Capítulo 9
Las seis de la mañana convierten la suite del Hotel Midland en un lugar despiadado. Nerissa Ashcombe está de pie junto al escritorio, terminando de abrocharse la camisa, y el silencio que las envuelve, no tiene nada de satisfactorio.
Sentada sobre la cama, Seraphina se pone uno de sus zapatos.
Su pelo cae desordenado sobre los hombros, y las marcas rojizas que salpican la piel de su cuello delatan sin piedad lo sucedido horas atrás.
Para Nerissa, verla así debería seguir pareciéndole hermoso.
Y, en efecto, lo es. Ahí radica el problema.
Porque ya no tiene idea de cómo amar a esa mujer sin acabar destrozada cada vez que llegue el día siguiente.
Se coloca el reloj de pulsera y observa cómo Seraphina se abrocha los botones de su camisa blanca con unos dedos que tiemblan ligeramente. Miedo. Siempre el mismo miedo. A que alguien descubra la verdad.
—Ya está —habla Nerissa, después de haber comprobado algo en su teléfono—. El taxi te espera abajo. Date prisa, no sea que tu marido llegue antes a casa y empiece a hacerse preguntas incómodas.
Seraphina levanta la cabeza de inmediato. El sarcasmo la golpea como una bofetada visible, y por un segundo su expresión se contrae.
—Nerissa… —susurra Seraphina.
—¿Qué? —responde la cirujana encogiéndose de hombros mientras recoge su acreditación del respaldo de una silla cercana—. ¿Prefieres que finja que esto no es exactamente lo que va a ocurrir en cuanto cruces esa puerta?
Seraphina se pone en pie con demasiada brusquedad.
Todavía huele a ella, a lo que han compartido esa noche, y sin embargo la urgencia por marcharse ya se instala en cada uno de sus gestos, en la forma en que evita mirarla directamente a los ojos.
Nerissa odia eso con toda su alma. Odia verla transformarse de nuevo en la esposa impecable incluso antes de abandonar la habitación.
—Por favor, no hagas esto —suplica Seraphina, mientras da un paso vacilante hacia ella.
La vulnerabilidad que tiñe su voz bastaría cualquier otro día para concederle ese pequeño deseo. Pero hoy, Nerissa se mantiene en sus trece.
—¿Hacer qué? —replica, girándose hacia ella con los brazos cruzados—. ¿Decir la verdad que las dos conocemos?
Seraphina traga saliva con dificultad, visiblemente afectada.
—Sabes perfectamente lo que arriesgo cada vez que vengo a buscarte —responde.
Claro, ahí están las consecuencias. La misma palabrería de siempre. El riesgo. El miedo. Nunca una declaración de amor clara y valiente. Nerissa siente cómo una presión insoportable crece bajo su esternón, como si algo dentro de ella luchara por salir.
Y con las mismas, da un paso hacia Seraphina, acortando la distancia.
—¿Y qué arriesgo yo? —le encara.
Seraphina se queda inmóvil, con los ojos muy abiertos. Nerissa la mira de cerca y siente algo devastador al reconocer que, incluso agotada y despeinada, esa mujer sigue teniendo el poder de poner todo su mundo del revés con solo respirar.
—Yo arriesgo mi dignidad cada vez que te abro la puerta a las dos de la mañana, sabiendo que a las seis me vas a dejar como si nada. Vacía y sin ninguna esperanza —continúa Nerissa, con el pecho agitado.
Los ojos de Seraphina se humedecen al instante.
—No digas eso… —murmura, negando con la cabeza.
—¿Por qué no? ¿Porque te hace sentir culpable?
—Nerissa suelta una risa amarga que golpea las paredes de esa maldita suite.
Ojalá no hubiera caído en la tentación. Ojalá no hubiera aceptado volver a Mánchester—.
Estoy enamorada de ti, Seraphina. Y ya no sé si eso me convierte en una idiota o simplemente en una puta masoquista.
La respiración de Seraphina se vuelve entrecortada. Da un paso más, pero se detiene, como si una fuerza invisible la retuviera.
—No eres nada de eso —le asegura.
