Tan cerca de ti Capítulo 6
27%

Capítulo 6

La sala de juntas de la planta ejecutiva siempre le ha parecido diseñada para intimidar.

No solo por el tamaño imponente ni el lujo sobrio que desprenden sus acabados —el roble oscuro de la mesa alargada, las pantallas empotradas en las paredes de cristal o la vista panorámica de Mánchester—, sino por la atmósfera emocional que impregna cada rincón.

Ese espacio parece calculado para reducir a las personas a meras cifras, contratos y decisiones estratégicas.

Los errores se pagan en millones y las emociones, simplemente, no tienen cabida.

Por eso resulta casi irónico que, nada más cruzar la puerta, Nerissa Ashcombe sienta el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, como si el propio cuerpo decidiera traicionarla en el peor momento posible.

La reunión aún no ha comenzado. Directivos, abogados y miembros de la junta conversan en pequeños grupos dispersos por la sala, mientras los asistentes reparten café y diferentes documentos. El aire huele a perfume de marca, y a esa tensión corporativa tan particular, espesa y casi eléctrica.

Y en mitad de todo ello está Seraphina Chapman.

Sentada a la derecha de Helena Whitmore, revisa unos documentos con una expresión perfectamente neutra.

El maquillaje disimula las ojeras, pero no logra ocultarlas por completo.

Nerissa percibe el agotamiento en la rigidez excesiva de sus hombros y en el modo meticuloso, casi obsesivo, con el que desliza el dedo por el papel.

Nerissa recuerda con dolorosa nitidez la última mirada que Seraphina le dirigió antes de despedirse en el aparcamiento.

Y, sin embargo, ahí sigue. Perfecta. Intocable.

Como si no hubiera pasado los últimos días besando a otra mujer en despachos cerrados para después regresar a casa y dormir junto a su marido.

La contradicción provoca en Nerissa un cansancio profundo, casi físico, que no sabe cuánto podrá soportar.

—Doctora Ashcombe —saluda Helena Whitmore.

La presidenta del grupo sanitario permanece de pie al frente de la mesa, con esa elegancia glacial que convierte cualquier conversación en una negociación. Nerissa inclina ligeramente la cabeza y avanza hacia el asiento que le indican al final de la mesa, consciente de cada paso que da.

—Gracias por venir con tan poca antelación —añade Helena.

—No iba a perderme una reunión sobre un presupuesto de esta magnitud —responde Nerissa mientras toma asiento y cruza las piernas.

Percibe el leve movimiento de Seraphina al levantar la vista hacia ella. Solo dura un segundo, pero le basta. Nerissa aparta la mirada de inmediato. Necesita control. Absoluto. No puede permitirse que sus pensamientos la traicionen en ese momento.

Helena espera a que todos ocupen sus puestos antes de comenzar oficialmente la reunión.

—Bien. Como todos saben, el objetivo prioritario de este trimestre es blindar la fusión con el consorcio de medicina deportiva del norte. La competencia londinense lleva meses intentando absorber nuestras clínicas de alto rendimiento y no pienso permitirlo.

Las pantallas proyectan gráficos financieros, porcentajes de inversión y detallados planes de expansión internacional.

Nerissa apenas les presta atención; lleva semanas inmersa en aquellas cifras.

Lo único verdaderamente importante para ella se encuentra sentada a varios metros de distancia, fingiendo no mirarla, aunque ambas saben que es imposible.

—Como Directora Financiera, la señora Chapman ya ha dado el visto bueno a la partida presupuestaria —continúa Helena, entrelazando las manos sobre la mesa con deliberada calma—.

Así que, doctora Ashcombe, la oferta para la jefatura absoluta del nuevo Departamento de Traumatología de Élite está oficialmente sobre la mesa.

Un asistente desliza una carpeta electrónica hacia Nerissa. Esta la abre, aunque su mente vuela muy lejos de los documentos.

—Londres ha estado tentando su contrato —prosigue Helena—, pero este grupo no va a permitir que Mánchester pierda a su cirujana estrella.

Además del puesto directivo, el consejo aprueba un paquete significativo de acciones del grupo sanitario y autonomía total sobre el nuevo centro de rendimiento deportivo.

Nerissa levanta la vista, y sus ojos se encuentran directamente con los de Seraphina.

Detrás de su expresión controlada hay algo insoportablemente vulnerable, casi personal.

Como si el contrato no fuera solo una cuestión financiera, sino también una forma de atarse, de quedarse, de permanecer cerca una y otra vez.

—Mánchester tiene ciertos incentivos que podrían retenerme aquí. Es cierto.

La frase suena profesional, pero ambas saben perfectamente cómo impacta al otro lado de la mesa. Nerissa capta el mínimo endurecimiento de la mandíbula de Seraphina y el leve descenso en su respiración.

—Acepto las condiciones —añade poco después.

