Tan cerca de ti Capítulo 25
93%

Capítulo 25

Seraphina Chapman percibe el miedo en el mismo instante en que la puerta de la sala de juntas se abre ante ella y todas las conversaciones se extinguen de golpe alrededor de la mesa rectangular. Cada persona presente parece haber acudido para presenciar una ejecución pública.

Adrian Beckett ocupa la cabecera de la mesa con una suficiencia que resulta insultante.

A su alrededor se distribuyen los principales inversores del fondo, varios miembros del consejo y dos representantes jurídicos externos llegados desde Londres.

Ninguno sostiene la mirada de Seraphina más de dos segundos cuando ella entra en la estancia.

Seraphina cierra la puerta a su espalda sin prisa alguna. Lleva un traje negro de corte perfecto y el pelo recogido con la misma precisión que empleaba antes de ser echada a patadas. Apenas ha dormido tres horas en cuatro días, pero ningún rastro visible de ello aparece en su rostro.

Adrian carraspea con evidente teatralidad.

—Bien. Ya que la señora Chapman se ha dignado a presentarse para oficializar los cambios… —comienza.

Seraphina no toma asiento, deja el bolso sobre la mesa y clava sus ojos en él con una calma tan gélida que Adrian interrumpe la frase de forma inconsciente.

—Antes de que esta reunión continúe… —afirma Seraphina, y mira a todos los presentes—, quiero dejar algo muy claro.

No responderé a ninguna pregunta sobre mi vida privada, mi orientación sexual ni las fotografías que filtraron ilegalmente a la prensa.

No estoy aquí para defender mi intimidad.

Estoy aquí para hablar de delitos financieros graves.

El impacto es inmediato. Dos consejeros intercambian una mirada tensa. Uno de los inversores se remueve en su asiento, visiblemente incómodo. Adrian sonríe con incredulidad, aunque Seraphina detecta el primer destello de inquietud en sus ojos.

—Seraphina, creo que no comprendes la gravedad de tu situación actual —responde él.

—La entiendo a la perfección —replica ella sin alterarse—. Eres tú quien todavía no entiende la suya.

La mandíbula de Adrian se tensa durante un instante fugaz. Seraphina ocupa uno de los laterales de la mesa y conecta su portátil a la pantalla principal. El proyector ilumina el panel central con documentos repletos de cifras, y movimientos bancarios. El aire en la sala cambia de forma palpable.

Seraphina apoya ambas manos sobre la mesa y comienza a hablar.

—Durante los últimos ocho meses se autorizaron treinta y siete transferencias fragmentadas desde el fondo de inversión de Hale Medical hacia cuatro sociedades instrumentales registradas en Luxemburgo y otras partes de Europa.

Todas ellas vinculadas a otros despachos a través de intermediarios jurídicos.

Adrian se reclina en su silla con gesto desdeñoso.

—Esto es completamente absurdo —protesta.

Seraphina pulsa otra tecla.

—No, no lo es para nada —corrige ella con calma—. Lo absurdo sería pensar que nadie revisaría las duplicidades de facturación antes del final de la auditoría. ¿Quieres que siga?

Uno de los inversores frunce el ceño con evidente preocupación.

—¿Duplicidades? Explíquese, por favor.

—Facturas clonadas —detalla Seraphina sin apartar la vista de Adrian—. Mismo concepto, numeración interna diferente. Se emplearon para desviar capitales en cantidades inferiores al umbral automático. Una práctica muy inteligente, casi elegante, lo reconozco. Pero no ha sido invisible.

Adrian deja de sonreír. Seraphina lo nota en cómo sus dedos abandonan el bolígrafo, en la tensión que empieza a marcarle el cuello y en su respiración. Durante días para ella solo existió el miedo. Y ahora, sabe que tiene el control.

—Siete millones y medio de libras —continúa Seraphina, ante los ojos atentos del resto—. Camuflados como pagos de consultoría deportiva vinculados a la expansión de la Premier League. Dinero desviado de manera sistemática hacia sociedades pantalla justo antes de la auditoría de los inversores.

Uno de los representantes legales habla, visiblemente alterado.

—¿Está acusando formalmente al señor Beckett de malversación?

