Tan cerca de ti Capítulo 24
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Capítulo 24

—Vamos a hundirlo, te lo prometo.

La cuarta noche después de todo lo sucedido, se despliega en el apartamento de Nerissa Ashcombe con una quietud tensa, rota solo por el murmullo ocasional de las teclas.

Dentro de esas paredes, el espacio se ha convertido en un refugio improvisado donde el mundo exterior parece lejano y hostil.

Seraphina lleva sentada frente al ordenador desde hace más de seis horas.

Sus dedos se mueven rápido sobre el teclado, aunque los mechones sueltos de su pelo caen sobre su frente y sus ojos enrojecidos reflejan el cansancio acumulado.

Bajo esa fachada de concentración absoluta late todavía el derrumbe emocional de los últimos días, una herida que va a ser casi imposible de cerrar.

Sin embargo, junto a ese dolor ha nacido también la necesidad de encontrar una solución, a pesar de que ya no pueda cambiar parte de las cosas.

Nerissa la observa desde la cocina americana mientras remueve con lentitud una taza de café que ninguna de las dos necesita.

La sudadera gris que lleva le queda grande y le confiere un aspecto vulnerable que contrasta con su habitual aplomo.

No han conseguido dormir más que unas pocas horas cada noche desde que todo estalló.

—Necesitas descansar un poco —murmura Nerissa, acercándose por detrás. Apoya una mano en el respaldo de la silla y nota cómo los músculos de Seraphina se tensan un instante antes de relajarse bajo el contacto—. Llevas todo el día ahí sentada.

Seraphina exhala un suspiro largo y se pasa una mano por la cara, frotándose los ojos con fatiga.

—No puedo parar ahora —le responde, sin apartar la vista de las columnas de números que llenan la pantalla—. El tiempo juega en nuestra contra.

Maeve está sentada en el suelo del salón, rodeada de carpetas y notas manuscritas que se extienden como un mapa caótico.

Sus dedos teclean sin descanso en la tablet corporativa que Seraphina logró salvar del bloqueo progresivo de credenciales ordenado por Adrian.

Callum, el hermano de Nerissa, está apoyado contra la pared junto al ventanal, mientras consulta su teléfono con el ceño fruncido y mantiene una conversación en voz baja con un contacto del distrito financiero.

Su presencia añade una nota más terrenal al grupo, una energía práctica y directa que complementa la tensión de las demás.

—Van a cerrar todos los accesos remotos antes del amanecer —dice Maeve a Nerissa, después de consultar la información que ella le ha pedido—. El equipo de IT está limpiando los servidores rápido. Si queremos descargar más material, tiene que ser ya. No vamos a tener otra oportunidad.

Callum termina su llamada y guarda el móvil en el bolsillo trasero de sus vaqueros.

—Tengo tres empresas registradas en distintas zonas de Europa —explica—. Todas confluyen en el mismo despacho de intermediarios. Aquí hay algo que no encaja.

Seraphina levanta la cabeza y los mira a todos.

—Estoy segura de que todo pasa por Adrian. Debe ocultar algo muy gordo que a mí y a la auditoria de la fusión se nos ha escapado.

Nerissa deja la taza de café junto al ordenador y coloca una mano sobre el hombro de Seraphina.

Hace solo una semana, la mujer que tiene al lado vivía atrapada en una mansión impecable, rodeada de un césped perfecto y compromisos sociales vacíos.

Ahora se encuentra escondida en un apartamento prestado, vestida con ropa ajena, persiguiendo pruebas que podrían salvarla o destruirla un poco más.

—Come algo, por favor —insiste Nerissa, arrodillándose a su lado para quedar a su altura—. Aunque sea un poco de fruta o una tostada. Entre todos estamos avanzando.

Seraphina cierra los ojos un segundo y niega con la cabeza.

—Luego —responde.

—Llevas diciendo «luego» desde ayer por la tarde, Seph —replica Nerissa, acariciándole la nuca con movimientos lentos y reconfortantes—. No puedes seguir castigándote de esta manera. En algún momento tu cuerpo va a decir basta.

Seraphina se pasa una mano por el rostro y exhala con dificultad.

—Te prometo que lo haré en un rato.

—Está bien —susurra Nerissa—. Pero recuerda que aquí nos tienes a todos.

Seraphina echa una mirada a su alrededor, sin poder creerse que tanto Maeve como Callum la hayan perdonado y le estén echando una mano.

—Ya os he arrastrado demasiado lejos —comenta Seraphina, casi avergonzada—. Y ni siquiera deberíais estar metidos en esto.

Callum se separa de la pared y se acerca con una expresión seria pero decidida.

