Capítulo 14
Seraphina acorta la distancia que las separa con una urgencia feroz y atrapa el rostro de Nerissa entre sus manos.
Estrella sus labios contra los de ella en un beso hambriento, casi violentoNerissa suelta un gemido ronco que Seraphina devora al instante, bebiéndoselo como si necesitara esa vibración para sobrevivir.
Durante un segundo, el orgullo de la cirujana intenta resistirse, pero su cuerpo la traiciona sin remedio.
Sus manos se deslizan bajo la ropa de Seraphina, buscando con avidez la piel caliente de su cintura.
La acaricia con posesión, clavando ligeramente las uñas en la carne mientras la atrae más contra sí.
La penumbra del almacén las envuelve, rota solo por el eco lejano de la música que llega desde la galería principal.
Para Nerissa, el mundo se reduce en ese instante al sabor de Seraphina, al calor de su aliento entrecortado y al latido desbocado de su propio corazón, que retumba con fuerza contra sus costillas.
—Joder, Seph… —murmura Nerissa contra su boca.
Pero las palabras se disuelven cuando Seraphina muerde su labio inferior con fuerza, tirando de él.
Nerissa la empuja con todo el cuerpo hasta que la espalda de Seraphina choca contra la pared.
El impacto arranca un jadeo ahogado de la mujer, pero en lugar de apartarse, Seraphina arquea las caderas hacia ella, exigiendo más contacto.
Las manos de Nerissa suben el vestido hasta su cintura de un tirón impaciente y se cuelan bajo la delicada tela de las braguitas. La humedad caliente y abundante que encuentra la hace gruñir.
—Estás empapada…
Seraphina esconde el rostro en su cuello y muerde la piel justo por encima del cuello de la camisa, arrancándole un siseo de placer.
Nerissa sonríe, separa los muslos de Seraphina con la rodilla y presiona dos dedos contra su entrada, torturándola con lentas caricias circulares que prometen, pero que se quedan ahí.
Después, Nerissa introduce los dedos de golpe, hasta el fondo.
Seraphina ahoga un grito contra su hombro y sus paredes internas se contraen alrededor de la invasión.
Nerissa comienza a follarla con un ritmo profundo y exigente, curvando los dedos en cada embestida.
Su pulgar frota el clítoris hinchado en círculos rápidos y firmes, sin darle tregua.
Cada movimiento hace que la espalda de Seraphina roce contra los ladrillos ásperos.
Mañana tendrá marcas rojizas en la piel.
Mañana tendrá que ocultarlas bajo la ropa.
Pero en este instante ninguna de las dos piensa en el mañana.
—Así… justo así —jadea Seraphina contra su hombro—. No pares… por favor, no pares.
Nerissa siente cómo su propia excitación empapa su ropa interior.
Ver a Seraphina deshecha, con los labios hinchados y enrojecidos, la enciende de una forma casi dolorosa.
Baja la cabeza y ataca su cuello con la boca, chupando con fuerza mientras sus dedos siguen entrando y saliendo sin piedad.
Quiere marcarla. Quiere que mañana, al mirarse al espejo, Seraphina recuerde exactamente a quién pertenece su cuerpo.
—Me vuelves loca, joder —gruñe Nerissa.
De pronto, retira los dedos. Antes de que Seraphina pueda protestar con más que un gemido frustrado, la gira con firmeza y la inclina sobre una de las cajas de embalaje de madera.
La superficie es dura e incómoda, pero ninguna busca comodidad.
Nerissa se coloca detrás, le sube el vestido hasta la cintura y baja las braguitas de un tirón hasta los tobillos.
Se arrodilla un instante, muerde con hambre una de sus nalgas redondas, y luego pasa la lengua por la piel enrojecida.
Se incorpora, coloca una mano firme en la nuca de Seraphina para mantenerla inclinada e introduce los dedos de golpe en su coño empapado.
El gemido ahogado de Seraphina resuena en el almacén vacío.
Nerissa la folla con fuerza, sin piedad, mientras su otra mano se desliza por delante para masturbar su clítoris al mismo ritmo.