—Estoy presentando pruebas documentales de un desfalco financiero continuado —responde Seraphina—. Y tengo mucho más.

Adrian golpea la mesa con la palma abierta.

—Esto no es más que una represalia desesperada porque te descubrieron acostándote con una empleada de la clínica —escupe con rabia.

La frase cae con violencia. Pero Seraphina no parpadea.

—No. Esto es lo que pasa cuando un hombre corrupto utiliza el escándalo sexual de una mujer para tapar un agujero millonario antes de una fusión. ¿De verdad creías que no descubriría el rastro?

El silencio posterior es devastador. Seraphina comienza a moverse alrededor de la mesa mientras proyecta más documentos.

—La filtración de las fotografías no fue un simple ataque por parte del señor Beckett —explica—.

Fue una cortina de humo diseñada para detener la fusión antes de que los auditores detectaran el fraude.

El consejo suspendía el acuerdo por mi conducta, la prensa centraba la atención en el escándalo y nadie revisaba las cuentas en profundidad.

Una jugada brillante, Adrian. Realmente brillante. Pero no perfecta.

Adrian se levanta de golpe, con el rostro enrojecido.

—Esto no prueba absolutamente nada —insiste.

Seraphina cambia de diapositiva, y en esta, aparece la cláusula contractual, la famosa Cláusula de Reputación que él mismo utilizó contra ella.

—Artículo doce, apartado cuarto —lee Seraphina—. «Cualquier miembro ejecutivo cuya conducta implique un riesgo financiero, delictivo o reputacional grave para los activos de la fusión podrá ser apartado de forma inmediata para proteger la viabilidad del fondo».

Seraphina levanta los ojos hacia los inversores, que ahora la observan con atención renovada.

—El verdadero riesgo nunca fueron mis fotografías. Era el hombre que robaba dinero del fondo mientras utilizaba mi vida privada como distracción mediática. ¿No les parece irónico?

Ya nadie mira a Seraphina como a una ejecutiva caída en desgracia. Ahora todas las miradas se dirigen hacia Adrian, y él lo sabe. La seguridad arrogante que dominaba sus gestos se resquebraja delante de ella.

En ese momento, Daphne entra en la sala acompañada por uno de los técnicos financieros externos.

Lleva varios archivadores y discos duros.

Adrian palidece visiblemente por primera vez.

Y Seraphina siente una oleada amarga que le recorre el cuerpo.

Después de todo lo perdido, la victoria solo produce un vacío helado en su interior.

Uno de los inversores se pone en pie con decisión.

—Quiero acceso inmediato a todos esos archivos. Ahora.

Otro consejero gira la cabeza hacia Adrian con expresión endurecida.

—¿Es cierto esto? Responde con honestidad.

Adrian busca aliados con la mirada, pero ya no le queda ninguno. Los tiburones financieros toleran muchas cosas, pero perder dinero no se encuentra entre ellas.

Seraphina observa cómo la sala se aleja emocionalmente de él con rapidez. Hace apenas una hora estaban dispuestos a sacrificarla a ella. Ahora necesitan sangre distinta para salvar el fondo. Así funciona ese mundo. Siempre ha funcionado así.

—Señor Beckett, le recomiendo que no haga más declaraciones hasta que revisemos…

—No —lo interrumpe Seraphina con autoridad—. No vamos a convertir esto en otra operación maquillada. Quiero que conste en acta la destitución inmediata de Adrian Beckett como asesor jurídico y la apertura de una denuncia penal formal por malversación y fraude financiero.

Adrian la mira con odio.

—Tú no puedes decidir eso —gruñe.

Seraphina sostiene su mirada sin vacilar.

—Es lo último que voy a pedir antes de largarme de aquí.

La frase deja la sala inmóvil, mientras ella cierra su portátil.

—Mantengo mi dimisión como directora financiera.

El presidente del consejo se incorpora, sorprendido.

—Seraphina, después de esto, quizá deberíamos reconsiderar…

—No —responde ella—. He dedicado años a construir esta institución.

Y en el momento en que aparecieron unas fotografías privadas, todos estuvieron dispuestos a sacrificarme sin esperar una sola explicación.