—No, claro que no. Soy la distracción perfecta cuando tu vida se vuelve insoportable —replica Nerissa.
Seraphina cierra los ojos un instante, como si acusara el golpe, pero no se marcha.
Nerissa la observa y siente el cansancio emocional de años completos cayéndole encima.
Años llenos de encuentros en habitaciones discretas, de llamadas cortadas de golpe, de encuentros robados al tiempo, de esperar siempre, siempre, a que sea Seraphina quien lo decida todo.
—Estoy harta de tus migajas —murmura Nerissa, totalmente agotada—. Harta de las despedidas rápidas, de recoger las sábanas sola mientras tú vuelves a tu casa perfecta. Harta de promesas que nunca significan nada cuando amanece y la realidad regresa.
Seraphina niega con la cabeza, con los labios entreabiertos.
—Sí significan algo para mí… —insiste.
—Entonces quédate —responde Nerissa sin titubear.
El silencio que sigue es brutal, porque ambas saben muy bien qué es lo que va a pasar. Seraphina baja la mirada hacia el suelo, derrotada. Y Nerissa siente con claridad el instante exacto en que algo dentro de ella se rompe una vez más.
—Eso pensaba —concluye la cirujana con amargura.
Se aparta entonces, recoge las llaves del coche de encima del escritorio y las aprieta con fuerza entre los dedos.
—Vete a tu casa.
—Nerissa… —intenta Seraphina una última vez.
—Vete antes de que diga algo de lo que pueda arrepentirme —la interrumpe ella, dándole la espalda.
Seraphina se queda inmóvil unos segundos más.
La culpa le atraviesa el rostro, pero el miedo, como siempre, termina ganando la partida.
Busca su bolso, se alisa la ropa y se acerca lentamente a la puerta.
Nerissa no la mira. No puede. Sabe que si vuelve a ver sus lágrimas quizá acabe acercándose otra vez, y está demasiado cansada para seguir sobreviviendo a medias.
Cuando Seraphina cierra la puerta tras ella, Nerissa se queda quieta en mitad de la habitación, observando las marcas del desastre.
La prueba física de algo que jamás consigue existir a plena luz del día.
Cierra los ojos un instante y se da cuenta de que, aun rota, sigue queriéndola con una intensidad que empieza a darle verdadero miedo.
*
Los días posteriores se convierten en una tortura.
Con el estrés de una nueva mudanza encima, las clínicas también siguen funcionando a su ritmo habitual, ajeno al terremoto que sacude a las dos mujeres que caminan entre esos pasillos.
Nerissa evita deliberadamente cualquier conversación innecesaria con Seraphina.
La llama «señora Chapman» en las reuniones, y no la mira más de lo imprescindible.
Y cada vez que siente los ojos de Seraphina posados sobre ella, responde con una frialdad que, lejos de aliviarla, solo empeora las cosas.
Porque la distancia no reduce el deseo; lo afila hasta convertirlo en algo casi doloroso.
El jueves por la tarde coinciden brevemente en uno de los ascensores privados de la planta ejecutiva.
Nerissa percibe el perfume de Seraphina claro y conciso, mientras el silencio se carga de una tensión insoportable.
Cuando las puertas se abren en la sexta planta, Seraphina sale sin mirarla, pero antes de desaparecer murmura:
—No he dejado de pensar en ti ni un solo segundo.
Nerissa se pasa el resto del día operando con las manos tensas alrededor del instrumental, luchando por mantener la concentración.
El viernes por la noche, acude a un cóctel organizado en el hotel boutique Hawthorne House que rebosa dinero, conversaciones superficiales y copas de champán que circulan por todas sin cesar.
Nerissa Ashcombe odia ese tipo de eventos, siempre los ha odiado, pero Helena Whitmore ha considerado indispensable —para su desgracia— mantener visible a la «joya de la corona» del nuevo proyecto deportivo, así que allí está, vestida elegante y para la ocasión.
—Doctora Ashcombe, enhorabuena por el proyecto del centro de rendimiento deportivo —le dice otro inversor con una sonrisa estudiada.
