Tan cerca de ti Capítulo 4
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Capítulo 4

El quirófano aún conserva ese olor penetrante a antiséptico cuando Nerissa Ashcombe se deja caer sobre el banco metálico del vestuario.

Se pasa ambas manos por el rostro con un cansancio que le cala hasta los huesos.

Tiene la espalda rígida después de cuatro horas inclinada sobre una rodilla destrozada, y los dedos todavía le palpitan por la tensión constante que ha exigido la cirugía.

A través de la puerta entreabierta llegan el pitido lejano de los monitores y el ajetreo apresurado de las enfermeras, que marcan el pulso incansable de la clínica.

Sin embargo, ella solo necesita esos minutos de respiro antes de volver a sentirse atrapada entre paredes blancas.

Exhala lentamente y comienza a quitarse el pijama quirúrgico.

La operación ha sido especialmente complicada, incluso para alguien con su experiencia.

Un delantero del Manchester City ha entrado en quirófano con una rotura múltiple de ligamentos y una fractura asociada tras una entrada salvaje en su último partido.

Cuatro horas reconstruyendo una articulación hecha pedazos, mientras el representante del jugador esperaba fuera, como si Nerissa pudiera garantizarle el futuro de una carrera multimillonaria.

Normalmente, ese tipo de exigencia es como una droga para ella, porque el dolor siempre tiene una causa identificable y las soluciones, aunque difíciles, están ahí. Nada que ver con el caos que Seraphina Chapman ha vuelto a instalar en su vida.

Después de una ducha rápida, cierra la taquilla, se pone un jersey negro de cuello alto y unos pantalones oscuros, y se recoge el pelo húmedo en una coleta. Se mira unos segundos en el espejo y la imagen que le devuelve es exactamente lo que Maeve le dirá en cuanto la vea: que está horrible.

El problema no ha sido una cirugía complicada. El problema está en que lleva dos días funcionando a base de café, y una ansiedad que empieza a manifestarse en todo su cuerpo. Desde la gala. Desde el despacho de Seraphina. Desde una mentira que las dos son incapaces de mantener por más tiempo.

Nerissa se obliga a salir antes de que los pensamientos terminen por atraparla.

El restaurante del Northern Quarter se encuentra abarrotado a esa hora del mediodía. Tras los ventanales empañados por la lluvia, la calle bulle con el tráfico habitual.

Nerissa llega cinco minutos tarde y su mejor amiga, ya está sentada junto al ventanal. Lleva una chaqueta de cuero desgastada, botas militares y la cámara colgada del hombro como si formara parte inseparable de su cuerpo, mientras se aparta un mechó de pelo cobrizo de la cara.

Maeve Donnelly siempre da la sensación de vivir exactamente como le place. Probablemente por eso Nerissa la soporta —y la quiere— desde hace más de quince años.

—Tienes una cara espantosa —suelta Maeve nada más verla sentarse frente a ella.

Nerissa resopla mientras deja el móvil sobre la mesa con un gesto cansado.

—Qué bonito reencuentro, de verdad.

Maeve hace un gesto al camarero para pedir otro café y la observa con atención.

Nerissa intenta ignorar el peso extraño que lleva instalado en el pecho desde hace cuarenta y ocho horas.

El restaurante rebosa de conversaciones cruzadas y ruido de platos, pero ella siente el cansancio zumbándole detrás de los ojos como si fuera un enjambre a punto de picotearla entera.

—¿Has tenido una operación complicada? —se interesa Maeve.

—Rotura completa de cruzado anterior, menisco destrozado y fractura de tibia proximal —enumera Nerissa mientras coge el menú sin mirarlo realmente—.

Un puto desastre —añade—. Me he pasado cuatro horas intentando reconstruir la carrera de un hombre que probablemente volverá a lesionarse dentro de un año porque alguien le pagará millones para que corra antes de su total recuperación.

—Eso ha sonado muy optimista —comenta Maeve con ironía.

—Hoy me siento especialmente luminosa —replica Nerissa con una sonrisa apagada.

Maeve la estudia en silencio durante unos segundos. Nerissa conoce esa mirada demasiado bien: es la que precede a una conversación que preferiría evitar.

—¿Qué? —murmura al final.

Maeve deja la cámara sobre el asiento vacío a su lado y se inclina ligeramente hacia delante.

