Tan irresistible como Stanford Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Ryan le bajó la prenda por las piernas hasta que cayeron al suelo.

Entonces se levantó e hizo que ella se sentara en el borde de la cama.

Entonces puso una rodilla en el suelo. Cogió el vestido y el culote y los retiró a un lado.

Entonces le desabrochó los zapatos y se los sacó, dejándolos junto al vestido.

—Separa las rodillas.

Jess lo miró algo intranquila, pero obedeció.

—Más.

Ella las separó un poco más.

Ryan miró su sexo con descaro. Deslizó la mirada hasta sus ojos y disfrutó viéndola sonrojarse una vez más. Luego se levantó.

Jess odiaba el efecto devastador que provocaba la mirada de él en su cuerpo, y el cosquilleo que sentía en su vientre al escuchar su voz, y lo que estaba sintiendo su corazón en ese instante.

Odiaba que ese hombre la alterara con su sola presencia.

Y sobre todo odiaba desear que la acariciara, la besara y que le hiciera el amor.

Entonces ocurrió algo que a él le sorprendió.

La tímida mujer que tenía frente a él se levantó de la cama, lo sujetó del pelo y tiró de él con cierta rudeza hasta estampar los labios con los de él.

Cuando Ryan sintió el cuerpo de ella contra el suyo, la abrazó fuertemente pegándose a ella.

Le devoró la boca con un beso desenfrenado y brutal, que ella le devolvió con una inocente experiencia, pero con atrevimiento.

Cuando el beso terminó, Ryan la miró con los ojos entrecerrados, pero ella le devolvió la mirada con una sonrisa burlona. Y él se quedó embelesado mirándole los labios.

De pronto se sintió aturdido. En su interior revoloteaba un caos de deseos y emociones que no comprendía. Esa mujer lo hacía sentir de forma total e increíblemente nueva para él. Jess lo sacó de su aturdimiento con sus palabras.

—Supongo que, como he pagado por tu tiempo, puedo hacer lo que me plazca contigo —dijo sin borrar la sonrisa de sus labios, mientras comenzaba a desabrocharle los botones de la camisa.

—Hace unos minutos has dicho que eras tímida, pero no lo pareces.

—Bueno, no eres un hombre barato —aclaró con una descarada sonrisa—. He de aprovechar el tiempo que estemos juntos, porque no volveremos a vernos. Y he descubierto que me gusta mucho besarte.

—¿Solo te gusta besarme?

—También me ha gustado mucho lo que me has hecho en los pechos.

—¿Algo más?

—¡Dios! Me encanta como deslizas tus manos por mi piel acariciándome.

—Pues esto te va a gustar más. Retira la ropa de la cama y colócate en el centro —dijo él mientras se terminaba de desabrochar la camisa sin apartar la mirada de Jess. Y ella obedeció.

La imagen que ella mostraba, totalmente desnuda, fue más gratificante de lo que Ryan hubiera imaginado.

Esa mujer tenía un cuerpo increíble. Sus pechos subían y bajaban, acompañando el ritmo de su respiración.

No supo en qué parte de su cuerpo concentrarse para no separarle las piernas bruscamente y follarla como deseaba.

Todo en ella estaba en su sitio, como si la hubieran creado expresamente para los gustos de él.

Ryan tenía conciencia de lo que era el deseo, pero no había imaginado sentir un ansia tan apremiante, ni que le temblarían las manos al desabrocharse la camisa. Se desprendió de la prenda y la lanzó sobre el sillón.

Necesitaba tocarla, sentir el tacto de su piel en sus dedos. La excitación sexual hacía que se sintiera como un adolescente en su primera vez con una chica.

—¡Santa madre de Dios! Su torso es espléndido e irresistible —dijo ella al verlo.

—Gracias, cielo.

—Lo siento. No quería decirlo… Solo estaba pensando —se excusó al darse cuenta que lo había dicho en voz alta.

—No me importa que lo hayas dicho. Es halagador que pienses eso.

Jess se sentía abrumada por su presencia. Admiró su abdomen plano y firme. Una senda de vello se perdía a lo largo de sus oblicuos. Suaves lineas de músculos esculpían su pecho.

Ryan se sacó los pantalones y el bóxer al mismo tiempo sin dejar de mirarla.

Jess tragó saliva. Ese hombre desprendía sensualidad por cada poro de su piel. Y parecía divertirse con el aturdimiento que sentía ella.

Ryan la observó encantado por su naturalidad.

Era virgen y seguramente no habría visto a ningún hombre desnudo, sin embargo no lo había mirado con extrañeza o temor, aparte de su sonrojo.

Se comportaba como si hubiera visto cientos de cuerpos desnudos.

Se preguntó, porqué de pronto ya no quería cubrirse su cuerpo y no le importaba que él estuviera allí mirándola.

Entonces se dio cuenta de que eso también le atraía de ella.

Ese hombre parecía un ángel caído, pensó Jessica mirándolo de arriba abajo.

Y su cuerpo fomentaba aquella imagen. Tenía un cuerpo fibroso, era delgado y sus proporciones eran perfectas.

La ligera capa de vello oscuro que cubría su pecho era tan apetecible como su bronceada piel.

Deseó acariciarlo. Sin duda era un hombre de belleza refinada y muy elegante.

