Tan cerca de ti Capítulo 13
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Capítulo 13

—Entonces, ¿confirmado? El sábado que viene a las siete. Tráete esa ensalada de quinoa que haces tan rica y, si quieres, alguna botella de ese ribera que tenéis en la bodega. Los Rashford vendrán también, igual que mi hermana con los niños. Nada formal, ya sabes, la típica barbacoa de barrio.

Seraphina fuerza una sonrisa que Isobel no puede ver y se pasa la mano libre por el brazo.

—Claro, allí estaremos —responde de forma natural.

Como si Seraphina no estuviera pensando ya en cómo acabar ya con todo—.

Ya sabes cómo se pone Elliot cuando hay parrilla de por medio.

Llevaré un par de botellas, y gracias por ofrecerte tú a hacerla.

La última vez, los niños de los Thomas me dejaron el jardín y la casa hechos un desastre.

—Ay, mujer, ya sabes que nosotros encantados. Y oye, si te apetece venir antes para ayudarme en algo, ya sabes.

—Perfecto. Nos vemos entonces.

Seraphina suelta un suspiro y guarda el móvil en el pequeño bolso negro.

Durante un momento se queda parada bajo la luz amarillenta del alumbrado, preguntándose cómo es posible que su vida siga transcurriendo en dos realidades tan opuestas: barbacoas, hijos que ríen en el jardín, cenas con Elliot —aunque últimamente apenas se hablan—…

y ahora, esto. El tirón constante que la arrastra constantemente hacia Nerissa como si el resto del mundo fuera solo un decorado.

Finalmente, empuja la pesada puerta de cristal.

Las paredes de hormigón se elevan imponentes, cubiertas por enormes fotografías en blanco y negro.

La música ambiental vibra bajo el murmullo elegante de los invitados.

Artistas, periodistas culturales, inversores del circuito privado y demasiada gente vestida de negro fingiendo una sofisticación que, en este momento, a Seraphina le resulta agotadora mientras sostienen copas de Chardonnay.

Seraphina se arrepiente de haber acudido desde el mismo instante en que cruza el umbral.

Sabe que no debería estar allí. Lo siente en cada fibra de su cuerpo mientras entrega el abrigo en recepción.

Lleva un vestido oscuro de líneas simples, sin joyas llamativas, y el pelo recogido en un moño que acentúa la delicadeza de sus facciones.

Intenta pasar desapercibida y camuflarse entre la multitud, porque la realidad es que no ha venido a ver la exposición de Maeve Donnelly.

Nerissa está apoyada junto a una de las columnas, con una copa en la mano y la americana negra abierta sobre una camisa gris oscura.

La iluminación dirigida resalta el ángulo firme de su mandíbula y ese porte atlético que siempre ha llamado la atención.

Escucha a un traumatólogo, pero su expresión revela una distancia peligrosa, una desconexión fría que Seraphina reconoce al instante.

Es la mirada que Nerissa adopta cuando está herida.

Han pasado varios días desde el mensaje que le envió. Días de un silencio absoluto que se le ha clavado dentro.

Seraphina aparta la mirada con rapidez cuando la cirujana gira apenas la cabeza, y se toma un tiempo para cruzar el espacio entre los invitados fingiendo interés por las fotografías hasta alcanzar el pasillo lateral que lleva a los baños.

La luz allí es más tenue y cálida, y el bullicio de la exposición queda amortiguado tras las gruesas paredes industriales.

Entra en el baño femenino y se apoya sobre el lavabo de piedra negra, cerrando los ojos con fuerza. Seraphina respira durante unos seguros, como si de repente hubiera perdido el sentido del mundo.

Abre el grifo y deja que el agua fría corra sobre sus muñecas temblorosas, intentando calmar su pulso acelerado.

De repente la puerta del baño se abre.

Maeve Donnelly aparece reflejada en el espejo, con una expresión afilada bajo su belleza bohemia. Lleva un traje granate y el pelo oscuro recogido de forma descuidada.

Maeve cierra la puerta con lentitud deliberada.

—No sabía que la junta directiva se interesara tanto por la fotografía callejera, señora Chapman —comenta con desdén.

Seraphina mantiene las manos apoyadas sobre el mármol, sin volverse.

—¿Es que no me puedo interesar por el arte? —responde Seraphina.

—No te queda nada bien mentir. Sabías que Nerissa estaría aquí.

Maeve avanza despacio hasta colocarse a su lado, frente al espejo.

—Lo que sepa o no, no te incumbe, Maeve.

La fotógrafa deja escapar una sonrisa.

—Me incumbe porque soy quien recoge los pedazos de Nerissa cada vez que decides volver a jugar a la esposa perfecta.

Seraphina aprieta los labios y guarda silencio unos segundos, sintiendo sobre los hombros el peso de sus propias decisiones.

—No tienes ni puta idea de lo que hay entre nosotras —espeta Seraphina.

—Claro que sí —replica Maeve, cruzándose de brazos—. Porque soy yo quien sé cómo llega a casa después sufrir otro rechazo. Sé cómo dejó de comer cuando decidiste no luchar por ella. Sé cómo la he encontrado mirando el teléfono como si tú fueras a aparecer para salvarle la vida.

Seraphina traga saliva con dificultad.

—Nunca he pretendido hacerle daño.

—Y aun así se lo haces constantemente —afirma Maeve—. Mánchester está lleno de mujeres ricas que se aburren en sus casas de campo y buscan emociones clandestinas para sentirse vivas. Pero Nerissa no es un entretenimiento para tus putas crisis existenciales.

Seraphina se obliga a sostenerle la mirada mientras abre la boca, incrédula.

—Lo que siento por ella no es un juego.

