Tan irresistible como Stanford Capítulo 1
2%

Capítulo 1

Jessica Palmer entró en el local algo avergonzada, después de pasar media hora dando vueltas por la calle, decidiendo si entraba o no.

—Hola —dijo una señora de mediana edad que estaba sentada detrás de una mesa de despacho.

—Hola —respondió Jessica a su saludo.

—Siéntese, por favor.

—Gracias.

Jessica se sentó en una de las butacas que había frente a la mesa.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Pues…, verá. El caso es…

—Iba a tomar un té, ¿quiere acompañarme? —preguntó la mujer al ver que estaba nerviosa.

—Sí. Gracias.

La mujer se levantó y caminó hacia una puerta, la abrió y entró. Jessica miró a su alrededor, pensando que ese local no parecía un negocio sino un salón muy elegante.

Unos minutos después, la mujer se acercó con una bandeja en las manos.

—Sentémonos en el sofá, así estaremos más cómodas.

—De acuerdo —dijo Jessica levantándose.

Caminó tras ella y se sentó en el sofá a su lado. La mujer colocó dos posavasos sobre la preciosa mesa de madera. Sirvió las dos tazas de té y las dejó sobre ellos.

—¿Lo toma con leche y azúcar?

—No, solo. Gracias.

La mujer cogió su taza y se giró hacia ella para mirarla.

—Por cierto, me llamo Ruth.

—Yo me llamo Jessica, pero puede llamarme Jess.

—Muy bien. ¿Qué le parece si nos tuteamos?

—Me gustaría.

—Genial. No voy a preguntarte a qué has venido, ya que es una agencia de acompañantes, y supongo que estás al corriente de ello.

—Sí.

—¿Qué tipo de hombre estás buscando? ¿Y para qué lo necesitas?

—Supongo que cuando dices qué tipo de hombre, te refieres al físico.

—Sí. Algunas mujeres tienen preferencia por el color del pelo, el color de los ojos, la altura… Ya me entiendes —dijo Ruth con total normalidad, como si hablara de verduras.

—En realidad, no tengo ninguna preferencia. Aunque sí me gustaría que fuera medianamente atractivo.

—De acuerdo. Aunque he de decirte que todos los hombres que trabajan en la agencia son bastante atractivos —aclaró Ruth.

—Supongo que es normal, a nadie le gustaría contratar a alguien poco agraciado.

—¿Para qué lo necesitas?

—¿Para qué lo necesito? —repitió Jess nerviosa.

—A veces las mujeres quieren un hombre para que las lleve a cenar, otras para que las acompañe a una fiesta, o a una boda...

—Es posible que me haya confundido y este no sea el lugar que busco.

—No lo sabrás hasta que no me digas para qué necesitas un hombre.

—Verás…

—Jess, puedes hablar con toda confianza. Y lo que hablemos tú y yo será confidencial.

—Soy muy tímida.

—Ya lo he notado. Pero estamos solas y nadie puede escucharnos. ¿Crees que te relajarías si habláramos un poco de ti?

—Es posible.

—¿Me permites que te haga unas preguntas?

—Sí, adelante.

—¿A qué te dedicas?

—Soy médico forense.

—Si no me equivoco, los forenses son quienes hacen autopsias.

—No te equivocas.

—Es un trabajo muy importante. Seguro que tendrás muchos conocidos.

—En realidad, no. No tengo mucha vida social. Voy del trabajo a casa y de casa al trabajo.

—Entiendo.

—Mis padres murieron en un accidente de tráfico el pasado veintinueve de septiembre.

—De eso solo hace unos días. Lo siento.

—Gracias. He venido al entierro y solucionar algunos asuntos. Ellos vivían aquí, pero yo vivo en Atlanta.

—Entonces, ¿trabajas en Atlanta?

—Sí, en el departamento forense.

—¿Tienes hermanos?

—No.

—¿Te sientes más tranquila?

—Sí —dijo Jess sonriéndole.

—En ese caso, volveré a hacerte la pregunta.

—De acuerdo.

La mujer sonrió al ver esa tímida sonrisa.

—¿Puedes decirme para qué necesitas un hombre? Eres muy guapa, tienes una figura bonita y eres médico, por lo que, sin duda, eres inteligente.

—Ya te he dicho que soy muy tímida. En fin… —dijo Jess cogiendo aire—. Tengo veintinueve años y soy virgen.

—Entiendo.

—No parece que te haya sorprendido.

—Cariño, no podrías imaginarte las cosas que he visto y escuchado en este negocio. A propósito de tu edad, no aparentas tener veintinueve años.

—Que no los aparente no quiere decir que no los tenga.

—Claro.

—Ruth, quiero dejar de ser virgen.

—En ese caso, me temo que sí necesitas un hombre —dijo la mujer sonriéndole con amabilidad.

—Por eso estoy aquí.

—Bien, has dicho que no tienes ninguna preferencia en cuanto a los hombres. Lo único que pides es que sea medianamente atractivo.

—Eso es.

—Te recuerdo que vas a pagar por los servicios de ese hombre. Yo de ti pensaría cómo sería tu hombre ideal, y si me lo dices, puede que encuentre alguno que se le parezca.

—Nunca he tenido un hombre ideal.

—¿En serio?

—Vale. En vez de ser medianamente atractivo, me gustaría que fuese muy atractivo.

—Eso está mejor —admitió la mujer sonriéndole—. ¿Qué más?

—También me gustaría que fuese alto. Yo mido un metro setenta y ocho. Si fuese más bajo que yo, no creo que me sintiera bien.

