Tan irresistible como Stanford Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—No creo que sea cuestión de franqueza. Simplemente es decir lo que veo. Aunque he de admitir que me sorprende mi comportamiento contigo. Reconozco que al principio me sentía algo avergonzada y cohibida y, para ser aún más sincera, estaba aterrorizada.

—¿Tenías miedo de perder la virginidad?

—No, no por eso. Tenía miedo de estar con un desconocido.

Pero después de unos minutos me he sentido muy cómoda, como si ya nos conociéramos y hubiéramos estado muchas veces juntos, como si no fuera la primera vez que hiciéramos el amor.

Puede que sea porque no estoy acostumbrada a tratar con hombres tan interesantes y fascinantes.

Ryan no supo qué decir al escuchar sus palabras, era la primera vez que se le había quedado la mente en blanco.

—Ahora me gustaría perder la virginidad —dijo ella de pronto.

—De acuerdo.

Jessica pensó que se la metería, así sin más.

Sin embargo, Ryan comenzó con el tormento de acariciarle de nuevo todo el cuerpo con las manos, los labios, la lengua e, incluso, con los dientes.

Tenía que reconocer que su habilidad era innegable.

Había conseguido que las lágrimas resbalaran por sus mejillas de tanto placer que sintió, mientras la acariciaba y la mordisqueaba.

Ese hombre sabía cómo tocarla, dónde tocarla y cuándo tocarla.

Y Jess le suplicaba una y otra vez sin dejar de gemir.

La sangre corría caliente y a toda velocidad por sus venas y tenía los pezones tan erectos y duros que le dolían.

Jess pensó que ese desconocido era un maestro en el arte de seducir y el erotismo. Su intensa y devastadora mirada gris la hacía pensar que aquella noche el maestro iba a llegar a lo más alto de sus enseñanzas con ella.

Cuando Ryan llegó a su sexo notó que estaba empapada. Metió un dedo en su interior, luego dos, y resbalaron suavemente por el estrecho canal.

—¿Dónde tienes los condones?

Jess se giró y sacó la caja del cajón de la mesita de noche. La abrió, sacó uno y se lo dio. Ryan se puso de rodillas entre sus piernas.

—Estoy pensando que, antes de perder la virginidad, que es la razón por la que estás aquí, me gustaría acariciarte. Es la primera vez que estoy con un hombre desnudo y no quiero desaprovechar esta oportunidad. Aunque puede que estés harto de que te soben las mujeres.

—Estaré encantado de que me acaricies —dijo él olvidándose del condón y tumbándose a su lado boca arriba.

—Gracias.

—Cielo, no me des las gracias. Me quedaré contigo todo el tiempo que necesites.

—Vale.

Jess comenzó a pasar las manos por su torso, por su cuello, por sus brazos.

Ryan sintió cómo sus manos le recorrían la piel suavemente, como una principiante.

Él estaba acostumbrado a mujeres con experiencia.

Mujeres que sabían intensificar el deseo y satisfacer la pasión.

Pero esa chica no sabía ni uno solo de sus numerosos trucos.

Aunque no necesitó ninguno, porque aún sin experiencia, le provocó tal erección que casi le dolía.

Jess trazó el mismo recorrido con sus labios. Los músculos se le tensaban a medida que los labios o la lengua de Jess se deslizaba sobre ellos. Estuvo casi media hora en tensión, mientras ella se tomaba su tiempo. De pronto decidió centrarse en su erección y él supo que estaba perdido.

—¿Hay alguna zona de tu sexo que no deba tocar? —preguntó ella insegura, mientras deslizaba sus dedos con suavidad a lo largo de la polla de forma distraída.

—Puedes tocarme dónde quieras y cómo quieras. Pero si lo prefieres, puedo cogerte la mano y mostrarte cómo hacerlo.

—Si no te importa, prefiero hacerlo yo sola.

—De acuerdo.

Jess apretó la mano con vacilación alrededor del miembro, que estaba duro como el mármol, haciendo que Ryan soltara un gemido.

Poco después volvió a gemir cuando sintió esos pequeños, cálidos e indecisos dedos rodeando su polla.

Nunca en su vida había experimentado nada que hubiera hecho que se le aflojaran las rodillas, como le ocurría en ese momento.

Su verga se puso aún más dura, con aquellas suaves caricias subiendo y bajando por su miembro.

Jess estaba sorprendida por la experiencia.

El miembro estaba muy duro, pero nunca imaginó que fuera tan suave al tacto.

Pensó que era como acariciar terciopelo.

De pronto, con la otra mano sujetó los testículos y los apretó ligeramente.

Y entonces Ryan no solo gimió, sino que después de gemir soltó un jadeo.

—Tal vez deberías dejar de lado tus temores, ya que pueden impedir que caigas en la tentación.

—No tengo ningún temor. Y creo que desde que llegaste a mi casa me he dejado vencer a fondo por la tentación —dijo Jess incorporándose y mirándolo.

—Es un placer estar ayudándote.

—No me estás ayudando. Tú eres la tentación.

—Vaya. Gracias. ¿Has terminado?

—Ni por asomo.

Jessica volvió a centrarse en la polla, ignorando que el miembro fuera parte del hombre que estaba allí.