—Estoy aquí porque quiero estar. Porque odio las injusticias —afirma sin dramatismo alguno—. Y porque ese cabrón os ha destrozado la carrera. No voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo destruye también vuestras vidas.

Maeve levanta la vista y también asiente.

Por primera vez en muchas horas, una pequeña sonrisa está a punto de cruzar el rostro Seraphina, aunque no llega a materializarse del todo. Pero Nerissa percibe el alivio momentáneo en su respiración, como si por un instante el hielo que la rodea se hubiera agrietado.

El teléfono de Seraphina vibra de repente sobre la mesa. El cambio en su expresión es inmediato y visceral. Seraphina agarra el móvil con tanta rapidez que casi tira una carpeta al suelo. En la pantalla aparece el número de la madre de Elliot.

Contesta al primer tono, poniéndose de pie con nerviosismo.

—Escúchame… por favor —le pide, y camina hacia el pasillo para buscar algo de privacidad—. Solo quiero hablar con ellos cinco minutos. No voy a discutir contigo, te lo prometo. Solo… déjame escuchar sus voces.

El silencio del otro lado parece eterno. Nerissa aparta la mirada y se muerde el labio inferior.

—No, no voy a decirles nada que les confunda —continúa Seraphina, rota por el dolor—. Te lo suplico. Son mis hijos.

Cuando regresa al salón varios minutos después, Seraphina todavía sostiene el teléfono en la mano y tiene la mandíbula completamente rígida. Está a punto de derrumbarse.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Maeve.

Seraphina tarda varios segundos en responder, mientras se deja caer en la silla con lentitud.

—No me dejan hablar con los niños —responde Seraphina, llevándose las manos a la cara—.

Oliver no para de preguntar si es verdad lo que sale en internet.

También se están metiendo con ellos en el colegio.

Y su abuela cree que lo mejor es «darles estabilidad» hasta que Elliot decida qué hacer.

—La mujer solloza—. Les he destrozado la vida…

Nerissa siente una punzada de dolor en el pecho al verla así, porque Seraphina siempre le ha parecido una estructura imposible de doblegar.

Incluso en los momentos más oscuros que han vivido juntas.

Pero ahora solo parece una madre desesperada que intenta alcanzar a sus hijos a través de un cristal blindado.

Un cristal que otros han levantado.

Nerissa se acerca y la rodea por la cintura. Seraphina apoya la frente en su hombro de forma automática, exhausta.

—Van a ponerlos en mi contra. Estoy segura —susurra Seraphina contra su cuello—. Adrian sabía exactamente dónde golpearme. Sabía que esto me destruiría más que perder mi puesto de trabajo.

—No vas a perderlos —afirma Nerissa con convicción, aunque la verdad es que también siente dudas—. Lucharemos por ellos. Juntas.

—Ya los estoy perdiendo —responde Seraphina.

Nerissa cierra los ojos un instante, sin saber cómo combatir un dolor tan profundo. Solo sabe sostenerla, ofrecerle su calor y su compañía.

La madrugada avanza y el cansancio se acumula en el apartamento, pero nadie se rinde. Es cerca de las tres y media cuando todo cambia.

Seraphina se queda inmóvil de repente. Sus dedos se suspenden congelados sobre el teclado mientras sus ojos recorren una misma línea de números varias veces. Nerissa lo nota al instante y se acerca con preocupación.

—¿Qué pasa? —pregunta.

Seraphina amplía una hoja de cálculo, y luego otra. Abre un archivo de auditoría y comienza a cruzar cifras manualmente, mientras Callum se incorpora para ver qué está pasando.

—¿Seph? —insiste Nerissa.

Entonces Seraphina se levanta de golpe, y la silla cae hacia atrás.

—Dios mío —murmura.

Nerissa siente cómo su propio corazón da un vuelco.

—¿Qué has encontrado? —pregunta Maeve también.

Seraphina gira el ordenador hacia ellos. Su respiración se ha acelerado y sus pupilas brillan con una lucidez nueva.

—Mirad esto… —explica, varios abriendo archivos a velocidad vertiginosa—. El cabrón ha estado ocultando transferencias a sociedades limitadas. Aquí también se reflejan comisiones técnicas y consultorías ficticias.

Seraphina señala varias líneas resaltadas con el dedo.

—Ha hecho pagos fragmentados cada dos semanas —continúa, hablando más rápido, atrapada por la lógica implacable del descubrimiento—. Siempre por debajo del umbral de una auditoria automática, con las mismas empresas receptoras y firmas jurídicas intermediarias.

Callum se inclina sobre la pantalla.