—¿Ya vuelve a rondarte la cabeza?

Nerissa nota cómo se le tensa el estómago de inmediato.

—No empieces, Maeve.

—La cara que traes podría ilustrar un manual clínico bajo el título «obsesión emocional severa» —insiste su amiga.

—Estoy cansada, solo eso.

—Claro. Y yo soy monja —responde Maeve con sorna.

Nerissa aprieta la mandíbula mientras el camarero deja delante de ella un café negro demasiado cargado. Le da las gracias y remueve el azúcar sin necesidad, solo por ocupar las manos.

Maeve no aparta los ojos de ella.

—Yo solo quiero recordarte que lo de Daphne pasó hace nada —le recuerda Maeve, y pierde unos segundos en beber de su café—. Todavía huele a quemado.

La culpa atraviesa el pecho de Nerissa de nuevo. Daphne Mercer. Inteligente, divertida y demasiado paciente para lo poco que recibió a cambio. Nerissa desvía la mirada hacia el ventanal salpicado de lluvia.

—De verdad que hoy no necesito que sea mi terapeuta —protesta Nerissa.

—Pues te fastidias, porque vas a escucharme igual —contesta Maeve mientras se reclina en la silla y se cruza de brazos.

La fotógrafa se toma un momento antes de continuar, con esa brutal honestidad que siempre la ha definido.

—La engañaste solo para demostrarte a ti misma que Seraphina Chapman no controlaba tu cuerpo y tus pensamientos, y lo único que conseguiste fue romperle el corazón a una mujer que no se lo merecía. ¿De verdad vas a seguir demoliendo tu vida de esta manera?

Las palabras caen con dureza. Nerissa la odia un poco por tener razón, pero ni por esas puede evitar lo que siente. El camarero deja un plato frente a ella, pero apenas le presta atención; tiene el estómago cerrado desde hace horas.

«A ver quién le dice que nos hemos vuelto a…». Nerissa sacude la cabeza mentalmente.

—Quise que me importara, Maeve —admite Nerissa, y su voz suena rota, sin sarcasmo ni arrogancia, solo profundamente agotada—.

Te juro que lo intenté. Intenté que Daphne me tocara y que fuera suficiente.

Quería tener el control de algo en mi vida.

Pero cada vez que cerraba los ojos… no era su cara la que veía.

Maeve exhala despacio. No la está juzgando, ni mucho menos, pero está cansada, y también resignada de ver cómo su mejor amiga repite la historia una y otra vez.

—Y aun así tuviste el valor de alargar vuestra relación durante meses —le reprocha Maeve.

Nerissa aprieta los labios. Porque sí, eso es exactamente lo que hizo.

Durante aquellos meses de silencio con Seraphina, intentó desesperadamente convencerse de que podía pasar página.

Daphne apareció en el momento preciso: segura de sí misma, atractiva y emocionalmente disponible.

Una auditora londinense que nunca entendió por qué la famosa traumatóloga de Hale Medical parecía tan inaccesible, incluso cuando estaba desnuda a su lado.

Al principio resultó fácil. Cenas elegantes, sexo, distracción.

Después llegó el vacío. Las comparaciones inevitables, la frustración constante y la sensación de estar interpretando una versión defectuosa de sí misma.

Hasta que cometió el error definitivo: una noche, después de beber demasiado, se acostó con una desconocida durante un congreso en Leeds.

Ni siquiera recordaba bien su nombre al despertar.

Solo conservaba la sensación miserable de intentar arrancarse a Seraphina de debajo de la piel con el cuerpo equivocado.

Daphne terminó enterándose, y la discusión posterior, no mejoró ni mucho menos las cosas. «Lo peor no es que me engañaras», le dijo la mujer entre lágrimas de rabia. «Lo peor es que nunca estuviste realmente conmigo.» Nerissa nunca supo responder a eso, porque era la pura verdad.

Maeve da un sorbo lento a su café antes de mirarla de nuevo.

—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto?

—Sorpréndeme —responde Nerissa.

—Que sigues actuando como si el problema fuera Seraphina. Pero no lo es. El problema es que llevas años aceptando un papel de segunda categoría en la vida de alguien que jamás termina de elegirte.

El comentario impacta en Nerissa como si alguien le hubiera dado un puñetazo en las costillas. «Me mata si se entera». Guarda silencio mientras juguetea con el tenedor sin tocar la comida.

