Tan cerca de ti Capítulo 17
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Capítulo 17

El teléfono vibra por tercera vez dentro del bolsillo interior de la americana de Seraphina Chapman mientras ella recorre el largo pasillo acristalado que une el ala ejecutiva con la planta de administración.

Desde que regresaron de Chester, Nerissa ha mantenido viva la inercia de una intimidad que ahora, tras las amenazas de Adrian Beckett, se ha transformado en una granada de mano con el pasador suelto.

Una llamada perdida a primera hora, un mensaje de texto que Seraphina no se ha atrevido a abrir, y ahora esto. Esta puta insistencia.

Seraphina se detiene un instante junto al gran ventanal que domina el perfil de Mánchester, obligándose a regular una respiración que amenaza con escapársele del pecho.

El nombre de Nerissa brilla en la pantalla con una inocencia que resulta desgarradora.

Hace apenas un par de días, esa misma insistencia habría provocado una sonrisa secreta en sus labios; habría evocado el recuerdo nítido de las murallas de piedra de Chester, el sabor del vino compartido bajo la luz temblorosa de una vela y la calidez de esos dedos entrelazados en público, sin miedo al mañana.

En aquel lugar, Seraphina llegó a creer que la directora financiera y la esposa atrapada podían disolverse para dar paso a una mujer libre.

Pero la presencia de Adrian, con aquellas fotografías nítidas tomadas desde la sombra, ha sepultado la fantasía.

Ahora, cada vibración del teléfono es un recordatorio del abismo que puede esperarle si no termina por tomar el control.

Con el estómago revuelto y los dedos helados, Seraphina desliza el índice por la pantalla y rechaza la llamada.

El gesto, mecánico y cobarde, le deja un sabor amargo en la boca.

Sabe que, al otro lado de la línea, en algún pasillo de la zona de traumatología, Nerissa interpretará ese rechazo como el regreso cíclico de su frialdad, como la enésima huida de la mujer casada que se asusta tras una noche de entrega.

Pero ese es el precio que debe pagar para protegerla.

Guarda el móvil, se ajusta los puños de su impecable traje gris marengo y reanuda la marcha hacia el mostrador central de recepción.

Necesita que su máscara corporativa sea perfecta esta mañana.

Lleva el pelo recogido en una coleta baja, y el maquillaje milimétrico.

Sin embargo, por dentro, el pánico es un animal vivo que le araña las costillas.

Siente los hombros demasiado rígidos y la mirada fija en los balances financieros de la pantalla, aunque es incapaz de procesar una sola cifra.

Sabe que Adrian ronda el edificio, que el hombre vigila sus movimientos y que cualquier error la arrojará al vacío.

—Te he llamado tres veces —habla una voz a su espalda.

El pulso de Seraphina da un vuelco violento. Es Nerissa. Su voz, todavía impregnada de la suavidad residencial de Chester, resuena demasiado cerca, quebrando el perímetro de seguridad que Seraphina intenta levantar desesperadamente.

Seraphina no levanta la cabeza de inmediato. Sostiene los informes que lleva entre manos con una fuerza que le vuelve blancas las articulaciones de los dedos, obligando a sus ojos a recorrer líneas de texto que no lee, ganando los segundos necesarios para que el hielo social le cubra las facciones.

—Estoy trabajando, doctora Ashcombe —responde, y su propia voz le suena extraña, desprovista de cualquier matiz de la mujer que gimió su nombre contra la almohada del hotel.

El uso del apellido cae entre las dos con la pesadez de una losa de hormigón. Nerissa da un paso adelante, acortando la distancia, con los ojos fijos en el perfil esquivo de la directora financiera.

—Necesito hablar contigo un momento, por favor.

—Ahora no es el momento —replica Seraphina con una sequedad cortante

—¿Ahora no? —repite Nerissa, y hay una nota de peligrosa incredulidad en su tono que empieza a atraer las miradas discretas del personal administrativo—. ¿Qué significa esto, Seraphina?

Forzada por la necesidad de detener la escena en mitad del pasillo, Seraphina alza la mirada.

Al encontrarse con los ojos de Nerissa, el dolor es tan agudo que teme quebrarse allí mismo.

Durante una fracción de segundo, el miedo crónico y el desamparo absoluto de su situación se filtran a través de sus pupilas, pero la máscara corporativa es eficiente y se reinstala antes de que la cirujana pueda descifrarlo del todo.

—Llevamos retrasos importantes con las auditorías en los informes quirúrgicos del departamento de traumatología —explica Seraphina, modulando su voz—. Así que, si desea discutir algo conmigo, le ruego que solicite una reunión formal a través de mi asistente.

Nerissa se queda paralizada, con el uniforme quirúrgico azul contrastando con la pulcritud del entorno ejecutivo. Para ella, el bullicio de la planta parece desvanecerse, sustituido por una indignación silenciosa y profunda.

—¿Qué demonios estás haciendo? —pregunta en un susurro que tiembla en sus labios por la humillación.

Seraphina vuelve a bajar la vista, buscando refugio en la burocracia.

