Tan cerca de ti Capítulo 12
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Capítulo 12

—Dios… mañana ya es lunes otra vez —protesta Nerissa.

Es domingo por la noche y la ciudad se ha sumido en ese silencio peculiar que envuelve las grandes urbes, cuando las luces de los pubs se reflejan en el asfalto y la gente aprieta el paso para escapar del frío.

Lleva el móvil guardado en el bolsillo del pantalón desde hace veinte minutos, como si apretarlo contra su muslo pudiera borrar las palabras que ha leído una y otra vez desde que Seraphina se las envió.

«No puedo seguir haciendo esto. Se acabó, Nerissa.

No puedo más.» No ha dicho un «lo siento».

Tampoco le ha dado explicación. Es el tipo de mensaje que alguien escribe cuando decide amputarse una parte del cuerpo antes de que la infección le devore cada una de sus células.

—Al menos he sacado un rato para ver a los chicos…

Maeve abre la puerta del apartamento de Callum con una cerveza en la mano y una camiseta enorme de una banda irlandesa que le resbala por un hombro. En cuanto Nerissa entra, intente sonreír.

Claramente, no lo consigue. Por mucho que adore la parejita que hacen su hermano y su mejor amiga.

—Mierda, tienes una cara horrible —suelta Maeve sin rodeos, apartándose para dejarla pasar mientras la observa con atención—. ¿Cuántas horas llevas sin dormir?

—No las suficientes para soportar tus comentarios —responde Nerissa, quitándose el abrigo.

Maeve arquea una ceja y cierra la puerta.

—Vale. Definitivamente es grave.

Desde la cocina aparece Callum Ashcombe con dos botellines de cerveza en la mano.

Su expresión, ya de por sí sombría, se endurece al verla.

Tres años mayor que ella, conserva esa presencia de quien está acostumbrado a resolver problemas con las manos antes que con palabras.

Lleva el pelo oscuro muy corto y las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos.

Siempre parece listo para entrar en una discusión.

—¿No tenías que prepararte para dos operaciones?

—Me han cancelado una de ellas —responde Nerissa.

Su hermano la observa con el ceño funcido.

—¿Y no será que la señora Chapman te ha vuelto a romper el corazón?

Nerissa lo fulmina con la mirada, pero su hermano ya se ha sentado en el brazo del sofá, observándola con esa mezcla de preocupación y frustración que tan bien conoce.

—No empieces, Callum.

—Entonces no vengas aquí con esa cara de funeral —replica él, dando un trago largo a su cerveza.

Maeve interviene antes de que la tensión escale más, colocándose entre los dos con gesto conciliador.

—Dejad de gruñir los dos y sentaos de una vez.

Nerissa deja el abrigo sobre el respaldo del sofá y se hunde en el extremo más oscuro del salón.

El apartamento de su hermano, situado en Ancoats, ocupa un antiguo edificio de fábrica reconvertido en loft.

Sobre la mesa baja descansan un portátil abierto y restos de comida tailandesa.

Todo desprende una normalidad doméstica que, en ese momento, solo consigue empeorar su malestar.

Porque en su cabeza, solo puede imaginar la vida perfecta de Seraphina, como si ella fuera un premio que acariciar de vez en cuando.

«¿Qué no puedes más? Sí, seguro», piensa.

Maeve se sienta frente a ella y deja la cerveza sobre la mesa con cuidado.

—Venga, habla. ¿Qué ha pasado?

—No tengo ganas de hablar ahora mismo —murmura Nerissa, frotándose los ojos con cansancio.

—Pues yo diría que esa mirada significa que estás a dos copas de cometer alguna estupidez monumental.

Callum resopla.

—Demasiado tarde para eso, me temo.

Nerissa aprieta la mandíbula, sintiendo cómo la irritación le sube por la garganta.

—¿Puedes no convertir esto en uno de tus discursos durante cinco minutos, por favor?

—Puedo intentarlo —contesta Callum, aunque su tono deja claro que no lo hará.

Maeve estira una pierna y le da un golpe en la rodilla a Nerissa, buscando su mirada.

—¿Qué ha pasado?

Nerissa tarda varios segundos en responder.

Saca el móvil del bolsillo y la pantalla se ilumina de nuevo con el mensaje de Seraphina.

Esas palabras frías y definitivas parecen quemarle en la retina.

