Tan irresistible como Stanford Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Ryan pasó una mano por debajo de ella, para elevarla un poco, ayudándola a acompañar sus embestidas.

El ansia alcanzó el punto más alto de los dos y Ryan estuvo a punto de correrse. Entonces bajó el ritmo, impidiendo a ambos que se dejaran llevar.

Jess le rodeó las caderas con las piernas y la polla entró más adentro. Él soltó un gemido de desesperación.

Ella le suplico que se lo hiciera más fuerte, pero Ryan no le prestó atención. La llevó de nuevo a lo más alto, hasta estar al borde del orgasmo, pero no la dejó que se corriera.

Ambos tenían la piel brillante por el sudor y sus cuerpos temblaban de deseo.

—Me encanta estar dentro de ti.

Jess se había unido a él y se movían como uno solo, exprimiendo al máximo el placer, que se incrementaba de forma vertiginosa, haciendo que en los labios de ella apareciera una sonrisa deslumbrante y los ojos le brillaran de deseo.

De pronto Jess gritó y se estremeció, como si un rayo la hubiera alcanzado.

Sintió como si una enorme ola de placer la envolviera, alcanzando el éxtasis.

Sollozó cuando el clímax se abrió paso en su interior con una fuerza violenta, oscura, turbadora y abrasadoramente dulce, latiendo dentro de su cuerpo en una sucesión de oleadas que se interponían unas sobre otras.

—Por favor —sollozó Jess—. Dios mío, por favor.

Ryan la contempló mientras ella se hundía en aquella oleada incontrolable, sin aliento, hasta que un jadeo de placer escapó de su garganta. Una corriente líquida la invadió, robándole la conciencia, la visión y el aliento.

Y entonces, Ryan entró en ella con una fuerte embestida. Se detuvo en lo más profundo de su ser y se dejó llevar con un gruñido devastador. Se echó sobre ella y escondió el rostro en su cuello.

Jess lo rodeó con sus brazos para tenerlo más cerca.

Aspiró el aroma de su piel. Quería que su mente no olvidara su olor, para cuando se acordara de él en el futuro.

Porque estaba completamente segura de que no podría olvidar a ese hombre.

Intentó recuperar el control, pero la deliciosa sensación, la especie de mareo que sentía se negaba a desaparecer.

Cuando sus respiraciones volvieron a la normalidad, Ryan alzó la cabeza y la miró a los ojos.

—¿Estás bien? —le preguntó apartando un mechón de pelo que le cubría la mejilla.

—Me siento genial. Esta ha sido, sin lugar a dudas, la mejor experiencia de mi vida. De haber sabido cómo iba a ser, habría pagado cualquier cantidad que me hubieran pedido por estar contigo.

—Eres muy amable.

Los dos permanecieron un rato allí, en la misma posición, con el miembro en el interior de ella y sin hablar.

Jess se sentía exhausta y satisfecha. No quería que él se marchara.

Ryan se sentía muy a gusto, pero sabía que tenía que poner punto y final a la sesión sexual. Porque si seguía mucho más tiempo con ella, la follaría otra vez, y no quería, porque estaría dolorida. Pero no tuvo que hacer nada, porque ella se le adelantó.

Jess no quería que él le dijera que había concluido el trabajo, porque parecería algo frío. Prefería ser ella quien le pusiera fin.

—Estoy un poco cansada.

—Es lo normal. Y también estarás dolorida —dijo él incorporándose y saliendo de su interior.

—Esa puerta de ahí es el baño. He puesto toallas limpias. Puedes ducharte si quieres.

—Gracias, pero no hace falta. Me ducharé en llegar a casa. Aunque usaré el aseo, si no te importa —comentó sacándose el condón y bajando de la cama—. No te muevas, traeré una toalla para limpiarte.

—No te molestes.

—No te muevas.

Ryan entró en el baño y cerró la puerta.

Jess se levantó de la cama, sacó del armario una bata corta de seda y se la puso. Se dio cuenta de que le dolía todo el cuerpo.

Cuando él volvió al dormitorio la vio sentada en el borde de la cama.

—Te había traído una toalla caliente para limpiarte —dijo dándole la toalla. Ella la dejó a los pies de la cama

—Me ducharé cuando te vayas.

—Bien.

—¿Quieres tomar algo antes de irte, un café, agua…?

—No quiero nada, gracias —dijo poniéndose el bóxer negro.

—¿Te gusta tu trabajo?

—No me gusta hablar de mi trabajo —respondió él mientras se ponía la camisa y se la abrochaba.

—Lo siento. Es un poco difícil hablar de algo, después de hacer el amor con un desconocido.

—Tienes razón —dijo él poniéndose el pantalón. Se metió la camisa por dentro, se lo abotonó y luego se abrochó el cinturón.

Ryan se sentó a los pies de la cama junto a ella.

Permaneció en silencio mientras se ponía los calcetines y los zapatos.

De pronto se sintió culpable por lo que había hecho.

No por haber estado con ella, de eso no se arrepentía.

Pero había suplantado a otra persona y no tenía derecho a hacer algo así.

Se levantó de la cama y ella hizo lo mismo.

—Tal vez debería darte un dinero extra…

—No tienes que darme nada. Ha sido un verdadero placer estar contigo —dijo él poniéndose la chaqueta.

