Prólogo #2
—No estaba seguro de si me gustaría trabajar en el nuevo hospital o vivir en esa ciudad.
—Hiciste bien. Porque resulta que no te gusta vivir allí —dijo Tess.
—Entonces, ¿qué problema hay? Puedes mudarte a Nueva York —manifestó Abby.
—¿Tú quieres que me mude? —dijo Ryan mirándola con una preciosa sonrisa.
—Me han hablado muy bien de ti, y me gustaría que nos conociéramos mejor.
—Eso sí me gustaría —dijo él con una sonrisa seductora.
—Estás flirteando conmigo, y no deberías olvidar que llevo pistola.
Ryan soltó una carcajada.
—En realidad, no hay ningún problema. Es solo que… Es como si me hubiera mudado y hubiera fracasado.
—¿Fracasado? Tú no fracasarías en ningún sitio al que fueras.
—Gracias, Kate.
—¿Sientes que has fracasado en Atlanta? —preguntó Carter—. ¿No te va bien la consulta privada?
—La consulta me va genial. Y en el hospital también.
—Entonces, déjate ya de tonterías y vuelve a Nueva York —dijo Delaney.
—¿Estáis de acuerdo con él? —preguntó Ryan al resto de sus amigos.
—¡Por supuesto! —dijo Tess.
—¡Ya estás tardando! —añadió Ellie.
—Nos encantaría tenerte con nosotros de nuevo —dijo Lauren.
—Nosotras también te hemos echado mucho de menos —pronunció Kate.
—A mí también me gustaría que volvieras —dijo Abby—. Es mejor tener a dos médicos en vez de uno en el grupo.
—De acuerdo. Lo haré. ¡Oh, Dios mío! De pronto me siento feliz.
Era la última noche en Edimburgo. Ryan acababa de acostarse y recordó lo que le había dicho Abby, la esposa de Sean: Puede que la mujer de tu vida esté en Nueva York, esperándote para poder tener contigo una historia similar a la nuestra.
Eso le hizo sentir muy bien, y una nueva ilusión prendió una ligera llama en su corazón. Lo único que no le gustaba era saber que ya no tendría ninguna posibilidad de volver a ver a la chica de la cafetería. Eso le causaba inquietud y temor, porque esa desconocida había calado muy hondo en él.
Ryan detuvo el coche frente a la verja de la propiedad de Carter y llamó al interfono. La verja se abrió y el vehículo avanzó hasta estar frente a la casa. Ellie salió del edificio y bajó corriendo los escalones del porche. Tan pronto Ryan abrió la puerta y salió se abalanzó sobre él.
—Vaya, menudo recibimiento. Hola, preciosa —dijo él abrazándola muy fuerte.
—Hola. ¿Por qué no me dijiste que llegabas hoy? Podría haber ido a recogerte al aeropuerto.
—He venido conduciendo —dijo caminando hasta el maletero del coche y sacando las dos maletas.
—¿Desde Atlanta?
—Sí. Me apetecía conducir.
—No puedo creerme que estés aquí. Y de que te vayas a quedar un tiempo con nosotros.
Vamos a la cocina a tomar un café.
—Genial.
—Tuviste suerte al vender tu casa tan rápidamente.
—Desde luego que sí.
—¿Te has enterado de que Abby está embarazada?
—Sí, me llamó hace unos días para decírmelo.
Entraron en la propiedad de Delaney, donde pasarían el día, y se dirigieron hacia la piscina. Se encontraron con Jack.
—Bienvenido a Nueva York —dijo el guardaespaldas dándole la mano.
—Muchas gracias, Jack.
Ya estaban todos en la piscina y se alegraron de verlo.
Poco después les llevaron unas cervezas y unos aperitivos.
—Me siento genial al estar aquí con vosotros —dijo Ryan mientras se acomodaban en la mesa que había cerca de la piscina.
—¿Con tantos niños alrededor dando el coñazo? —preguntó Delaney.
—He echado mucho de menos a vuestros hijos.
—Estuvieron hablando de una cosa y otra, como hacían siempre.
—¿Ryan, qué planes inmediatos tienes? —preguntó Sean.
—Mañana iré a Boston a ver a mi familia. Todavía no saben que he vuelto a Nueva York, no quería decírselo por teléfono. Me quedaré con ellos dos o tres días.
—¿Sabes algo de Jules? —preguntó Logan.
—Precisamente fue a pasar un fin de semana conmigo antes de mudarme aquí. Ya sabéis que nos veíamos una vez al mes.
—¿Cómo le va?
—El trabajo bien. Trabaja en un hospital y, como cuando vivía aquí, tiene una consulta privada por las tardes.
—¿Lo que no es trabajo le va igual de bien?
—Creo que Richard, su pareja, no es el hombre adecuado para él.
—¿Por qué lo crees?
—No estoy seguro, solo es intuición. No le caigo bien.
—Claro, que no le caigas bien es lo más importante —dijo Delaney con sarcasmo.
Todos se rieron.
—No es eso. Solo lo he visto un par de veces. Creo que es posesivo y controlador. Espero equivocarme.
—Jules también debería volver a Nueva York y olvidarse de ese Richard —comentó Tess.
El mes de septiembre Ryan compró un apartamento. Estaba muy cerca del edificio de Stanford. Más céntrico imposible. Y unas semanas más tarde compró una casa fantástica.
En primer lugar se centró en la consulta. Quería tenerla montada lo antes posible para poder empezar a trabajar. Había visitado ya a algunos de sus antiguos pacientes y todos le habían dicho que los avisara tan pronto estuviera abierta. Y aún tenía que visitar a unos cuantos más.
Las próximas semanas las dedicó a comprar algunos muebles y utensilios para la cocina, acompañado por sus amigas. El último día del mes de octubre se mudó a su nueva casa.
Ryan se sentía muy bien con sus amigos. Estaba relajado y no echaba de menos Atlanta.
Había empezado una nueva vida. Tenía una consulta a punto de inaugurar, y una casa increíble.
Y a primeros de diciembre volvería a trabajar en el hospital.
¿Qué más podía pedir? Aunque, en realidad sí quería algo.
Quería encontrar a una mujer para que compartiera la vida con él.
De pronto se presentó en su mente la imagen de la chica de Atlanta.
Sonrió al recordarla. Había pensado muchas veces en ella.
Incluso había soñado con ella. La imagen de esa mujer desnuda y con el pelo extendido sobre la almohada de su cama aparecía a menudo en su mente, haciendo que la temperatura de su cuerpo aumentara.
¿Qué le depararía su nueva vida en esa ciudad?, se preguntó.