—Cumplir con mi trabajo, doctora Ashcombe. Nada más.

—No me hables así, que no te pega nada —insiste Nerissa, dando un paso que invade el espacio vital de la ejecutiva.

—Entonces no me acorrale en horario laboral —espeta Seraphina y mira de reojo a su alrededor. La frase sale disparada con frialdad.

Nerissa retrocede ante el impacto, pero su orgullo herido la empuja a contraatacar, ignorando el riesgo de ser escuchadas.

—Hace apenas unos días me dijiste que lo nuestro era lo único real en tu vida —murmura, y la fractura en su voz es un recordatorio lacerante de lo que compartieron en la clandestinidad de Chester.

—Te agradecería que mantuvieras la profesionalidad —zanja Seraphina bajando ahora el tono, y la palabra «profesionalidad» suena como una bofetada en mitad del vestíbulo.

Nerissa inspira profundamente, conteniendo una mezcla asfixiante de rabia y decepción.

La rigidez de la mandíbula de Seraphina le confirma que hay un conflicto interno, que esto parece más un sacrificio desesperado que una indiferencia real, pero la falta de explicaciones transforma ese dolor en desprecio.

—Así que volvemos a esto… —dice Nerissa con una amargura—. A fingir que no existo cada vez que te entra el pánico. A esconderte detrás de tu puto apellido.

—No voy a discutir esto aquí —afirma Seraphina, y el leve temblor que amenaza el final de su frase la obliga a dar media vuelta—. Tengo una reunión del comité de inversión en diez minutos.

Nerissa suelta una risa seca, desprovista de toda alegría.

—Claro. El comité. Las auditorías. Tu verdadera vida, como siempre.

Seraphina guarda silencio, un silencio que termina por dinamitar los últimos puentes entre ambas. Nerissa espera un destello, una mirada de reojo, un milímetro de debilidad que desmienta la fachada de la directora financiera, pero Seraphina se mantiene estricta, helada, atrincherada en su puesto.

—¿Sabes qué es lo peor de todo? —añade Nerissa con voz contenida, dando un paso hacia ella, para poder hablar entre susurros—. Que mientras estábamos en Chester llegué a creer que ibas en serio. Que esto podía funcionar.

Seraphina traga saliva con dificultad, sintiendo un nudo opresivo en la garganta que amenaza con ahogarla.

—Doctora Ashcombe…

—No —la interrumpe Nerissa, recuperando su distancia profesional—. Ya me ha quedado muy claro.

Por primera vez, las manos de Seraphina tiemblan de forma visible.

Desvía la vista hacia el ventanal del fondo, buscando una salida de emergencia en una realidad que se le ha vuelto completamente hostil.

Nerissa la observa durante un último segundo, y en esa mirada se lee la dolorosa conclusión a la que acaba de llegar: no importa el amor, no importa Chester; Seraphina siempre elegirá la seguridad de su jaula antes que el riesgo de una vida compartida.

—Entendido —dice la cirujana con una resignación de plomo—. No volveré a molestarla en su horario laboral.

Se gira y se marcha, dejando a Seraphina sola en mitad de la recepción.

*

A mitad del pasillo principal, las puertas del ascensor se abren.

Daphne Mercer emerge del interior portando una carpeta de historial clínico bajo el brazo.

Viste un abrigo camel de corte impecable, el pelo todavía ligeramente humedecido por la lluvia persistente de la tarde y esa presencia serena, pública y legítima que siempre la acompaña.

Al cruzarse con Nerissa, Daphne reduce la marcha de inmediato, captando la tensión eléctrica que emana de sus hombros.

—Vaya cara tienes hoy —comenta Daphne con una preocupación genuina, deteniéndose a su lado.

Nerissa intenta recomponer las facciones, aunque la transparencia de sus ojos delata la tormenta que lleva en su interior.

—Ha sido una mañana compleja —responde, forzando una sonrisa que no llega a aparecer en su rostro.

Daphne la estudia con atención, midiendo las distancias con una delicadeza que contrasta brutalmente con el trato que Nerissa acaba de recibir. No presiona, ni le exige explicaciones; simplemente le ofrece un espacio seguro.

—¿Has dormido algo desde que volvisteis de la conferencia? —se interesa Daphne, reanudando el paso junto a ella.

Nerissa desvía la mirada hacia el cristal exterior, donde las gotas de lluvia resbalan sin prisa.

—No quiero hablar de eso ahora, Daphne. Por favor.

Daphne asiente despacio, aceptando el límite sin un solo reproche. Esa era la razón por la que su antigua relación resultó tan cómoda, hasta que no pudieron fingir más: Daphne nunca invadía el silencio de Nerissa, nunca sembraba la sospecha. Sabía esperar.

—Tienes quirófano en breve, ¿verdad? —cambia de tema con absoluta naturalidad, aliviando la presión.

—En quince minutos.

—Entonces deberías tomar algo antes. Seguro que llevas el estómago vacío.

Nerissa hace el ademán de negarse por pura inercia, pero Daphne se adelanta, parándose en una de las máquinas de café.