Tan cerca de ti Capítulo 15
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Capítulo 15

—Te vas a congelar las manos si sigues empeñada en ir sin guantes.

La voz de Nerissa llega amortiguada por el viento húmedo que asciende desde el río Dee, cargado de ese olor a tierra mojada y piedra antigua.

Camina a su lado con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo negro, los hombros relajados y esa elegancia que siempre la hace parecer peligrosamente dueña de sí misma.

Chester se extiende bajo ellas como una postal detenida en otro siglo y Seraphina Chapman sonríe.

Sonríe porque es sumamente feliz, aunque tenga que esconder la barbilla dentro del cuello de su abrigo.

—No exageres. No hace tanto frío —responde.

—Dice la mujer que lleva diez minutos frotándose las manos como si intentara encender un fuego —replica Nerissa antes de esbozar una sonrisa increíble.

Seraphina está a punto de soltar una de esas réplicas afiladas con las que suele protegerse en las reuniones del consejo, pero entonces mira alrededor.

Nadie las conoce en esta ciudad. Nadie espera de ella una sonrisa estudiada, una postura impecable ni un apellido intachable.

Esa ausencia de vigilancia le provoca un vértigo extraño y liberador.

Se detiene en mitad de la muralla romana.

Nerissa gira la cabeza despacio y la observa de perfil la luz dorada de una farola.

El viento juega con algunos mechones oscuros de su pelo y le enrojece ligeramente la punta de la nariz.

Está preciosa de una forma dolorosamente cotidiana: no es la cirujana temida ni la mujer que la empuja contra las paredes de hoteles con una urgencia salvaje.

Es simplemente Nerissa, cansada después de una jornada infernal, caminando a su lado.

Seraphina saca la mano del bolsillo y entrelaza sus dedos con los de ella, sintiendo el leve sobresalto de Nerissa antes de que su mano responda al contacto.

—Aquí nadie nos conoce —susurra Seraphina, apretando ligeramente los dedos—. Camina conmigo. Déjame sentir que esto puede ser real. Sin miedo de por medio.

La mirada de Nerissa cambia por completo. No es una sonrisa inmediata, sino algo más profundo y vulnerable, como si ese gesto sencillo acabara de abrir una grieta en todos los muros que ha levantado entre ellas durante las últimas semanas.

—No sabes lo peligrosa que eres cuando haces esto —le responde Nerissa.

—¿Cogerte de la mano? —pregunta Seraphina con inocencia fingida.

—Actuar como si esto pudiera ser normal. Como si pudiéramos tener esto todos los días.

Seraphina traga saliva.

—Va a ser así, te lo prometo. En cuanto ponga todo en orden —le promete. Y juntas siguen caminando a paso lento sobre la muralla.

Abajo, el tráfico avanza lento entre reflejos húmedos y luces rojizas. Un grupo de turistas pasa junto a ellas riendo, demasiado ocupados con sus fotografías como para prestarles atención. Por primera vez desde que todo empezó, Seraphina no siente la necesidad de soltarse, de salir huyendo.

—La conferencia ha sido una tortura —comenta la mujer poco después, intentando aliviar la intensidad que las rodea—. Cuatro horas escuchando a hombres hablar de «optimización de recursos» como si las vidas de los pacientes no importaran.

Nerissa suelta una carcajada y niega con la cabeza.

—Ya puedo imaginarlo.

—Y otro se pasó veinte minutos hablando de liderazgo mientras pronunciaba mal el nombre de su propia directora financiera —bufa Seraphina—. Este sector se está yendo a la mierda.

Nerissa gira el rostro hacia ella, claramente divertida.

—Por eso eres tú la directora financiera de nuestras clínicas.

Seraphina se ríe con una risa real, ligera y liberadora. La expresión de Nerissa se suaviza al escucharla y sus dedos aprietan los suyos con más fuerza.

—Te he echado de menos —admite Nerissa—. Y también, verte reír sin mirar que hay a tu espalda o más allá de lo que ves.

Esas palabras le atraviesan el estómago y Seraphina baja la vista hacia sus manos unidas.

—Estaba deseando tener algo así.

Juntas, bajan hacia The Rows, donde las galerías elevadas y los portales iluminados dan a Chester un aire casi teatral.

Después, acaban en un bistró que está escondido en un sótano de piedra bajo uno de los edificios antiguos.

Hay velas sobre las mesas, música de fondo y un olor cálido a las especias que usan en cocinas y que envuelven a Seraphina en algo peligrosamente parecido a la paz.

La camarera las conduce hasta una mesa apartada junto a una pared de ladrillo. Nerissa se quita el abrigo y Seraphina no puede evitar recorrer con la mirada la línea de sus hombros y el sutil movimiento de sus pechos al respirar.

Mientras esperan por la comida, actúan como si fuera la primera cita siendo una pareja normal. Seraphina sonríe mientras hablan de música y Nerissa le confiesa que escucha Arctic Monkeys antes de entrar en quirófano.

—Eso explica muchas cosas… —murmura Seraphina, deslizando el pie bajo la mesa hasta rozar el tobillo de Nerissa.

—¿Como cuáles?

—Como la manera en la que recorres los pasillos por la clínica. A veces tengo la sensación de que querrías follarme contra la pared del pasillo.

Nerissa suelta una risa baja y oscura.

