Tan cerca de ti Capítulo 7
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Capítulo 7

El domingo por la tarde se derrama sobre la residencia Chapman con una calma que casi resulta ofensiva.

El cielo de Mánchester concede por fin una tregua luminosa que baña el jardín con reflejos dorados y un aroma fresco a césped mojado.

La música flota desde los altavoces exteriores, entremezclándose con las risas ocasionales de los vecinos y el chisporroteo rítmico de la barbacoa.

Elliot maneja las parrillas con una cerveza en la mano y una paciencia sorprendentemente doméstica para un hombre que acostumbra a negociar millones frente a consejos de administración.

Todo aparenta ser perfecto. La mesa larga, vestida con manteles claros, brilla bajo el sol de la tarde.

Las copas de cristal captan la luz y la devuelven en destellos.

Ivy corre por el césped con las zapatillas manchadas de hierba, persiguiendo una pelota demasiado grande para sus pequeñas piernas.

Oliver, sentado en el borde de la terraza, observa la escena con esa serenidad que siempre lo ha caracterizado a pesar de su edad.

La imagen completa podría formar parte de una campaña publicitaria sobre la felicidad familiar.

Y, sin embargo, Seraphina Champan siente que se ahoga dentro de ella.

—Phina, cariño, ¿puedes traer otra bandeja? —pregunta Elliot desde la barbacoa, levantando la voz lo justo para hacerse oír por encima del crepitar de la carne—. Stefan ha decidido que quiere acabar con todo.

Las carcajadas se elevan alrededor del jardín. Seraphina esboza una sonrisa automática, de esas que ya le salen sin esfuerzo.

—Eso explica por qué está tan callado —responde ella, mientras recoge varios platos vacíos.

Stefan, acomodado en una de las tumbonas, alza su copa con gesto teatral.

—Estoy siendo profundamente ofendido en una casa que ni siquiera es la mía —protesta su vecino con humor.

—Y aun así sigues viniendo —replica Elliot, dándole la vuelta a unas costillas.

La conversación fluye entre bromas mientras Seraphina se dirige hacia la cocina exterior.

Por dentro, un agotamiento emocional le pesa en cada respiración.

Desde la discusión con Nerissa en el pasillo de los archivos clínicos, no ha logrado recuperar el equilibrio.

La frase de Nerissa sigue clavada bajo sus costillas: «Ella, al menos, sí se atrevía a tomarme de la mano en público».

Sabe exactamente por qué le duele. Porque Nerissa ha amado a otras mujeres de forma visible, libre y real.

Y ella, en cambio, no ha hecho más que reducir su historia a habitaciones secretas y huidas apresuradas.

La culpa le oprime cuando ve a Ivy correr hacia ella.

—¡Mamá, mira el dibujo que he hecho! —exclama la niña, jadeante y con las mejillas sonrosadas por el calor. Varios mechones se le pegan a la frente sudorosa.

Ivy deja un papel arrugado sobre su regazo y trepa parcialmente a la silla, buscando cercanía.

Seraphina baja la mirada hacia el dibujo.

Allí están los cuatro —ella, Elliot, Oliver e Ivy— bajo un sol enorme, con una casa desproporcionada y sonrisas torcidas trazadas con rotulador. Una familia perfecta.

Siente un pinchazo agudo en el centro del pecho.

—Es precioso, cariño —murmura Seraphina, acariciando el pelo de su hija con lentitud mientras fuerza una sonrisa que comienza a dolerle en los músculos de la cara.

—Papá me ha ayudado, pero dibuja fatal los perros —añade Ivy con seriedad.

—Eso es objetivamente cierto —confirma Seraphina, y la niña ríe encantada.

Ivy empieza a contarle una historia atropellada sobre cómo Elliot había confundido un caballo con un perro durante el dibujo.

Seraphina asiente, intenta escuchar de verdad, pero el teléfono vibra en el bolsillo de su pantalón y todo su cuerpo se tensa de inmediato.

Es un reflejo brutal. La esperanza le sube por la garganta antes de que pueda razonar.

Nerissa. Tiene que ser ella. O quizá no.

La necesidad de comprobarlo le quema bajo la piel.

Joder, Seraphina odia esa dependencia, esa ansiedad adolescente que no logra controlar.

Se gira discretamente, ofreciendo la espalda parcial al jardín, y saca el móvil apenas un segundo, pero lo que ve, es un correo corporativo. Nada más. Ni rastro de Nerissa. El vacío que sigue es ridículo y devastador a partes iguales.

Al levantar la vista, se encuentra con la mirada de Oliver. El niño sostiene una lata de refresco entre las manos y la observa desde la terraza con una seriedad que le provoca un escalofrío. Oliver siempre ha visto demasiado.

—¿Pasa algo en el trabajo, mamá? —le pregunta su hijo.

Seraphina guarda el teléfono con demasiada prisa.

—No, cielo. Solo… un balance pendiente de las clínicas.

Oliver baja lentamente la mirada hacia el bolsillo donde ella acaba de esconder el aparato.

Normalmente Oliver habría sonreído, pero esta vez se limita a mirarla. Seraphina tiene la sensación insoportable de estar siendo examinada por alguien incapaz de tragarse las mentiras que le está contando.

—Es que a veces miras el teléfono como si tuvieras miedo —susurra el niño antes de dar media vuelta y regresar al jardín.

El efecto de esas palabras resulta devastador.

Seraphina se queda inmóvil junto a la encimera, con las manos heladas.

No es Elliot quien empieza a notar las grietas.

Son sus propios hijos. Esa realización le provoca un pánico auténtico.

Se apoya unos segundos sobre el mármol, intentando respirar con normalidad mientras las voces del jardín llegan amortiguadas.

Elliot ríe con Stefan. Ivy corre detrás de la pelota.

