Tan irresistible como Stanford
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Prólogo
Ryan iba en el vuelo de Atlanta a Edimburgo. Estaba feliz porque iba a reunirse con sus amigos, a los que hacía meses que no veía, y pasarían unos días juntos.
Dos años atrás a Ryan le habían ofrecido un puesto de más responsabilidad y mejor remunerado, en el mejor hospital de Atlanta. Trabajo que aceptó.
Cuando llegó estaba ilusionado y, después de conocer el hospital y a sus compañeros, estaba convencido de que le iría bien. Pero se estaba engañando. Llevaba algunos meses dándole vueltas al asunto y no sabía qué hacer. Puede que sus amigos le ayudaran a tomar una decisión, pensó.
Cuando salió por la puerta y vio a sus amigos y a Jack, el guardaespaldas y chófer de Stanford, casi se le saltaron las lágrimas.
Las mujeres de sus amigos se abalanzaron sobre él, excepto Abby, la mujer de Sean Stanford, que no tenía mucha confianza con él, porque solo se habían visto en dos ocasiones.
Ryan abrazó a las cuatro mujeres. Estaban encantadas de verlo y él a ellas.
Luego se acercó a la quinta amiga, la última que se había unido al grupo y la abrazó también.
—¿Has cenado? —preguntó Delaney, después de que se saludaran todos.
—No. He pasado casi todo el vuelo dormido. Ayer estuve de guardia y no dormí en toda la noche.
—Pues vamos al hotel. Nosotros tampoco hemos cenado.
Media hora después estaban sentados a la mesa redonda de uno de los reservados del comedor del Hotel Stanford.
—Estoy muy contento de estar con vosotros. Gracias por avisarme que veníais a Escocia.
—¿Acaso no te avisamos de todo lo que sucede en el grupo? —preguntó Tess.
—Sí y os lo agradezco.
—Teníamos muchas ganas de verte —dijo Ellie, la mujer de Carter.
—Y yo a vosotros. No sabéis cuánto os he echado de menos.
Los diez les estuvieron hablando de sus trabajos y de los niños para ponerlo al día.
—¿Cómo va la escuela? —preguntó Ryan.
—Bien —dijo Logan, que era quien la dirigía—. Supongo que te molestarás en leer los informes que te envío cada mes, ya que eres uno de los socios.
—Por supuesto que los leo. ¿Y tu colegio, Delaney?
—Va genial. No puedes imaginar lo inteligentes que son algunos de los niños. Y Dexter destaca entre ellos. Dexter era el hijo adoptivo de Logan y Kate.
—Ya hemos hablado bastante de nosotros. Háblanos de ti —dijo Lauren, la mujer de Nathan, el abogado de Delaney—. ¿Cómo te va en Atlanta?
—Supongo que bien.
—¿Supones?
—Tengo una casa fantástica, en una de las mejores zonas de la ciudad. Y con el trabajo estoy contento.
—Pues no pareces muy convencido de ello —mencionó Abby.
Ryan le dedicó un preciosa sonrisa.
—¿Por qué no eres sincero y nos dices lo que ocurre? —lo presionó Tess, la mujer de Delaney.
—Lo cierto es que no lo sé. El trabajo me va bien y no tengo queja de mis compañeros.
—Pero… —dijo Kate.
—¡Joder! Es que están todos casados.
—¿Y eso es un problema? —le preguntó Carter—. Nosotros también estamos casados, y eres amigo nuestro.
—Lo sé. Pero yo salía contigo, con Logan y con Jules desde hacía muchos años. Luego, cuando os conocí al resto, solo estaban casados Delaney y Nathan. Pero…, en el hospital donde trabajo, mis compañeros ya tienen sus amigos y su familia.
—¿Y no has hecho amigos fuera del hospital? —preguntó Logan—. Siempre has sido muy sociable.
—No es fácil hacer amigos cuando tienes cierta edad. ¡Joder! Creo que me equivoqué mudándome a Atlanta.
—Yo no creo que te equivocaras, te ofrecieron un buen puesto en el hospital y muy bien pagado —dijo Nathan.
—Lo sé. Pero yo no necesitaba dinero, para mí no suponía nada cobrar algo más al mes.
—A veces un trabajo no se acepta solo por el aumento que supondrá el cambio sino por el prestigio y la responsabilidad —añadió Delaney.
—Es por lo que lo acepté. Así y todo, creo que me precipité en mi decisión. Si lo hubiera pensado más detenidamente apuesto a que no me habría mudado.
—Todos nos equivocamos alguna vez en la vida —vocalizó Sean.
—Supongo que tienes razón. En estos casi dos años y medio que estoy fuera he pensado mucho.
—¿En qué?
—En que la vida es muy corta y debería aprovecharse al máximo.
Al estar lejos me he dado cuenta de que os echo mucho de menos.
Añoro ir a vuestras casas los sábados a pasar el día.
Pienso mucho en las veces que hemos ido al rancho de Fred.
Echo de menos los días que pasamos en navidades en la cabaña de Carter.
Y las acampadas junto al río… Y qué decir de la Isla de Delaney.
Cada vez que salgo con alguien en Atlanta los comparo con vosotros.
Con todos vosotros tengo una confianza e intimidad que no podría tener con nadie más.
—Yo creo que con nuestras mujeres tienes demasiada confianza —dijo Delaney.
Todos se rieron.
—No parece que seas muy feliz en Atlanta —insinuó Ellie.
—Bueno, es lo que hay. Supongo que me acostumbraré con el tiempo.
—¿Qué tal las mujeres?
—Las mujeres no son el problema. De hecho estuve saliendo con una unos meses.
—¿Has dicho unos meses? ¿Con una sola mujer? —preguntó Logan—. ¿Desde cuándo tú sales meses con las mujeres?