—Pues demuéstralo —insiste Maeve, dando un paso más cerca—. Porque desde fuera parece que la amas solo cuando puedes tenerla escondida.

Seraphina nota cómo el calor de la vergüenza le sube por el cuello.

—No es tan sencillo —susurra.

—Claro que no. Tienes hijos. Y un marido que parece quererte de verdad.

Una maravillosa vida construida con un estatus elegante, estabilidad y dinero.

Lo entiendo. —Maeve la observa, incómoda—.

Pero Nerissa también tiene una vida. Y tú te estás encargando de destrozarla mientras ella esperas que se conforme con las migajas.

Seraphina aparta la mirada hacia el espejo y, por un segundo, se ve exactamente igual que se siente: agotada, asustada y terriblemente sola.

Maeve apenas suaviza el gesto.

—Está enamorada de ti hasta las trancas. Y me jode el daño que le estás haciendo.

—Yo también estoy enamorada de ella —confiesa Seraphina.

Pero Maeve niega con la cabeza.

—Entonces deja de castigarla por ello. Si no vas a ser valiente, déjela libre de verdad. No vuelva a buscarla cuando tu casa perfecta empiece a asfixiarte otra vez.

La puerta se abre de nuevo antes de que Seraphina pueda responder, y Maeve se detiene un instante en el umbral.

—Porque un día vas a destrozarla tanto que, ni siquiera tú vas a poder arreglarla.

Maeve desaparece y Seraphina se queda sola frente al espejo, con el corazón latiéndole violentamente bajo el vestido.

Durante un par de minutos no se mueve. Piensa en marcharse, en volver a casa, en meterse en la cama junto a Elliot y fingir que puede seguir sobreviviendo dentro de esa vida.

Pero entonces piensa en Nerissa al otro lado de esas paredes y comprende que no ha venido a despedirse. Que ha venido a luchar por su amor.

La galería cuenta con una zona trasera reservada para almacenaje y montaje de obras, separada del bullicio principal por un pasillo oscuro iluminado apenas por pequeñas luces de emergencia.

Nerissa está sola, apoyada contra una pared de ladrillo, mirando hacia la puerta trasera. Sostiene un cigarrillo apagado entre los dedos, aunque no parece tener intención de encenderlo.

Seraphina se detiene a unos pasos de distancia, con el pulso desbocado.

—Maeve me ha dicho que estabas aquí —le dice, pero todavía no es capaz de mirarla.

—No respondiste a mi mensaje —responde Seraphina.

Ahora sí se vuelve despacio. Los ojos castaños de Nerissa la atraviesan con una intensidad casi dolorosa, cargados de un intenso cansancio. Profundo y resignado.

—¿Qué querías que respondiera, Seraphina? —le pregunta con frialdad—. ¿«Vamos a empezar de cero como si nada»?

—No hagas eso —suplica Seraphina, dando un paso hacia ella.

—¿Hacer qué? ¿Decir la verdad por una vez?

Seraphina siente cómo los ojos se le humedecen.

—Me costó muchísimo escribir ese mensaje.

Nerissa suelta una risa amarga y deja el cigarrillo sobre una caja cercana.

—Ya. Imagino que Elliot debió de besarte especialmente bien ese fin de semana para que te entraran ganas de escribirlo.

La crueldad de la frase le corta la respiración.

—No sabes cómo estoy viviendo esto —murmura.

—No. La que no sabe cómo estoy viviendo esto eres tú —replica Nerissa, separándose de la pared—.

Tú vuelves a una casa preciosa, a tus hijos, a un marido que también estás destrozando, por cierto.

Y yo vuelvo sola a un apartamento donde cada rincón me recuerda a alguien que no tiene el valor de quedarse ni un segundo conmigo.

La culpa amenaza con partirla en dos. Y entonces, Seraphina baja la mirada.

—Nunca ha sido tan fácil como simplemente elegirte.

—Lo sé. Nunca he dicho que eso fuera lo sencillo, Seph —admite Nerissa, acercándose un poco más—. Pero estoy cansada de mendigar amor en las condiciones de tu miedo.

Seraphina siente las lágrimas asomando por sus ojos.

—Pensé que esto es lo que querías. Que luchara por ti.

La expresión de Nerissa cambia, dejando entrever el daño que ya hay dentro de ella.

—He peleado por ti durante años —le responde—.

Te he esperado. He aceptado noches infinitas en hoteles, huidas antes del amanecer.

He soportado verte marchar cada vez que tu conciencia empezaba a gritarte en contra.

Y aun así nunca te he pedido que los dejaras.

Ni a Elliot. Ni a tus hijos. Solo que lucharas por lo que se supone que te hacía más feliz.

Seraphina siente la necesidad desesperada de tocarla, de abrazarla, de pedirle perdón por todo lo que le ha hecho. Pero Nerissa mantiene la distancia, como si por fin hubiera aprendido a protegerse.

—Yo te quiero —confiesa Seraphina.

—También lo sé —responde Nerissa, cerrando los ojos un instante—. Ese es precisamente el problema. Porque me quieres, pero nunca más que a tu miedo.

Nerissa se coloca frente a ella, tan cerca que Seraphina puede sentir el calor de su respiración.

—Así que dime la verdad, Directora Champan —susurra, pronunciando ese apellido como si fuera una acusación—. Olvídate de Elliot, de la clínica y de las putas apariencias durante un minuto. Mírame a los ojos y dime algo sincero por primera vez en esta historia.

Seraphina contiene el aliento.

—¿Hasta dónde estás dispuesta a luchar por mí? —continúa Nerissa, con la voz temblando por primera vez—. ¿Estás dispuesta a perderlo todo… o solo has venido a pedirme una noche más de anestesia?