Maeve lo lee por encima del hombro y su expresión cambia al instante, pasando de la curiosidad a la compasión.

—Ya veo… —susurra, acercándose un poco más.

—Seguro que se ha dado cuenta de lo que tiene con su maridito —explica Nerissa con una sonrisa amarga—. Habrán jugado a la familia perfecta en alguna cabaña con chimenea y se habrá dado cuenta de lo que hay.

Callum suelta una carcajada, casi cruel.

—Pues enhorabuena a la señora Chapman por descubrir el sentido común de una vez.

—Cállate —espeta Nerissa, clavándole la mirada.

—No. Estoy harto de esta mierda, Nerissa —responde él, dejando la cerveza sobre la mesa. El tono de su hermano llena el salón como un golpe seco. Maeve cierra los ojos un segundo, preparándose para el choque inevitable.

—¿Qué esperabas exactamente? ¿Que un día apareciera delante de tu casa con las maletas diciendo que ha abandonado su vida de lujo por amor? Despierta, joder.

—No entiendes nada —murmura Nerissa, notando cómo el alcohol empieza a quemarle por dentro.

—Entiendo demasiado bien a las personas como ella —insiste Callum—. He visto ese tipo de historias muchas veces.

Nerissa se incorpora en el sofá con brusquedad, haciendo chirriar las patas contra el suelo.

—No hables de Seraphina como si fuera una cualquiera.

—¿Y qué es entonces? —Callum abre las manos en un gesto de impotencia—. Porque desde aquí parece una mujer casada que te llama cuando su vida la asfixia y luego vuelve corriendo a su marido cada vez que las cosas se complican un poco.

Maeve intenta suavizar el ambiente, levantando las manos.

—Callum, por favor…

—No, déjame terminar. Llevo años viendo cómo mi hermana se convierte en una sombra por culpa de una ejecutiva que no es capaz de decidir qué coño quiere.

Nerissa se pone en pie tan rápido que casi pierde el equilibrio. Siente el pulso latiéndole con fuerza en las sienes.

—Tú no tienes idea de lo que vivimos cuando estamos juntas.

—¿Y de qué te sirve eso si ella vuelve a casa cuando amanece? —pregunta Callum.

Su hermano da un paso más hacia ella.

—Mírate. Estás hecha polvo. Apenas comes, apenas duermes y estás a un mal día de mandar tu carrera al infierno por una mujer que nunca ha tenido que pelear por nada en su vida.

—No hables de ella así —advierte Nerissa.

—¿Por qué no? ¿Porque te folla bien? —suelta Callum sin filtro.

Maeve se levanta de inmediato.

—¡Callum!

Pero el daño ya está hecho. Nerissa siente el golpe de lleno, un dolor rápido y humillante. Porque debajo de toda esa rabia hay una verdad que la aterra: parte de ella teme exactamente eso, ser solo la mujer con la que Seraphina se desahoga.

—Vete a la mierda —susurra, con los ojos brillando de lágrimas.

Callum niega con la cabeza, visiblemente afectado a pesar de su dureza.

—¿Sabes qué es lo peor? Que tú no eras así. Tú nunca perseguías a nadie. Siempre fuiste la mujer más lista de cualquier habitación. Y ahora te veo esperando mensajes como una adolescente enamorada.

Nerissa aparta la mirada. La ventana refleja su rostro cansado, las ojeras marcadas y el brillo húmedo de unos ojos que odia sentir tan vulnerables. Piensa en Seraphina, en la forma en que sus dedos se entrelazaban en la oscuridad, en las promesas susurradas que nunca se cumplen.

Maeve se acerca con más cuidado, tocándole el brazo con delicadeza.

—Siéntate, por favor.

—No necesito una intervención —responde Nerissa, aunque se deja guiar de vuelta al sofá.

—No, necesitas respirar y que alguien te diga la verdad con cariño —insiste Maeve, mirándola a los ojos—. Te quiere. No creo que haya fingido contigo en ningún momento. Pero una cosa es amar a alguien y otra muy distinta tener el valor de destruir la vida que has construido durante años.

Callum vuelve a hablar, casi con pena.

—Nosotros crecimos viendo cómo mamá contaba monedas para pagar la calefacción.

Tú te dejaste la piel para entrar en medicina mientras otros tenían contactos y colegios privados.

