Tan cerca de ti Capítulo 18
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Capítulo 18

—No sé qué hago aquí…

La noche ha caído sobre el Northern Quarter, como si Mánchester hubiese decidido encerrarse también en un agotamiento silencioso que empapa las calles y difumina las luces de neón.

Nerissa Aschcombe se queda inmóvil durante varios segundos frente al ventanal empañado del pub antes de decidirse a empujar la puerta.

En cuanto cruza el umbral, el olor a whisky añejo y cerveza la envuelve por completo.

La música que suena de fondo apenas amortigua el murmullo constante de las conversaciones dispersas que hay a su alrededor.

Y eso es precisamente lo que busca, el ruido ajeno, un refugio donde nadie la reconozca como la brillante cirujana traumatóloga que salva carreras deportivas, ni como la mujer que, una vez más, acaba de quedar fuera de la vida de Seraphina Chapman.

Aunque este último punto no lo sepa nadie. Nadie según ella, claro.

Daphne ya la espera al fondo, sentada en uno de los reservados. Lleva un jersey negro de cuello alto y el pelo suelto de manera informal. En cuanto la ve entrar, levanta la mirada.

—Pensaba que al final te ibas a arrepentir —comenta Daphne cuando ella se acerca a la mesa.

Nerissa deja el abrigo sobre el respaldo de la silla y se sienta frente a la mujer. Suspira antes de responder.

—Pues he estado a punto. He tenido un día horrible en la clínica también, y no me apetecía hacer nada.

Daphne la observa con detenimiento durante unos segundos, deteniéndose en las ojeras marcadas, en la tirantez de sus labios y en la sombra de agotamiento que empaña su expresión.

—Bueno, solo ha sido un mal día —afirma Daphne.

Nerissa aparta la vista hacia la barra y hace un gesto discreto al camarero.

—Ponme un whisky solo, por favor.

Daphne suspira y pide lo mismo. Después, espera a que el camarero se aleje antes de volver a hablar:

—Maeve me ha llamado esta tarde. También está preocupada por ti.

«Claro, cómo no. Porque ahora mi ex y mi mejor amiga son íntimas. Maldita sea».

Nerissa siente cómo el agotamiento se multiplica en su interior.

—Maeve vive en un estado permanente de preocupación por todo el mundo.

—Y tú llevas semanas actuando como si intentaras destruirte poco a poco —añade Daphne con sinceridad, sin elevar la voz.

Nerissa deja escapar una risa, mientras tamborilea con los dedos sobre la madera.

—Qué observadora eres. Siempre tan atenta a mis desastres personales.

Daphne no responde a la provocación. Esa es una de las cualidades que más admiraba —u odiaba— Nerissa de ella. La capacidad de nunca entrar en combate cuando percibe que el golpe nace del dolor. En cambio, guarda silencio y la mira con una paciencia infinita.

El camarero deja el vaso frente a Nerissa. Ella lo agarra de inmediato y bebe un trago largo y profundo. El alcohol le quema la garganta y el pecho, pero agradece esa sensación porque, durante unos segundos, desplaza el recuerdo de Seraphina tratándola como si fuera una mierda.

Evidentemente, no lo consigue. Porque dentro de su cabeza se mueven un enjambre que reproduce una y otra vez la voz glacial y distante de Seraphina cuando le dijo: «Te agradecería que mantuvieras la profesionalidad».

«Me ha usado. Otra vez…»

Daphne la observa en silencio durante un momento.

—¿Qué ha hecho esta vez? —le pregunta después.

Nerissa aprieta el vaso entre los dedos hasta que los nudillos se le ponen blancos.

—Nada que no hubiera hecho antes. Es su patrón habitual.

—Entonces sí ha hecho algo —insiste Daphne.

Nerissa cierra los ojos un instante, luchando contra el impulso de levantarse y marcharse. No es una escena muy habitual hablar de cómo la mujer de la que estás enamorada te destroza una y otra vez, frente a la mujer que tú misma has destrozado engañándola durante meses.

Suspira.

—Me ha apartado de su vida, de nuevo —murmura y se encoge de hombros, antes de darle un nuevo sorbo al whisky—. He sido muy idiota al pensar que esta vez las cosas sí iban a cambiar, que acabaría con su matrimonio de risa para elegirme a mí.

Daphne baja la cabeza, y le acaricia el dorso de la mano.

—Ni siquiera ha sido capaz de mirarme a la cara mientras me mandaba a la mierda —continúa Nerissa.

