Tan cerca de ti Capítulo 2
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Capítulo 2

Mánchester duerme bajo una lluvia fina y persistente cuando Seraphina aparca el coche frente a su casa de Alderley Edge.

Las farolas del barrio proyectan reflejos dorados sobre el asfalto mojado, y las fachadas victorianas, con sus detalles elegantes y sus jardines cuidados, permanecen envueltas en un silencio casi irreal a esa hora de la madrugada.

Siempre le había parecido el lugar perfecto para criar a una familia: discreto, elegante, lo bastante alejado del bullicio de Mánchester como para garantizar la privacidad y lo bastante exclusivo como para cumplir con las expectativas de los Chapman.

Durante años, esa casa había simbolizado exactamente eso: seguridad, estabilidad y éxito.

Pero esa noche, sin embargo, solo se le antoja una estructura enorme repleta de habitaciones donde esconderse de sí misma.

Seraphina apaga el motor y se queda inmóvil durante unos segundos, con las manos todavía aferradas al volante.

El cuerpo le sigue vibrando. El recuerdo de los labios de Nerissa contra los suyos se le adhiere a la piel como una marca, imposible de borrar.

Durante todo el trayecto ha intentado convencerse de que solo fue un error, otro desliz provocado por el alcohol, la nostalgia y seis meses de distancia.

Pero no funciona. Porque lo que sintió entre aquellas cuatro paredes no tuvo nada de accidental, y la culpa le golpea el pecho con fuerza.

No han llegado juntos a casa porque Elliot tuvo que marcharse con los inversores para un cóctel lejos del hotel.

Seraphina sale del coche antes de que los pensamientos la ahoguen y recorre el camino de piedra hasta la entrada principal.

Dentro, la casa permanece casi completamente a oscuras, salvo por la lámpara tenue del salón.

Se quita los tacones nada más cerrar la puerta, y el suelo de madera fría bajo las plantas de sus pies le devuelve una sensación demasiado real. Deja el bolso sobre la consola del vestíbulo y se dirige hacia las escaleras cuando una voz cansada surge desde el salón.

—Son casi las dos.

El sobresalto le recorre el cuerpo entero.

Elliot está sentado en el sofá, con la corbata aflojada y una copa de whisky casi vacía en la mano.

Al levantar la vista hacia ella, su expresión se mantiene serena, siempre demasiado serena, como si nada pudiera alterar de verdad el orden que él impone a su mundo.

—No sabía que habías vuelto —murmura Seraphina, y esconde un mechón de su pelo tras la oreja—. Pensaba que ibas a quedarte con los chicos un poco más.

—Te mandé un mensaje —responde él con calma, aunque sus ojos recorren el rostro de ella durante un rato.

Seraphina nota un pinchazo incómodo de alarma.

«¿Se me notará algo? ¿Puede alguien percibir todavía el rastro del sexo con otra horas después?

». La idea le parece ridícula, pero el miedo se instala en su cuerpo de todos modos.

—Lo siento. No lo vi. Tenía el móvil silenciado —explica ella mientras se acerca al minibar para servirse un vaso de agua, solo por la necesidad de moverse y romper la intensidad de esa mirada.

—Eso imaginé. El resto de la gala se alargó bastante, supongo.

Elliot la observa beber con atención. Seraphina evita sostenerle la mirada.

De hecho, lleva años perfeccionando ese delicado equilibrio entre cercanía y distancia: sabe cómo hacer para que su voz suene natural, cómo sonreír en el momento preciso y cómo ocultar el cansancio tras su elegancia.

Sin embargo, esa noche se siente peligrosamente fuera de control.

—¿Va todo bien? —pregunta Elliot. La pregunta debería sonar cariñosa entre un matrimonio, pero en realidad suena protocolaria, como si ambos llevaran tiempo funcionando en automático, sin recordar cómo hablarse con sinceridad.

—Sí, claro —contesta ella—. Solo estoy cansada. Han sido muchas horas de pie.

Él da un pequeño sorbo al whisky y asiente despacio.

—Sí, se te ve agotada.

Porque lo está. Agotada de mentir, de contenerse, de fingir que no existe una grieta enorme que atraviesa su vida desde hace años.

—Y la semana ha sido larguísima —responde Seraphina, y se acerca un poco más, aunque mantiene una distancia prudente con su marido—. La junta, los presupuestos trimestrales… ya sabes cómo va esto.

Elliot deja la copa sobre la mesa baja y se incorpora, estirando los hombros.

—Ven a dormir. Mañana tienes reunión con la junta a primera hora.

Ahí está otra vez: la organización impecable de sus vidas, los horarios, los compromisos, las rutinas perfectamente coordinadas.

Seraphina asiente y lo sigue escaleras arriba, sintiendo que cada peldaño le arde más en los pies.

Cuando Elliot se acerca para besarle la mejilla antes de entrar en el vestidor, ella contiene una reacción instintiva.

Por primera vez en mucho tiempo, el contacto de su marido le resulta extraño, incluso ajeno.

