Capítulo 23
La puerta del apartamento de Nerissa Aschcombe se abre en mitad de la noche, y ahí está Seraphina, con el pelo pegado a las mejillas.
Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, parecen ahora dos pozos exhaustos.
No lleva maquillaje. No hay rastro de la directora financiera imperturbable que Nerissa lleva conociendo años. Solo una mujer al límite.
Nerissa se queda quieta en el umbral, con la mano todavía en la puerta. El cansancio de todo el día se transforma de inmediato en algo más afilado. En una rabia sorda que le quema en el pecho.
—¿Qué haces aquí? —pregunta.
Seraphina no responde con palabras. Da un paso adelante, cruzando el umbral. El movimiento es deliberado, casi desafiante. Cierra la puerta tras de sí y se queda allí, a menos de un metro de Nerissa.
—Necesitaba verte —confiesa. Su acento británico, normalmente tan pulido, suena rasgado.
Nerissa suelta una risa amarga. Y después, se cruza de brazos, protegiéndose de forma instintiva.
—¿Ahora necesitas verme? Después de tratarme como si fuera un error que podías borrar de tu agenda… ¿Ahora?
Seraphina baja la mirada un segundo, pero luego la levanta de nuevo. Después de todo, ya no tiene nada que perder.
—Tenías razón en todo lo que pensaste de mí. Fui cobarde. Y también cruel.
El aire del salón se carga de electricidad. Nerissa nota cómo su pulso se acelera. Querría gritarle, querría echarla, pero la imagen de Seraphina así, despojada de toda su armadura, se lo impide.
—Me acosté con Daphne —suelta Nerissa de golpe, y las palabras le escuecen en la lengua al pronunciarlas.
Es una confesión brutal, un intento deliberado de herirla por el despecho que le quema la boca—.
Mientras yo me consumía preguntándome qué demonios había hecho mal otra vez, yo…
yo busqué consuelo donde pude. Un consuelo con la persona equivocada.
Nerissa contiene el aliento, esperando que Seraphina se enfade, que levante esa muralla de orgullo y posesividad aristocrática que siempre la ha caracterizado.
Espera que la alta sociedad de Mánchester le grite.
Pero la mujer frente a ella no se inmuta; solo baja la mirada un segundo y asiente, aceptando el golpe como un castigo merecido.
—Lo sé —responde Seraphina, extrañamente desprovista de veneno—. Y no tengo ningún derecho a reprocharte nada. Fui yo quien te empujó a sus brazos. Con mi silencio. Con mi maldito miedo.
Nerissa parpadea, completamente desconcertada por la ausencia de barreras. Seraphina da otro paso hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad. Ahora están tan cerca que Nerissa puede hasta escuchar el latido de su corazón.
—Adrian me tenía atrapada —continúa Seraphina—.
Tenía fotografías de Chester. De nosotras.
Me amenazó con usarlas si no dimitía y movía algunas acciones a su favor.
Me dijo que me pintarían como una madre irresponsable, inestable, inmoral.
Y yo… me aterroricé, Nerissa. Me aterroricé tanto que preferí destruir lo que teníamos antes de arriesgarme a perder a mis hijos.
Cosa que… evidentemente, ha sucedido —solloza.
Nerissa siente cómo su rabia y el odio que sentía se agrietan. Las piezas encajan de golpe.
—¿Por qué no me lo dijiste? —susurra.
—Porque soy una idiota orgullosa —responde Seraphina con una sonrisa triste y rota—. Porque pensé que podía solucionarlo sola. Porque creí que, si te mantenía lejos, te protegía. Y en cambio, solo te hice más daño.
Nerissa nota que le tiemblan las manos. Todo el resentimiento acumulado durante días lucha contra una oleada de comprensión. Seraphina, la mujer que nunca perdía la compostura en una sala de juntas, está frente a ella confesando su mayor miedo.
De pronto, las rodillas de Seraphina parecen fallar.
Se deja caer al suelo del salón, primero sentada sobre la alfombra, luego inclinándose hacia adelante hasta que su frente casi toca la tela.
Los hombros le tiemblan. Todo el cuerpo lo hace.
Y un sollozo bajo, contenido durante demasiado tiempo, escapa de su garganta.
Nerissa la mira desde arriba durante unos segundos eternos. Luego, como si una fuerza invisible la empujara, se arrodilla a su lado. Extiende una mano y la posa sobre la espalda de Seraphina.
—Shh… —murmura, aunque no sabe bien qué decir—. Tranquila…
Seraphina levanta la cabeza. Tiene los ojos enrojecidos y las mejillas mojadas por lágrimas que no se molesta en ocultar.
—Estoy cansada, Nerissa. Cansada de fingir. De tener miedo. He perdido el control de todo. Y solo podía pensar en venir aquí. Aunque me odiaras. Aunque me echaras.
—No te odio —responde Nerissa, y la verdad de esas palabras la golpea con fuerza—. Estoy enfadada. Muy enfadada. Pero no te odio.
Se miran en la penumbra del salón, iluminado solo por una lámpara de pie. Ahí están, dos mujeres rotas, suspendidas en el punto más bajo de sus vidas. Sin cargos. Sin reputaciones intachables. Solo ellas.
Nerissa se acerca más. Levanta una mano y limpia con el pulgar una lágrima de la mejilla de Seraphina.
—Nunca vuelvas a decidir por mí —susurra.
—No lo haré —promete Seraphina.
El beso llega como una necesidad urgente.
Nerissa empuja a Seraphina hacia atrás, obligándola a retroceder hasta que la parte posterior de sus piernas choca contra el sofá y ambas terminan derribadas en la alfombra del salón.
Nerissa se coloca inmediatamente sobre ella, sintiendo el cuerpo de la ejecutiva húmedo por la lluvia y temblando de forma descontrolada debajo del suyo.
