Capítulo 11
La lluvia comienza a caer incluso antes de que abandonen Mánchester.
Golpea el parabrisas con esa insistencia monótona que convierte la autopista en un borrón.
Elliot conduce con la mano izquierda firme en el volante y la derecha apoyada de forma intermitente sobre la palanca de cambios, como si necesitara algo tangible a lo que aferrarse.
Seraphina, desde el asiento del copiloto, mantiene la mirada clavada en la pantalla del teléfono. El reflejo azulado ilumina sus facciones tensas mientras revisa, por tercera vez, el mismo correo financiero sin conseguir conectar con una sola línea.
«No me ha mandado ni un solo mensaje», piensa Seraphina mientras recuerda con claridad la sonrisa que Nerissa le dedicó cuando demostró sus celos hacia Daphne.
—Suelta eso, Phina. Por favor —le pide Elliot, sin brusquedad, pero con un agotamiento que ella es capaz de reconocer de inmediato.
Seraphina bloquea la pantalla y deja caer el teléfono en su regazo.
—Tengo que terminar el informe de auditoría antes del lunes —responde ella.
—Llevas más de una hora repitiendo lo mismo —replica él, sin apartar los ojos de la carretera—. ¿De verdad crees que no me doy cuenta?
Ella no contesta. Fuera, los árboles empapados desfilan bajo un cielo encapotado.
El viaje al hotel rural debería ser una escapada maravillosa, dos días lejos de la clínica, de las reuniones interminables, de los niños y de las llamadas constantes a todas horas.
Dos días para intentar salvar lo que queda de su matrimonio.
Pero Seraphina solo siente cómo se le encoge el corazón cada vez que recorren un nuevo kilómetro.
Elliot exhala y tamborilea los dedos sobre el volante.
—Los niños estaban encantados con la idea de pasar estos días con mis padres.
Ivy llevaba insistiendo en dormir en casa de abuela y Oliver tenía todo planeado para jugar al ajedrez con su abuelo.
Tenemos todo un fin de semana para nosotros solos…
y parece que te estoy llevando al corredor de la muerte.
—No dramatices —murmura ella.
—Entonces háblame, Phina —insiste él—. Dime qué te pasa de verdad. Hace meses que no te reconozco. ¿Es el trabajo? ¿Soy yo? ¿Qué demonios está pasando entre nosotros?
Seraphina gira la cabeza hacia la ventanilla empañada y observa cómo las gotas resbalan por el cristal.
—Solo estoy cansada, Elliot.
—Llevas cansada demasiado tiempo —responde Elliot, pero sin ocultar el dolor—. Parecía que las cosas habían mejorado, pero desde hace semanas siento que te veo desaparecer delante de mí sin entender por qué.
El silencio se instala entre ellos. Seraphina nota cómo las palabras de su marido se le clavan bajo la piel, porque son totalmente ciertas. A pesar de creer que sostenía bien su mentira, Elliot ha observado su desmoronamiento sin poder hacer nada, y eso lo destroza.
Él estira la mano y le roza la rodilla con ternura. Antes ese gesto era natural, automático. Ahora ella se tensa. Elliot lo nota al instante y retira la mano despacio.
—¿He hecho algo malo? —pregunta, con la vista fija en la carretera mojada mientras tamborilea los dedos otra vez—. Dímelo, por favor. Al menos, para poder arreglarlo.
La culpa golpea a Seraphina con tanta fuerza que casi le falta el aire.
—No has hecho nada —responde ella—. Nada.
—Entonces deja de mirarme como si fueras tú la que está prisionera aquí —le pide Elliot—. Porque me está matando. Me está matando ver que ya ni siquiera quieres que te toque.
Seraphina aprieta los labios porque no tiene idea de cómo explicarle que sí se siente atrapada, aunque no sea por él.
Y precisamente por eso le resulta insoportable.
Elliot es un buen hombre. No es cruel ni indiferente.
Sigue luchando por su matrimonio —al menos, lo ha intentado— mientras su mujer piensa en otra persona cada vez que cierra los ojos.
—Solo necesito desconectar un poco —comenta Seraphina, e intenta sonreír.
