Tan cerca de ti Capítulo 19
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Capítulo 19

La pantalla del despacho proyecta una luz azulada y fría sobre el rostro de Seraphina mientras revisa, por tercera vez, la misma columna de cifras.

Tiene una taza de café frío olvidada junto al teclado y una tensión constante alojada en el centro del pecho desde hace días.

Ya no recuerda la última vez que durmió una noche completa sin despertarse sobresaltada, con el corazón acelerado, pensando en Adrian Beckett, en las fotografías que le enseñó o en el temor enfermizo de que todo estalle antes de que ella logre recuperar algún tipo de control sobre su vida.

Frente a ella desfilan presupuestos, cláusulas contractuales y autorizaciones relacionadas con la consultoría externa de la fusión.

La consultoría de Daphne Mercer. Cada vez que su firma aparece en la esquina inferior de un documento, Seraphina nota una punzada desagradable en el estómago, a pesar de reconocer que es una profesional impecable.

Sin embargo, siente celos de que todo tenga que pasar por sus manos, de que esa mujer deba alimentar el mismo proyecto que ahora mantiene a Daphne instalada en la clínica como si siempre hubiera pertenecido allí.

Seraphina se obliga a respirar despacio, llenando sus pulmones. Números y más números. Eso es lo único que le queda.

Introduce la contraseña de seguridad y valida otra transferencia justo cuando llaman a la puerta.

—Adelante —responde ella.

La puerta se abre y, de inmediato, el aire del despacho cambia por completo.

Daphne entra, impecable dentro de un traje gris oscuro perfectamente entallado que resalta su figura con elegancia.

Se queda en mitad de su despacho. Lleva una carpeta bajo el brazo y una seguridad que ahora mismo envidia.

Sin embargo, no es eso lo que le paraliza la respiración.

Nerissa entra a su lado con el pijama del área quirúrgica puesto bajo su bata blanca.

Algunos mechones le rozan la cara, y Seraphina se queda mirándola.

Antes de sentarse, Nerissa roza distraídamente la espalda de Daphne con la mano en un gesto pequeño, y natural.

Como si ya no existiera ningún motivo para esconder nada.

Seraphina siente un vacío abriéndosele debajo de las costillas, un hueco que se expande con rapidez y le roba el aliento.

«¿Han… vuelto?»

—Directora Chapman —saluda Daphne con educación—. Venimos a revisar la validación final de las partidas operativas. Queremos asegurarnos de que todo esté en orden antes de la próxima reunión del consejo previa a la fusión.

Seraphina aparta la vista de Nerissa con esfuerzo y centra toda su atención en la información que tiene delante, aunque las letras parecen bailar ante sus ojos.

—Claro. Ahora mismo. Poneos cómodas, por favor —responde tranquila mientras les hace un gesto para que se sienten.

Nerissa se limita a hacerlo junto a Daphne y cruza una breve mirada con ella mientras abren los documentos sobre la mesa.

Ese detalle insignificante destruye algo dentro de Seraphina.

Porque sabe reconocer esa chispa. La conoce demasiado bien.

Es como si frente a ella pudiera revivir su expresión mientras caminaban junto al río Dee creyendo, durante unas horas absurdamente felices, que todavía existía un futuro posible para las dos.

Ahora esa expresión se mueve hacia otra persona, y la dimensión exacta de lo que ha permitido le clava un puñal en el corazón. Protegerse y proteger a Nerissa de Adrian Beckett ha funcionado demasiado bien. Definitivamente. Porque ahora es muy consciente de que la ha perdido.

Daphne comienza a hablar sobre los ajustes presupuestarios, señalando varias cifras en el informe.

—Como puedes ver, la redistribución de recursos nos permitirá optimizar el área quirúrgica de manera significativa. La expansión de personal también es clave para la siguiente fase —explica Daphne, con voz clara y confiada—. ¿Qué opinas tú? ¿Crees que deberíamos ajustar algo más antes de firmar?

Seraphina escucha apenas fragmentos sueltos. «Redistribución de recursos.» «Optimización quirúrgica.» «Expansión de personal.» Las palabras se mezclan bajo un ruido espeso que le llena la cabeza mientras observa cómo Nerissa asiente de vez en cuando a los comentarios de Daphne.

«No hay tensión entre ellas. Ni miedo», piensa Seraphina, y el pensamiento la atraviesa de lleno. «Son solo dos mujeres trabajando juntas a plena luz del día.»