Las manos de Seraphina se aferran a su cintura, clavando los dedos con una fuerza ciega, como si temiera caer al vacío si la suelta.
Nerissa nota la presión punzante de sus uñas a través de la fina tela de su camiseta.
Un gemido espeso escapa de su propia garganta cuando Seraphina le muerde con rabia el labio inferior, tiñendo el beso de un sabor ferroso, vivo.
—Te necesito —murmura Seraphina contra su boca, con los ojos empañados y fijos en los suyos—. Haz que me olvide de todo.
Nerissa no responde con palabras. Baja la cabeza con brusquedad y empieza a marcarle el cuello con la boca, succionando la piel fría por la tormenta y saboreando el rastro salado de las lágrimas que le corren por las sienes.
Sus dientes se clavan en la base del cuello de Seraphina, mientras sus manos tiran del abrigo mojado de Seraphina, abriéndolo con movimientos torpes y descompuestos.
Los botones de la blusa blanca ceden, con algunos saltando por el suelo.
La piel pálida del torso queda expuesta, moviéndose al ritmo de una respiración errática, enmarcada por el encaje negro del sujetador.
Se quitan el resto de la ropa con una impaciencia salvaje.
Nerissa desliza el cuerpo hacia abajo, abriéndose paso entre los muslos de Seraphina.
Al separar sus piernas con las manos, la encuentra empapada, caliente, latiendo con excitación.
Nerissa no usa las manos; hunde la cara directamente entre sus piernas.
Seraphina suelta un grito ahogado, arqueando la pelvis hacia arriba cuando la lengua de Nerissa la lame de abajo arriba con un hambre voraz.
El contraste de la boca caliente de la cirujana contra su intimidad la hace temblar.
Nerissa succiona su clítoris con fuerza, usando los labios y los dientes para morder suavemente la carne hinchada, provocando un dolor eléctrico que solo aviva el incendio.
Las manos de Seraphina se enredan en el pelo de Nerissa, tirando de él para pegarla más a su sexo, clavando las uñas en su cuero cabelludo mientras sus gemidos se transforman en sollozos entrecortados.
Cada embestida de la lengua de Nerissa es un recordatorio de que siguen vivas, de que el fango exterior no ha podido tocar lo que hay entre ellas.
El orgasmo golpea a Seraphina de manera violenta, sus muslos se tensan contra los hombros de Nerissa y grita su nombre hacia el techo del salón, arañando la alfombra mientras la pelvis le tiembla en pleno espasmo.
Sin embargo, Nerissa no le da tiempo a recuperarse. La adrenalina y su propia excitación, acumulada tras la bofetada de Daphne y el desprecio del hospital, la tienen al límite. Siente sus propios fluidos resbalando por sus muslos y una presión dolorosa en el bajo vientre. Necesita más.
Se incorpora sobre las rodillas, agarra a Seraphina por las caderas y, con un movimiento firme y autoritario, la obliga a girarse sobre el estómago, empujándola hasta colocarla a cuatro patas sobre la alfombra.
Seraphina obedece con un gemido sumiso, apoyando los antebrazos en el suelo, ofreciéndose por completo.
Nerissa se posiciona detrás de ella. Contemplar la espalda desnuda de Seraphina, marcada por sus propios dedos, desata una posesividad primitiva. Desliza dos dedos de golpe en su interior desde atrás, buscando el fondo con un ritmo implacable, duro, casi castigador.
—Joder… Sí, así. Más fuerte —suplica Seraphina con la voz rota, echando la pelvis hacia atrás para recibir las embestidas con más profundidad, buscando la fricción de la mano de Nerissa contra su piel.
Nerissa la folla sin piedad, moviendo el brazo con un ritmo salvaje, sordo a cualquier lógica que no sea la de poseer a la mujer que ha destruido su mundo para intentar salvarla.
Con la mano libre, sujeta a Seraphina por el pelo, tirando ligeramente hacia atrás para obligarla a alzar el rostro y morderle la línea del hombro mientras la penetra.
El salón se llena del sonido húmedo de la fricción y de las respiraciones jadeantes de ambas.
El placer sube por la columna de Nerissa como una descarga de alto voltaje.
Está tan unida a ella, tan lubricada, que la fricción de su propio sexo contra el cuerpo de Seraphina la lleva al borde del abismo.
El segundo orgasmo de Seraphina llega a la vez que el de Nerissa.
Las paredes vaginales de la ejecutiva se contraen con una fuerza brutal alrededor de los dedos de la cirujana, atrapándolos.
Nerissa suelta un gemido ronco, hundiéndose una última vez en ella mientras se corre de manera brutal, temblando con violencia sobre la espalda de su amante.
Las dos se derrumban juntas en la alfombra, de lado, sudorosas, jadeantes y con las piernas enredadas.
La respiración de Seraphina es un sopló caliente contra el cuello de Nerissa.
Poco a poco, el ritmo cardíaco de ambas empieza a estabilizarse, y Nerissa nota cómo las lágrimas de la ejecutiva vuelven a mojar su piel.
Pero esta vez son diferentes. No hay pánico en ellas; son lágrimas de un alivio absoluto, el llanto de quien ha dejado caer un peso que la estaba matando.
Nerissa la rodea con los brazos, pegando la espalda de Seraphina contra su pecho, encajándolas como dos piezas rotas que vuelven a unirse a la fuerza.
—No voy a soltarte —susurra Nerissa al oído de Seraphina, apretando el agarre sobre su vientre—. Mañana empezaremos a luchar. Juntas.
Seraphina asiente en silencio, girando un poco la cabeza para besar la mano de Nerissa, la misma que aún conserva el rastro de ambas.