Capítulo 20
—No… puede… ser…
El teléfono se desliza de entre los dedos de Seraphina y golpea la alfombra del salón con un sonido apagado que apenas logra abrirse paso a través del zumbido intenso que le invade los oídos.
Durante un instante, ella solo distingue el reflejo de las luces que hay más allá, en el jardín.
Luces que bañan las paredes color marfil de la estancia en una luz fría y despiadada.
El mundo entero parece haberse reducido a esa imagen congelada en su mente: ella y Nerissa caminando sobre las murallas de Chester, con las manos entrelazadas bajo el resplandor de las farolas antiguas, ajenas al resto del universo.
Elliot está estático, delante de la ventana, con el pecho agitado en respiraciones irregulares.
Ya no queda rastro del abogado impecable que sonríe en las cenas ni del hombre sereno que evita alzar la voz delante de los niños.
Ahora parece un desconocido, alguien que acaba de descubrir que toda su existencia se sostenía sobre una mentira adornada con esmero.
Seraphina intenta tomar aire, pero los pulmones se le resisten. Siente un sabor metálico que se le acumula en la lengua mientras observa las fotografías ampliadas en la pantalla.
Todo lo que había vivido como algo íntimo, vulnerable y profundamente humano se ha transformado ahora en pruebas irrefutables. En la munición lista para disparar. En una ejecución pública y sin piedad.
—Elliot… —consigue murmurar Seraphina, aunque su propia voz le suena ajena, como si perteneciera a otra persona—. Yo iba a contártelo. Te lo juro.
Él suelta una risa breve y rota que le eriza la piel de los brazos, y después, se pasa la mano libre por la nuca con un gesto cargado de incredulidad y dolor.
—¿Contármelo? —repite despacio, mirándola como si la viera por primera vez en su vida—.
¿Y cuándo pensabas hacerlo exactamente, Seraphina?
¿Después de que mañana tu cara aparezca en todos los periódicos de la ciudad?
¿Después de que nuestros hijos tengan que escuchar en el colegio que su madre mantiene una relación con una cirujana de su propia clínica mientras finge que todo va bien en casa?
Seraphina nota cómo el suelo parece abrirse bajo sus pies.
«Los niños. Dios santo, los niños.» La imagen de Oliver bajando las escaleras con el uniforme del colegio, todavía con el pelo revuelto, y la de Ivy durmiéndose la noche anterior abrazada a su brazo le atraviesan el pecho con una violencia que le corta la respiración.
Todo su cuerpo reacciona con retraso: las manos comienzan a temblarle de manera visible, y el corazón le golpea contra las costillas con tanta fuerza que el dolor se vuelve dolorosamente físico.
—No quería que ocurriera así —susurra ella—. Nunca quise que lo descubrieras de esta forma tan horrible.
—¿Así? —Elliot da un paso hacia ella, con los hombros tensos y la mandíbula apretada—. ¿Es que hay una forma correcta de descubrir que tu mujer lleva tanto tiempo engañándote? Dime, Seraphina, ¿cuál sería el momento ideal para ti?
Ella abre la boca, pero las palabras se le atascan en la garganta.
Cualquier explicación que intente ofrecer suena miserable incluso dentro de su propia cabeza.
Ya no hay matices posibles cuando las pruebas brillan con crudeza en una pantalla de ochenta pulgadas en mitad del salón familiar, donde han celebrado cumpleaños, navidades y momentos que ahora parecen falsos.
Elliot recoge el móvil del suelo y se lo planta delante de las narices, con otra imagen que a Seraphina le deja el corazón congelado. Él aprieta la mandíbula con tanta fuerza que el músculo le tiembla visiblemente bajo la piel.
—¿Cuánto tiempo llevas con ella? —gruñe Elliot.
Seraphina cierra los ojos durante un segundo. Podría mentir, minimizarlo, intentar suavizar el golpe. Sin embargo, ya no queda nada que proteger.
—Más tiempo del que me permití engañarte…
Elliot aparta la vista un instante y se pasa la mano por la cara con cansancio. Cuando vuelve a mirarla, sus ojos reflejan algo mucho peor que la rabia: una humillación profunda y desgarradora.
—Todos me han llamado. Todos. El presidente del consejo, el director jurídico, los inversores principales de la Premier… Incluso Malcolm Reed desde Londres, preguntándome si era cierto antes de que la noticia llegue mañana a Bloomberg. ¿Te das cuenta de la magnitud de esto?
