Tan cerca de ti Capítulo 5
23%

Capítulo 5

La noche se extiende sobre los jardines de la residencia Chapman con una quietud elegante.

Un viento suave agita las copas de los robles, y sus hojas susurran secretos que nadie se atreve a pronunciar.

Dentro, las luces cálidas de las lámparas de araña bañan el comedor con un resplandor dorado que se refleja en la plata y en las copas de cristal dispuestas para la cena.

Seraphina Chapman termina de colocar la última copa sobre la mesa, y el leve tintineo del vidrio contra el mantel resuena en el silencio de la casa.

Todo está impecable. Exactamente como debe ser.

Durante años, Seraphina ha encontrado en su hogar un refugio lejos del bullicio corporativo, de las juntas, de las cámaras y los titulares que siempre acompañaban al apellido Chapman.

Pero ahora, mientras ajusta por enésima vez un cubierto que ya se encontraba perfecto, vuelve a sentir cómo las paredes se estrechan a su alrededor, oprimiéndole el pecho con una presión sorda y constante.

Hace menos de setenta y dos horas estaba encerrada en el aseo privado de su despacho, con las manos de Nerissa sujetándole la cintura como si el mundo entero pudiera desmoronarse en cualquier momento.

Y ahora está aquí, preparando una cena de negocios junto a su perfecto marido.

La disociación le provoca un vértigo que le obliga a apoyarse un instante en el borde de la mesa, y después, respira hondo, intentando recuperar el control.

—Mamá, Ivy me ha quitado el mando —protesta Oliver irrumpiendo en el comedor con el rostro enrojecido por la indignación. Sus zapatillas deportivas chirrían levemente sobre el parquet.

—Porque tú estabas viendo documentales aburridísimos —replica Ivy, apareciendo justo detrás de él con los brazos cruzados y una expresión de superioridad que solo una niña de seis años puede lograr.

Seraphina se obliga a esbozar una sonrisa cálida, aunque por dentro sigue sintiendo ese torbellino constante que tiene nombre y apellido. Se agacha para quedar a la altura de sus hijos y les revuelve el pelo.

—Oliver, cariño, tienes nueve años. No puedes monopolizar la televisión con programas sobre submarinos —le dice Seraphina con paciencia.

—Pero era interesante, mamá —insiste el niño, mirándola con esos ojos grandes y sinceros que tanto le recuerdan a Elliot.

—No lo era para nada —sentencia Ivy, cruzándose de brazos con más fuerza—. Yo quiero ver los dibujos.

La discusión infantil arranca una risa breve y genuina de los labios de Seraphina.

Durante un segundo fugaz, casi peligroso, el peso que le aplasta el pecho desde la gala parece aligerarse.

Es como si, por un momento, pudiera volver a ser simplemente una madre atendiendo a sus hijos en una noche cualquiera.

En ese preciso instante, Elliot entra en el comedor terminando de ajustarse los gemelos de plata de su camisa blanca. Su presencia llena la estancia con esa seguridad que siempre ha caracterizado al hombre con el que se casó hace más de una década.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta Elliot esbozando una sonrisa mientras arquea una ceja observando la escena.

—Oliver quiere traumatizar a su hermana con documentales sobre submarinos —explica Seraphina, incorporándose con elegancia.

—Es una historia interesante —protesta Oliver de nuevo.

—Seguro que sí —responde Elliot con humor, guiñándole un ojo a su hijo—. Pero la tele en el salón, se ha terminado por hoy —aclara, y después se acerca y despeina suavemente el pelo castaño del niño antes de coger en brazos a Ivy, que protesta entre risas.

Seraphina los observa desde unos pasos de distancia.

La escena es doméstica, tan llena de un calor cotidiano, que le duele en lo más profundo.

Quiere a ese hombre. Quizá no con la pasión arrebatadora que siente por Nerissa, pero sí con un cariño profundo y real.

Elliot es un buen padre, un compañero leal, alguien que jamás le ha hecho daño a propósito.

Y ella, sin embargo, está empezando a desmoronar todo con sus propias manos.

El pensamiento le provoca una punzada aguda de culpa que le sube por la garganta.

—Los Beckett llegarán en diez minutos —anuncia Elliot mientras deja a Ivy en el suelo con cuidado—. ¿Está todo listo, cariño?

Seraphina asiente, aunque por dentro siente que nada lo está.

—Sí.

Él se acerca entonces y le coloca una mano en la cintura con naturalidad, un gesto habitual después de tantos años.

El contacto, sin embargo, hace que el cuerpo de Seraphina se tense de forma involuntaria.

