Tan cerca de ti Capítulo 10
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Capítulo 10

El sábado por la mañana amanece gris sobre Manchester. Desde las amplias ventanas del salón de los Chapman, el cielo exhibe el mismo tono ceniciento que el café que se enfría lentamente sobre la mesa de cristal, olvidado entre papeles y silencios.

Seraphina lleva despierta desde las cinco. Apenas ha dormido. Cada vez que cerraba los ojos, regresaba con nitidez abrasadora la sensación de la boca de Nerissa, y cómo deseó poder follársela ahí mismo.

En el despacho doméstico contiguo al salón principal, Elliot revisa unos documentos legales sentado junto a Adrian Beckett.

Ambos comentan cifras relacionadas con la firma con esa naturalidad rutinaria que, en circunstancias normales, resultaría hasta reconfortante.

Sin embargo, para Seraphina la escena adquiere un matiz casi cruel, porque cada hora y día que pasan, se siente cada vez más y más sentada sobre una bomba de relojería cuya cuenta atrás solo ella puede escuchar.

—Hay que darle una vuelta a la cláusula de blindaje —señala Elliot, recorriendo una línea del contrato con la punta del bolígrafo—. Si los inversores de Leeds intentan retirarse antes del cierre de trimestre, vamos a necesitar un margen de maniobra más amplio.

Adrian asiente. Lleva una camisa azul marino impecable que resalta su postura relajada, aunque su expresión tranquila siempre parece ocultar algo más profundo y calculado.

—Estoy de acuerdo —responde él—. La gente se vuelve impredecible cuando percibe que puede sacar ventaja.

Seraphina sostiene una carpeta sobre el regazo e intenta mantener las manos quietas. Desde que Adrian llegó hace una hora, tiene la sensación de que algo ha cambiado, una diferencia sutil en la forma en que él la observa.

—Aunque ya sabes cómo son estas cosas, Elliot —continúa Adrian mientras acepta la taza de café que su anfitrión le acerca—. A veces crees que tienes un socio de absoluta confianza y, de repente, te lo encuentras haciendo negocios donde no debería.

Elliot suelta una risa breve y ronca.

—Por eso te pago cantidades obscenas de dinero. Para que detectes a esos malditos cabrones antes de que me cuesten millones.

—Créeme, tengo los ojos muy bien abiertos —responde Adrian de forma deliberada.

Cuando Adrian levanta la vista hacia Seraphina, el corazón de ella se detiene un segundo.

—La gente respetable suele ser la más interesante, de hecho —añade él con tranquilidad, sin apartar la mirada de ella—. Trajes impecables, sonrisas perfectas… para luego descubrir que tienen un gusto sorprendente para las cosas prohibidas.

El aire abandona los pulmones de Seraphina en un suspiro silencioso. Elliot, completamente ajeno a la tensión que siente su mujer, resopla divertido.

—Eso ha sonado sospechosamente específico.

—La naturaleza humana siempre lo es —replica Adrian antes de beber un sorbo de café mientras se encoge de hombros.

Un hormigueo recorre la espalda de Seraphina y de repente, tiene la sensación de que el hombre que tiene delante, va a estar a punto de romper su vida en dos.

—Tú sabes mucho de gestión de riesgos, Seraphina —comenta Adrian entonces, inclinándose hacia delante—. Dime una cosa. ¿Qué pasa cuando descubres que alguien ha estado incumpliendo un contrato importante a espaldas de todos?

Elliot sigue hojeando documentos, ajeno al subtexto. Mientras que Seraphina, clava sus uñas en las palmas de sus manos hasta sentir el pinchazo agudo del dolor.

—Que se rescinde el contrato, y punto —responde Seraphina, con toda la frialdad que puede reunir—. Sin mirar atrás.

Adrian sonríe despacio, totalmente satisfecho.

—Exacto. Sin mirar atrás.

El resto de la mañana se convierte en un ejercicio agotador de contención.

Adrian sigue lanzando comentarios aparentemente inocentes.

Elliot ríe, responde con sus típicas bromas y continúa trabajando.

Pero Seraphina apenas logra participar. Siente que Adrian está midiéndola de alguna manera, esperando el momento exacto en que se rompa su fachada.

«No puede saberlo. Es imposible», se asegura.

