Tan cerca de ti Capítulo 17 #2
67%

Capítulo 17 #2

—Te conozco demasiado bien —añade Daphne con una sonrisa afectuosa—. Cuando estás bajo presión o enfadada, dejas de comer. Y hoy pareces exhausta.

La observación provoca un pinchazo agudo en el pecho de Nerissa, una dolorosa ironía, porque es una frase que Seraphina suele decirle cada vez que han estado juntas.

Acepta el vaso de café con un murmullo de agradecimiento, buscando refugio en la familiaridad sin sobresaltos que Daphne le despliega como una red de seguridad.

Desde el extremo opuesto de la planta, Seraphina observa la escena de reojo mientras simula firmar varias autorizaciones.

Siente que el aire ha dejado de entrar en sus pulmones.

Contempla la naturalidad con la que Daphne se posiciona al lado de Nerissa, la proximidad limpia de dos personas que no tienen que mirar por encima del hombro ni temer el destello de una cámara oculta.

Daphne es la luz del sol; ella es la penumbra de los parkings.

El terror de que Adrian esté utilizando los monitores de seguridad de la propia clínica para acumular más pruebas le cierra la garganta.

No puede permitirse flaquear. Debe mantener a Nerissa lo más lejos posible de ella, incluso si eso significa empujarla a los brazos de su pasado.

—Señora Chapman —interviene una de las secretarias de dirección—, el comité de inversión ya está en la sala dos esperándola.

Seraphina asiente de manera autómata. Al volver la vista al pasillo, Nerissa y Daphne ya se alejan en dirección a los bloques quirúrgicos.

La tensión en los hombros de la cirujana parece haber disminuido bajo la cháchara tranquila de Daphne.

La estampa le produce a Seraphina un dolor físico, una punzada de celos y pérdida tan intensa que le cuesta dar el primer paso hacia la reunión.

Debería sentir alivio; Daphne representa la estabilidad, una relación que no destruirá carreras ni familias.

Pero el alivio no llega. Solo queda la certeza de estar desmantelando su propia vida.

Las horas siguientes transcurren en una desconexión neblinosa de cifras, cláusulas de responsabilidad legal y proyecciones de activos que Seraphina apenas logra procesar.

En el extremo opuesto de la mesa de juntas, Adrian Beckett revisa los informes con una tranquilidad insultante, interviniendo con su habitual tono petulante y deslizando sonrisas de cortesía hacia los inversores extranjeros.

Para el resto de la sala, es un brillante trabajador; para Seraphina, es el verdugo que mantiene el pulgar sobre el detonador de su existencia.

Cada vez que el teléfono de la ejecutiva vibra en su bolsillo con correos del fondo, el corazón le da un vuelco, temiendo que el ultimátum se haya adelantado.

No vuelve a tocar el dispositivo en toda la tarde.

Cuando la sesión concluye, el anochecer ya ha cubierto Mánchester con un manto de tonos plomizos y luces de neón que se reflejan en el asfalto mojado del aparcamiento de personal.

Seraphina camina hacia su vehículo con prisas, con las llaves apretadas en la mano, deseando encerrarse en el aislamiento de su coche.

Al pasar cerca de la salida de emergencia de la zona de quirófanos, unas voces familiares la obligan a detenerse de golpe tras una de las columnas de hormigón.

Nerissa está apoyada contra el muro de ladrillo del edificio, vistiendo aún el pijama azul de la clínica bajo el abrigo entreabierto.

Tiene el pelo algo revuelto y las ojeras marcadas.

Frente a ella, Daphne sostiene dos nuevos recipientes de café, hablando en un tono pausado, íntimo y carente de toda urgencia.

Seraphina sabe que debería seguir caminando, entrar en su coche y marcharse a la casa familiar donde Elliot y los niños la esperan.

Sabe que quedarse allí la convierte en una intrusa de su propio dolor.

Pero permanece inmóvil, observando desde la penumbra la vida que podría haber tenido en un universo libre de chantajes y de apellidos lujosos.

—¿Por qué no tomamos algo para que te distraigas? —llega la voz de Daphne a través del aire frío de la noche.

Nerissa exhala un suspiro largo, contemplando el vapor de su propia respiración.

—Ha sido un día sumamente complicado, Daphne. Y no creo ser buena compañía.

—¿Cómo que no? Tú siempre eres buena compañía. Anda, ven a cenar conmigo —propone Daphne, y su sonrisa es un ofrecimiento de paz sin dobles lecturas—. Solo un rato para nosotras.

Se produce un silencio breve en el aparcamiento.

Nerissa fija la vista en el vaso que sostiene, sopesando la oferta.

Tras la columna, Seraphina experimenta una opresión insoportable detrás del esternón.

Comprende con perfecta lucidez lo que Daphne personifica en este instante para Nerissa: un puerto seguro, una cena de sábado que no termina en huida, una relación legítima que puede mostrarse al mundo sin el peso de la culpa.

—No sé si es la mejor idea, Daphne —murmura Nerissa, aunque la resistencia en su voz es mínima.

Daphne sonríe con esa paciencia infinita que Seraphina nunca ha sabido tener.

—Vale, pues pensándolo mejor. En vez de una aburrida cena, nos vamos al pub a tomar unas copas. Te hace falta desconectar de todo este ruido.

La ternura desinteresada de la propuesta hiere a Seraphina más que cualquier amenaza que haya podido hacerle Adrian.

Porque Daphne la cuida, es una protección que ella es incapaz de ofrecerle a Nerissa debido a los muros de su propia vida.

Tras unos segundos de duda, Nerissa asiente muy despacio, dejando caer los hombros en una señal de rendición.

—De acuerdo. Vamos a por esas copas.

Seraphina cierra los ojos, apretando la espalda contra el hormigón frío de la columna.

Sabe que es ella quien ha provocado esto; es ella quien la ha humillado públicamente en la recepción y quien ha levantado el muro de hielo para salvar a Nerissa de la ruina.

Y, sin embargo, la confirmación de que la cirujana se aleja hacia un terreno seguro le arranca un trozo del alma.

Chester ha muerto definitivamente. Aquella breve ventana de tiempo donde compartieron risas, vino y caminatas sin mirar atrás ha sido sepultada por el chantaje de Adrian y el terror de la exposición.

Seraphina sube finalmente a su coche, con las manos temblando de forma incontrolable sobre el volante de cuero.

Dentro del bolsillo, el teléfono móvil emite una última señal.

Esta vez no necesita revisar la pantalla para tener la seguridad absoluta de que no se trata de Nerissa.