—Eso es lo que traro que consigamos esta semana —responde Elliot con una expresión triste—. Pero parece que ya ni siquiera quieres que lo intente.
Seraphina agacha la mirada, avergonzada y vuelve a mirar el teléfono. Sigue sin tener ni un mensaje, y esa ausencia le provoca un vacío ridículo y desesperante que la hace odiarse un poco más.
Elliot suelta una carcajada.
—¿Sabes qué es lo peor, Phina? —pregunta sin mirarla.
Ella gira apenas la cabeza.
—Que ya ni siquiera sé si estás pensando en la clínica, el trabajo… o simplemente deseando estar en cualquier otro sitio menos conmigo.
La frase queda flotando entre ellos mientras la lluvia sigue golpeando el parabrisas. Seraphina no encuentra ninguna respuesta que no los vaya a destrozar un poco más.
El hotel rural aparece entre colinas húmedas y carreteras estrechas rodeadas de bosque.
La fachada de piedra, iluminada por faroles cálidos, parece sacada de una postal.
Enseguida, Seraphina se da cuenta de la intimidad que transmite el lugar: chimeneas encendidas, parejas hablando junto a los ventanales empañados.
El tipo de lugar donde la gente va a reencontrarse.
Seraphina siente náuseas nada más cruzar la puerta.
Durante la cena consigue fingir bastante bien.
Sonríe cuando toca, y se pone al día con Elliot sobre los últimos casos que ha tenido a parte del trabajo que hace para la clínica.
Seraphina quiere esforzarse por reencontrar la chispa entre ellos, y cuando Oliver e Ivy entran en la ecuación, incluso consigue reír.
Pero el esfuerzo de mantener esa versión funcional de sí misma es demasiado costoso y, sobre todo, una burda mentira.
Elliot lo percibe todo. Cada sonrisa tardía. Cada mirada perdida. Cada vez que ella parece abandonar la habitación mentalmente.
Y cuando suben a la suite, el agotamiento emocional pesa tanto que Seraphina apenas se tiene en pie. La habitación es preciosa, se da cuenta. Tienen una chimenea que crepita junto a la cama, mientras la lluvia golpea los ventanales altos y el bosque oscuro se mueve al otro lado del cristal.
Elliot deja las llaves sobre el aparador y se desabrocha los primeros botones de la camisa.
—Voy a pedir una botella de vino —dice—. Nos vendrá bien.
—No me apetece mucho beber esta noche —responde ella, mirando hacia la ventana.
Él asiente en silencio. Ese silencio prudente que duele incluso más que una discusión.
Seraphina se acerca al ventanal y se abraza a sí misma, observando las gotas que resbalan por el cristal, mientras la realidad le golpea con fuerza. «No quiero estar aquí». Y odiarse por ello le resulta insoportable.
Escucha los pasos de Elliot acercándose por detrás y pronto, siente sus manos rodeándole la cintura.
—Deja la lluvia fuera un rato, cielo —murmura él contra su hombro. Le besa el cuello despacio, con ternura y cuidado.
Seraphina cierra los ojos. Intenta concentrarse, sentir algo. Cualquier cosa. Pero solo aparece el recuerdo de otras manos sobre su piel. La respiración de Nerissa contra su boca. El peso de su cuerpo encima del suyo.
El contraste la enferma.
Elliot gira su cuerpo hacia él y busca sus labios. Ella se deja besar. En realidad, se obliga. Pero su cuerpo no responde. No siente nada. Salvo la culpa. Una culpa que le entumece hasta los huesos.
Elliot se detiene casi de inmediato, y la observa durante unos segundos, antes de retroceder.
—Es como abrazar a un puto maniquí —le dice, con una devastación tranquila que rompe a Seraphina.
—Lo siento… —susurra ella.
—No. No lo sientes —responde Elliot, y por primera vez hay rabia en su voz—. Deja de mentirme, Seraphina. No soy idiota. Soy tu marido. Sé cuándo me deseas de verdad y cuándo estás fingiendo. ¿Ha pasado algo que no me estás contando?
Las lágrimas amenazan a Seraphina con desbordarse.
—No estoy fingiendo —responde como puede.
