Tan cerca de ti Capítulo 16
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Capítulo 16

La reunión termina a las siete y doce de la tarde, impregnada de esa tensión corporativa que ha flotado en el ambiente desde el principio.

Cuando el último miembro del comité financiero abandona la sala de juntas, Seraphina Chapman siente cómo el cansancio se instala detrás de sus ojos y se extiende por su nuca.

Ha pasado toda la jornada inmersa en las proyecciones del fondo de inversión vinculado a la fusión deportiva.

En los números. Esos números capaces de decidir carreras profesionales, y hasta el destino de vidas enteras con una sola firma digital.

Sin embargo, mientras regresa a su despacho en la planta ejecutiva, no piensa en balances ni en márgenes de beneficio. Su mente se desvía hacia Chester, hacia el peso cálido de una mano entrelazada con la suya sobre una muralla romana antigua.

Cierra la puerta de su despacho y deja la carpeta de informes sobre la mesa de roble.

A través de los ventanales que ocupan toda una pared, Mánchester se presenta maravillosa.

Los edificios de cristal reflejan el cielo grisáceo del anochecer, y las luces de las oficinas que todavía permanecen encendidas crean un mosaico de puntos amarillos y blancos en la penumbra.

Seraphina se masajea el puente de la nariz con los dedos, intentando aliviar la presión que siente en las sienes, y luego abre el bolso.

El móvil vibra entre sus dedos. A pesar del agotamiento que le recorre el cuerpo, una parte de ella responde de inmediato al nombre que ilumina la pantalla.

«¿Has salido viva?»

Seraphina se deja caer en la silla y responde con los pulgares, aunque sus ojos se pierden un instante en la lluvia que golpea los cristales.

«Empiezo a sospechar que Helena disfruta viendo sufrir a la gente. Pero sí».

«Eso ya lo sabíamos las dos», le contesta Nerissa casi al instante. «¿Cómo ha ido la reunión?»

Seraphina duda un segundo antes de teclear.

«Llevo desde las ocho de la mañana revisando cláusulas del fondo de inversión. Me duele la cabeza solo de pensar en más números.»

«Eso se cura cenando algo decente. Nada de ensaladas tristes de la máquina expendedora.»

«Necesito dormir dos semanas seguidas, más bien».

Seraphina se queda mirando la pantalla unos segundos, con el pulgar suspendido sobre el teclado y después, continúa escribiendo.

«Te echo de menos.»

«Y yo a ti.»

Seraphina relee el último mensaje durante unos segundos más. Siente cómo esa punzada se intensifica, porque en Chester prometió que iba cambiar su vida, y el pánico regresa de nuevo.

Guarda el móvil y empieza a ordenar los documentos que se encuentran desperdigados sobre el escritorio. La pantalla del ordenador sigue abierta con las tablas de reparto accionarial de la fusión. Los porcentajes bailan delante de sus ojos cansados mientras recoloca los papeles.

El silencio del despacho resulta extraño después de estar horas metida de lleno en un espacio de voces elevadas y discusiones ejecutivas. Entonces escucha la puerta, y el cuerpo de Seraphina se tensa de inmediato, incluso antes de levantar la vista.

Adrian Beckett permanece de pie junto a la puerta, con una taza de café en una mano y una expresión relajada que le provoca un escalofrío instantáneo.

Lleva el abrigo gris perfectamente colocado sobre los hombros y la corbata ligeramente aflojada, como si acabara de salir de una reunión sin importancia y no estuviera invadiendo el espacio privado de la directora financiera fuera de horario.

—Creía que ya te habías marchado —dice Seraphina.

—Quería hablar contigo sin interrupciones de ningún tipo —responde él, y da un paso hacia el interior mientras sonríe.

La atmósfera del despacho cambia de inmediato. Seraphina lo percibe físicamente. Adrian se mueve por la estancia, observando todo con una familiaridad que resulta insoportable. Se comporta como alguien que ya considera el lugar como propio.

