Tan cerca de ti Capítulo 3
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Capítulo 3

Seraphina irrumpe en el aseo privado de su oficina con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta.

El mármol blanco cubre las paredes y el suelo, un lavabo de líneas rectas y puras se impone bajo un espejo amplio que parece juzgar cada gesto.

Se aferra al borde frío de la cerámica con ambas manos, inspira profundamente y cierra los ojos un instante en un intento desesperado por recomponer la máscara impecable de directora financiera.

La puerta se abre de nuevo y ve a Nerissa sobre el espejo.

—Nerissa, esto no es el lugar —afirma.

Nerissa guarda silencio durante unos segundos. Avanza hacia ella, y se detiene a menos de un paso de distancia, sin llegar a tocarla.

—Mírame —le ordena Nerissa.

Seraphina levanta la barbilla por puro instinto, aunque sus dedos permanecen anclados sobre el borde del lavabo como si este fuera el último anclaje a la realidad. Después, intenta recuperar el terreno con palabras.

—Tengo una fusión que dirigir. No puedes irrumpir de esta manera cada vez que…

La frase muere en sus labios cuando Nerissa alza una mano con deliberada lentitud y aparta un mechón rebelde que se había de su recogido.

—No uses ese tono conmigo —murmura Nerissa, inclinándose hacia ella. Su aliento cálido roza la oreja de Seraphina y le provoca un nuevo estremecimiento—. No cuando las dos sabemos perfectamente qué es lo que quieres.

Seraphina traga saliva con dificultad. Su respiración se ha vuelto entrecortada, una traición evidente de su cuerpo. Busca en su mente cualquier argumento que pueda usar, pero Nerissa niega con la cabeza una sola vez y el silencio se adueña del espacio.

—¿De verdad pretendes que solo seamos colegas? —le reta Nerissa, con una sonrisa burlona en los labios.

Seraphina cierra los ojos durante un segundo.

—Fue… un error —responde la directora en voz baja.

—No —responde Nerissa con rotundidad mientras coloca una mano en el lavabo, enjaulándola—.

No fue un error. Yo diría que ha sido la única vez en estos meses que te has dejado llevar.

Y ahora quieres volver a encerrarme en esa caja de «nada ha pasado».

Y no quiero ser algo a lo que acudes cuando tu cama se queda fría.

Las palabras le golpean. Porque Nerissa representa todo lo que ha echado de menos y, sobre todo, alguien que la ve de verdad, sin filtros ni apariencias.

—No puedo… —susurra Seraphina, aunque sus ojos descienden inevitablemente hasta los labios de Nerissa.

—Sí puedes —replica Nerissa—. Pero esta vez no te permitiré huir después.

Nerissa por fin la toca. Un solo dedo recorre con lentitud el borde del cuello de la camisa de seda blanca, descendiendo hasta el primer botón.

Seraphina exhala un suspiro tembloroso. Ese mínimo contacto enciende cada terminación nerviosa de su cuerpo.

La mano de Nerissa se detiene ahí, esperando, obligándola a tomar una decisión.

Y Seraphina lo hace.

Se inclina hacia delante y busca su boca. Sus labios se apoderan de los de Seraphina con posesividad, y sus manos ascienden por los costados de la directora, arrugando la camisa con deliberada lentitud mientras desabrocha los botones uno a uno.

Seraphina gime contra su boca al sentir el aire fresco sobre la piel.

Las palmas cálidas de Nerissa cubren sus pechos por encima del delicado sujetador de encaje y los aprietan con firmeza, mientras propias manos, temblorosas, se aferran a la chaqueta oscura, tirando de la tela para acercarla todavía más.

—Despacio —murmura Nerissa contra sus labios—. Quiero que sientas cada segundo.

Inclina la cabeza y traza un sendero de besos húmedos por el cuello de Seraphina. La mujer echa la cabeza hacia atrás y se ofrece sin palabras, mientras los dedos de Nerissa trabajan rápido y la deja expuesta, únicamente con la camisa abierta y la ropa interior, temblando bajo la luz del aseo.

Nerissa la levanta sin esfuerzo aparente y la sienta en el borde del lavabo.

El mármol frío contra sus muslos desnudos le arranca un jadeo.

Nerissa se coloca entre sus piernas abiertas, dominando el reducido espacio, y rápido, sus manos recorren los muslos de Seraphina con lentitud, ascendiendo poco a poco hasta detenerse en el borde de las bragas.

Levanta la mirada y busca los ojos de la directora financiera.

—Dime que me deseas —exige.

Seraphina, con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada, asiente primero. Después, rota por la necesidad, responde:

—Te deseo.

La sonrisa de Nerissa aparece lenta y triunfal.

Desliza las bragas hacia abajo y las deja colgando de un tobillo.

Sus dedos la exploran con una paciencia exquisita, trazando círculos suaves y presionando exactamente donde Seraphina más lo necesita.

Seraphina arquea la espalda, buscando mayor fricción.

—Así —susurra Nerissa contra su oído—. Quiero que lo disfrutes.

Sentir cómo los dedos de Nerissa desaparecen entre sus pliegues húmedos le arranca un gemido más profundo.

Y poco a poco, el placer asciende en oleadas lentas e implacables.

Seraphina se agarra con fuerza a los hombros de Nerissa, clavando las uñas en su ropa.

Sus caderas se mueven por instinto, buscando el ritmo que Nerissa marca entre sus piernas.

—No te corras todavía —ordena contra su boca después de besarla.

Seraphina deja escapar un sollozo, mientras todo su cuerpo tiembla, a punto de romperse. Nerissa continúa su asedio, y cuando por fin le permite alcanzar el clímax, este golpea a Seraphina con una intensidad abrumadora.

Nerissa acompaña las contracciones con caricias prolongadas, extendiendo el placer hasta que Seraphina se derrumba contra ella, exhausta y temblorosa. Y se dedica a respirar, sintiendo en toda su magnitud el peso de lo que acaba de hacer.

Otra vez.

Porque Seraphina Chapman ha cruzado el punto de no retorno. Y mientras Nerissa le acaricia el pelo con una ternura después de tanta dominancia, Seraphina comprende que no desea retroceder. Que lo único que desea, es encontrar su imagen en la profundidad de los ojos de Nerissa.