—Creo que me enamoré de ella.
—¿Crees?
—No puedo saberlo con exactitud, porque nunca antes me había enamorado.
—Háblanos de ella —le pidió Kate.
—Se llama Sylvie. Es médico pediatra y trabajaba en el mismo hospital que yo. Las cosas entre nosotros iban bien, o eso creía. No es que nos viésemos todos los días porque los dos estábamos ocupados con nuestros trabajos. Pero, esa mujer me decepcionó.
—¿Por qué? —preguntó Delaney.
—Un buen día me dijo que se mudaba a Nueva York, que había enviado el currículum a unos cuantos hospitales y le habían ofrecido trabajo en uno de ellos.
Ni siquiera me había comentado que estuviera buscando otro trabajo.
Me dijo que siempre había querido vivir allí.
Y a pesar de lo decepcionado que estaba con ella, me alegre en parte de que se mudara a Nueva York.
Entonces le dije que yo también me mudaría y que seguiríamos con nuestra relación.
—Se pondría contenta —dijo Tess.
—No, no le gustó la idea.
—¿Por qué?
—Me dijo que no quería que yo me mudara. Que lo nuestro había estado bien, pero que se había alargado más de lo que esperaba.
—Eso no te sentaría muy bien. Una mujer que no quiera seguir contigo —dijo Delaney sonriendo.
—No, no me sentó nada bien —dijo devolviéndole la sonrisa.
—¿Lo pasaste mal después de que cortarais? —preguntó Lauren.
—Me sentí mal un par de días.
—No se puede decir que sea mucho —indicó Tess.
—¿La echaste de menos? —inquirió Lauren.
—No especialmente.
—En ese caso, no estabas enamorado de ella —señaló Ellie.
—Eso pensé yo también. De todas formas, dos días después de que cortáramos conocí a una chica. Bueno, en realidad no la conocí, simplemente la vi.
—¿Qué tiene que ver que vieras a una chica con lo que estamos hablando? —cuestionó Kate.
—Creo que esa mujer es la que no dejó que me sintiera mal más de dos días.
—¿Por qué?
—Porque me sentí feliz simplemente con mirarla.
—¿Dónde la viste? —preguntó Abby.
—En una cafetería. Entré a tomar un café y ella estaba sentada en una mesa. Desde el momento en que la vi no pude aparta la vista de ella. Me bastó que estuviera allí sola, sin hacer nada, solo respirando, para no poder dejar de contemplarla.
—Parece que esa mujer te impresionó —dijo Nathan.
—Os aseguro que lo hizo.
—¿Y no hablaste con ella? —preguntó Carter.
—No. Me descuidé un instante leyendo un mensaje que había recibido en el móvil y cuando volví a mirar hacia ella había desaparecido. Han pasado meses desde entonces y no he podido sacármela de la cabeza.
—Entonces, ¿no sabes nada de ella? —preguntó Nathan.
—No. Cuando vi que se había marchado me acerqué a la barra a pagar y le pregunté al camarero si la conocía. Me dijo que era la primera vez que había ido allí.
—¿Qué es lo que te impresionó de ella? —verbalizó Carter.
—No lo sé. Parecía tímida, vulnerable, desvalida. Estaba triste. No he podido olvidarla en todo este tiempo.
—Puede que te la encuentres de nuevo.
—No creo que suceda. Lo que os voy a decir os va a parecer una tontería.
—Estamos acostumbrados a escuchar tonterías de tu boca —dijo Delaney sonriendo.
Todos se rieron.
—El caso es que cuando la vi pensé que esa chica era ella.
—¿Qué quieres decir con ese ella? —preguntó Tess.
—La mujer de mi vida. Sí, ya sé que es una chorrada.
—Nadie ha dicho que sea una chorrada —dijo Ellie.
—Bueno, cambiemos de tema. En el tiempo que he vivido en Atlanta me he recreado pensando muchas veces en todas vuestras historias de amor, y preguntándome si a mí me pasaría lo mismo que a vosotros cuando encontrasteis a vuestras parejas y pudiera tener una de esas historias espectaculares.
—Puede que la mujer de tu vida esté en Nueva York, esperándote para tener contigo una historia similar a la nuestra. Y no me refiero a la zorra de Sylvie —dijo Abby sonriéndole.
—Vaya, qué detective tan agresiva —dijo Ryan dedicándole una seductora sonrisa—. Aunque, sí me gustaría.
—Y, si no eres feliz en Atlanta, ¿qué haces todavía allí? —preguntó Lauren.
—No puedo volver a Nueva York.
—¿Por qué?
—Vendí mi casa y mi consulta. En Nueva York ya no tengo nada, excepto a vosotros.
—Ya sabemos que ahora tienes una casa y una consulta privada en Atlanta —dijo Kate—. Pero puedes hacer lo mismo que hiciste antes de mudarte allí. Puedes vender la casa y la consulta.
—El local para la consulta no lo compré, lo alquilé.
—Mejor aún. Solo tienes que vender la casa, mudarte a Nueva York y comprarte una casa allí.
—No es tan fácil.
—¿Por qué? ¿Estás preocupado por si no encuentras trabajo? Si esa es tu preocupación, mi marido comprará el hospital donde trabajabas —expuso Tess.
Todos se rieron.
—Cariño, ¿para que quiero comprar un hospital?
—Para que Ryan pueda tener su antiguo puesto de trabajo —mencionó ella con toda tranquilidad.
Todos volvieron a reírse.
—Eso no haría falta, cielo —dijo Ryan—. Si me mudara tendría trabajo en mi antiguo hospital y conservaría mi puesto de trabajo.
—Ryan pidió una excedencia antes de irse —anunció Carter.
—No nos lo habías dicho —le recriminó Lauren.