Durante un segundo, su mente traicionera evoca otras manos, más exigentes y ardientes, presionando exactamente el mismo lugar.

El terror ante su propia reacción le recorre la espalda.

Pero Elliot no parece notarlo. Se inclina y murmura cerca de su oído:

—Estás preciosa esta noche.

Seraphina fuerza una sonrisa y le recoloca la corbata.

—Tú también estás muy guapo.

Él le sonríe y le besa la frente con ternura antes de alejarse hacia el salón.

La culpa casi la ahoga. Seraphina se queda inmóvil unos segundos, contemplando cómo Oliver persigue a Ivy por el pasillo entre risas mientras Elliot les amenaza en broma si rompen algo antes de que lleguen los invitados.

Esa escena debería transmitirle paz. En cambio, siente que está observando la vida de otra mujer: una vida perfecta, ordenada, construida sobre capas y capas de silencios y secretos cuidadosamente guardados.

El timbre suena exactamente a las siete y media.

Adrian Beckett entra con la seguridad elegante de quien está acostumbrado a dominar cualquier espacio, incluso los más íntimos.

Alto, impecablemente vestido con un traje oscuro que resalta su figura atlética, estrecha la mano de Elliot con firmeza mientras su esposa, Claire, saluda a Seraphina con esa cordialidad refinada y algo distante que caracteriza a las mujeres de su círculo.

—Qué noche más fresca se ha quedado —comenta Claire mientras se quita el abrigo de cachemir y se lo entrega—. Me encanta cómo el viento sisea entre los árboles.

—Es Mánchester intentando mantener su reputación —responde Seraphina, esbozando una sonrisa educada—. A mí también me encanta.

La cena comienza de forma impecablemente civilizada.

Las conversaciones fluyen entre política, inversiones internacionales y los habituales comentarios sobre colegios privados y próximas vacaciones familiares.

Seraphina se mueve entre la cocina y el comedor, rellenando las copas, supervisando los platos y manteniendo esa elegancia fría que tanto admiran en los círculos empresariales.

Pero por dentro se siente agotada, al borde del colapso.

Cada vez que se detiene más de cinco segundos, regresa a una imagen que le gustaría estar repitiendo.

A la respiración agitada de Nerissa, sus palabras susurradas.

«Solo dime que puedes volver a casa con Elliot, besarle y fingir que esto no existe».

Pero el problema es que ya no puede fingir.

Y esa incapacidad empieza a filtrarse en los detalles más pequeños.

Porque a Seraphina le tiembla ligeramente la mano al servir el vino. Pierde el hilo de una conversación durante unos instantes. Y se sorprende mirando fijamente un punto de la mesa mientras Elliot habla.

—El bufete lleva semanas revisando los últimos flecos del contrato con el fondo de inversión de la Premier —comenta Elliot mientras corta el asado—.

Es una jugada maestra. Si el grupo absorbe las clínicas de alto rendimiento, monopolizarán la traumatología deportiva en todo el norte.

Y tienen el caballo ganador para convencer a los inversores: la doctora Ashcombe.

Seraphina no mueve un solo músculo. Ni siquiera pestañea. Pero siente cómo el pulso se le desboca violentamente bajo la piel.

—Dicen que continúa haciendo milagros en las rodillas de la mitad de los delanteros de Europa —continúa Elliot con admiración sincera, ajeno por completo a la tormenta interior de su esposa.

Seraphina sostiene la copa de Pinot Noir a un milímetro de los labios, intentando ganar tiempo.

—Es una cirujana excelente, desde luego —responde ella, fingiendo total normalidad. Tanto que hasta ella misma se sorprende—. Su departamento es el activo más sólido de la fusión —añade.

—Excelente se queda corto, cielo —replica Elliot sonriendo mientras bebe un sorbo de vino—. Helena me confesó que retener a Ashcombe en Mánchester y que ya no se vaya es la prioridad. Tiene una reputación impecable.

A Seraphina se le congela la sangre, mientras Adrian deja escapar una risa breve y controlada.

—Las estrellas médicas siempre generan dinero. El talento vende muy bien en los consejos de administración.

—Y Nerissa tiene muchísimo —prosigue Elliot, ajeno al efecto que sus palabras provocan—. Aunque supongo que lidiar con genios de esa categoría en el plano financiero debe de ser un dolor de cabeza, ¿no, Phina? Las personas con tanto talento suelen creerse por encima de las normas.

Seraphina siente el sabor de la ansiedad en la boca. Sabe perfectamente lo peligrosa que puede llegar a ser Nerissa cuando decide ignorar las reglas. Todavía puede sentir sus manos, su aliento, la intensidad de su mirada.