Y por eso, no puedo seguir aquí —aclara esbozando una sonrisa—.

Pero sí pienso asegurarme de que Adrian Beckett no destruya también estas clínicas.

La fusión todavía puede salvarse si el consejo comunica de inmediato la detección interna del fraude y coopera plenamente con el resto de auditores.

Uno de los inversores asiente de inmediato.

—Procederemos así.

Después, Seraphina dirige la mirada hacia la dirección médica.

—Y quiero otra cosa más. Todos los trabajadores suspendidos o apartados durante esta crisis deben ser restituidos de inmediato, incluyendo a la doctora Nerissa Ashcombe. Su contrato quirúrgico debe quedar blindado frente a cualquier represalia derivada de este escándalo.

Adrian deja escapar una risa seca y amarga.

—Increíble. Después de todo esto sigues pensando con el coño.

Seraphina gira la cabeza hacia él. El desprecio cruza su expresión.

—No —responde muy despacio—. Por primera vez en años estoy pensando sin miedo. Y eso, Adrian, es algo que tú nunca comprenderás.

Dos agentes de seguridad aparecen junto a la puerta lateral acompañados por representantes jurídicos. El consejo ni siquiera debate. La maquinaria se ha movido demasiado rápido. Adrian comprende que está acabado.

—Esto no termina aquí —amenaza.

Seraphina lo observa recoger sus documentos mientras seguridad le indica discretamente la salida.

Cuando la puerta se cierra tras él, Seraphina recoge el portátil y sale de la sala sin esperar aplausos ni ningún tipo de reconocimiento.

El pasillo exterior está en silencio. Nerissa espera junto a los ventanales del vestíbulo con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

—¿Ya ha terminado todo? —le pregunta.

Seraphina asiente lentamente.

—Sí.

La cirujana se acerca un paso más.

—¿Cómo te sientes?

Seraphina siente un nudo brutal que le cierra la garganta.

—Todavía no o se —admite con sinceridad—. Estoy exhausta, Nerissa. Pero también aliviada.

Nerissa le acaricia la muñeca con un gesto pequeño, humano y real. Fuera, esperan varios periodistas y fotógrafos. Pero cuando Nerissa entrelaza los dedos con los suyos, Seraphina se llena de seguridad.

—¿Estás preparada para esto? —susurra.

Poco después, salen juntas, y los flashes empiezan a dispararse inmediatamente. Seraphina camina despacio junto a ella atravesando el ruido exterior con una serenidad casi irreal. Después, se meten en el coche, y se alejan de ese maldito infierno.

*

El restaurante del Northern Quarter está lleno de conversaciones animadas. Seraphina tarda varios segundos en asimilar donde están. Observa cómo la camarera se acerca, deja dos cartas y se marcha con absoluta normalidad.

Nerissa la mira desde enfrente con atención.

—¿Qué pasa? —le pregunta.

Seraphina deja escapar una exhalación temblorosa.

—No recuerdo la última vez que me senté en un sitio sin pensar en cómo salir corriendo.

Nerissa alarga la mano por encima del mantel y entrelaza los dedos con los suyos.

—Ya no tienes porqué que correr, Seraphina. Estamos aquí, juntas, y nadie nos va a separar.

Seraphina baja la vista hacia sus manos unidas.

Siente el calor de la piel, la calma que transmite.

Y por primera vez desde Chester, desde Adrian, desde las fotografías y el derrumbe de todo lo que conocía, la comida no le produce náuseas.

Piden una botella de vino tinto y comparten pan caliente recién horneado.

Porque después de todo el horror, todavía existe esto. Todavía existen ellas.

Minutos después, la camarera deja los platos sobre la mesa y el aroma cálido de la comida llena el espacio entre ambas. Seraphina prueba el primer bocado. Luego otro. Y luego otro más.

—¿Está bueno?

Seraphina asiente. Y las lágrimas empiezan a llegar a sus ojos.

—Sí. Está delicioso. Por primera vez en semanas, tengo hambre de verdad.

Nerissa le dedica la sonrisa más dulce del mundo, y después, le dice con seguridad:

—Entonces come. Te lo mereces después de lo que has hecho hoy.