Capítulo 1 #3
—¿Sabes? No eres el prototipo de una mujer tímida. Las tímidas no emplean el sarcasmo. Y tampoco halagan a los hombres con sus palabras.
La voz de ese hombre era sensual, grave y aterciopelada, pensó Jess. Sentía como si se abriera camino hasta depositarse en su bajo vientre.
—Seré una tímida rara.
—Es posible. A propósito, no parece que tengas tu edad. Pareces mucho más joven.
—¿Eso es bueno o malo?
—Supongo que es bueno. ¿Cómo te llamas?
—Es mejor que no sepamos nuestros nombres.
—Como quieras. ¿Tienes algo pensado?
—¿Yo? Estoy nerviosa desde que me desperté esta mañana, a causa de esta…
cita, si se puede llamar así. No creo que sea capaz de pensar.
Se supone que tú eres el experto. Espero que Ruth no me engañara.
Dijo que eras sensible, tierno y comprensivo.
Vaya, un hombre perfecto. Te he contratado para perder la virginidad, así que, hazlo rápido y terminemos de una vez.
Ryan la miró. Por fin le había dicho, con todas las palabras, qué esperaba de él.
Aunque él no fuera el hombre que había contratado.
Entonces le dedicó una preciosa y seductora sonrisa, que hizo que ella agradeciera estar sentada, de lo contrario, se habría caído al suelo, porque las piernas le flaqueaban.
—Cielo, eso es lo último que deberías decirle a un hombre. Cuando más despacio vaya, más disfrutarás.
Al escuchar sus palabras, Jessica fue invadida por una desconocida y extraña sensación, una cálida turbación que ocupó cada centímetro de su cuerpo.
A pesar de que lo miraba a los ojos, Jess era consciente de cada detalle del hombre que tenía sentado a su lado.
Llevaba un traje gris que le sentaba de maravilla.
No llevaba corbata, y la camisa blanca tenía tres botones desabrochados.
Tenía un cuerpo perfectamente moldeado. Y su boca era carnosa y sensual.
Se dio cuenta de que se le había erizado el vello de los brazos, solo por mirarlo.
Esa mujer era una auténtica belleza, pensó Ryan mirándola.
Era preciosa, de una forma inocente y natural.
Iba sin maquillar, aunque no necesitaba maquillaje.
Por cómo se había movido, sus pechos eran naturales, nada de implantes.
Sintió una sensación extraña en el pecho. No podía apartar la vista de ella.
—Voy a hacer que pases unas horas inolvidables. Tómate el coñac. Todo.
Jessica estaba ruborizada por lo que había pensado de él, pero las palabras que Ryan acababa de pronunciar, hicieron que de pronto su cuerpo ardiera de deseo.
—¿Has dicho unas horas?
—Es tu primera vez, e iremos despacio.
—¿Crees que necesitaremos tanto tiempo?
—Haz caso de lo que te dijo Ruth y déjalo todo en mis manos.
—De acuerdo.
Ryan le dedicó una sonrisa que en ese mismo instante se convirtió en la preferida de Jess. Fue una sonrisa atrevida, traviesa e increíblemente deslumbrante y seductora.
Jessica lo miró mientras tomaba otro sorbo de coñac.
Su cabello moreno resaltaba su bronceado.
Se preguntó si pasaría al aire libre el tiempo que no estuviera trabajando, aunque la piel que se veía por la abertura de la camisa también estaba bronceada.
Supuso que aprovecharía los ratos libres tomando el sol.
Lo miró a los ojos, que tenían una chispa bromista.
Miró de nuevo su camisa abierta y decidió que debajo de la ropa que llevaba se adivinaba un cuerpo perfecto.
Jess se preguntó si él se daría cuenta de su aturdimiento.
Ese hombre tenía un aura innata de magnetismo sexual.
Ella lo percibió en su forma de hablar, en la manera de moverse, en su delicioso olor.
Se sintió muy atraída por él. Se recordó a sí misma que era un hombre cuyo trabajo consistía en satisfacer a las mujeres.
Y con su aspecto, muchas se enamorarían de él, y seguramente volverían a contratarlo.
Puede que ella también lo hiciera, más adelante.
—¿Tomas algo para no quedarte embarazada?
—¿Por qué iba a tomar nada si soy virgen?
—Tienes razón —dijo él sonriendo.
—Aunque he comprado condones. No sabía cuáles usabas, pero al decirme Ruth que eras muy alto, he comprado la talla grande. Aunque no sé si una cosa tiene que ver con la otra.
—Estupendo —dijo él sonriendo al ver el rubor en sus mejillas.
—Aunque, supongo que, como te dedicas a esto, llevarás siempre un buen surtido contigo.
—Usaremos los tuyos, porque acabo de acordarme que los he dejado en el coche.
—No hay problema.
—Termínate el coñac.
Ella se lo bebió de un trago.
—Vamos al dormitorio —dijo Ryan.
Mientras subían la escalera, Ryan pensó de nuevo que esa casa no era del estilo de esa chica.
—¿Hace mucho que vives aquí?
—¿Te refieres a Nueva York?
—No, a la casa.
—Hace unas semanas. ¿Por qué lo preguntas?
—Simple curiosidad.
Llegaron al final de la escalera y caminaron hacia la primera puerta. Jess la abrió.
—Este es mi dormitorio —dijo entrando en la amplia estancia.
—¿Quieres que cierre la puerta? —preguntó Ryan entrando tras ella.
—Estamos solos y no espero a nadie, pero puedes cerrarla si quieres.
Aunque a él le daba igual, la cerró.