—Esta es una de las empresas de las que os he hablado —confirma.

—Exacto —asiente Seraphina—. Adrian lleva meses desviando dinero del fondo de inversión. Lo ha disfrazado como gastos de consultoría vinculados a la próxima expansión deportiva de la fusión. Pero las empresas receptoras son sociedades pantalla. No existe ningún servicio real detrás.

Nerissa palidece visiblemente.

—¿De cuánto dinero estamos hablando?

La cifra aparece en la pantalla: siete millones y medio de libras.

—Si la fusión hubiera seguido adelante… —empieza Callum.

—Lo habrían descubierto —completa Seraphina—. Lo tenemos.

El apartamento queda sumido en un silencio absoluto durante varios segundos. Y una a una, las piezas empiezan a encajar en su cabeza. Las fotografías. Su amenaza. El escándalo. La filtración simultánea a la prensa y al consejo. La caída inmediata de la fusión.

Seraphina se lleva una mano a la boca, devastada por la verdad.

—El cabrón… —murmura en un hilo de voz—. Solo necesitaba tiempo para cubrir sus huellas.

Seraphina mira a Nerissa. Sus ojos están húmedos por la rabia.

—Si la fusión se cancelaba por un «escándalo moral», nadie investigaría las cuentas. El consejo culparía a lo que yo hice, no a los balances. Cuando nos descubrió, supo que yo era el sacrificio perfecto: la directora financiera adúltera que hunde un acuerdo millonario.

Maeve deja escapar una maldición entre dientes.

—Te convirtió en una cortina de humo —comenta.

Seraphina asiente, con la mirada perdida en la pantalla.

—Mientras todos miraban nuestras fotografías con morbo, nadie miraba el agujero de siete millones de libras que tenían delante de sus putos ojos.

—Eso es porque tienen algún colaborador más —apunta Callum.

Nerissa siente náuseas. Toda esa destrucción y humillación pública, nunca había sido realmente por ellas. Sino por codicia.

Seraphina se deja caer en la silla y se cubre los ojos con las manos durante un momento largo.

—Ha destruido mi carrera y vuestras vidas para protegerse…

Nerissa le aparta las manos y la obliga a mirarla.

—Y ahora vamos a destruirlo nosotras —afirma la cirujana—. No vamos a dejar que se salga con la suya.

Seraphina la observa y en sus pupilas agotadas aparece algo parecido a la esperanza.

—Necesitamos sacar esto antes de que borren los servidores —comenta Maeve mientras trabaja—. Voy a hacer copias encriptadas en tres sitios diferentes.

Callum ya tiene el teléfono en la mano.

—Tengo un contacto en delitos financieros de confianza —explica—. Si esto es real, y parece que lo es, Adrian está acabado. Voy a llamarle ahora mismo para que prepare el terreno.

Seraphina vuelve al ordenador. La devastación sigue presente, pero ahora tiene una dirección clara. Nerissa la observa durante otra hora, fascinada. Incluso rota, incluso expulsada de su propio mundo, Seraphina sigue siendo la mente más brillante de la habitación. La mujer de la que está enamorada.

Nerissa se da cuenta de que no está viendo a una mujer caer. Está viendo a una mujer prepararse para contraatacar con toda su fuerza. Y ahora, solo falta un último paso.

Nerissa permanece varios minutos mirando la pantalla vacía del correo electrónico. El nombre de Daphne Mercer aparece en el destinatario. Seraphina levanta la vista con preocupación.

—No tienes por qué hacerlo tú —le dice—. Puedo enviárselo yo.

—No, tengo que hacerlo yo —responde Nerissa, y respira hondo—. Necesito cerrar este capítulo de mi vida.

Maeve y Callum intercambian una mirada discreta y se apartan para darles espacio. Nerissa comienza a escribir y después, adjunta los documentos resumidos, las transferencias clave y toda la información que han recopilado. Luego escribe:

«Adrian te está utilizando a ti para limpiar su imagen y a Seraphina como chivo expiatorio de un desfalco millonario.

Mira los archivos con atención. Y decide de qué lado de la historia vas a estar cuando el consejo explote mañana.

Porque esto no va a quedar en nada. Tenemos las pruebas suficientes para destrozar su versión de los hechos. »

Lee el mensaje dos veces, corrige una coma y levanta la vista hacia Seraphina. La ejecutiva la observa desde el otro lado de la mesa, agotada, vulnerable y una ferocidad que había perdido.

Dos segundos después, Nerissa pulsa «enviar».

Nerissa pulsa “enviar”.

Este es el primer disparo de una guerra que apenas comienza.