Tan cerca de ti Capítulo 21
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Capítulo 21

La luz grisácea del amanecer se filtra con timidez entre las nubes bajas cuando Seraphina Champan cruza el recibidor de su casa con la chaqueta bien abotonada y las llaves clavadas en la palma de la mano.

La vivienda permanece envuelta en un silencio denso, nada parecido al sosiego habitual de una mañana familiar.

Se trata del vacío que deja una explosión, un eco sordo que todavía reverbera entre las paredes.

Desde el piso superior no llega ni un susurro de Oliver ni de Ivy.

Elliot tampoco ha abandonado el salón desde la confrontación de la noche anterior.

Todo se mantiene inmóvil, como si la propia estructura de la casa contuviera el aliento ante el desastre.

Al abrir la puerta principal, un destello brutal de flashes le atraviesa los ojos con violencia repentina, junto al murmullo agitado de voces que se eleva detrás de la verja de seguridad.

—¡Seraphina! ¡Señora Chapman! ¡Una declaración, por favor! —grita uno de los reporteros.

—¿Es cierta la relación con la doctora Ashcombe? —insiste otra voz, más aguda y ansiosa—. ¿Cuánto tiempo llevan viéndose?

—¿Va a dimitir de su puesto? ¿Qué opina su marido de todo esto?

Seraphina no responde. Desciende los escalones delanteros con las piernas rígidas, mientras el estómago se le convierte en una masa ácida que amenaza con doblarla en cualquier momento.

El frío húmedo de Mánchester le golpea el rostro, pero apenas consigue despejar el mareo que la invade.

Los fotógrafos se aplastan contra las rejas negras de la urbanización privada y extienden objetivos gigantescos hacia ella, como si fueran armas listas para disparar.

Seraphina avanza hacia el coche sin levantar la cabeza en ningún instante.

Las manos le tiemblan con tanta intensidad que necesita dos intentos para abrir la puerta del vehículo.

Una vez sentada al volante, los flashes continúan rebotando contra las ventanillas tintadas como una tormenta de luz metálica.

Cierra los ojos durante un segundo y apoya la frente contra el cuero frío del volante.

Le duele el cuerpo entero. No ha pegado ojo en toda la noche.

«Espero que esa puta cirujana haya valido la pena».

Al avanzar hacia la salida, varios periodistas corren junto al coche.

Los flashes iluminan el interior una y otra vez, arrancando fragmentos de su rostro pálido, de su miedo palpable y de la vergüenza que la consume.

Seraphina mantiene la mirada fija en la carretera, con los nudillos blancos sobre el volante.

Pero no mira atrás. Sabe perfectamente lo que deja dentro de su casa: un matrimonio muerto, dos hijos que despertarán en medio de un escándalo nacional y un hombre destruido al que jamás quiso herir de esa forma tan cruel.

Cuando por fin toma la carretera principal, el ruido exterior se apaga poco a poco.

Las luces de los flashes quedan atrás. Solo permanece el zumbido constante del motor y una sensación de vacío insoportable que le oprime el pecho.

Entonces piensa en Nerissa, y el miedo regresa de golpe, más intenso que nunca.

*

Nerissa percibe el ambiente en cuanto atraviesa las puertas automáticas de traumatología. El edificio conserva la misma pulcritud de siempre, con sus suelos brillantes y las pantallas que muestran los horarios quirúrgicos, pero algo ha cambiado de manera irreversible.

La gente interrumpe sus conversaciones cuando ella aparece.

Aunque nadie la señala con el dedo ni lanza comentarios directos.

Precisamente por eso resulta mucho más doloroso.

Una enfermera corta una frase a mitad mientras coloca historiales sobre el mostrador.

Dos residentes bajan la voz de inmediato junto a los ascensores.

Incluso uno de los recepcionistas, que normalmente le dedica una sonrisa automática cada mañana, evita sostenerle la mirada más de un segundo.

Nerissa continúa caminando con la espalda recta y la mandíbula tensa.

Pero el periódico doblado sobre la mesa de la cafetería médica le golpea el estómago como una cuchillada inesperada.