Eso la enfurece todavía más. Se termina el whisky de otro trago largo y hace una señal para que le traigan otro—.

He pasado de ser alguien real durante un fin de semana a convertirme otra vez en el problema que hay que esconder bajo la alfombra.

—No mereces vivir así, atrapada en esta dinámica constante.

Nerissa nota el peligro inmediato. Daphne siempre ha sabido exactamente cómo tocar sus heridas, no físicamente, sino en la zona emocional.

—No empieces, por favor —le pide Nerissa, agotada

—No estoy atacándola —aclara Daphne con calma—. Solo digo lo que veo.

—Todo el mundo termina atacándola —replica Nerissa, levantando la mirada de golpe.

Daphne sostiene su mirada sin apartarse ni un milímetro.

—¿Y no crees que lo merece? Parece que lo único que quiera es jugar contigo. Que le da igual lo demás.

De repente, la lluvia golpea los cristales del local. La música cambia a una melodía lenta de guitarra y piano que llena el espacio entre ellas. Durante un rato, Nerissa siente un cansancio tan profundo que casi le cuesta mantenerse erguida en el taburete.

Daphne extiende la mano sobre la mesa y le aparta con delicadeza un mechón de la frente.

El gesto es tan familiar y cariñoso que a Nerissa se le encoge el corazón.

Con Seraphina nunca existen esos momentos tranquilos.

Todo con ella sucede deprisa, entre las sombras, como si el tiempo siempre estuviera a punto de agotarse.

Con Daphne, en cambio, las cosas siempre han fluido con naturalidad.

Pero el amor, nunca tiene una regla escrita.

—Ella no va a cambiar —murmura Daphne, sin retirar la mano—. Nunca dejará su apellido, sus fondos de inversión ni sus cenas de gala por ti. Lo sabes tan bien como yo. Y Maeve también piensa lo mismo.

Nerissa baja la vista hacia el vaso vacío.

—Daphne… no he venido aquí para esto.

—Lo sé —responde la mujer, acercando un poco más su taburete—. Pero mírate. Estás exhausta, destrozada y sigues defendiéndola.

Nerissa traga saliva con dificultad.

—Estoy bien. Sobreviviré, como siempre.

—No. Estás destrozada —afirma Daphne y le jode que tenga tanta razón—. Deja que alguien que de verdad te quiere a la luz del día cuide de ti.

Nerissa siente un pinchazo inmediato detrás de las costillas.

«A la luz del día». Eso es exactamente lo que Seraphina nunca podrá ofrecerle: la posibilidad de existir sin esconderse, sin mensajes secretos ni despedidas precipitadas.

Durante un instante, odia a Seraphina Chapman por hacerla sentir tan pequeña, por convertirla siempre en un maldito cero a la izquierda.

Y ese pensamiento le genera una culpa feroz, porque en el fondo sabe que la ama.

Pero el amor empieza a parecer insuficiente cuando una de las dos tiene que desaparecer constantemente.

Daphne pide otra ronda, y Nerissa no protesta desde luego. Beben hasta que Nerissa siente que no puede más, y cuando dejan el pub, la lluvia sigue cayendo sobre las calles iluminadas.

El taxi avanza lentamente entre el tráfico nocturno mientras la ciudad desfila tras los cristales empañados. Nerissa apoya la cabeza contra la ventanilla, sintiendo el frío del vidrio en la sien. Y al detenerse frente a su edificio, tarda unos segundos en reaccionar.

Daphne le sonríe.

—No tienes que invitarme a subir si no quieres. Puedo irme a casa —le dice.

Nerissa cierra los ojos un instante. Podría decirle que no. Podría subir, ducharse y meterse en la cama. Pero sabe que, si se queda sola, acabará mirando el móvil hasta el amanecer, esperando un mensaje que probablemente nunca llegará.

—Tranquila, puedes subir conmigo —asegura Nerissa, y abre la puerta del taxi.

*

El apartamento está en silencio cuando entran. Nerissa deja las llaves sobre la encimera de la cocina y se quita el abrigo. Daphne se acerca despacio, deteniéndose a una distancia respetuosa.

—¿Estás segura? —pregunta, buscando sus ojos.

Nerissa siente la pregunta atravesarle el pecho.

Nadie le pregunta nunca eso. Seraphina no puede permitirse detenerse.

Todo entre ellas sucede entre alarmas invisibles.

Pero Daphne espera. Le deja espacio para decidir.