Ahí llega otra sonrisa automática por su parte, junto a otro apretón de manos. Nerissa responde con educación mientras sus ojos recorren el salón principal casi por instinto. Atraída por la fuerza de un imán que tiene unas curvas impresionantes y una mirada que podría helar a cualquiera.
A cualquiera menos a ella, porque lo que le pasa cuando la mira, es muy distinto al hielo.
Seraphina Chapman está junto a la barra, hablando con dos directivos financieros.
Lleva un vestido negro que resalta su elegancia.
Y es completamente incapaz de ocultar que también la busca entre la multitud.
El choque visual dura apenas dos segundos, pero basta para que Nerissa sienta cómo el calor empieza a nacer entre sus piernas.
La velada continúa alrededor de ambas durante casi una hora más, llena de cruces de miradas, distancias calculadas y comentarios profesionales pronunciados con una tensión tan evidente que empieza a resultar obscena.
Nerissa se sorprende observándolo todo: la copa de vino que Seraphina sostiene entre los dedos, la forma en que respira, cómo se humedece los labios al hablar.
Su cuerpo entero la recuerda, y eso termina siendo insoportable.
Por eso, cuando Seraphina desaparece discretamente de la sala principal. Nerissa tarda exactamente quince segundos en seguirla.
La encuentra en uno de los pasillos privados que conducen a la terraza lateral del hotel. La zona está casi desierta, y la puerta de cristal que da al exterior está entreabierta, dejando entrar el aire fresco.
Seraphina se gira al escuchar sus pasos, y le es imposible no sonreír.
—No deberías haber venido detrás de mí —susurra Seraphina, aunque su mirada dice exactamente lo contrario—. Pensaba que no querías saber nada de mí.
—Quería, hasta que no has dejado de mirarme así delante de todo el mundo —responde, avanzando hacia ella.
La respiración de Seraphina se acelera. Y antes de que pueda decir nada, la cirujana la arrincona contra la pared tapizada del pasillo, sujetándole la mandíbula entre los dedos.
El aire cambia de inmediato, volviéndose eléctrico.
La espalda de Seraphina golpea suavemente contra la pared mientras deja escapar un gemido.
—Nerissa… —empieza.
Pero la cirujana ya no quiere más palabras. Está agotada de discusiones, de reproches que no cambian absolutamente nada. Nerissa acerca la boca a la suya sin llegar a besarla.
—Te odio por lo que me haces sentir… —le confiesa, y las palabras salen rotas, violentas y absolutamente honestas.
Seraphina la mira con los ojos oscurecidos por el deseo y tira de su cuello hacia ella con urgencia.
—Bésame y cállate.
El beso explota entre las dos con una intensidad feroz. Nerissa la besa como si quisiera castigarla y salvarse al mismo tiempo. Sus dedos se hunden en la cintura de Seraphina mientras ella responde con desesperación, abriendo la boca y aferrándose a su americana como si temiera caer.
Todo desaparece alrededor. Solo queda el calor de su boca y esa sensación devastadora de volver a casa y precipitarse al vacío al mismo tiempo. Seraphina gime entre sus labios cuando Nerissa la aprieta más contra la pared. Durante unos segundos terribles, ninguna recuerda cómo detenerse.
Pero al final, se detienen un instante después, jadeando, con los labios hinchados y sus respiraciones entremezcladas. La frente de Seraphina descansa contra la suya y no tarda en mirarla con una sonrisa lasciva.
De lo que ninguna es consciente, es de que, a menos de diez metros, bajo uno de los apliques dorados del pasillo, está Adrian Beckett.
Inmóvil. Observándolas. La gabardina descansa sobre su brazo izquierdo y las llaves del coche brillan entre sus dedos.
No parece sorprendido. Ni escandalizado, de hecho.
Su mirada recorre lentamente la mano de Nerissa, todavía apoyada en la cintura de Seraphina, y luego sube hasta el rostro de la directora financiera.
Antes de marcharse, sin hacer el menor ruido, Adrian Beckett esboza una sonrisa, consciente de la nueva arma con la que podrá jugar.