Tan cerca de ti Capítulo 8
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Capítulo 8

Seraphina siente el corazón latiéndole con violencia en el pecho mientras recorre el pasillo del hotel.

Son las dos de la madrugada y cada paso que da le parece una traición más, pero también la única forma de no acabar hundidad.

La puerta de la habitación de Nerissa aparece ante ella como un refugio.

Llama con los nudillos, conteniendo la respiración, y cuando la hoja se abre, el mundo se reduce a la figura de la cirujana envuelta en la penumbra.

—Son las dos de la mañana —dice Nerissa con la voz rasposa por el sueño. Después, se cruza de brazos y le bloquea el paso con el cuerpo—. Vuelve a tu casa. No pienso ser tu salida de emergencia esta noche.

Seraphina se queda quieta bajo el peso de esa mirada, temblando no solo por el frío. Piensa en Elliot, en los niños, en la vida perfecta que ha construido con tanto esfuerzo y que ahora se le antoja una cárcel asfixiante.

—No puedo —responde, y su voz se quiebra en un susurro feroz. Da un paso adelante, invadiendo el espacio de Nerissa sin pedir permiso—. No puedo volver a esa cama, Nerissa. No puedo fingir ni un minuto más.

Los ojos de Nerissa se endurecen. Seraphina percibe la batalla interna en su mandíbula apretada, en la forma en que sus dedos se clavan en sus propios brazos.

Sabe que está harta: harta de las llamadas a medianoche, de ser el puerto seguro al que acude cuando el peso de su matrimonio se vuelve insoportable.

Y, sin embargo, ahí está ella, rota y desnuda de toda su armadura.

—Eres una egoísta —murmura Nerissa, bajando la voz para no llamar la atención de nadie más—. Vienes aquí cuando te conviene, te desmoronas en mis brazos y luego vuelves a tu vida perfecta como si yo no existiera. ¿Qué quieres de mí, Seraphina? ¿Que te recuerde que estás viva?

Seraphina siente las lágrimas quemándole los ojos, pero no las deja caer. En lugar de responder con palabras, acorta la distancia que las separa. Sus manos frías acunan el rostro de Nerissa, y la besa.

Nerissa suelta un gemido ahogado contra su boca y rápidamente, posa las manos en los hombros de Seraphina con intención de apartarla, pero la acción se debilita casi al instante.

Seraphina nota cómo el cuerpo de la cirujana tiembla contra el suyo, cómo su resistencia se agrieta, y pronto, Nerissa la rodea con los brazos y la atrae con fuerza casi violenta hacia el interior de la habitación.

El abrigo cae al suelo. Seraphina apenas registra el movimiento mientras Nerissa la empuja contra las sábanas blancas de la cama.

Siente las manos de Nerissa deslizándose por su cuerpo, firmes y expertas, desnudándola con una lentitud que se le antoja tortuosa.

El contraste entre la tela fría y el calor abrasador de la piel de Nerissa le arranca un suspiro entrecortado.

—Me estás volviendo loca —sisea Nerissa contra su oído, mientras sus labios rozan el lóbulo de su oreja—. Ahora, atrévete a decirme que me quieres lejos de ti.

Seraphina arquea la espalda, buscando más contacto. Sus ojos se encuentran en la penumbra, y lo que ve en los de Nerissa es un fuego oscuro, controlado a duras penas.

—No… —le suplica—. Tú… haz lo que quieras, pero no pares.

Nerissa sonríe, una curva lenta de los labios que promete tanto placer como tormento.

Se sitúa entre las piernas abiertas de Seraphina y sus dedos se cierran firmes alrededor de las delgadas muñecas de la directora, inmovilizándola sin esfuerzo.

La otra mano desciende con lentitud por su cuerpo, trazando caminos de fuego que dejan la piel erizada a su paso.

Seraphina arquea el cuello cuando los labios de Nerissa reparten besos por ahí, ofreciéndose sin vergüenza, mientras su respiración se vuelve errática y entrecortada.

Siente los dedos hábiles de Nerissa deslizarse por sus costados, delineando la curva de su cintura, bajando hasta las caderas y colándose con maestría hasta hacer desaparecer cada prenda.

Seraphina se siente completamente expuesta bajo esa mirada y, al mismo tiempo, más viva y deseada de lo que se ha sentido en años. Cuando los dedos de Nerissa rozan por fin su intimidad empapada, separando con suavidad los labios hinchados, un gemido alto y roto escapa de su garganta.

