Tan cerca de ti Capítulo 22
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Capítulo 22

Seraphina Chapman lleva exactamente doce minutos sentada al extremo de la larga mesa de cristal de la sala de juntas principal, cuando comprende que la reunión no guarda ninguna relación con una simple evaluación de contingencia. Se trata de una ejecución en toda regla.

Lo percibe en las miradas esquivas de los miembros del consejo, que apenas sostienen la suya más de dos segundos.

Lo nota en el silencio tenso del director jurídico, cuyo rostro permanece impasible, y sobre todo en la carpeta gris colocada frente a Adrian Beckett, como si fuera un escalpelo listo para abrirle el pecho sin darle opción a hacerlo con anestesia.

Al principio, nadie menciona el escándalo que sigue llenando los periódicos o las noticias en todos los horarios.

Prefieren hablar de estabilidad financiera, y de las fluctuaciones bursátiles que se esperan tras la filtración mediática.

El lenguaje corporativo cae sobre la mesa con una asepsia fría y monstruosa, como si las fotografías publicadas no pertenecieran a una vida real, sino a un gráfico defectuoso que hay que corregir antes de la apertura de los mercados.

Seraphina mantiene la espalda recta, las manos entrelazadas sobre el cristal y el rostro sereno.

No tiembla. Se ha pasado la noche entera entrenándose para no hacerlo.

Siente el peso de cada mirada como una acusación silenciosa, pero se obliga a respirar con calma.

Piensa que, si muestra la más mínima grieta, ellos la agrandarán hasta destruirla.

Adrian toma por fin la palabra con esa calma insoportable que siempre lo caracteriza. Lleva un traje azul oscuro impecable y una expresión de gravedad estudiada, casi teatral.

—La prioridad del consejo es contener el impacto sobre la fusión y garantizar la confianza de los inversores externos —afirma mientras desliza un documento hacia el centro de la mesa—. Por supuesto, todos lamentamos profundamente la situación personal que estás atravesando, Seraphina.

La palabra «personal» le revuelve el estómago. Porque nada de lo que él ha hecho ha sido casual ni privado. Todo ha sido calculado.

Seraphina baja la mirada hacia el documento. Las letras negras sobre el papel blanco parecen bailar un instante: SUSPENSIÓN TEMPORAL DE FUNCIONES EJECUTIVAS. Escucha el latido de su propio corazón retumbar dentro de su cabeza, más fuerte que cualquier voz en la sala.

Adrian continúa con el mismo tono:

—La medida es puramente preventiva. El consejo considera que una retirada provisional facilitará la estabilización de la operación financiera mientras analizamos el alcance mediático del incidente.

«Hijo de puta». ¿Cómo se atreve a llamarlo incidente? ¿Cómo puede estar tan fresco, delante de ella, después de lo que le ha hecho? ¿Cómo puede fingir que lo que ha pasado ha sido por un error fortuito y no porque él haya encendido la mecha con sus propias manos?

Seraphina levanta despacio los ojos y lo mira directamente.

Él le sostiene la mirada con esa tranquilidad venenosa de quien sabe que ya ha ganado la partida.

En ese preciso instante, ella comprende algo mucho peor que la pérdida de su carrera: nunca hubo intención real de que negociasen.

La extorsión solo fue el preludio. Adrian necesitaba destruirla públicamente para tomar el control absoluto del fondo de inversión y apartarla de la operación antes de que pudiera reaccionar. Y ahora, lo tiene muy claro.

—Necesitamos tus accesos corporativos de inmediato —interviene el director jurídico con evidente incomodidad, carraspeando ligeramente—. También toda la documentación en la que has trabajado y la autorización financiera de las cuentas vinculadas a la fusión.

El silencio que sigue resulta devastador.

Durante años, esa sala fue su territorio, su reino indiscutible.

Dirigió acuerdos internacionales desde esa misma mesa, cerró adquisiciones millonarias y salvó operaciones que otros daban por perdidas.