Las fotografías ocupan media portada del Manchester Evening News.

Ella y Seraphina caminando por Chester, con las manos entrelazadas sobre las murallas y la salida discreta del hotel boutique, junto a un titular enorme: «ESCÁNDALO EN HALE MEDICAL: LA RELACIÓN OCULTA QUE AMENAZA UNA FUSIÓN MILLONARIA».

Nerissa nota de nuevo cómo la rabia lenta y fría se le endurece dentro del pecho.

Ahora lo entiende todo. La frialdad repentina de Seraphina. La distancia que impuso de repente. La humillación pública en la administración. Seraphina solo ha intentado apartarla del incendio para protegerla, pero el fuego las ha alcanzado a las dos sin piedad.

Minutos después empuja la puerta del vestuario del quirófano. Las conversaciones se cortan de inmediato. El silencio cae con una brusquedad tan evidente que hasta el sonido de las taquillas parece exagerado. Una doctora baja la vista hacia su móvil con rapidez. Otra enfermera carraspea incómoda.

Nerissa deja la bolsa sobre el banco y comienza a cambiarse sin pronunciar palabra.

Siente las miradas furtivas que se deslizan sobre su espalda.

Compasión. Morbo. Incomodidad. Lo peor no es el escándalo en sí.

Lo peor es sentirse convertida en un tema de pasillo, en un rumor jugoso, en una vergüenza institucional que todos comentan en voz baja.

Cuando termina de abrocharse la bata quirúrgica, la supervisora entra en el vestuario con expresión rígida y profesional.

—Doctora Ashcombe, la dirección médica quiere verla inmediatamente —anuncia, aunque evita mirarla a los ojos.

Nerissa levanta la mirada despacio.

—¿Ahora? —pregunta ella—. Tengo una cirugía programada en cuarenta minutos.

La supervisora traga saliva antes de responder.

—Es urgente. Lo siento.

La reunión dura exactamente diecisiete minutos. Diecisiete minutos bastan para desmontar una carrera construida con años de esfuerzo.

El despacho de dirección médica resulta demasiado caluroso. O quizá es ella quien siente la sangre hirviendo bajo la piel mientras escucha el discurso perfectamente ensayado del comité.

—Entendemos la presión mediática a la que se enfrenta —comienza el director médico con tono paternalista—. Pensamos en su bienestar y en el del equipo.

—Nadie cuestiona su talento —añade otro miembro—, pero la exposición pública puede afectar temporalmente al entorno quirúrgico y, sobre todo, a los diferentes contratos que tenemos en marcha. Quizá sería recomendable una baja médica por estrés.

Nerissa observa a los tres hombres sentados frente a ella y siente ganas de reírse.

Pero no lo hace. Entiende perfectamente el idioma real que se esconde detrás de esas frases impersonales.

La están apartando. La sacrifican. Necesitan un cuerpo que arrojar a los inversores para contener el escándalo, y ella es el eslabón más fácil de expulsar.

—No estoy incapacitada para operar —responde Nerissa. Sin perder ni un poco de su orgullo—. He hecho tres intervenciones complejas esta semana sin ningún problema.

El director médico entrelaza las manos sobre la mesa y suspira.

—Nadie cuestiona su talento, doctora Ashcombe. Sin embargo, la situación externa…

—Mentira —le interrumpe Nerissa, incapaz de contenerse—. Todo esto es un cuestionamiento directo a mi profesionalidad, a mi nombre y a mi presencia en estas clínicas. ¿Van a suspenderme por enamorarme de quien no debería?

—La junta considera que una retirada temporal ayudaría a proteger tanto a la clínica como a usted misma durante esta tormenta mediática. Es lo más prudente.

—Proteger… —repite Nerissa con ironía, mientras aprieta los dedos contra el brazo de la silla—.

He pasado noches sin dormir, y años de sacrificios para convertirme en una de las mejores cirujanas en el sector deportivo.

¿Y ahora quieren reducirme a un titular sensacionalista?

¿A la amante problemática de la directora financiera?

La humillación le atraviesa el cuerpo entero como una corriente eléctrica.