Nerissa lo ahoga al instante con un beso profundo y posesivo, introduciendo la lengua al mismo ritmo que su dedo se hunde lentamente en ella.

—Después de todo lo que me has hecho esperar, parece que eres tú quien estaba más ansiosa… —le susurra Nerissa.

Seraphina no puede responder. Solo puede sentir. Nerissa se mueve dentro de ella, explorando cada pliegue, cada rincón sensible. Introduce un segundo dedo, estirándola, llenándola, y comienza a moverse en un ritmo lento y profundo.

La fricción es exquisita, casi insoportable.

Seraphina separa más las piernas, abriéndose por completo, y enreda los dedos de una mano —ahora liberada— en el pelo de Nerissa cuando esta baja la cabeza para besar y morder su abdomen.

La lengua de Nerissa traza líneas de fuego sobre su piel, descendiendo peligrosamente cerca de donde sus dedos continúan penetrándola.

El placer crece en oleadas lentas y tortuosas. Nerissa controla cada segundo, ralentizando el movimiento de sus dedos cada vez que Seraphina se acerca peligrosamente al borde del orgasmo.

—Nerissa… por favor… —jadea Seraphina, con las caderas moviéndose contra su voluntad.

—Todavía no —susurra Nerissa contra su vientre, mordiéndole la piel justo encima del hueso de la cadera—. Quiero oírte suplicar un poco más.

Retira los dedos casi por completo, dejando solo las yemas rozando su entrada empapada, y frota le frota el clítoris hinchado.

Seraphina gime frustrada, sintiendo cómo su propio sexo palpita, cómo los fluidos resbalan por sus muslos.

Nerissa vuelve a penetrarla de golpe con los dos dedos, más profundo esta vez, y su boca atrapa su coño para devorarlo sin piedad.

Seraphina se arquea, con los talones clavándose en el colchón. Siente el calor acumulándose en su bajo vientre, el pulso frenético en su clítoris, la presión insoportable que crece y crece.

—Así… déjate ir. Córrete en mi boca —gruñe Nerissa apartándose un segundo antes de volverla a lamer.

El orgasmo golpea a Seraphina y arquea la espalda, chorreando en la boca de la cirujana. Un grito ronco y gutural escapa de su garganta mientras pronuncia el nombre de Nerissa como una plegaria desesperada.

Cuando los espasmos finalmente comienzan a remitir, Nerissa retira los dedos, arrancando un último gemido tembloroso de Seraphina, al dejar una última lamida con la lengua. Una última lamida que, en realidad… empieza un nuevo juego de poder.

Nerissa lame con devoción, recogiendo cada gota de su placer, succionando suavemente el clítoris hinchado y penetrándola de nuevo con la lengua.

—Joder… es… demasiado… —solloza Seraphina, enredando los dedos en su pelo, sin saber si quiere apartarla o apretarla más contra ella.

Pero Nerissa es implacable, y cuando llega a un segundo orgasmo, Seraphina grita sin contención, con el cuerpo convulsionando mientras se corre con fuerza contra la boca de Nerissa, inundándola con su placer.

Solo entonces Nerissa sube por su cuerpo, cubriéndola con su calor, y la rodea con los brazos.

Seraphina se derrumba contra su pecho, temblando, exhausta y con la mente en blanco, sintiendo aún los ecos de los orgasmos latiendo entre sus piernas.

En ese momento, envuelta en los brazos de Nerissa, solo existe el latido compartido de sus corazones y la certeza aterradora de que nunca se ha sentido tan expuesta, tan poseída… ni tan viva.

Seraphina hunde el rostro en el cuello de la cirujana, inhalando su aroma.

Su cuerpo aún vibra con los restos del placer, pero en su mente comienzan a filtrarse pensamientos más oscuros.

Sin embargo, en este instante, envuelta en el calor de Nerissa, solo puede sentir alivio. Una paz frágil y peligrosa.

—Quédate esta noche —susurra Nerissa contra su boca.

Seraphina cierra los ojos, sabiendo que mañana tendrá que enfrentarse a las consecuencias, pero en este momento, solo quiere seguir viva entre sus brazos.

Mañana será otro día. Esta noche, pertenece a Nerissa.