Cada pantalla, cada informe y cada decisión estratégica llevaba su impronta.

Y ahora le amputan de su propia creación como si fuera una amenaza que hay que extirpar cuanto antes.

Adrian junta las manos sobre la mesa y adopta un tono casi paternal:

—Entendemos que este momento puede resultar emocionalmente complejo para ti.

Seraphina siente un impulso casi irrefrenable de reírse en su cara, pero se contiene.

No piensa regalarle ni una sola reacción que él pueda usar después.

Abre la carpeta y lee el documento completo, línea por línea, sin prisa.

Las cláusulas están redactadas claramente, dentro de una legalidad que ahora le da náuseas.

Porque cada una de esas palabras, están perfectamente diseñadas para enterrarla viva.

Coge la pluma estilográfica que hay junto a la carpeta, y pronto, la tinta corre sobre el papel mientras estampa su firma.

Adrian esboza una sonrisa mínima, apenas perceptible, pero triunfal.

—Agradecemos tu colaboración, Seraphina —murmura hacia la mujer.

Ella deja la pluma sobre la mesa con cuidado y levanta la vista.

—¿Ya has terminado? —pregunta, sin rastro de emoción.

La pregunta lo descoloca durante medio segundo. Esperaba lágrimas, rabia, tal vez una escena dramática. Pero Seraphina lleva demasiadas horas rota por dentro como para ofrecerle ese espectáculo.

El director jurídico carraspea de nuevo.

—El equipo de sistemas desactivará tus accesos en cuanto salgamos de aquí.

Ella asiente, se quita la tarjeta ejecutiva del cuello y la deposita sobre el cristal.

El pequeño rectángulo de plástico produce un sonido ridículamente leve, pero a ella le parece que acaba de arrancarse un órgano vital.

Después, entrega todo lo que le han pedido, y sus símbolos de poder desaparecen en cuestión de segundos, amontonados frente a Adrian Beckett como si fueran trofeos de guerra.

Cuando se pone en pie, nadie intenta detenerla. Ya no necesitan nada más de ella.

La lluvia golpea Mánchester cuando el taxi la deja frente a la entrada del hotel.

Seraphina permanece unos instantes dentro del vehículo, observando las puertas giratorias y el ir y venir de desconocidos con maletas.

Nadie sabe quién es. Por primera vez en muchos años, es invisible.

La idea debería aliviarla, pero solo consigue abrir un vacío insoportable en su interior.

Sale del coche sujetando solo el bolso y una pequeña maleta que preparó a toda prisa esa misma mañana, mientras Elliot evitaba cruzarse con ella por los pasillos de la casa y sus hijos pasaban ese infierno personal en casa de sus abuelos

«Me van a odiar toda la vida», piensa, justo cuando la recepcionista le dedica una sonrisa profesional y neutra.

—Buenas tardes, señora Chapman.

El apellido le atraviesa el pecho. Firma el registro y va hacia el ascensor para subir a la habitación 814.

Al introducir la tarjeta y oír el sonido electrónico de la puerta, siente una punzada extraña.

Deja la maleta junto a la cama y camina despacio hasta el ventanal.

Mánchester se extiende como un paisaje cansado de hormigón y luces difuminadas.

Seraphina Champan se cruza de brazos y, por primera vez desde la reunión, nota el verdadero peso de su caída.

Ya no tiene despacho. Ni casa. Ni control.

Ni un futuro claro. Solo esa habitación en un hotel anónimo en una ciudad que lleva años intentando conquistar.

Apoya la frente contra el cristal frío y cierra los ojos.

Piensa en Elliot, en sus hijos, en un último beso desesperado en el aparcamiento.

Y entonces el recuerdo de Nerissa le rompe por dentro.

Porque, incluso después de todo, sigue siendo el único lugar donde su cuerpo reconoce algo parecido a la verdad.