—Entiendo —añade después con resignación—. Entiendo demasiado bien lo que están haciendo.

Cuando sale del despacho, siente las piernas extrañamente ligeras, como si caminara fuera de su propio cuerpo. El pasillo sigue lleno de médicos, enfermeras y administrativos. La clínica continúa su ritmo mientras su vida se rompe en silencio.

Encuentra a Seraphina en el aparcamiento subterráneo.

La ejecutiva está junto a su coche, colocando carpetas en el asiento trasero con movimientos rápidos y torpes.

Lleva las gafas puestas a pesar de la penumbra del parking y el pelo desordenado.

Representa la imagen perfecta de una mujer que ha pasado la noche sobreviviendo a un derrumbe emocional.

Nerissa se detiene a pocos metros. Seraphina nota su presencia de inmediato y se queda completamente quieta. Después Seraphina cierra la puerta del coche sin mirarla.

—Vete a casa, Nerissa —le dice, casi suplicante—. No deberías estar aquí. Estás empeorando las cosas para las dos.

Nerissa tiene ganas de echarse a reír.

—¿Empeorando las cosas? —replica con tono cortante—. ¿Eso es lo que te preocupa ahora? ¿Que yo empeore tu imagen pública?

Seraphina aprieta con fuerza las llaves entre los dedos y cierra los ojos un instante.

—Por favor… —murmura—. No hagas esto más difícil.

—No —la corta Nerissa, dando un paso adelante—.

No me hables como si todavía pudieras controlar esta situación.

Me acaban de suspender, Seraphina. Medio clínica fingía no escuchar los rumores mientras me humillaban en una reunión de diecisiete minutos.

Así que no me pidas que desaparezca discretamente para facilitarte la vida.

Seraphina traga saliva con dificultad. Nerissa observa el temblor mínimo que le recorre las manos.

—No entiendes la magnitud de lo que está pasando —responde Seraphina—. Adrian lo filtró todo. Elliot… los niños… la fusión está muerta.

—Entonces explícamelo —exige Nerissa, acercándose más.

El silencio que sigue es pesado y cobarde. Los ojos de Seraphina suben finalmente hacia ella, y Nerissa desearía no haber visto nunca ese miedo reflejado en ellos.

—Déjalo ya —susurra Seraphina, con la voz rota—. No queda nada que salvar aquí.

La frase cae entre ambas como un disparo.

Nerissa siente que algo termina de romperse dentro de su pecho.

Todo el dolor de los últimos días regresa con fuerza.

La rabia le nubla la vista. Antes de pensar lo que hace, cruza la distancia que las separa.

Seraphina apenas tiene tiempo de reaccionar.

Nerissa la empuja contra la carrocería del coche.

Las llaves caen al suelo del parking y el sonido metálico resuena entre las columnas.

Seraphina abre los ojos con una mezcla de miedo y sorpresa.

—Nerissa… —intenta decir.

Pero ella ya la sujeta por la nuca con firmeza. Y la besa. Con una necesidad feroz de atravesar la máscara que Seraphina insiste en levantar entre las dos. Los labios de Seraphina están fríos al principio. Durante un segundo permanece rígida, resistiéndose. Después se rompe por completo.

Nerissa percibe el instante exacto en que deja de luchar.

El temblor que le recorre el cuerpo. La forma en que sus dedos se aferran a la bata de Nerissa con pura desesperación.

El beso sabe a lágrimas retenidas, a noches sin dormir y a miedo.

A un miedo profundo. Nerissa la besa con rabia porque necesita castigarla por el abandono, pero también porque necesita recordar que la mujer de Chester sigue existiendo bajo toda la destrucción que las rodea.

Seraphina emite un sonido ahogado contra su boca. Y cuando finalmente se separan, ambas respiran con dificultad. Seraphina permanece apoyada contra el coche, con los labios enrojecidos y los ojos completamente húmedos.

—Las dos estamos metidas en este desastre —susurra Nerissa, pegada a sus labios—. Así que ya no hace falta que sigas huyendo de mí.

Seraphina cierra los ojos con fuerza.

—Vete, por favor —responde Seraphina—. Antes de que nos hagan más daño.