dije que sabía quien era y para qué había ido allí.

—¿Le comentaste algo de la agencia?

—No recuerdo en qué orden lo hice, pero sí sé que le dije que lo había contratado para perder con él la virginidad. ¡Santa madre de Dios! ¿Crees que es posible que fuera a ver a la persona que vivía antes en mi casa?

—Es una opción. Pero si ese es el caso, no tienes que preocuparte, porque no volverá por allí.

—¿Crees que no volverá a mi casa porque lo pasó mal?

—No, cariño. No irá, porque no querrá volver a encontrarse contigo. Sabrá que a estas alturas habrás descubierto lo que sucedió y se sentirá culpable.

—Cuando se marchó de mi casa no parecía sentirse culpable.

—Olvídate de él, porque no volverás a verlo.

—Eso espero. Me sentiría avergonzada.

—No tienes porqué sentirte avergonzada. Es él quien debería estarlo. ¿Qué quieres que hagamos con el dinero que me pagaste?

—¿Qué opciones hay?

—David puede ir a tu casa cuando tú decidas. O si lo prefieres, te devolveré el dinero.

—Pues creo que la segunda opción es la mejor. Te aseguro que, de momento, no estoy en condiciones de vérmelas con otro hombre.

—Pues yo opino lo contrario. Te vendría bien hacerlo de nuevo para tomar confianza. Y no sentirás dolor como la primera vez.

—Creo que de momento paso. Pero puede que te llame más adelante.

—No hay problema. Dame tu tarjeta y te reembolsaré lo que pagaste.

Poco después, Jess abandonó la agencia.

Mientras caminaba hacia su BMW, o mejor dicho, el BMW de su madre, intentaba recordar con exactitud la conversación que había mantenido con ese hombre cuando le abrió la puerta de su casa.

Y decidió que se lo había puesto muy fácil, porque le había informado, con total claridad, porqué estaba allí y y para qué lo había contratado.

Lo bueno que había salido de todo fue, que había perdido la virginidad gratis, pensó sonriendo.