*

Mientras tanto, Nerissa tarda menos de diez minutos en llegar al apartamento de Daphne.

La lluvia ha calado su abrigo y todavía arrastra la rabia de lo que ha sucedido en las últimas horas pegada a la piel como una segunda capa de sudor.

Su cuerpo se siente exhausto, pero su mente funciona a base de golpes violentos de adrenalina y humillación.

Cuando Daphne abre la puerta, el calor del interior la golpea de inmediato. Durante un segundo, Nerissa siente el impulso físico de derrumbarse allí mismo, en el umbral, y no tiene ni idea de por qué no lo hace.

Daphne la observa un instante antes de acercarse.

—Dios mío... —susurra con preocupación, tocándole el brazo.

Ese simple contacto casi termina de romper la poca compostura que le queda.

Nerissa entra sin decir nada. El apartamento está impecable, ordenado con esa elegancia que siempre había admirado en Daphne.

Todo transmite estabilidad, seguridad y control.

Exactamente lo contrario de lo que ella siente en este momento.

Daphne cierra la puerta y la guía hacia el salón.

—Siéntate, por favor. Voy a prepararte algo —dice con tono cariñoso.

Nerissa niega con la cabeza.

—No necesito café. Lo que necesito es que alguien me diga que todavía queda algo en pie después de todo esto.

—Ya… creo que es normal.

Nerissa cierra los ojos un instante. Y por el panel de su mente, vuelve a revivir los titulares, las fotografías, su vida convertida en carnaza pública.

—Me han suspendido —murmura.

—Eso también lo sé —responde Daphne.

La mujer baja la mano y entonces, ocurre algo pequeño pero revelador. Daphne retrocede medio paso, estableciendo una distancia casi imperceptible, pero prudente. Y Nerissa lo nota al instante. Tanto, que el salón parece enfriarse varios grados.

Daphne se dirige a la cocina abierta y regresa con dos tazas de café.

—Puedes quedarte aquí esta noche si quieres —ofrece mientras deja una taza sobre la mesa frente al sofá—. No deberías estar sola en un momento así.

Nerissa la mira fijamente.

—¿Pero? —pregunta, porque sabe que hay un pero.

Daphne suspira.

—Necesito… que entiendas una cosa. Sera la auditora de la fusión de las clínicas tiene un precio, y para colmo, la situación se ha vuelto mucho más grande de lo que parecía esta mañana.

Otra vez el lenguaje corporativo.

—Quiero ayudarte —continúa Daphne con cuidado—, pero de cara al exterior necesitamos mantener las distancias. No quiero que las cosas vayan a peor.

Nerissa permanece inmóvil, procesando lo que acaba de escuchar.

—¿Distancia? —repite—. Me dijiste que contigo no habría esquinas oscuras, Daphne.

—Y lo sigo creyendo —responde Daphne sosteniéndole la mirada—. Pero esta situación también exige algo de… estabilidad. No puedo hundir mi trabajo o mi reputación por esto.

Por esto. No por ti. Por esto.

Nerissa aparta la mirada hacia la ventana.

—De repente he comprendido algo horrible —musita mientras niega con la cabeza—. Ni Seraphina pudo derribar su propio miedo. Ni tú puedes atravesar el cálculo frío de los números.

Daphne se acerca de nuevo.

—No estoy abandonándote. Solo te pido tiempo hasta que la tormenta pase.

—Pero siempre habrá una condición, ¿verdad? Siempre que no perjudique el negocio. Siempre que el mercado lo permita. Siempre que el escándalo no te llegue a salpicar. ¿Crees que yo estoy orgullosa de esto?

—No, sé que no lo estás. Pero ahora mismo, es lo que hay —le responde Daphne con frialdad.

Nerissa asiente, y con las mismas, deja el café, a Daphne y ese puto apartamento. Pero antes de salir, se gira y la mira a los ojos:

—Ahora entiendo por qué nunca conseguí amarte de verdad.