Y por fin, cerca de la una del mediodía, y cuando Adrian se marcha, Seraphina experimenta un alivio tan intenso que las piernas amenazan con fallarle. Elliot cierra la puerta principal y regresa al salón mientras se afloja la corbata, cansado pero satisfecho.

—Juro que ese hombre disfruta aterrorizando a nuestros clientes solo como deporte —comenta Elliot esbozando una sonrisa.

Seraphina asiente, adoptando de nuevo un papel totalmente neutral.

—Sí, es muy intenso.

—Pero brillante —admite Elliot. Se acerca a ella y le besa distraídamente la sien mientras recoge los documentos de la mesa. El gesto, tan cotidiano y lleno de cariño, le provoca una culpa tan brutal que Seraphina tiene que apartar la mirada. Sobre todo, después de los últimos días distanciados.

Mientras su marido la toca con ternura, ella solo puede recordar a otra mujer empotrándola contra una pared oscura hace apenas unas horas, con las manos exigentes y la respiración entrecortada.

Y esa sensación de ansiedad, se mantiene pegada a Seraphina durante todo el fin de semana.

*

El edificio parece más frío que de costumbre, o quizá es ella quien arrastra el hielo dentro.

Seraphina recorre los pasillos de la planta ejecutiva bebiendo un café poco a poco, y con la paranoia instalada bajo la piel desde el sábado.

Por eso, en cuanto llega al ala deportiva, va a buscar a Nerissa.

La encuentra en uno de los laboratorios auxiliares, revisando algunos historiales clínicos frente a una pantalla digital, y cuando entra, Seraphina cierra la puerta tras de sí. Llamando la atención de la cirujana.

—¿Tan temprano y ya echándome de menos? —le dice Nerissa en un tono jocoso.

—Tenemos un problema —suelta Seraphina, avanzando hasta quedar frente a la mesa.

—Buenos días a ti también.

—Creo que Adrian nos vio en el hotel —suelta Seraphina, sin preámbulos.

Eso sí consigue captar toda la atención de Nerissa, que la observa durante varios segundos en silencio, antes de suspirar con lentitud.

—¿Y?

—¿Cómo que «y»? —La incredulidad deja boquiabierta a Seraphina.

Nerissa se recuesta contra el respaldo sin mostrar el menor signo de alarma, aunque sus dedos tamborilean sobre el reposabrazos.

—¿La verdad? Dudo que nos viera. Toda la clínica se habría enterado de ser así.

—No puedes saberlo con certeza.

—Y tú tampoco —responde la cirujana con una tranquilidad que a Seraphina le enfurece.

—Es que… no entiendes lo que está pasando —insiste Seraphina, bajando el tono por si hubiera oídos indiscretos—. El sábado estuvo en casa, y se tiró un buen rato lanzando comentarios rarísimos delante de Elliot. Sobre dobles vidas, contratos que se infringen, y me miró como…

—Como si fuera el abogado que es y disfrutara incomodando a la gente —comenta Nerissa, sin el más mínimo atisbo de pánico.

Seraphina siente ganas de gritar. Camina dos pasos hacia la ventana y luego regresa, incapaz de quedarse quieta.

—Nerissa, por favor, deja de quitarle importancia a esto.

La cirujana se pone de pie y la observa cruzada de brazos.

—Lo que pasa es que tú conviertes cualquier pequeño detalle en el fin del mundo porque vives aterrorizada de perder tu fachada perfecta.

Seraphina se queda inmóvil, con la garganta ardiéndole.

—Eso no es justo.

—¿No? —Nerissa da un paso hacia ella—. Porque estoy segura de que te habrás pasado todo el fin de semana dándole vueltas a que un tío, que por cierto…

es un gilipollas, soltó un par de metáforas delante de tu marido.

¿Sabes lo que me asombra? Lo rápido que entras en pánico en cuanto notas que tu perfecta burbuja está a punto de romperse.

La tensión puede cortarse con un cuchillo.

—No necesito que me juzgues —murmura Seraphina, sin la mínima intención de discutir.

Porque Seraphina Chapman, tiene muy claro cómo acaban siempre esas discusiones.

Nerissa le sostiene la mirada. Durante un segundo brevísimo, algo más vulnerable asoma bajo esa frialdad que está mostrando ante ella: cansancio, dolor… y en ese momento, tiene muy claro lo que quiere decir.