La envidia que siente es tan intensa que le abrasa la garganta. Se remueve ligeramente en su sillón, intentando disimular el temblor de sus dedos.

—¿Hay algún problema con las cifras? —pregunta Daphne de pronto, con un leve signo de preocupación que Seraphina no se cree en absoluto.

Ella levanta la mirada, obligándose a mantener la compostura.

—No. Por lo que veo todo está correcto —responde Seraphina, y firma la autorización.

Después, Daphne recoge los documentos y los guarda en su maletín.

—Perfecto. Esto agilizará bastante la siguiente fase de integración. Gracias por tu rapidez, como siempre.

Seraphina asiente apenas, con la boca seca. Entonces Nerissa habla por primera vez, inclinándose ligeramente hacia delante.

—Gracias —dice con sencillez. Solo una palabra. Cortés, y profesional. Pero la distancia en su voz resulta insoportable para Seraphina.

Antes, incluso en mitad de una reunión, siempre existía algo escondido entre ellas.

Esa deliciosa tensión eléctrica, una mirada más larga de lo normal, un lenguaje secreto que solo ellas comprendían.

Y de eso ya no queda nada. Nerissa se pone en pie junto a Daphne y, cuando ambas salen del despacho juntas, Seraphina observa cómo Daphne inclina ligeramente la cabeza hacia ella mientras hablan en voz baja sobre algo que no alcanza a poder escuchar.

Nerissa sonríe. Una sonrisa pequeña. Real. Auténtica.

La puerta se cierra y Seraphina se queda quieta detrás de su mesa de roble durante varios segundos, con el pecho oprimido.

Luego aparta lentamente las manos del teclado porque le tiemblan demasiado para seguir trabajando.

Se da cuenta de que acaba de financiar, con su propia firma, la vida limpia y luminosa hacia la que ella misma ha empujado a Nerissa.

«La he perdido para siempre».

Seraphina Chapman, ha tirado su felicidad a la basura.

*

El domingo por la tarde, el jardín trasero de Isobel y su marido está lleno de voces animadas, el aroma de la barbacoa y copas de vino que tintinean bajo un cielo lleno de nubes.

Los niños corren por el césped perfectamente cortado, persiguiéndose entre risas, mientras varios vecinos comentan las próximas vacaciones de verano y las fluctuaciones de los mercados privados con esa despreocupación privilegiada que siempre ha formado parte natural de su entorno.

Seraphina se mueve entre ellos como si fuera un mecanismo defectuoso, con una sonrisa rota que no le llega a los ojos.

Asiente cuando alguien le habla. Ayuda a Isobel a repartir las bebidas y recoger los platos.

Pero por dentro siente una desconexión tan brutal que a ratos tiene la impresión de estar observando su propia vida desde fuera, como una espectadora que presencia una comedia mala.

—La fusión os va a colocar en otro nivel completamente distinto —comenta uno de los socios de Elliot mientras acepta una copa de vino—. Cincuenta millones no aparecen todos los días. Habéis hecho un trabajo impresionante.

Elliot sonríe con orgullo desde la parrilla, dando la vuelta a varias piezas de carne.

—La verdad es que Seraphina ha hecho magia con las cifras —responde él—. Yo solo intento que todos los acuerdos sigan en orden, sin demostrar mi torpeza.

Varias personas ríen con complicidad. Ella también finge hacerlo, aunque la frase le produce náuseas profundas.

Magia. Si ellos supieran. Si todos vieran las fotografías de Chester.

Las manos entrelazadas sobre las murallas romanas con otra mujer.

La forma en que miró a Nerissa enamorada, creyéndose segura lejos de Mánchester.

Toda esta urbanización de apariencias se vendría abajo en cuestión de horas.

—Tenéis un matrimonio admirable —dice Isobel, mientras se acerca con una bandeja de ensalada fresca—. De verdad. Hoy en día ya no quedan parejas así. Se nota que os queréis y que seguís siendo un equipo.

Seraphina siente que algo se retuerce violentamente dentro de ella.

Mira a Elliot. Él está hablando con otros amigos junto a la barbacoa, relajado, atractivo y perfectamente integrado en esa vida.

El padre impecable. El abogado brillante.

El marido que todavía la mira con cariño incluso después de meses de distancia y mentiras.

La culpa le vuelve a atravesar.