—Eres mía —gruñe contra su oído—. Aunque vuelvas a casa con él, aunque lleves ese maldito anillo… este coño es mío.
Seraphina tiembla violentamente. Sus paredes internas se contraen alrededor de los dedos de Nerissa, cada vez más apretadas y desesperadas.
—Estoy cerca… Dios… me voy a correr —suplica Seraphina, con la mejilla apoyada contra la madera.
—Hazlo —ordena Nerissa, mordiendo el lóbulo de su oreja—. Córrete en mi mano como la zorra que eres cuando estás conmigo.
El orgasmo golpea a Seraphina con violencia. Todo su cuerpo se tensa, sus piernas tiemblan sin control y un gemido largo y ahogado escapa de su garganta mientras se aprieta con fuerza contra los dedos de Nerissa, empapándolos por completo.
Pero Nerissa desea mucho más. Al segundo, la gira y la apoya contra la pared.
Seraphina rodea su cintura con las piernas de forma instintiva, cruzando los tobillos en su espalda.
Sus bocas se encuentran en un beso sucio y desesperado.
Y mientras la folla, Seraphina cuela una mano entre ellas, buscando el sexo hinchado de Nerissa.
—No sabes cuánto te he echado de menos —susurra esta entre beso y beso—. Tu olor, tu sabor, cómo te deshaces para mí…
Seraphina hunde los dedos en su pelo y tira con fuerza, obligándola a mirarla mientras se esfuerza por seguir acariciando su coño.
—Entonces fóllame —responde con los ojos brillantes de lujuria.
Nerissa acelera el movimiento de sus caderas, frotándose con más intensidad contra la mano de Seraphina.
El placer crece rápido, es casi insoportable.
Con movimientos urgentes y la boca de Seraphina succionando con fuerza su cuello.
Nerissa alcanza el clímax con un gruñido gutural, temblando entre sus brazos mientras se corre con intensidad.
El silencio regresa al almacén, roto solo por sus respiraciones agitadas y el latido acelerado de sus corazones.
Nerissa apoya la frente contra el hombro de Seraphina, todavía sosteniéndola contra la pared.
Siente las piernas de la otra mujer temblando alrededor de sus caderas.
Despacio, se separa unos centímetros y le aparta con delicadeza un mechón de pelo sudoroso que se le ha pegado a la mejilla.
Después, le sujeta la barbilla y la obliga a levantar la mirada.
Seraphina tiene los ojos brillantes, el maquillaje ligeramente corrido y los labios hinchados. Pero hay algo distinto en su expresión.
—Dime que esto no ha sido otra despedida, Seph —murmura Nerissa. Solo queda la fragilidad cruda de quien se ha entregado por completo.
Seraphina sostiene su mirada sin vacilar. Su pecho todavía sube y baja con fuerza.
—No me voy a ir —responde Seraphina, totalmente convencida—. Ya no. Estoy harta de huir de lo que siento por ti.
Nerissa la observa en silencio, escrutando cada detalle de su rostro. Busca la mentira. Busca el miedo. Pero solo encuentra una determinación sólida, como si algo dentro de Seraphina se hubiera roto y reconstruido de forma diferente esta vez.
Por primera vez en mucho tiempo, el nudo en el pecho de Nerissa se afloja. Acaricia con el pulgar el labio inferior enrojecido de Seraphina y se inclina para besarla, casi con reverencia.
—Entonces demuéstramelo —le pide—. No quiero volver a sentir que te pierdo cada vez que sales por una puerta.
Seraphina asiente y hunde los dedos en el pelo de la nuca de Nerissa, atrayéndola hacia su boca.
—Aunque todo se vaya a la mierda. Aunque tenga que perderlo todo. Te elijo a ti. Nos elijo a nosotras. Solo… necesito un poco más de tiempo.
Nerissa cierra los ojos y deja que esas palabras se le claven profundamente. Sabe que el camino será complicado, que vendrán tormentas y consecuencias dolorosas. Pero al mirar a Seraphina a los ojos en la penumbra, cree, por primera vez, que esta vez puede ser distinto.
Que esta vez, Seraphina ha elegido quedarse a luchar.