—Ese traje te sienta genial.

—Gracias, cielo.

—Te acompañaré a la puerta.

Bajaron la escalera en silencio. Caminaron hacia la salida. Ella se detuvo en la puerta antes de abrirla.

—Han sido las mejores horas de mi vida. Cuando contraté tus servicios pensé que eras caro. Pero ha merecido la pena.

Al escucharla hablar con las mejillas sonrojadas, le acarició la mandíbula y la abrazó muy fuerte.

Ryan no sabía la razón, pero sus palabras le habían perturbado.

De pronto sintió unos deseos irrefrenables de besarla de nuevo.

Y lo hizo. Se besaron con desesperación, sabiendo que no volverían a verse.

Se separaron cuando sus pulmones se quedaron sin oxígeno para respirar.

Ryan se separó de ella y le dio un ligero beso en los labios.

—Adiós, cielo.

—Adiós.

Ella abrió la puerta para que saliera. Se sintió extraña cuando cerró la puerta tras él.

Caminó hacia la ventana del salón y miró hacia el exterior a través del visillo.

Suspiró y caminó hacia la escalera hasta llegar a su dormitorio.

Por un instante pensó en ducharse, pero, a pesar de saber que necesitaba lavarse, cambió de idea.

Quería dormir con el olor de él y no quería empañarlo con nada.

Se lavó los dientes y se metió en la cama.

Por unas horas, ese desconocido irresistible, fue el príncipe de sus sueños, pensó antes de dormirse.

Ryan entró en el coche y cerró la puerta. Puso la marcha atrás y abandonó la propiedad.

—¡Joder! ¿Qué he hecho?¿Se puede saber en qué estaba pensando? —dijo para sí mismo.

Estaba muy cabreado. Sabía que no tenía derecho a hacer lo que había hecho. Había engañado a esa chica. Pero… ¿cuánto tiempo llevaba pensando en ella? Llevaba meses sin poder quitársela de la cabeza.

Cuando abrió la puerta y la vio frente a él se le había nublado la mente.

Jamás pensó que volvería a verla, y mucho menos en Nueva York.

¿Vivía en la ciudad? ¿Había venido de vacaciones?

¿Estaba visitando a algún familiar o amigo?

No entendía por qué se hacía esas preguntas si no las podía contestar.

Estuvo unos minutos sin pensar, limitándose a conducir.

¿Qué debería hacer? Podría regresar a su casa y explicarle lo que había hecho, antes de que averiguara que él no era el hombre a quien estaba esperando.

Pero, ¿cómo se lo tomaría? Seguro que se cabrearía y lo echaría a la calle.

¿Habría averiguado ya que él no era el hombre que había contratado?

¿Y por qué cojones ese hombre no se había presentado?

Aunque en realidad, daba gracias porque no lo hubiera hecho.

Ella era virgen, y había perdido la virginidad, con él. Eso le hizo sonreír.

Había estado obsesionado con ella desde hacía semanas, imaginando infinidad de veces que la besaba y la abrazaba.

Había pensado que no podría olvidarse de ella si no la follaba.

Y ya lo había hecho. Y ahora que por fin había sucedido, se dio cuenta de que había estado equivocado.

Porque estar con ella no había saciado de ninguna manera lo mucho que la deseaba, sino todo lo contrario.

Porque su deseo por ella se había incrementado.

Había hecho el amor con ella, y era la primera vez, porque nunca había sentido nada por ninguna mujer, que no fuera algo físico. Había estado en lo más hondo de su cuerpo mientras se miraban a los ojos. Y cuando se corrió sintió deseos de decirle que la quería.

Pero sí había una cosa que le preocupaba, y mucho. Lo que realmente le aterraba era que presentía que nunca podría conseguir que esa mujer desapareciera de su mente. Y eso era un serio problema.

Jessica se levantó tarde al día siguiente. Tenía el cuerpo dolorido, como si hubiera estado horas haciendo gimnasia por primera vez y tuviera agujetas. Bueno, en realidad, estuvo horas haciendo ejercicio… con un hombre increíble, pensó sonriendo mientras bajaba la escalera.

Entró en la cocina y se preparó un café.

Estaba hambrienta, porque la noche anterior, con los nervios que tenía mientras esperaba al hombre que había contratado, no quiso cenar por si se le revolvía el estómago.

Pero antes de comer nada necesitaba tomar un café.

Lo preparó y se lo sirvió en la taza. Cogió el móvil, que estaba sobre la bancada de la cocina desde la tarde anterior, y la taza del café y se sentó a la mesa.

Tomó un sorbo del líquido caliente y encendió el móvil.

Tenía una llamada perdida de un número desconocido y un mensaje de voz del mismo número, que habían enviado a última hora de la tarde del día anterior. Abrió el mensaje y lo escuchó:

Hola, Jess. Soy Ruth de la agencia. Espero que todo vaya bien. Siento informarte que el hombre de quien te hablé y quien tenía que ir a tu casa esta noche ha tenido un problema familiar y no podrá ir…

Jess, que estaba bebiendo un sorbo de café en ese momento, se atragantó con el líquido al oír las palabras y escupió el café, al mismo tiempo que la taza se volcó y el líquido se derramó sobre la mesa.

—¡Mierda! —dijo levantándose rápidamente y cogiendo el móvil.