—Entonces mírame a los ojos y dime qué demonios está pasando —exige él, caminando nervioso junto a la chimenea—. ¿Hay otra persona? Porque incluso te has comportado rarísima cuando Adrian ha estado por casa. Y tú no eres así.
El nombre le golpea la espalda como un látigo.
—¿Por qué iba a ser así? —pregunta ella, demasiado rápido.
Elliot frunce el ceño.
—No lo sé. Tú eres la que parece aterrorizada de algo.
—No es nada, en serio —responde ella, apartando la mirada.
—Dios mío… —murmura Elliot—. ¿Qué es lo que no me estás contando? Dime la verdad, por favor. Porque estoy empezando a volverme loco intentando entender en qué momento perdí a mi mujer.
Elliot se acerca a ella, pero mantiene la distancia, como si ya no supiera si puede tocarla. Seraphina se abraza con más fuerza, intentando contener el temblor.
—No hay nadie más, te lo prometo —miente ella.
Elliot la mira fijamente. Durante un segundo, Seraphina tiene la sensación de que no estaba equivocada con Adrian y que su marido lo sabe todo.
—Entonces explícame por qué me miras como si te diera asco —le pide él.
—No me das asco —responde Seraphina, y aprieta los dedos contra sus brazos—. Te quiero, Elliot. Eres un hombre maravilloso. Eres el padre de mis hijos y…
—Pero ya no me amas —completa él.
Seraphina no puede darle una respuesta sin destruirlo.
—Si hay alguien más, prefiero saberlo antes que seguir volviéndome loco intentando adivinar qué he hecho mal —dice Elliot, pasándose una mano por el pelo.
—No has hecho nada mal —asegura ella entre lágrimas—. Nada.
—Entonces ¿por qué siento que llevo tiempo perdiéndote?
«Porque me enamoré de otra persona. De una mujer». La frase le quema en la garganta, pero no es capaz de pronunciarla en voz alta.
—Solo estoy intentando reencontrarme a mí misma otra vez —susurra ella.
Elliot se queda inmóvil varios segundos. Después asiente, exhausto.
Esa noche duermen en extremos opuestos de la cama. Y Seraphina se queda despierta hasta el amanecer, sintiéndose la peor persona del mundo.
El viaje de vuelta a Mánchester el domingo por la tarde está lleno de un silencio devastador. Ni siquiera discuten. Y eso es lo más terrible. La discusión habría significado que aún quedaba algo que rescatar. Pero Elliot parece completamente vacío.
Conduce mirando al frente mientras la lluvia vuelve a envolver la autopista.
Seraphina sostiene el teléfono entre las manos todo el trayecto, sin atreverse a escribir. Mientras Elliot se desmorona intentando conservarla, Nerissa parece capaz de seguir adelante sin ella.
Al llegar a casa, Elliot tarda varios segundos en apagar el motor.
—Los niños vuelven mañana después del colegio. Intentemos al menos que no noten que su madre y su padre ya no se miran a la cara, ¿de acuerdo? —le comenta él, sin mirarla.
—Vale —responde Seraphina.
Elliot sale del coche y comienza a sacar las maletas. Seraphina entra sola en la casa. El recibidor está oscuro y vacío, y al escuchar a Elliot rodeando el vehículo, algo dentro de ella se rompe definitivamente.
Sube las escaleras a toda prisa hasta el baño de la planta superior, cierra la puerta con pestillo y colapsa. El temblor empieza en sus manos y se extiende por todo su cuerpo. Se apoya contra el lavabo de mármol intentando respirar mientras las lágrimas le nublan la vista.
No puede seguir así. No puede pensar en Nerissa y volver a fingir una vida normal. No puede seguir partiéndose en dos cada día.
Saca el teléfono y abre el chat secreto que tiene con ella. El cursor parpadea. Tarda casi un minuto en escribir.
«No puedo seguir haciendo esto, Nerissa. Se acabó.»
Las lágrimas caen sobre la pantalla.
«No puedo más.»
Se queda mirando el mensaje durante varios segundos. Después pulsa enviar y siente exactamente como si se estuviera arrancando una parte vital del cuerpo con las manos desnudas.