Ella siente que el hielo se abre paso dentro de su pecho. «Maldito Adrian». El cabrón ha movido las piezas antes de tiempo.
—El director de comunicación me ha advertido que el Manchester Evening News ya tiene las fotografías —continúa Elliot, con la voz cada vez más áspera y ronca—.
Hay periodistas preparando un reportaje completo sobre «el escándalo sexual detrás de la fusión sanitaria más importante del año».
¿Entiendes lo que eso significa para nosotros?
Seraphina baja la mirada hacia el suelo.
No porque no comprenda las consecuencias, sino porque las comprende demasiado bien.
La fusión se ha ido al traste. Los inversores retirarán el capital de inmediato.
Las acciones se desplomarán en cuanto abran los mercados.
El consejo necesitará una cabeza visible para salvar la empresa, y esa cabeza será la suya.
Las náuseas le suben por la garganta. No por el dinero ni por la carrera. Sino por Nerissa. Porque Adrian la ha expuesto también a ella.
—Esto no tiene nada que ver con el trabajo —se justifica Seraphina, intentando sostener un último hilo de dignidad—. Un error personal no debería afectar al acuerdo.
Elliot la observa con una incredulidad absoluta, casi horrorizada.
—¿Todavía hablas como la directora financiera? —pregunta, muy decepcionado—. ¿De verdad estás hablando en serio?
Seraphina levanta la vista hacia él y, por primera vez desde que ha entrado en el salón, permite que el miedo se refleje claramente en su rostro.
—Solo pienso en todo lo que acaba de explotar en mil pedazos, Elliot. En ti, en mí, en los niños… En todo.
—No —responde él, negando con la cabeza mientras se aleja unos pasos—. Tú llevas meses pensando solo en ella. En esa mujer que ha ocupado el lugar que yo ya no tenía.
El silencio que sigue resulta insoportable. El reloj de pared marca los segundos con una precisión cruel. Afuera, el viento mueve suavemente las ramas de los árboles del jardín perfectamente cuidado de la urbanización. La normalidad de la casa hace que el desastre parezca todavía más despiadado.
Elliot vuelve a mirar las fotografías en la pantalla y traga saliva con dificultad.
—¿Estás enamorada de ella? —pregunta de pronto su marido.
La pregunta atraviesa a Seraphina como una lanza. Ya no hay estrategia posible. No puede esconderse detrás del cansancio laboral, de la presión o de una crisis emocional vaga. Todo ha sido arrancado de raíz.
Traga saliva con esfuerzo.
—Sí —admite, y la palabra le quema en los labios—. La quiero.
Elliot cierra los ojos. La confesión parece golpearlo en el pecho con fuerza. Cuando los abre de nuevo, hay lágrimas contenidas que brillan en ellos, pero también un resentimiento profundo que Seraphina nunca había visto dirigido hacia ella.
—Entonces todo este tiempo… —murmura Elliot con amargura—, mientras yo intentaba arreglar nuestro matrimonio, mientras te llevaba a hoteles para reconectar, mientras buscaba terapeutas y me preguntaba qué demonios estaba haciendo mal… tú ya estabas enamorada de otra persona. ¿Cómo has podido?
Seraphina siente un dolor espeso que le sube por la garganta y le dificulta respirar.
—Nunca quise hacerte daño, Elliot. Te lo prometo. Intenté resistirme, pero…
—Pues lo has hecho —la interrumpe él con sequedad—. Y de la peor manera posible.
La respuesta llega limpia, irrefutable y cargada de dolor. Elliot se acerca a la barra del minibar y se sirve un whisky. El líquido se derrama fuera del vaso y salpica la madera, pero él ni siquiera se percata. Bebe un trago largo y apoya las manos en el mueble, como si necesitara sostenerse.
—¿Quién más lo sabe? —pregunta sin mirarla.
Seraphina tarda demasiado en responder. Piensa en Maeve, en el hermano de Nerissa, en Daphne. Y, por supuesto, en Adrian. Demasiada gente. Demasiados ojos sobre algo que creía protegido en la intimidad de habitaciones en penumbra y mensajes que borraba con cuidado.
—No lo sé con exactitud —confiesa ella—. Pero más personas de las que imaginaba.
Elliot suelta otra carcajada rota y amarga.
—Dios mío, Seraphina. Qué ingenuo y estúpido he sido.
Seraphina nota cómo las lágrimas se le acumulan por fin en los ojos, pero se obliga a mantenerse erguida. Ya no tiene derecho a derrumbarse antes que él.