Te convertiste en una de las mejores cirujanas del país tú sola, con tu esfuerzo.

¿Y ahora vas a dejar que una familia como los Chapman te convierta en su secreto vergonzoso?

Nerissa siente nudo duro en la garganta.

—No es un secreto vergonzoso —murmura.

Callum la observa e intenta buscar sus manos. Pero Nerissa las aparta.

—Entonces dime una sola cosa que ella haya sacrificado por ti.

La cirujana abre la boca, pero no lw sale nada. Porque la respuesta no existe.

Maeve exhala despacio, pasándose una mano por el pelo.

—Ahí está el problema, cariño.

La mandíbula de Nerissa tiembla un segundo antes de endurecerse otra vez.

—No voy a dejar que la convirtáis en un monstruo —afirma mirándolos a ambos.

—Nadie dice que lo sea —responde Maeve—. Pero quizá es una mujer demasiado asustada para darte lo que realmente necesitas.

Callum vuelve a coger su cerveza, dando un trago largo.

—Y tú eres demasiado orgullosa para admitir que te está destrozando la vida.

Nerissa siente la presión detrás de los ojos. Un cansancio profundo, casi físico. Lleva años controlándolo todo. Nunca pierde el control. Nunca. Y, sin embargo, basta un mensaje de Seraphina Chapman para dejarla respirando como si acabara de recibir un disparo en el pecho.

Se pasa una mano por la cara, agotada.

—No quiero hablar más de esto.

—Pues tendrás que hacerlo en algún momento —insiste Callum—. Porque ahora mismo estás enamorada de una fantasía.

—No es una fantasía —replica ella con vehemencia.

—Entonces demuéstrame que me equivoco. Haz que deje a su marido. Haz que te escoja delante del mundo entero.

La crueldad de la frase deja el salón helado. Maeve fulmina a Callum con la mirada.

—Eres un cabrón insensible.

—Solo soy realista, hermanita —responde él, encogiéndose de hombros.

Nerissa se levanta, con el corazón latiéndole demasiado rápido, como si quisiera salírsele del pecho. Durante un instante absurdo, desea coger el móvil y llamarla. Decirle que vaya a verla. Que deje de esconderse.

Pero el mensaje sigue ahí. «Se acabó.»

Maeve se acerca a ella.

—No quiero verte sufrir así.

Nerissa se ríe sin humor, una risa hueca que resuena en el loft.

—Pues acostúmbrate, porque parece que esto es lo que hay.

—Neri… —intenta Maeve.

—No —la interrumpe ella, apartando la mano que su amiga intenta ponerle en el hombro—. No me tratéis como si fuera una puta víctima. Sé perfectamente dónde me he metido.

Callum cruza los brazos sobre el pecho, observándola con dureza.

—Entonces deja de hacerte la sorprendida cada vez que ella vuelve con su marido.

El comentario termina de romper algo dentro de Nerissa y coge el abrigo del respaldo del sofá.

—No volváis a decirme lo que siento.

Maeve da un paso hacia ella, preocupada.

—¿Adónde vas?

—A cualquier sitio donde no tenga que escuchar cómo reducís lo mío con Seraphina a un puto problema de clases —responde Nerissa con amargura.

—Porque también lo es —dice Callum con dureza, sin dar su brazo a torcer—. Tú aún crees que el amor borra las diferencias. Pero la gente como ellos protege su apellido y su posición antes que cualquier otra cosa.

Nerissa se queda inmóvil junto a la puerta. Por primera vez desde que llegó, el cansancio deja paso a algo más peligroso: una tristeza limpia y silenciosa que le cala hasta los huesos.

—No tenéis ni puta idea de cómo estamos viviendo esto —les dice antes de salir.

Entonces da un portazo tan fuerte que hace vibrar los cuadros del salón.

Al otro lado de la puerta, el silencio se instala de golpe entre Maeve y Callum, que se miran sin saber muy bien qué decir.

Mientras baja las escaleras del edificio con el móvil apretado en el bolsillo y el corazón hecho cenizas, Nerissa comprende algo que llevaba demasiado tiempo evitando: Seraphina Chapman puede quererla, pero quizá nunca la querrá más de lo que teme perder.

Y esa verdad, fría y afilada, se le clava más profundamente que cualquier mensaje.