Ryan se subió a la cama y se acercó a ella.

Comenzó a recorrer su cuerpo con los labios y con la lengua.

Esa mujer había liberado algo en él. Podía sentirlo en el frenético ritmo de su corazón, y en el brusco deambular de sus manos sobre su cuerpo.

Ryan le dejaba sobre la piel un rastro de saliva que la quemaba.

Su lengua recorrió su cuello, sus pechos, sus costados, su vientre, su ombligo, hasta que llegó al triángulo de vello de su entrepierna.

Jess pensó que se centraría en su sexo, pero se había equivocado.

Él se deslizó por sus piernas, acariciándolas con las yemas de los dedos.

Y entonces se centró en sus pies. Le chupó los dedos y se los introdujo en la boca.

Jess descubrió que sentía placer en los pies, cosa que jamás podría haber imaginado.

Después de un buen rato fue subiendo por sus piernas, acariciando el interior con la lengua.

Entonces se acomodó entre sus muslos. Ryan le abrió los labios con los dedos, bajó la cabeza y pasó la lengua por los sonrosados pliegues.

Y mientras tanto, Jess estaba quieta y casi sin respirar.

Se sentía avergonzada, pero no pensaba pronunciar palabra, porque lo que estaba sintiendo superaba su vergüenza.

Se sentía atrapada, ansiosa de sensaciones y desesperada por saber lo que él pudiera mostrarle.

Notaba la sangre caliente desplazarse por sus venas a toda velocidad mientras se aferraba a las sábanas.

La lengua de ese hombre se apoderó de ella.

La movía con una astuta lentitud a lo largo de sus labios, para terminar chupando su clítoris, cosa que hizo que su cabeza le diera vueltas.

Dobló los dedos de los pies al sentir como si una docena de agujas se clavaran en su sexo, mientras su corazón latía desenfrenado.

No estaba acostumbrada a todas las sensaciones que estaba sintiendo en su interior.

Ryan le dobló las piernas y se las separó. Entonces metió la lengua en su vagina una y otra vez, lo más hondo que pudo. Sintió las contracciones en su lengua. Escuchó el jadeo y el grito que lo acompañó al alcanzarla el orgasmo. Ryan se retiró de su vagina. Se deslizó hacia arriba y olió su sexo.

—¡Joder! No sabes lo bien que hueles. Y todavía tengo en la lengua el delicioso sabor de tu coño.

—Tu romanticismo es abrumador —dijo ella con sarcasmo, pero con las mejillas tan rojas como las amapolas.

Esa era la palabra, se dijo Jess. Ese hombre era abrumador. Era como si hubiera llenado todos sus sentidos y ya no pudiera ver ni apreciar nada que no fuera, él.

Estaba húmeda y cálida, y era la mujer más excitante que hubiera conocido.

Su cuerpo era delgado, suave, flexible y con unas curvas deliciosas, que lo incitaban a explorarlas.

Ryan deseaba poseerla con desesperación, de una manera feroz, como si ella fuera una droga adictiva que le aceleraba el corazón y le nublaba la mente.

Se colocó sobre ella, apoyo los antebrazos a ambos lados de Jess y la besó lentamente, compartiendo con ella el sabor de su sexo. Y Jessica le devolvió el beso de igual forma.

Tenerla entre sus brazos, como en ese momento, era todo lo que él había deseado. Sentirla estremecerse, con la misma necesitad que él tenía de ella, era una sensación indescriptible. Parecía que la boca de esa chica hubiera sido diseñada para fundirse con la suya.

Ryan estaba familiarizado con el deseo, pero haciendo memoria no recordó ninguna ocasión en la que el deseo se hubiera precipitado sobre él, dejándolo sin aliento.

—Estás haciendo que me sienta muy bien —dijo Jess cuando dejó de besarla.

Él la miró a los ojos, nuevamente aturdido por lo que estaba sintiendo. Quería follarla ya. Sentía un deseo desesperado de estar dentro de ella.

—Por eso estoy aquí.

—Si sigues a este paso, por la mañana seguiré siendo virgen.

—¿Te estás quejando?

—Por supuesto que no.

—¿Tienes prisa por perder la virginidad?

—No.

—¿Tienes algo mejor que hacer?

—No.

—En ese caso, déjame hacer mi trabajo.

—No me inmiscuiría en tu trabajo por nada del mundo. Creo que eres muy eficiente —dijo ella sonriendo con atrevimiento.

Ryan le sonrió.

—Y tú eres una descarada, que tiene bien poco de tímida.

—Te aseguro que soy tímida, pero contigo no sé lo que me pasa. Es como si te conociera de toda la vida. Supongo que será porque trabajas a diario con mujeres y me tratas… con familiaridad.

—Creo que a mí me sucede lo mismo contigo.

—Conmigo y supongo que con todas. Si alguien me hubiera dicho que iba a tener una experiencia sexual con un hombre como tú, jamás lo hubiera creído.

—¿Qué quieres decir con eso de un hombre como yo?

—Ya sabes, un ejemplar magnífico, un hombre diez, un macho Alfa.

—¿Eso piensas de mí?

—Sí.

—Vas a hacer que me ruborice.

—Seguro que en tu trabajo lo habrás escuchado cientos de veces.

—Las mujeres no suelen ser tan francas como tú.