Deslizó la lengua despacio y con suavidad desde la raíz del pene hasta la punta, y repitió, una y otra vez, hasta que de pronto se metió el glande en la boca, como si fuera un chupa—chup, y él gimió.

Ryan no entendía por qué sentía ese placer tan desmesurado.

Había estado con mujeres expertas cuyas mamadas hacían perder el sentido, y ahora se encontraba con una chica virgen, que no había estado jamás con un hombre, y se estaba muriendo de placer, simplemente, con que deslizara la lengua por su polla.

De repente, a Ryan se le paró la respiración. Jess se había metido la verga en la boca y subía y bajaba, acompañando el proceso con una de sus manos.

—¡Santa madre de Dios! —exclamó él, porque lo había puesto a cien.

—¿Te gusta? —preguntó ella elevando la cabeza para mirarlo algo insegura.

—Me gusta demasiado. De hecho, estoy a punto de correrme. De manera que, será mejor que lo dejes estar.

—Es mi primera mamada y llegaré hasta el final.

Esas palabras hicieron que se excitara más aún.

—De acuerdo.

Jess volvió a meterse la polla en la boca y le cogió al mismo tiempo los testículos, amasándolos con delicadeza. Solo tuvo que subir y bajar la cabeza cuatro veces para que él se corriera.

Ryan la vio incorporarse y mirarlo con una sonrisa traviesa en los labios, que tenía húmedos. Sus mejillas estaban ruborizadas. Y en ese preciso instante pensó que era la mujer más sensual que había visto en su vida.

—¿Qué te ha parecido tu primera mamada?

—Interesante.

Él la miró sorprendido por su contestación.

—Ahora sí estoy preparada para perder la virginidad. Pero tengo entendido que los hombres necesitáis un tiempo para recuperaros… Aunque parece que tú te recuperas rápidamente —dijo ella al ver que su polla volvía a estar erecta.

—Es lo que consiguen las mujeres como tú: preciosas, sexys y sensuales.

—Yo no soy ninguna de esas cosas. Y no soy guapa, soy pasable.

—No sé quien te habrá dicho eso, cielo. Pero fuera quien fuese, no estaba muy bien de la vista. Eres una mujer preciosa. Bésame.

Jess se inclinó hacia él y lo besó. Ryan giró con ella para tenerla debajo y profundizó el beso, al mismo tiempo que metía la mano entre sus piernas para acariciarle su centro del placer. Metió un dedo en su interior para comprobar si estaba lista para él. Y desde luego que lo estaba.

Jess le rodeó el cuello con los brazos para acercarlo más a ella. Jamás podría haber imaginado que pudiera llegar a existir un deseo tan intenso y poderoso.

Ryan se puso de rodillas entre sus piernas, cogió el condón que seguía sobre la cama, lo abrió con los dientes y se lo puso en dos segundos.

—Supongo que sabes que la primera vez duele.

—Sí. Pero podré soportarlo.

Ryan deslizó la punta de la polla por el sexo de ella, impregnándola de sus fluidos.

Le abrió más las piernas y colocó el miembro en su entrada.

Empujó y el glande se deslizó en su interior.

Entonces se inclinó para besarla de forma lenta, aunque ella se sintió devastada.

Jess le devolvió el beso de manera apasionada y el deseo de Ryan se agudizó por la respuesta de ella al beso.

La penetró lentamente pero con firmeza, mientras la besaba con desesperación. Cuando notó la barrera de su virginidad intensificó el beso al mismo tiempo que empujaba con fuerza con su verga hasta que llegó al fondo. Se detuvo en su interior, y entonces la miró.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Te ha dolido mucho?

—No tanto como esperaba. Tu beso ha sido una buena distracción. ¿Ya has terminado, o vas a moverte?

—Si no te importa, me quedaré quieto en tu interior un instante, así te acostumbrarás a tenerme dentro. Luego me moveré hasta que te corras y a continuación me dejaré llevar yo.

—De acuerdo.

—No sabes lo bien que me siento estando en tu interior, es como estar en el cielo. Estás tan estrecha.

Ryan se inclinó sobre ella. La barba incipiente le rozaba los pechos mientras le acariciaba los pezones con la lengua formando círculos.

Cogió un pezón entre los dientes y lo mordisqueó suavemente de una forma tan exquisita que el placer se desplazó por el cuerpo de Jess hasta llegar a la punta de sus pies.

Ryan no quería moverse. Sentirla debajo de su cuerpo era maravilloso, como si ese fuera su lugar. ¿Cuántas veces había imaginado que la tenía así? Demasiadas, se dijo. Donde quiera que la tocara, un pequeño fuego comenzaba a arder.

Ryan sacó el miembro hasta que prácticamente estuvo fuera y volvió a entrar en ella hasta el fondo. Lo repitió una y otra vez, lentamente, con suavidad.

Jess pensó que ese hombre le hacía el amor como si ella fuera algo de su propiedad. Sentía su imponente cuerpo sobre ella, llenándola con profundas arremetidas que la estaban volviendo loca.

Ryan vio excitación, placer y pánico, todo al mismo tiempo, materializándose en su rostro.

Utilizó toda la experiencia que había acumulado a lo largo de su vida con las mujeres para no embestirla de forma brusca.

Era una gozada deslizarse por ese conducto tan estrecho, apretado y suave. Y estaba tan deliciosamente caliente...