Y esa sensación la destroza un poco más.

*

La mañana llega demasiado pronto. Seraphina abre los ojos antes incluso de que suene la alarma.

Durante unos segundos permanece inmóvil bajo las sábanas, escuchando la respiración pausada de Elliot a su lado.

Después lo recuerda todo: el balcón, Nerissa, sus jadeos ante el orgasmo.

El estómago se le contrae con una mezcla devastadora de ansiedad y deseo que le resulta casi insoportable.

Se incorpora con cuidado, intentando no despertarlo, y se dirige al baño.

El reflejo que le devuelve el espejo la obliga a detenerse.

Parece cansada, más de lo habitual. Hay algo distinto en sus ojos, algo peligrosamente vivo y se odia un poco por sentirse así.

Media hora después baja a la cocina ya vestida para el trabajo. La casa empieza a despertar a su alrededor: el sonido lejano de la ducha de Elliot, la cafetera que comienza a funcionar y el murmullo constante de la lluvia detrás de los cristales. Entonces escucha pasos acelerados por el pasillo.

—¡Mamá! —exclama Ivy, que aparece primero, despeinada y todavía medio dormida con su pijama rosa arrugado. La niña de seis años se lanza a abrazarla como si llevaran días sin verse, aunque solo hayan pasado unas horas.

Seraphina sonríe de manera automática y se inclina para cogerla en brazos, inhalando el olor familiar a champú infantil.

—Buenos días, pequeña mía. ¿Has dormido bien?

—Oliver dice que hoy va a llover todo el día y que no podremos salir al jardín —protesta Ivy con un mohín, enterrando la cara en su cuello.

—Porque va a llover todo el día —interviene Oliver, que entra detrás con esa expresión solemne tan propia de un niño de nueve años que se considera muy razonable—. Alexa lo dijo esta mañana.

Seraphina no puede evitar soltar una carcajada mientras deja a Ivy en el suelo.

—Entonces tendremos que sobrevivir al climático británico como auténticos campeones. ¿Qué os parece si preparamos tortitas y montamos un fuerte en el salón cuando vuelva del trabajo?

Oliver apenas sonríe, aunque intenta mantener su aire serio, y se sienta en la isla de la cocina.

Esos momentos siempre consiguen romper algo dentro de Seraphina.

Ama a sus hijos con una intensidad feroz y absoluta; son lo único que jamás ha puesto en duda.

Y precisamente por eso la culpa se vuelve casi insoportable.

Mientras les prepara el desayuno, Ivy le cuenta con todo lujo de detalles una anécdota de la función escolar y Oliver protesta porque un compañero hizo trampas en un examen de ciencias.

Todo parece tan normal, tan cotidiano, que Seraphina siente ganas de llorar de repente.

¿Qué clase de persona pone en riesgo algo así? La imagen de Nerissa vuelve a invadirle la mente sin permiso. «Dime una sola vez que eres feliz». Aprieta la taza de café con fuerza.

—Mamá —la llama Oliver.

Levanta la vista. El niño la observa con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Me estás escuchando?

Seraphina fuerza una sonrisa y le revuelve el pelo con cariño.

—Claro que sí, cariño. Perdona, estaba pensando en la reunión de hoy. Cuéntame otra vez eso de las trampas.

Pero en realidad no estaba escuchando, y tampoco lo hace la siguiente hora antes de vestirse, coger el coche e ir a trabajar.

La clínica principal del grupo Hale Medical ocupa uno de los edificios más modernos del centro financiero de Mánchester.

Cristal, acero y líneas minimalistas cuidadosamente diseñadas para transmitir prestigio y excelencia.

Seraphina llega poco antes de las ocho y media.

El vestíbulo ya bulle de actividad, y todo el mundo la saluda con deferencia.

—Buenos días, doctora Chapman.

—Lady Chapman.

—Me alegro de verla de vuelta.

Ella responde con sonrisas automáticas mientras atraviesa el edificio hacia los ascensores privados.

Su despacho, situado en una esquina completa de la última planta, es desde donde coordina como directora financiera las distintas clínicas privadas del grupo.

Normalmente, el espacio le transmite control, pero en ese momento solo consigue sentirse atrapada.

Acaba de dejar el bolso sobre la mesa cuando alguien llama a la puerta.

—Adelante.

La puerta se abre y, durante un segundo, el mundo deja de girar con normalidad.

Nerissa entra con un abrigo oscuro sobre los hombros y una carpeta bajo el brazo.

El pelo le cae desordenado alrededor del rostro, y la expresión serena que mantiene resulta casi insultante después de lo ocurrido la noche anterior.

Seraphina se queda mirándola varios segundos, con el pulso acelerado.

—¿Qué haces aquí? —le pregunta.

Nerissa cierra la puerta despacio y se vuelve hacia ella.

—Buenos días para ti también, Seph.

Es la única en el mundo que ha acortado su nombre así. Y a la única que dejaría hacerlo.

—Nerissa…