Capítulo 1 #2
Al abrirse la puerta Ryan vio frente a él a una chica joven y preciosa.
Se quedó mirándola sin poder creer lo que estaba viendo.
Era la misma chica que había visto en Atlanta unos meses atrás y a quien no había podido olvidar.
La contempló embobado y no fue capaz de apartar la mirada de ella.
Una presión desconocida se instaló en su pecho y un extraño cosquilleo se deslizó desde su estómago hasta su garganta, consiguiendo que casi no pudiera respirar.
Los latidos de su corazón se aceleraron de repente y todos los músculos de su cuerpo se tensaron, mientras sentía en su interior una oleada de deseo.
Se preguntó por qué se sentía tan atraído por esa chica, pero se dijo que debía ser por el deseo primitivo que una mujer preciosa provocaba en él. Aunque había estado con muchas mujeres preciosas… Pero sabía que ella era diferente. Era la primera vez que experimentaba un deseo tan intenso.
Jess levantó la mirada y se encontró con los ojos más extraordinarios que hubiese visto en su vida: grises, cálidos e inteligentes.
—Hola. Espero no haberme confundido de casa —dijo Ryan.
—Hola. No te has confundido. Entra.
A Ryan le extrañó que lo dejara pasar, sin conocerlo. Sentía todavía una presión en el estómago y su corazón seguía alterado.
—He venido…
—Sé a lo que has venido —murmuró ella cerrando la puerta cuando él estuvo dentro—. Y te agradecería que no mencionaras más de la cuenta quien eres y qué haces en mi casa.
Jess no tenía palabras para describir la belleza del hombre que tenía frente a ella.
Sus ojos eran fascinantes, al igual que su boca y su voz profunda.
Todo en él desprendía masculinidad y se sintió muy atraída por él.
Ese fue un momento delicioso. Los dos allí, de pie, mientras se imaginaba por un segundo qué sentiría si se acercara y pegara su cuerpo al de él, para notar la fuerza de sus músculos, el calor de su cuerpo y sentir los brazos a su alrededor.
Solo pensar en ello, hizo que se ruborizara.
Ryan la miró levantando una ceja, muy sorprendido por sus palabras, por su inconfundible aturdimiento y por el rubor de sus mejillas.
—Vayamos al salón —dijo Jess dándole la espalda.
Ryan no pudo evitar caminar tras ella. A pesar del desconcierto que sentía, su intriga por saber qué sucedía, era aún mayor. Además, el destino había puesto a esa mujer en su camino por segunda vez, y quería saberlo todo de ella. No había esperado que esa chica pudiera provocar tal efecto en él.
La vez que la vio en Atlanta estaban a varios metros el uno del otro, pero ahora estaba con ella. Nunca había sentido nada parecido antes. Había algo en esa mujer que lo hacía estar alerta y que sintiera cosas desconocidas hasta ese momento.
—Ruth tenía razón, eres un ejemplar único.
A pesar de que le agradó su halago, Ryan se volvía loco pensando en quién sería Ruth.
—Me aseguró que eras muy caro, pero que merecía la pena estar contigo.
¿Caro? ¿De qué cojones estaba hablando?, se preguntó él.
Llegaron al salón y Jessica se sentó en el sofá.
—Siéntate, por favor.
Ryan se sentó a su lado.
La mirada de Jessica se cruzó con la de él durante un instante.
Esos escasos segundos habían sido suficientes para que el corazón de ella se alterara y alcanzara una alarmante velocidad.
Se dijo que algo le sucedía a su respiración, porque de pronto sintió que el aire que entraba en sus pulmones no era suficiente. Necesitaba tranquilizarse, se dijo.
—En la agencia me dijeron que eras atractivo, pero no sabía que lo fueras tanto. Eres guapo para ponerse a gritar.
—Muchas gracias. Eres una mujer atrevida, ¿eh?
—Te equivocas. Soy excesivamente tímida, ¿no te lo dijo Ruth?
—No.