La vida sigue su curso, perfecta en apariencia. Y ella la está destruyendo desde dentro.

La tarde se alarga con lentitud hasta convertirse en noche.

Las luces cálidas del jardín reemplazan al sol y la temperatura desciende.

Los invitados comienzan a despedirse entre abrazos.

Seraphina mantiene la sonrisa hasta el último instante, hasta el último gesto, y cuando la puerta principal se cierra por fin detrás de ella y la casa queda en silencio, el agotamiento cae sobre ella.

—Yo llevo a Ivy arriba —comenta Elliot mientras recoge los vasos—. Está medio dormida.

—Gracias —responde ella.

Él le dedica una sonrisa, cargada de cariño, antes de desaparecer escaleras arriba con la niña apoyada contra su hombro.

Seraphina observa la escena desde la cocina y siente una mezcla insoportable de ternura y culpa.

Aquello debería bastarle: esa vida, ese hombre, esos niños.

Todo el mundo mataría por tener lo que ella posee.

Entonces, ¿por qué persiste en su corazón este vacío que lo devora todo?

Sube al dormitorio veinte minutos más tarde, después de comprobar que Oliver también se ha acostado.

La casa está en calma. El dormitorio principal está en penumbra, iluminado apenas por las lámparas cálidas de las mesillas.

Seraphina entra en el baño privado y comienza a desmaquillarse frente al espejo.

Se observa unos segundos: perfectamente peinada, elegante y profundamente infeliz.

El recuerdo de Nerissa regresa sin permiso, junto a la presión de sus dedos alrededor de su muñeca. «No me posees.» Cierra los ojos con fuerza. No puede seguir así, pero tampoco sabe cómo detenerlo.

Segundos después, Elliot aparece reflejado en el espejo, todavía desabrochándose la camisa.

Lleva el pelo algo despeinado y esa expresión relajada de quien considera que el día ha sido un éxito.

Se acerca hasta quedar a su espalda. Sus manos cálidas se posan en la cintura de su mujer con naturalidad.

Antes, ese gesto le transmitía seguridad.

Ahora, todo su cuerpo se pone rígido de forma instintiva.

Elliot le besa el cuello.

—Los niños se han quedado dormidos enseguida —murmura contra su piel.

Seraphina intenta controlar la respiración.

—Estaban agotados —le responde.

—Hacía tiempo que no teníamos un domingo tan bueno, Phina —añade él con tono afectuoso, lo que la rompe por dentro—. Te he echado de menos esta semana.

Las manos de Elliot recorren apenas unos centímetros sobre su cintura, buscando cercanía, cariño, conexión. Nada agresivo. Nada exigente. Pero su cuerpo la traiciona antes incluso de que decida qué hacer.

Elliot lo nota al instante. Siempre ha sabido leerla demasiado bien.

—Estoy agotada, Elliot. De verdad. Entre la barbacoa, los vecinos y todo lo de la clínica… me estalla la cabeza.

Él se queda quieto unos segundos detrás de ella.

Después la suelta despacio. El silencio que sigue es espeso y doloroso.

Cuando Seraphina levanta la vista hacia el espejo, lo encuentra observándola desde unos pasos atrás.

La expresión de Elliot ha cambiado. Ya no parece relajado.

Parece herido, y eso le provoca una punzada brutal de culpa.

—No te duele la cabeza —declara él, sin mostrar enfado. Mucho peor así—. Llevas meses así.

Ella aparta la mirada hacia el lavabo.

—Solo estoy cansada.

—No —responde Elliot—. Estás lejos.

La frase le aprieta a Seraphina la garganta.

—Eso no es justo —protesta débilmente.

—¿No? —Él se acerca un poco más, aunque mantiene una distancia prudente, como si temiera presionarla—.

Estás aquí. Cenas conmigo, llevas a los niños al colegio, hablamos de presupuestos y de vacaciones…

pero no estás realmente presente. Es como si hubiera una pared de cristal entre las dos mitades de esta habitación y yo me hubiese quedado al otro lado.

El pecho de Seraphina duele. No puede negar nada. Elliot tiene razón.

—Siento que te estoy perdiendo —continúa él, con la devastación contenida en cada palabra—. Y ni siquiera sé qué es lo que te está alejando de mí.

Seraphina clava la mirada en sus propias manos, incapaz de sostener la de él. Ninguno habla durante varios segundos. Ambos esperan, conscientes de que una verdad terrible flota en el dormitorio y ninguno está preparado para pronunciarla.

—Elliot… —empieza ella, pero no sabe cómo continuar. Cualquier respuesta sería una mentira. Y la verdad lo destruiría todo.

Él se pasa una mano por el rostro. Por primera vez en mucho tiempo, no parece el abogado impecable que domina las salas de juntas. Solo es un hombre agotado que intenta comprender por qué la mujer que ama se aleja de él centímetro a centímetro.

—Si he hecho algo, necesito que me lo digas.

Seraphina siente las lágrimas amenazar detrás de los párpados.

—No has hecho nada.

Y esa es precisamente la tragedia. Elliot asiente despacio, aunque la respuesta no le basta.

—Entonces no sé cómo ayudarte.

La sinceridad de esa frase termina de romper algo dentro de ella.

Porque tampoco sabe cómo ayudarse ya. Mientras Elliot permanece frente a ella con el corazón abierto y la tristeza visible en el rostro, Seraphina tiene un pensamiento horrible: desea que el teléfono vibre.

Desea que sea Nerissa. Y en el instante exacto en que lo reconoce, comprende con auténtico terror que quizá ya ha cruzado un límite imposible de deshacer.

—Lo haré mejor a partir de ahora. Te lo prometo —miente Seraphina.

Porque últimamente, es lo único que sabe hacer.