Helena sonríe satisfecha.

—Excelente decisión.

Los abogados comienzan a mover documentos mientras Seraphina autoriza formalmente la operación desde su terminal.

Nerissa observa el movimiento elegante de sus dedos sobre la pantalla y siente una punzada absurda al pensar que esa mujer acaba de firmar un contrato que las condena a coexistir aún más cerca.

Una ironía que, en realidad, resulta agotadora.

—Si les parece bien, continuaremos con el calendario de transición —propone Helena.

Nerissa activa su presentación. Su voz recupera de inmediato el tono clínico y seguro que utiliza en quirófano: preciso, frío, dominante.

Habla de protocolos de recuperación avanzada, de tecnología biomecánica de última generación y de los acuerdos alcanzados con varios clubes de la Premier League, mientras las estadísticas médicas se proyectan en las pantallas.

Sin embargo, en mitad de cada explicación, siente la presencia de Seraphina como una presión constante bajo la piel, un recordatorio vivo de esa realidad que no puede tocar con sus propias manos. Cada gesto, cada respiración de la otra mujer, le resulta ensordecedor.

—La integración de los equipos fisioterapéuticos deberá completarse antes del inicio de temporada —explica—. Cualquier retraso comprometería los contratos de rendimiento con los jugadores internacionales.

—¿Y el margen de riesgo? —interviene uno de los inversores.

—Mínimo —responde Nerissa, cruzando entrelazando los dedos sobre la mesa—. Siempre que el presupuesto aprobado por la Dirección Financiera mantenga los recursos prometidos.

El comentario provoca algunas miradas automáticas hacia Seraphina. Ella levanta la vista lentamente.

—Tranquila, cumpliremos con todos nuestros compromisos, doctora Ashcombe —afirma Seraphina.

El uso deliberado del apellido provoca un escalofrío instantáneo en Nerissa. En boca de Seraphina, «doctora Ashcombe» no suena nada profesional; de hecho, le encantaría ver cómo lo dice mientras se la está follando a cuatro patas. Nerissa siente el calor subirle por la espalda.

—Me alegra oírlo, señora Chapman —replica ella, dejando que las palabras floten unos segundos más de la cuenta.

Nadie parece notarlo. O eso espera.

La puerta de cristal se abre en ese momento y Helena gira ligeramente la cabeza.

—Llegas en el momento perfecto.

Varias personas entran acompañadas por sus asistentes legales. Nerissa reconoce de inmediato el logotipo de Mercer & Associates en las carpetas. Y se hiela en el asiento al ver entrar a Daphne.

El impacto le atraviesa el pecho con una incomodidad inmediata y visceral.

Daphne Mercer entra con la misma elegancia impecable que recuerda: traje gris oscuro, pelo rubio y suelto y esa seguridad tranquila que siempre transmitía, incluso en los peores momentos.

Nerissa siente cómo su cuerpo se tensa de forma involuntaria.

No tenía ni idea de que ella lideraría la consultoría de la fusión.

«Mierda», piensa, mientras intenta mantener la compostura.

—Para los que todavía no la conocen, les presento a Daphne Mercer —anuncia Helena—. Será la auditora jefa encargada de supervisar la transición operativa entre las clínicas deportivas.

Daphne recorre la sala saludando con profesionalidad hasta llegar junto a Nerissa. Entonces ocurre ese pequeño desastre con palabras inexistentes. Daphne sonríe apenas al verla, una sonrisa familiar, demasiado íntima para ojos ajenos. Y también, atentos.

—Doctora Ashcombe —saluda Daphne, apoyando la mano en su hombro un segundo de más.

Nerissa siente de inmediato otra mirada clavándose en ella desde el otro lado de la mesa.

—Daphne —responde ella, manteniendo un tono frío y distante.

Daphne toma asiento cerca de Helena y la reunión continúa.

Profesional, y medida al milímetro. Como si semanas atrás no hubiera estado viviendo en el apartamento de Nerissa, dejando libros sobre fotografía médica en la encimera y durmiendo con una de sus camisetas.

La culpa golpea a Nerissa de forma inesperada.

Daphne nunca mereció cómo terminaron las cosas.

El resto de la reunión se convierte en un ejercicio agotador de autocontrol.

Cada intervención de Daphne sobre las auditorías clínicas aumenta la tensión alrededor de la mesa.

Cada vez que Seraphina mira en su dirección, sus ojos reflejan algo distinto.

Nerissa empieza a comprenderlo con claridad.

Está celosa. Y esa realidad le provoca un breve destello de satisfacción antes de que el cansancio moral la invada por completo.

Una pequeña victoria que no tiene ningún sentido.

Como tampoco tiene derecho a disfrutarlo. No después de lo ocurrido.