—Todos tenemos debilidades, Elliot. Incluso las mentes más brillantes —responde ella con aparente calma.

La voz de Adrian interviene entonces:

—Lo fascinante de los altos ejecutivos y los médicos de ese nivel es lo bien que gestionan la presión.

Viven permanentemente en un escaparate, bajo el escrutinio constante de juntas, inversores y prensa.

Debe resultar agotador mantener las apariencias las veinticuatro horas…

sabiendo que el más mínimo desliz podría derrumbar una operación multimillonaria.

El silencio que sigue dura apenas un segundo, pero Seraphina lo siente como una eternidad.

Un frío helado le atraviesa el estómago.

«¿Es que sabe algo?» La pregunta estalla en su mente con brutalidad.

Ya no confía en su propia percepción; desde la gala vive en un estado de alerta permanente donde cualquier gesto parece esconder una amenaza.

Elliot, completamente ajeno, suelta una carcajada.

—Por favor, Adrian, no hables de crisis corporativas durante la cena. Bastante tiene ya con cuadrar los balances con los recortes que están exigiendo.

—Tienes razón, mala idea —admite Adrian alzando su copa hacia Seraphina en un gesto elegante—. Por los balances perfectos.

La sonrisa que acompaña el brindis resulta imposible de descifrar. El corazón de Seraphina late con tanta fuerza que teme que los demás puedan oírlo. Por suerte, Claire rompe por completo el momento.

—Mi marido lleva dos copas de vino y ya empieza a sonar como un villano de una serie mala de televisión.

Adrian sonríe sin apartar la mirada de Seraphina.

—Las auditorías te enseñan a desconfiar de todo el mundo.

—Entonces debes de vivir agotado —le responde Seraphina, consiguiendo esbozar una sonrisa mínima.

—No tanto como la gente que tiene algo importante que ocultar.

El aire parece desaparecer del comedor durante un instante.

Elliot sigue comiendo con tranquilidad, relajado, interpretando todo como un simple intercambio intelectual entre profesionales.

Pero Seraphina siente el pánico. Conoce bien a Adrian Beckett: es de esos hombres que disfrutan analizando reacciones, estudiando silencios, detectando las grietas más pequeñas para terminar por asestar el peor golpe.

Seraphina se obliga a coger la botella de vino para rellenar las copas. Las manos le tiemblan. No mucho, pero lo suficiente para que el líquido roce el borde de la copa de Adrian. Él levanta la vista hacia ella de inmediato, demasiado atento.

—¿Va todo bien? —pregunta con amabilidad aparente.

—Claro —responde ella sin quebrarse—. Solo está siendo una semana larga.

Adrian asiente despacio, girando la copa entre sus dedos largos.

—Las semanas largas suelen volver peligrosas a las personas inteligentes.

—No hagas caso —interviene Elliot riendo—. Lleva meses obsesionado con encontrar riesgos ocultos en todas partes.

—Porque siempre los hay —afirma Adrian con tranquilidad—. Las grandes estructuras no se derrumban por errores visibles. Se derrumban por pequeñas grietas que, de repente, se hacen más grandes.

La frase cae sobre Seraphina como una amenaza dirigida exclusivamente a ella.

Sostiene la copa con fuerza, manteniendo una expresión neutra mientras su mente trabaja a toda velocidad.

No sabe si Adrian sospecha realmente algo o si todo sucede solo dentro de su cabeza.

Y quizá esa incertidumbre sea lo más aterrador de todo.

Antes todo era más sencillo. Nerissa existía en compartimentos separados: habitaciones de hotel, congresos, llamadas nocturnas.

Lugares donde la realidad cotidiana no podía entrar.

Ahora su nombre resuena en la mesa familiar, en las conversaciones financieras de Elliot, en las auditorías.

En el centro mismo de la vida perfecta que tienen.

Y empieza a comprender algo verdaderamente aterrador: ya no tiene control sobre nada de esto.

La cena continúa entre conversaciones educadas y sonrisas medidas, pero ella apenas escucha.

Solo capta fragmentos aislados mientras el miedo late bajo su piel como un segundo corazón.

Adrian sirviendo más vino. Elliot hablando con pasión sobre contratos millonarios.

Claire comentando detalles de una exposición benéfica. Todo parece normal, casi idílico.

Y, sin embargo, Seraphina tiene la sensación de estar sentada en mitad de un campo minado, conteniendo la respiración, esperando el momento exacto en que alguien decida pisar la carga que lo haga estallar todo.