—Estoy de acuerdo contigo.

—Además, me gustaría que fuera delgado, pero fuerte. No sé si…

—Delgado, pero con músculos —dijo la mujer para terminar la frase.

—Sí, pero no muy musculoso. En su punto justo.

—Sé a qué te refieres —añadió Ruth sonriendo.

—¿Estoy pidiendo demasiado?

—Para nada. Además, vas a pagar tú. Y te aseguro que no te va a salir barato.

—El dinero no me importa.

—¿Te han besado alguna vez?

—Salí con un chico en la universidad. Él ha sido el único que me ha besado. Ambos teníamos diecisiete años.

—Me temo que eso no cuenta. Puedo mostrarte unas cuantas fotos para que elijas.

—No quiero ver fotos, confío en tu gusto.

—Gracias. De acuerdo. Creo que tengo al hombre adecuado. Es muy atractivo, bastante más alto que tú y tiene un cuerpo de escándalo.

—Parece un hombre irresistible —dijo Jess sonriendo tímidamente.

—Sí que lo es. Además es simpático, tierno y sensible. Creo que es el hombre ideal para tu primera vez.

—Por tu definición, parece un hombre perfecto.

—Creo que lo es.

—No sé si será adecuado. ¿No tienes algo más normalito?

Ruth se rio por sus palabras.

—Es que… con un hombre tan perfecto, me voy a sentir intimidada y no sabré qué hacer.

—Cariño, por lo que me has contado, no vas a saber qué hacer con ningún hombre —le dijo con una cálida sonrisa.

—Supongo que tienes razón.

—Jess, el hombre de quien te hablo es lo que tú necesitas, y es perfecto para ti, te lo aseguro.

—Si tú lo dices…

—Es comprensivo, paciente, y te hará sentir muy bien. Tú no tendrás que hacer nada, déjale a él que se encargue de todo. Al fin y al cabo es su trabajo.

—De acuerdo. Tú sabes más que yo de esto.

—Sí, algo más —dijo la mujer volviendo a sonreír.

—¿Tengo que pagarte a ti o a él?

—Tienes que pagarme a mí. Si estás satisfecha con el trabajo que haga, puedes darle algún dinero extra, eso es cosa tuya. Pero no es necesario.

—Bien.

—Vamos al escritorio.

Las dos se levantaron. Ruth se sentó detrás de la mesa y Jess frente a ella.

—Dime qué te debo.

Cuando la mujer se lo dijo, Jess sacó la tarjeta del banco de su cartera y le pagó.

—¿Tienes planeado ir a cenar con él? Porque, de ser así, la cena correrá de tu cuenta.

—Nada de cenas. No quiero verlo más de lo necesario. Sé que voy a sentirme muy avergonzada el tiempo que esté con él. Así que, quiero perder la virginidad rápidamente y punto.

—No tienes por qué sentirte avergonzada. Déjalo todo en sus manos.

—Vale.

—¿Cuándo quieres que vaya a tu casa?

—¿Sería posible que fuera el próximo sábado, digamos… sobre las nueve de la noche?

—Déjame que compruebe la agenda. No hay problema —pronunció la mujer poco después.

—Estupendo.

—Este es el teléfono, por si necesitas cancelar la cita —dijo entregándole una tarjeta.

—Después de lo que he tardado en entrar, te aseguro que no la cancelaré.

—De todas formas, llévatela.

—De acuerdo.

—Dame tu dirección. Y tu teléfono, por si hay algún imprevisto y tuviera que llamarte.

Jess se lo dio y Ruth lo anotó en la agenda. Luego se despidieron.

Salió a la calle y respiró profundamente.

Había estado en tensión todo el tiempo que había permanecido en la agencia.

Jamás había estado tan nerviosa en su vida.

Pero lo había hecho. Se sintió orgullosa de sí misma por haberlo conseguido.

¡Había contratado a un hombre para que le hiciera el amor! Jess todavía no se lo podía creer.

Sabía que el siguiente sábado, cuando ese desconocido se presentara en su casa, se sentiría terriblemente avergonzada. Pero hasta el sábado faltaban cinco días. Cinco días para hacerse a la idea de que tenía una cita con un hombre. Si es que a eso se le podía llamar una cita.

A primeros de ese mes de octubre, el doctor Ryan Owens, uno de los amigos del grupo de Stanford, había comenzado a visitar a los pacientes, que dos años atrás iban a su consulta privada, antes de que él se marchara de Nueva York.

Quería saber cómo se encontraban y, al mismo tiempo, que supieran que había vuelto a la ciudad y que podrían volver a su consulta tan pronto la abriera, que sería en unas pocas semanas.

Aparcó el coche delante de la casa de uno de sus pacientes.

Se preguntó si no sería demasiado tarde para hacer una visita, ya que eran casi las nueve de la noche.

De todas formas, no iba a interrumpir a la familia, simplemente, preguntaría por la salud de su antiguo paciente, les dejaría su tarjeta y luego se marcharía.

Bajó del coche, caminó hacia la casa y subió los peldaños hasta el porche. Antes de llamar a la puerta comprobó que fuera el número de la calle correcto. Tocó el timbre y esperó.

Jessica había silenciado el móvil a las seis de la tarde, tres horas antes de su cita. Estaba tan nerviosa que no quería que nada interrumpiera sus pensamientos, o sus temores.

Cuando escuchó el timbre de la puerta respiró hondo y fue a abrir.