—Gracias, Isobel —murmura Seraphina, bajando la vista un instante—. Eso intentamos… que funcione cada día.

Isobel sonríe con calidez.

—Además, los niños os adoran. Eso siempre se nota en cómo se comportan. Oliver y Harriet son un encanto.

Seraphina baja la vista hacia Oliver e Ivy, que juegan cerca de los rosales del jardín de su vecina, ajenos a la tormenta que se avecina en la vida de sus padres.

Y el miedo vuelve. No el miedo a Adrian.

No el miedo al escándalo. El miedo a perderlos.

Porque hasta ahora ha intentado convencerse de que podía sostener las dos vidas al mismo tiempo: la madre perfecta, la amante clandestina, la ejecutiva impecable.

Pero la mentira ya no se sostiene. Está destruyéndolo todo.

El olor a carne asada empieza a resultarle asfixiante.

Las conversaciones superficiales, las risas forzadas, los fondos de inversión, las recomendaciones de colegios privados.

Todo lo que antes representaba estabilidad ahora le parece una cárcel elegantemente decorada.

Observa el jardín, la casa grande, la perfección de esa existencia construida durante años.

Y por primera vez no siente orgullo. Solo agotamiento. Un cansancio profundo y corrosivo.

Porque comprende que ha pasado demasiado tiempo viviendo para conservar una imagen en lugar de vivir para sí misma.

Al caer la tarde, y cuando todos los invitados se marchan, Seraphina ayuda a recoger a Isobel y se lleva a casa una bandeja con la comida que ha sobrado. Las luces decorativas iluminan el césped de su propia casa.

En su propia cocina, se queda en silencio durante un momento, escuchando los pasos lejanos de Elliot en el salón, a los niños riendo en sus habitaciones. Y entonces ocurre. Algo se rompe definitivamente dentro de ella.

No puede seguir así. No puede continuar dejando que Adrian controle su vida mientras ella destruye a Nerissa intentando protegerla.

No puede seguir mirando a sus hijos fingiendo que todavía existe honestidad en esa casa.

No puede dañar al hombre que la ha querido tanto siguiendo mintiéndole de esa manera.

La decisión llega de golpe, brutal y nítida.

Va a contárselo todo a Elliot. Esa misma noche.

La aventura. Lo que tiene con Nerissa. El chantaje.

Las fotografías. Todo. Aunque el divorcio la destroce.

Aunque pierda dinero. Aunque el consejo la expulse.

Aunque Adrian intente hundirla. Ya no soporta vivir escondida.

Ya no soporta convertirse en alguien a quien Nerissa apenas puede reconocer.

Se apoya unos segundos sobre la encimera porque el corazón le late demasiado deprisa. Tiene miedo. Muchísimo miedo. Pero por primera vez en meses siente también algo parecido al alivio. La posibilidad de dejar de mentir por fin.

Deja escapar una respiración temblorosa y abandona la cocina. Cruza el pasillo lentamente. Cada paso resuena en la quietud de la casa como si avanzara hacia una ejecución inevitable. Cuando llega al salón, se detiene en el umbral y siente que algo no encaja.

El reloj de pared marca los segundos con una claridad insoportable.

Elliot está junto al ventanal que da al jardín. De espaldas a ella.

—Elliot, tenemos que hablar —le pide Seraphina.

Después, traga saliva y nota el pulso golpeándole con fuerza en la garganta.

—Hay algo que tengo que contarte... He estado guardando secretos y ya no puedo más. Necesito ser sincera contigo.

Entonces Elliot se gira. Y Seraphina siente un escalofrío inmediato que le recorre la espalda. Porque no encuentra ira en su rostro. Ni rabia. Ni siquiera desprecio. Solo devastación. El aspecto de un hombre que acaba de ver cómo toda su vida se derrumba delante de él.

Tiene el teléfono móvil sujeto en una mano temblorosa.

La pantalla ilumina parcialmente su cara en la penumbra.

Seraphina deja de respirar cuando reconoce, incluso desde la distancia, una de las fotografías de Chester abierta en la pantalla.

Sus manos entrelazadas. La muralla romana.

Nerissa mirándola como si fuera lo único importante del mundo.

El universo entero parece detenerse alrededor de ella. Elliot sostiene su mirada durante unos segundos interminables. Y cuando habla, su voz sale rota por algo mucho peor que la furia.

—Llegas tarde, Seraphina —habla, totalmente devastado—. Ya me lo han contado.