—La reunión ha sido productiva… —comenta mientras toma un sorbo de café—. Aunque creo que Helena sigue subestimando el impacto reputacional de ciertas variables.

Algo en el tono de Adrian hace que la piel de los brazos de Seraphina se erice bajo la seda de la blusa.

—Si vienes a discutir otra vez sobre los porcentajes del fondo, podemos retomarlo el lunes. He terminado por hoy.

Adrian deja escapar una risa, nada divertida, cargada de condescendencia.

—No. Esto no puede esperar al lunes.

Ella siente el primer golpe de ansiedad atravesarle el pecho, leve pero suficiente para acelerarle el pulso.

Adrian se acerca al escritorio y deja la taza junto a los informes financieros.

Después mete la mano en el bolsillo interior de la americana y saca una tableta que coloca frente a ella con deliberada lentitud.

Seraphina baja la mirada. Durante un segundo, su cerebro se niega a procesar lo que ve.

Luego lo hace, y el estómago se le desploma violentamente.

La fotografía ocupa toda la pantalla: ella y Nerissa en Chester, con las manos entrelazadas sobre la muralla romana.

Después aparece otra imagen de las dos saliendo del restaurante subterráneo.

Y otra más de Nerissa apartándole un mechón de pelo de la cara bajo una farola.

La sangre abandona el rostro de Seraphina tan rápido que siente frío en las manos.

No respira. No puede. Las imágenes siguen pasando bajo los dedos tranquilos de Adrian, perfectamente enfocadas, tomadas desde la distancia.

—Bonita ciudad, Chester —murmura él—. Muy discreta. Aunque no tanto como creías.

Seraphina levanta la vista despacio. Y comprende de golpe cada comentario, cada mirada, cada frase venenosa de las últimas semanas.

—No sé de qué me estás hablando, Adrian —consigue decir. Aunque es evidente que no tiene escapatoria.

Él sonríe con esa expresión que le revuelve el estómago.

—No hagas eso. Eres demasiado inteligente para fingir hacerte la tonta conmigo.

Seraphina se pone en pie con esfuerzo. Necesita recuperar altura, espacio, control. Pero las piernas le empiezan a temblar.

—Sal de mi despacho ahora mismo —le advierte—. Antes de que llame a seguridad.

Adrian ni siquiera pestañea.

—Sé perfectamente a qué estás jugando con la doctora Ashcombe —dice Adrian con voz tranquila—, porque os vi en el hotel.

La humillación la golpea con violencia. El corazón comienza a latirle demasiado deprisa. Adrian rodea lentamente el escritorio hasta quedarse frente a ella, demasiado cerca, invadiendo su espacio personal.

—La cláusula de reputación de los inversores de la Premier es bastante estricta, Seraphina.

Tú ya sabes cómo funcionan estas cosas: imagen pública, transparencia corporativa, integridad institucional…

Palabras muy caras para decir que no quieren escándalos sexuales vinculados a una operación de cincuenta millones de libras.

Seraphina intenta sostenerle la mirada, aunque por dentro algo empieza a romperse.

—Esto es acoso —susurra—. Y extorsión.

—Esto es pragmatismo. Puro y duro —responde él—. Nada personal.

Adrian apoya ambas manos sobre el escritorio y se inclina ligeramente hacia delante.

—Si estas imágenes llegan al consejo, la fusión entrará en una crisis inmediata. La directora financiera manteniendo una relación con la principal figura médica del activo deportivo. Por no hablar de que estás engañando a Elliot y tu familia. Los inversores se retirarían en cuestión de horas.

Cada palabra cae sobre ella como un golpe, frío y preciso. Seraphina siente el pulso latiéndole con fuerza en la garganta. Piensa en Helena, en el consejo, en los titulares que podrían aparecer, en Elliot abriendo un correo corporativo, en Oliver y en Ivy.

Un vértigo brutal la atraviesa.

—¿Qué quieres? —le pregunta a Adrian.