Al tenerlo tan cerca, aún lo encontró más atractivo. Su mirada intensa era lo más impactante que Jess había visto en su vida, y en su trabajo había visto cosas que la habían dejado de piedra. Y su olor… ¡Santa madre de Dios! Su olor era delicioso.
—De todas formas, en la situación que nos encontramos, es una tontería mostrarme tímida o remilgada. Los dos sabemos porqué estás aquí.
Yo no lo sé, pensó Ryan.
La genética había sido demasiado generosa con él, pensó Jessica.
Le miró los labios, que eran gruesos, bien perfilados y muy apetecibles.
Eran los labios más sensuales que hubiera visto en su vida.
Unos labios que ahora lucían una sensual y devastadora sonrisa.
Tenía el pelo moreno y ya sabía que sus ojos eran grises, aunque ahora que los veía de cerca, el gris de su iris estaba rodeado de un círculo azul.
Sus pómulos eran marcados y el mentón estaba cubierto por una sombra de barba de dos días, que lo hacía aún más atractivo, si eso fuera posible. Sin duda era un hombre impresionante.
Ryan la miró a su vez, pensando que era una mujer preciosa.
—Estoy un poco nerviosa.
—Lo he notado. Tal vez te vendría bien una copa. Y a mí también.
—No irás a decirme que estás nervioso.
—Pues, la verdad es que sí. ¿Tienes alguna bebida fuerte?
—No suelo beber, pero tengo whisky y coñac.
—Estupendo. Yo tomaré un whisky con hielo. Tú deberías tomar un coñac.
—Vale, voy a por el hielo.
Ryan aprovechó para echar un vistazo al salón. Pensó que la decoración no quedaba bien con esa mujer, era demasiado recargada y ostentosa, y ella parecía una chica sencilla.
Jessica cogió una bandeja. Puso en ella las botellas de bebidas y dos vasos. Mientras sacaba el hielo de la nevera su imaginación comenzó a activarse.
Siempre había pensado que un día se despertaría por la mañana y todo habría cambiado: los días ya no serían tristes y no se sentiría sola; escaparía de su invisible cárcel y encontraría a un hombre a quien querer, alguien que haría que la sangre corriera caliente por sus venas; imaginaba que ese hombre la respetaría, la adoraría, y se enamoraría locamente de ella; serían compañeros, amigos y amantes.
Pero, por supuesto, ese hombre no era quien estaba en ese momento en su casa.
Jessica regresó al salón y dejó la bandeja sobre la mesita.
—¿Te importa servir tú las bebidas?
—No me importa.
Ryan las sirvió y le dio a ella la copa de coñac. Luego cogió el vaso de whisky y la miró. Y entonces Jess le dedicó la sonrisa más natural, tierna y resplandeciente que él había visto en su vida. Sintió una fuerte presión en el pecho y un calor inmenso en su interior.
Bebió un trago de whisky y sonrió al ver el gesto que había hecho ella al tomar un sorbo del coñac.
Una oleada de sangre le tensó la entrepierna. Era ternura mezclada con deseo, dos sentimientos que jamás había sentido a la vez. De repente se dio cuenta de que con esa mujer se encontraba en territorio desconocido.
—¿Quieres decirme algo? —preguntó Ryan mirándola a los ojos.
Cada vez que él la miraba fijamente, conseguía que a Jess se le erizara la piel y se le secara la boca, Y eso le preocupaba, porque era la primera vez que experimentaba algo así.
—Ruth me dijo que lo dejara todo en tus manos, porque tú sabrías qué hacer.
—¿Eso te dijo Ruth?
—Sí. Y por si no te informó de todo…, soy virgen.
Ryan casi se atragantó al tomar un trago de la bebida. Aunque logró disimularlo.
—Seguro que soy la única virgen de la ciudad.
—¿Por que lo dices?
—Por la edad.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintinueve.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—El veintiuno de octubre.
—Entonces, cumplirás treinta en unos días.
—Además de ser un monumento de hombre, eres experto en matemáticas. Menuda suerte he tenido.
Ryan la miró serio, pero unos segundos después sonrió.