Porque la peor parte es que Maeve aún no sabe nada de la gala, ni de cómo Seraphina tembló entre sus brazos. Tampoco conoce los detalles de lo que pasó en el despacho de la mujer, cuando por primera vez en años Nerissa vio verdadero miedo en sus ojos. Un miedo peligrosamente cercano a la rendición.

Maeve la observa unos segundos más y suspira.

—Dios, estás peor de lo que pensaba.

—Gracias por el apoyo emocional —ironiza Nerissa.

—De nada. Para eso están las amigas —responde Maeve, estirando la mano sobre la mesa para apretarle el antebrazo con suavidad—.

Mira, guapa… yo sé que la quieres. Llevo escuchando el nombre de Seraphina Chapman desde que entraste a trabajar en esa clínica y fingías que lo que sentías era solo tensión sexual. Pero ya no estamos ahí.

Nerissa baja la mirada al café.

—Lo sé.

—No, no lo sabes —insiste Maeve—. Porque si lo supieras habrías dejado de permitirle hacerte esto hace mucho tiempo.

El comentario le irrita.

—Ella no me obliga a nada —protesta Nerissa.

Maeve arquea una ceja con escepticismo.

—¿En serio? Porque desde fuera parece que esa mujer chasquea los dedos y tú vuelves corriendo, aunque acabes hecha polvo después.

La mandíbula de Nerissa se tensa. Quiere discutir, defenderla, defenderse. Pero está demasiado cansada para mentirse.

—Es que tú no lo entiendes —se atreve a murmurar.

Maeve suelta una carcajada incrédula.

—¿Perdona? Soy fotógrafa. Me gano la vida leyendo lo que la gente intenta ocultar. He coincidido con vuestra maravillosa directora financiera suficientes veces para ver de qué pie cojea y cómo te mira.

Eso consigue que Nerissa levante la vista de golpe.

—¿Cómo lo hace según tú?

Maeve suaviza la expresión.

—Como alguien que lleva años aterrorizada de dar el paso.

El corazón de Nerissa late con más fuerza durante un segundo. Ahí está el verdadero problema. Porque incluso después de todo —el silencio, el rechazo y el desastre emocional—, una parte de ella sigue aferrándose a algo tan pequeño como esa frase.

Maeve lo percibe al instante.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara? —pregunta Nerissa, aunque sabe perfectamente a qué se refiere.

—La de «quizá si le doy otra oportunidad, sea distinto». Porque no quieres darle otra oportunidad ¿verdad?

Nerissa aparta la mirada de inmediato. Demasiado tarde.

Maeve entrecierra los ojos.

—Espera… ¿Ha pasado algo?

El silencio dura medio segundo de más.

—Nerissa.

Ella coge la taza de café intentando ganar tiempo.

—No empieces a montarte teorías.

Maeve abre mucho los ojos.

—Madre de Dios. Ha pasado algo. ¿Te la has vuelto a tirar?

Varias personas de la mesa vecina se giran. Nerissa le lanza una mirada asesina.

—¿Puedes bajar la voz, por favor?

Maeve se reclina lentamente en la silla, completamente atónita.

—Sabía que esa cara no era solo por el cansancio.

Nerissa siente el pulso martilleándole en las sienes. Parte de ella no quería contárselo a nadie todavía, como si verbalizarlo lo volviera más real y más peligroso.

—Fue un encuentro casual —confiesa Nerissa, y se ancla a la taza de café—. En la gala benéfica.

Maeve se queda inmóvil unos segundos, procesando la información.

—¿Y después?

La imagen de Seraphina en su despacho regresa con fuerza, y Nerissa se pasa una mano por la nuca con lentitud.

—Después fue a peor… en su despacho.

—Joder, Nerissa… —suspira Maeve, observándola con atención.

Ella cierra los ojos un instante, exhausta.

—Lo sé.

Maeve coge su taza de nuevo y la mira con seriedad.

—Mira, escucha bien lo que voy a decirte, porque probablemente no te va a gustar.

Si Seraphina Chapman no está dispuesta a romper de verdad la vida perfecta que lleva, va a terminar arrastrándote con ella mientras se decide.

Y tú… —aprieta suavemente los dedos alrededor de la taza—, ya estás demasiado jodida para sobrevivir a otro golpe como ese.

Así que, más vale que pongas un poquito de control.