El receso llega una hora más tarde. Directivos y asistentes abandonan parcialmente la sala, y el área de la cafetería de la planta ejecutiva se llena de conversaciones cruzadas. Nerissa permanece junto a una de las ventanas, revisando unos informes, cuando escucha la voz de Daphne a su espalda.

—No sabía que volverías oficialmente.

Nerissa gira lentamente. Daphne sostiene una taza de café entre las manos.

—Yo tampoco sabía que Mercer & Associates había conseguido el contrato —contesta Nerissa, intentando sonreír sin conseguirlo.

—El mundo es pequeño.

Nerissa deja escapar una exhalación.

—Mánchester lo es.

Daphne sostiene su mirada durante unos segundos que parecen eternos.

—Pareces cansada.

—Ha sido una semana larga —admite Nerissa, encogiéndose de hombros mientras aparta la vista hacia la ventana.

—Ya veo.

Entre ellas flotan demasiadas cosas no dichas. La infidelidad que lo rompió todo y la ruptura devastadora que tuvieron hace casi dos meses. Nerissa no encuentra las palabras adecuadas para continuar con la conversación. Pero, por suerte, alguien la salva.

—Daphne, ¿puedes revisar conmigo el cronograma de la auditoría? —interviene uno de los ejecutivos financieros, acercándose con una carpeta abierta.

—Claro —responde Daphne. Antes de marcharse, mira brevemente a Nerissa—. Me alegro de que estés bien.

La frase le deja un sabor amargo en su garganta. Porque en realidad no lo está. Y probablemente Daphne siempre ha sido demasiado inteligente para no darse cuenta.

Minutos después, Nerissa se dirige hacia el pasillo de archivos clínicos en busca de un momento de silencio. Aunque no lo consigue.

—¿Una aventura de unas semanas? Eso fue lo que me dijiste que era —la voz de Seraphina surge cortante a su espalda—. Pero a mí no me lo ha parecido en absoluto.

Nerissa se gira lentamente. Allí está: rígida, hermosa y furiosa. Sus ojos claros cargan una emoción mucho más intensa de lo que debería existir entre ellas en ese contexto profesional.

—Vivías con ella ¿verdad? —continúa Seraphina—. Ha bastado esta reunión para averiguarlo.

Nerissa la observa en durante unos segundos. Algo dentro de ella se endurece, porque ese reproche es totalmente injusto. Da un paso adelante, invadiendo deliberadamente su espacio personal. Seraphina retrocede hasta chocar contra las estanterías metálicas de los archivos.

—Daphne era real, Seraphina —murmura Nerissa—. Estaba ahí, en mi cama, de día y de noche. No era un fantasma que me llamaba a escondidas desde el coche.

El golpe impacta exactamente donde pretende. Lo ve en el mínimo temblor que atraviesa la expresión de Seraphina.

—Y la dejé —prosigue Nerissa, acercándose aún más—. La destrocé porque no podía dejar de pensar en ti.

La respiración de Seraphina se acelera.

—No tienes derecho a enfadarte conmigo por eso —replica la mujer, aunque su voz flaquea visiblemente.

—¿Ah, no? —Nerissa levanta una ceja—. ¿Te parece mal que me sintiera así cuando volvías a casa con tu marido?

La palabra «marido» cae entre ellas como si hubiera dicho algo sucio. Seraphina aprieta la mandíbula con fuerza.

—Esto es diferente…

Nerissa suelta una risa breve e incrédula.

—Claro. Porque tus sentimientos siempre son especiales y los míos solo inconvenientes logísticos.

—No es eso —protesta Seraphina, negando con la cabeza mientras sus ojos brillan.

—Entonces explícamelo —exige Nerissa, dando otro paso. Ahora apenas las separa el espacio suficiente para respirar. El olor de Seraphina, la golpea con intensidad insoportable—. Te vuelve loca verla cerca de mí porque te recuerda algo muy simple: que no me posees.

Seraphina traga saliva. La furia empieza a mezclarse en su interior.

—No estoy intentando poseerte —susurra.

—¿No? —Nerissa atrapa su muñeca—. Porque ahora mismo parece que estés celosa.

El pulso de Seraphina late violentamente bajo sus dedos.

—Suéltame —le pide, aunque no hace ningún movimiento real para liberarse.

—Acostúmbrate a verla, Directora Chapman. Daphne forma parte del proyecto. Va a estar aquí constantemente.

Seraphina levanta la vista hacia ella con una mezcla devastadora de rabia y vulnerabilidad. Y por eso, Nerissa decide rematar el golpe.

—Ella, al menos, sí se atrevía a tomarme de la mano en público.

El silencio posterior resulta brutal. Seraphina se queda inmóvil, herida en lo más profundo. Y eso debería hacer sentir mejor a Nerissa. Pero no ocurre. Porque debajo de toda esa rabia sigue existiendo algo mucho peor: la necesidad enfermiza de acercarse, de besarla hasta que deje de mirarla así.