Y quizá por eso Nerissa acorta la distancia y la besa primero, con cansancio, con rabia y con una necesidad desesperada de dejar de pensar.

Daphne responde enseguida, sujetándole el rostro entre las manos con una delicadeza que hace que Nerissa tenga ganas de romperse en pedazos. Retroceden lentamente hacia el dormitorio mientras sus bocas se buscan con creciente urgencia. La ropa cae al suelo sin prisas.

Una vez desnudas sobre la cama, las caricias de Daphne son cálidas, conocidas y pacientes.

Sus dedos recorren la espalda de Nerissa con lentitud, bajando por la curva de su cintura hasta llegar a las caderas.

Nerissa intenta abandonarse a ellas, concentrándose en la respiración compartida y en el calor de otra piel.

Daphne la besa en el cuello, mordisqueando suavemente la piel, y luego desciende por sus pechos, tomando un pezón entre los labios y succionándolo con ternura mientras su mano se desliza entre los muslos de Nerissa.

Esta abre las piernas de manera instintiva, dejando escapar un gemido bajo cuando los dedos de Daphne encuentran su clítoris y comienzan a acariciarlo.

El placer se acumula poco a poco, cálido y estable.

Daphne introduce dos dedos en su interior, moviéndolos en un ritmo constante mientras besa su vientre y sus muslos.

Nerissa arquea la espalda, aferrándose a las sábanas, y gime más fuerte cuando Daphne acelera el movimiento.

—Déjate ir —susurra Daphne contra su piel, sin dejar de mover la mano—. Estoy aquí.

Nerissa alcanza el orgasmo con un estremecimiento profundo, contrayéndose alrededor de los dedos de Daphne mientras olas de placer la recorren.

Sin embargo, incluso en medio del clímax, el fantasma de Seraphina aparece: el recuerdo de unas manos más nerviosas, de la intensidad desesperada con la que la directora financiera la ha tocado, de esa mezcla de hambre y miedo que convertía cada encuentro en una explosión maravillosa.

Daphne sube por su cuerpo y la besa en la boca con ternura, permitiéndole recuperar el aliento.

Nerissa, aún temblorosa, invierte las posiciones y se coloca sobre ella.

Desliza una mano entre las piernas de Daphne, encontrándola húmeda y caliente, y comienza a acariciarla.

Daphne gime contra su boca, separando más las piernas para facilitarle el acceso.

Nerissa introduce dos dedos en su interior y los mueve con ritmo creciente, frotando el clítoris con el pulgar mientras besa sus pechos y succiona sus pezones.

Daphne se arquea, clavándole las uñas en la espalda, y alcanza el orgasmo con un gemido largo y entrecortado, temblando bajo su cuerpo.

Nerissa se aferra a ella, buscando desesperadamente una forma de apagar el ruido interior.

Durante un rato lo consigue. El cuerpo concede treguas.

Pero después, cuando la anestesia del placer comienza a desaparecer, el dolor sigue allí, intacto.

La humillación de la mañana, la indiferencia calculada de Seraphina, el vacío que se le abrió dentro al comprender que, una vez más, había sido relegada a la sombra.

Y ahora esto.

Todo le dan ganas de llorar.

Daphne se mueve ligeramente a su lado y le acaricia el brazo.

—¿En qué piensas? —pregunta en voz baja.

Nerissa tarda en responder. La verdad resulta demasiado cruel.

—En nada —miente.

Daphne guarda silencio. Probablemente sabe que miente, pero no la obliga a explicarse. Eso aumenta todavía más la culpa de Nerissa.

Gira apenas la cabeza hacia ella. La penumbra dibuja el perfil tranquilo de Daphne sobre la almohada. Es hermosa, buena y disponible, una mujer capaz de quererla sin esconderla. Y, aun así, el hueco que lleva abierto dentro del pecho sigue teniendo exactamente la forma de Seraphina Chapman.

Esa constatación le produce un cansancio devastador.

Cierra los ojos despacio y, durante unos segundos, desea no despertar al día siguiente, no volver a la clínica ni a cruzarse otra vez con la mirada vacía de Seraphina.

Daphne le acaricia suavemente el brazo. Nerissa se obliga a permanecer quieta, pero incluso allí, tumbada junto a otra mujer que intenta quererla bien, comprende con una tristeza feroz que sigue emocionalmente atrapada en el mismo lugar, en la misma mujer y en la misma herida que nunca va a cerrarse.