La sonrisa del hombre cambia, ahora satisfecha, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

—Necesito que modifiques la redistribución accionarial previa a la fusión. Hay determinadas participaciones del fondo que tienen que desviarse antes de la aprobación definitiva.

Seraphina lo mira fijamente, con los ojos muy abiertos.

—Eso sería fraude financiero.

—Llámalo como quieras.

—Helena lo detectará —insiste ella.

—No si lo haces tú.

El miedo se mezcla en el interior de la mujer, junto a una rabia que le está siendo muy difícil de contener.

—Estás loco si crees que voy a destruir mi carrera para cubrir tus movimientos ilegales —advierte Seraphina, alzando un poco la voz.

Adrian se encoge de hombros con una calma exasperante.

—Tu carrera ya está destruida. La diferencia es que todavía puedes decidir cuánto quieres salvar del incendio.

Ella aparta la vista un segundo hacia la pantalla, hacia Nerissa, hacia esa noche en Chester donde por primera vez dejó de mirar por encima del hombro. Qué ingenua había sido.

—Además, presentarás tu dimisión cuando la fusión se complete. Motivos de salud, estrés, agotamiento… Algo elegante y creíble que beneficie a alguien que estimo mucho.

Seraphina siente un golpe seco en el pecho.

—No.

—Sí —responde él.

—No pienso ceder ante tu puto chantaje.

Adrian inclina ligeramente la cabeza.

—Entonces Elliot recibirá la galería completa antes del desayuno de mañana.

El aire deja de entrarle con normalidad. De repente, Seraphina Chapman ve cómo todo su mundo se cae a pedazos.

—No puedes hacerme esto —murmura, y la frase sale rota de entre sus labios.

—Claro que puedo —responde Adrian con una sonrisa en la cara.

Seraphina intenta recuperar el oxígeno y pensar con claridad.

Necesita encontrar una salida.

—Elliot es tu socio —murmura—. Si destruyes este matrimonio también te perjudicas tú.

—No especialmente. Los divorcios son bastante rentables para los abogados —contesta él con crueldad.

La frase le provoca un escalofrío. Adrian se acerca un poco más.

—Mírate, Seraphina. Has construido una vida perfecta durante años y estás a punto de tirarla por la borda por una aventura con una cirujana arrogante.

—No hables así de ella —advierte Seraphina con los dientes apretados.

Adrian sonríe al instante. Ha encontrado la herida exacta que deseaba ver frente a sus ojos.

—Ah. Así que sí la quieres de verdad.

Seraphina se queda inmóvil. Adrian la estudia en silencio unos segundos y su expresión cambia. Ya no parece divertido. Ahora parece peligrosamente satisfecho.

—Eso complica aún más las cosas para ti.

Ella siente cómo las uñas se le clavan en la palma de la mano.

—No sabes nada de nosotras —susurra.

—Sé lo suficiente. Sé que arriesgarías mucho por ella… pero no lo suficiente como para perder a tus hijos.

La frase le atraviesa el pecho, porque acierta de lleno. Ahí está exactamente el límite de su valentía. Adrian recoge la tableta con absoluta tranquilidad.

—Tienes cuarenta y ocho horas para entregarme la modificación de activos y redactar tu carta de dimisión.

Seraphina niega lentamente, todavía buscando alguna salida.

—Helena lo investigará.

—No llegará a tiempo —responde él.

—Nerissa… —El nombre se escapa de sus labios antes de poder detenerlo.

Adrian la observa con una calma terrible.

—La doctora Ashcombe no puede ayudarte. Y si intentas advertirle, Elliot recibirá las imágenes antes de medianoche.

Seraphina siente auténtico terror por primera vez en meses. Porque entiende que ya no controla nada de lo que ocurre a su alrededor. Adrian se dirige hacia la puerta. Y antes de salir, se vuelve hacia ella.

—Elige bien, Seraphina. La estabilidad de tus hijos y tu apellido… o tú querida cirujana.