—Lo que necesitas… es decidir de una puta vez qué demonios quieres.

Un golpe en la puerta interrumpe el momento. Ambas se separan instintivamente, cambiando sus expresiones justo cuando Daphne Mercer entra en la sala.

—Perdón —dice Daphne, mirando primero a Nerissa y luego a Seraphina—. Helena quiere revisar los presupuestos de la transición antes del almuerzo ejecutivo.

Seraphina recupera de inmediato su máscara, a pesar de que el corazón le va a mil por hora.

—Por supuesto.

Daphne le entrega la carpeta, aunque la familiaridad natural que existe entre ella y Nerissa resulta imposible de ignorar.

—También he reorganizado las partidas del área quirúrgica —explica mientras se acerca a la mesa—. Nerissa insistió en mantener el presupuesto de recuperación biomecánica intacto.

—Porque recortarlo sería una estupidez y muy negativo para los futuros pacientes —responde la cirujana sin apartar los ojos de Seraphina, con un tono que contiene varias capas de significado.

Daphne sonríe, como alguien acostumbrado a esos cambios de humor. Ese pequeño detalle provoca en Seraphina un malestar inmediato, una punzada que se le clava en el pecho. Pero en ese momento, no está para darle vueltas al asunto.

Dos horas más tarde, el comedor ejecutivo bulle durante el almuerzo de para Mercer & Associates. Seraphina ocupa uno de los extremos de la larga mesa, revisando varios documentos mientras intenta ignorar lo que ocurre varios asientos más allá. Pero fracasa miserablemente.

Por si lo que ha visto en el laboratorio auxiliar no fuera suficiente, ver cómo Daphne y Nerissa funcionan juntas es devastador.

Las miradas cómplices, la forma en que Daphne le acerca distraídamente algo para comer antes incluso de que Nerissa lo pida.

El lenguaje corporal entre las dos mujeres…

Seraphina debería centrarse en el trabajo. Pero lo cierto es que no puede.

—Me parece que sigues teniendo la mala costumbre de no comer nada cuando estás estresada —le comenta Daphne a Nerissa. Varios directivos sonríen automáticamente ante la familiaridad.

Daphne aparta un mechón oscuro de la frente de Nerissa con un gesto completamente natural, íntimo y demoledor.

—Anda, toma un poco —insiste la mujer, ofreciéndole su plato—. Te conozco y vas a acabar con migraña si no pruebas bocado.

«¿No se supone que su relación había acabado mal?»

Pero entonces, Nerissa sonríe. Y Seraphina siente cómo algo horrible despierta en su interior. Porque esa sonrisa no es la misma que le suele dedicar a ella en la cama, entre sábanas revueltas y promesas que al final, nunca es capaz de cumplir.

—Gracias —murmura Nerissa.

Las risas alrededor de la mesa convierten la escena en algo completamente normal. Y eso es lo que más daño le hace a Seraphina: la normalidad. Nadie mira raro a Daphne. Nadie cuestiona esa cercanía. Nadie piensa que sea algo sucio. Mientras ella lleva años escondiéndose como una criminal.

La rabia asciende por su garganta mezclada con unos celos tan intensos que casi la avergüenzan. No tiene derecho, lo sabe. Aun así, siente deseos irracionales de apartar la mano de Daphne del brazo de Nerissa, de borrar su puta sonrisa, de reclamar algo que jamás ha querido reclamar en público.

«Qué injusta eres».

Pero después, se aclara la garganta con fuerza y habla:

—Doctora Ashcombe. Señora Mercer.

Las conversaciones se detienen poco a poco, y Nerissa levanta la vista hacia ella.

—Si han terminado de repasar sus hábitos alimenticios —continúa Seraphina—, me gustaría volver a los números de la página cuatro. Esta clínica paga a la consultoría para optimizar sus recursos, no para rememorar viejos tiempos.

El almuerzo ya se ha dado oficialmente por finalizado. Daphne parpadea sorprendida, y algunos directivos bajan inmediatamente la vista hacia sus documentos.

Y Nerissa… Nerissa sonríe. Un gesto que está lleno de desafío. Algo oscuro se enciende en sus ojos mientras sostiene la mirada de Seraphina desde el otro extremo de la mesa, como si acabara de comprender exactamente cuánto daño le provoca verla con otra mujer.