—Quería decírtelo —insiste ella—. Había decidido que era el momento.
—¿Y eso iba a arreglar algo? —replica Elliot, girándose hacia ella con los ojos enrojecidos—. ¿Iba a borrar los meses de mentiras? ¿Iba a devolvernos la confianza?
Seraphina no responde. Porque no. No iba a arreglar nada. Solo habría convertido la destrucción en una decisión propia en lugar de una detonación pública y humillante.
Elliot deja el vaso sobre la mesa y vuelve a mirar el móvil.
—Su carrera también está acabada.
Ella se lleva una mano a la boca, horrorizada. Y ya se imagina la escena al día siguiente; la imagen de Nerissa entrando bajo los flashes de los periodistas le provoca un pánico auténtico y visceral.
—Esto ha sido cosa de Adrian Beckett —suelta de repente, incapaz de seguir conteniéndolo—. Tu querido amigo me chantajeó hace unos días.
Elliot frunce el ceño y se cruza de brazos.
—¿Qué estás diciendo?
Seraphina inspira profundamente. Siente el cuerpo agotado, como si llevara semanas sin dormir de verdad.
—Descubrió lo de Chester. Quería que manipulara la auditoría de la fusión y que dimitiera después. Me amenazó con enviarte las fotografías si no colaboraba. Intenté alejarme de Nerissa para protegerte a ti y a los niños, pero… Estoy segura de que debe tener algún plan oculto.
La confesión sale rota y llena de arrepentimiento. Ahora entiende la ironía monstruosa de lo que ha pasado: ha destruido a la mujer que amaba para salvar una vida que, al final, ha explotado igualmente.
Elliot se deja caer en el sofá, como si de pronto hubiera envejecido diez años. Y después se frota los ojos con las palmas de las manos.
—No sé quién eres ahora mismo —dice, casi para sí mismo—. La mujer con la que me casé no habría hecho esto.
Seraphina mira alrededor del salón: las fotografías familiares sobre la chimenea, el piano que Ivy empezó a aprender el año pasado, las mantas perfectamente dobladas en el sofá.
Todo lo que ha intentado conservar intacto está a su alrededor.
Y, sin embargo, nada ha sido suficiente para apagar lo que siente por Nerissa.
—Lo siento —susurra ella—. Lo siento de verdad.
Elliot levanta la vista y, por primera vez, el desprecio aparece claramente en sus ojos.
—No me mires así. Mañana a primera hora, la noticia saldrá en las portadas de todos los quioscos de Mánchester. Has destruido la fusión de cincuenta millones de libras. Has destruido nuestra reputación, nuestra familia, el futuro de nuestros hijos…
La voz se le rompe definitivamente.
—Espero que esa puta cirujana haya valido la pena.
El golpe verbal la atraviesa como una cuchillada afilada.
Seraphina siente el impulso de defender a Nerissa, de impedir que la reduzca a un insulto, pero las palabras mueren en su garganta.
Elliot tiene derecho a odiarla. Acaba de descubrir la humillación más brutal de su vida.
Y, en el fondo más oscuro de sí misma, sabe que volvería a enamorarse de Nerissa aunque el precio fuera exactamente este.
Pero lo peor llega pocos minutos después.
Primero, un destello breve atraviesa los ventanales del salón. Después otro. Y otro más. Elliot gira la cabeza lentamente hacia el jardín delantero.
Hay varios coches que se detienen junto a la verja de la urbanización.
Luego, llega el primer flash que ilumina los árboles del jardín como un relámpago artificial y cegador.
La prensa ya está allí. Y el corazón de Seraphina comienza a latir con tanta fuerza que apenas puede mantenerse en pie.
Se acerca instintivamente al ventanal y distingue siluetas que se mueven tras las verjas de seguridad, cámaras que se elevan y objetivos que apuntan directamente hacia la casa.
Otro flash estalla en la oscuridad. Y otro. La cacería ha comenzado.
Detrás de ella, Elliot permanece inmóvil junto al sofá, completamente devastado, con los hombros caídos y la mirada perdida.
Seraphina se queda quieta en el centro del salón, atrapada entre ambos mundos, comprendiendo al fin que no queda absolutamente nada del universo que llevaba años intentando sostener con las manos desnudas.
El peso de sus decisiones la aplasta, y en ese instante, mientras los flashes continúan iluminando la noche, solo puede pensar en Nerissa y en el precio terrible que ambas van a pagar por haberse atrevido a amar.