—Puede ser… —responde, bebiendo un poco de su vino—. Y supongo que tú escuchas a Ludovico Einaudi para firmar los balances.

—Exacto.

—Dios mío. No entiendo cómo no me has confesado esto antes —le dice Nerissa—. Una profesional en el trabajo, y una mujer caliente en la cama.

Seraphina aprieta los muslos mientras Nerissa alza la copa como si fuera hacer un brindes, antes de guiñarle un ojo.

Las dos mujeres comparten el risotto y el entrecot.

—Vas a tener que recompensarme por ponerme así…

Seraphina sonríe.

—Lo haré con mi boca entre tus piernas hasta que tiembles entera.

Nerissa exhala lentamente, con los ojos oscurecidos.

—Joder, Seph…

Entonces el teléfono vibra dentro del bolso de Seraphina y el sonido rompe por completo la burbuja. Es un mensaje de Isobel sobre la barbacoa que tienen el fin de semana, en una vida paralela. Su vida de verdad.

Seraphina apaga la pantalla del móvil y lo deja boca abajo. Cuando levanta la vista, Nerissa la observa con calma.

—¿Problemas? —pregunta.

—Solo mi vecina recordándome algo.

Nerissa asiente y la calidez que estaba sintiendo, sufre una pequeña grieta por la que de nuevo se cuela la tristeza. Y la inseguridad.

—A veces todavía olvido que existe ese mundo mientras estoy contigo —admite Seraphina.

—Yo nunca lo hago —responde Nerissa con honestidad—. Pero elijo ignorarlo. Aunque cada vez se me haga más difícil.

Seraphina siente un nudo en la garganta. Nerissa se inclina hacia delante y le acaricia el dorso de la mano con el pulgar.

—Cómete el postre —le susurra.

—No tengo hambre.

—Dijo la roba postres…

Seraphina se ríe, pero el sonido sale tembloroso de sus labios. Nerissa limpia con el pulgar una diminuta mancha de chocolate en la comisura de sus labios, y el gesto es tan íntimo y doméstico que Seraphina deja de respirar.

—¿En qué piensas? —pregunta Nerissa.

Su voz baja una octava, arrastrándose por encima del tintineo lejano de los cubiertos.

Seraphina se toma unos segundos para responder. Hace girar el vino tinto en su copa y observa cómo las lágrimas del alcohol se deslizan lentamente por el cristal antes de levantar la mirada.

—En que esto duele mucho más que estar en cualquier hotel —confiesa la mujer, sosteniéndole el pulso a esos ojos que la devoran frente a ella—.

Porque ahora que no tenemos prisa, sé exactamente qué es lo que me pierdo el resto del tiempo.

Tus manos asentándose en mi cintura, tu boca besándome a cualquier hora del día.

.. la forma en que me amarías si el tiempo dejara de ser nuestro enemigo.

Nerissa frunce el ceño, dejando que una pequeña arruga parta la firmeza de su frente. Después, deja la copa sobre el mantel.

—Dime porqué te duele. Quiero saberlo —le pide Nerissa, aunque le basta con mirarla a los ojos para saberlo.

—Porque es… adictivo —susurra Seraphina, inclinándose hacia delante, lo justo para que el calor de la vela le encienda las pupilas—. Porque ahora mismo, me imagino cómo sería todo sin el reloj corriendo en la mesita de noche.

Nerissa apoya la barbilla en el dorso de la mano, sin romper el contacto visual.

—Me das envidia —murmura la cirujana.

Seraphina esboza una sonrisa melancólica, buscando un refugio cómodo en su ironía habitual.

—¿La cirujana estrella de Mánchester le tiene envidia a una directora aburrida?

—Pues sí. Porque parece que, por un momento, te sientas libre —aclara Nerissa.

Sus dedos comienzan a trazar líneas invisibles sobre la mesa, acercándose peligrosamente a los suyos—.

Tienes otra luz cuando dejas de vigilar la puerta del restaurante.

Míranos... Cenando una noche cualquiera, discutiendo por el último trozo de tarta de la carta.

Seraphina contiene el aliento. Extiende la mano por encima de la mesa, rompiendo la distancia, y atrapa los dedos de Nerissa. La llama de la vela tiembla entre sus rostros.

—Somos reales —asegura Seraphina, y siente cómo la garganta se le cierra—. Esto que hay aquí es lo único real que me queda. Y cuando me tocas, aunque sea así, con la punta de los dedos en un lugar público, siento cómo todo mi cuerpo, y mi corazón, se abren para ti.

Nerissa cierra los dedos alrededor de los suyos con una fuerza casi desesperada; un agarre firme que delata el hambre y la ternura que batallan dentro de su pecho.

—Cuando volvamos a la habitación del hotel…

—dice Nerissa—, voy a desnudarte como si tuviéramos toda la vida por delante.

Quiero que te entregues a mí sabiendo que mañana tendrás que regresar a tu vida, pero que esta noche.

.. esta noche eres completamente mía. Y que pronto, llegará nuestra oportunidad.

Seraphina siente durante un segundo suspendido en el tiempo, que su matrimonio, sus hijos y su estatus social dejan de importar.

Anhela prenderle fuego a su vida perfecta por esa mujer que la mira como si fuera el principio y el fin del mundo; una mujer cuyos dedos le prometen el cielo y cuyos ojos guardan un amor tan inmenso que ya no puede ignorar.