10. Maggie #2
Luego estaba encima de él otra vez, cabalgándole con abandono, y entonces nos caímos al suelo.
Zane consiguió meter una manta de la cama debajo de mí, más o menos, y luego me estaba embistiendo con fuerza.
A diferencia de la cama, el suelo no cedía, y sus embestidas brutales eran como un castigo.
Era un castigo que podía soportar. Lo quería.
Le quería. Quería que me hiciera pedazos.
Todo su cuerpo se tensó cuando su respiración se volvió más brusca. Sus ojos azules aturdidos encontraron los míos mientras empezaba a correrse.
—Zane… —gemí su nombre, ronca, mientras su polla se sacudía dentro de mí.
Gruñó, grave y forzado en la garganta.
—Maggie —jadeó mientras estallaba—. Joder… Maggie… —Me embistió unas cuantas veces más, descontrolado, perdiéndose por completo.
Me corrí entonces, de repente, sus embestidas desesperadas y torpes lanzándome otra vez al borde… retorciéndome debajo de él mientras hundía la cara en mi cuello.
—Joder… hostia —jadeó cuando terminó.
No fue elocuente, pero sí, eso más o menos lo resumía.
Los dos estábamos empapados de sudor. Todo mi cuerpo palpitaba con los latidos del corazón, cada nervio vibrando y vivo.
Nos quedamos allí mucho rato, enredados, hasta que el sudor de mi cuerpo se enfrió y empecé a tener frío. Sintió que temblaba y se levantó, tirando de mí para ponerme en pie.
Cuando me dejé caer de nuevo en la cama, cometí el error de mirar hacia la mesilla de noche. Mi móvil estaba iluminándose.
Cogí la llamada de Brody mientras Zane iba al baño a asearse. Fue solo entonces cuando me di cuenta de que había llevado un condón puesto. Hostia, joder. Gracias a Dios que uno de los dos había estado pensando.
¿Pero dejar ese tipo de cosas en manos de Zane? No era una decisión inteligente.
Nada inteligente.
Por suerte, la conversación con mi jefe evitó que examinara eso demasiado de cerca.
Sobre todo cuando quiso saber por qué su Twitter estaba petándose con un montón de vídeos de móvil de Zane dedicándonos Rebel Yell a mi padre y a mí en un karaoke anoche, y también por qué no le habían invitado a esa fiestecita.
Balbuceé mi respuesta, ante lo cual pareció divertido, y por suerte recondujo la conversación a otros asuntos.
Después de colgar, revisé mis nuevos mensajes, incluyendo un enlace de Brody a uno de los mencionados vídeos, que abrí y vi durante unos tres segundos antes de que Zane volviera del baño.
Arqueó una ceja mientras yo metía el móvil debajo de la almohada.
Estaba bastante segura de que había pillado un cacho de la canción, y su propia voz, por no hablar de todos los gritos de lujuria de fondo; había un montón, más de los que yo había percibido en el momento, ya que cuando Zane Traynor se subía a un escenario, todo lo demás prácticamente dejaba de existir para mí…
y a juzgar por esos gritos, similares a los que se oían cada vez que pisaba un escenario, yo no era la única mujer con esa reacción.
Estaba preguntándome si debería acabar con esto de una vez y hacer la carrera matutina pospolvos desnuda al baño, para evitar el incómodo momento de después…
cuando me di cuenta de que no hacía falta.
En vez de decir algo vulgar y chulesco o dirigirse a la puerta con alguna excusa penosa para desaparecer, Zane se acercó con toda la calma y se desparramó en la cama a mi lado, boca abajo.
Como si fuera totalmente normal para él desparramarse en una cama a mi lado, en pelotas.
La calma personificada.
Debería haberme levantado y vestido. Brody quería quedar para desayunar en media hora, y habría sido sospechoso escaquearme. Así que no lo hice.
También me daba la excusa perfecta para largarme de allí.
Pero Zane no parecía tener prisa.
De verdad que iba a levantarme. Pero de alguna manera, no me moví.
En vez de eso, escuché la respiración tranquila y relajada de Zane mientras sus pies preciosos jugueteaban perezosamente con los míos.
Y entonces, porque necesitaba decir algo para llenar el silencio y distraerme de esta creciente mezcla de vergüenza, confusión y culpa, dije:
—No me puedo creer que Elle se perdiera nuestra gran boda gorda de mentira. Se cagaría.
—Creía que no querías contárselo a nadie —murmuró contra la almohada, con los largos mechones rubios esparcidos por la cara.
—Y no quiero. —Levanté la mano y le aparté el pelo con las yemas de los dedos, suavemente, para poder verle. En una hora o dos no podría tocarle así, así que ¿por qué no? Podía ser mi última oportunidad.
El único ojo que podía ver estaba cerrado, sus pestañas largas y rectas, casi negras en la raíz, aclarándose a un rubio dorado en las puntas. Sí, Zane tenía unas pestañas preciosas. ¿Había algo en ese hombre que no fuera precioso?
No. Lo sabría. Anoche le exploré hasta el último centímetro del cuerpo de una manera íntima y demoledoramente personal, y desde luego no encontré nada.
Se removió un poco mientras dejaba que mis dedos le recorrieran la sien y alrededor de la oreja, donde el pelo, rapado corto, era como terciopelo. Ese ojo azul se abrió cuando retiré la mano, y se clavó en mí.
—¿De mentira?
—¿Cuánto deberíamos esperar para decirle a mi padre que no fue de verdad?
—me pregunté en voz alta—. O sea… no podemos dejar que se lo crea para siempre, por mucho que me encantaría dejarle en vilo…
—Sería cruel y bastante rastrero por mi parte mentirle a mi padre durante mucho tiempo, y lo sabía.
Pero después de lo que me dijo ayer… mi propio padre me llamó zorra, joder.
Estaba dispuesta a dejarle en vilo un tiempo.
Joder, por mí podíamos esperar hasta después de que nos mandara el regalo de boda. Sería algo caro, conociendo a Dizzy. No por generosidad, sino porque consideraría de mal gusto mandarle a Zane un regalo de boda que no fuera seria y grandiosamente desorbitado de precio.
Puede que fuera una persona terrible, pero la idea de separarle a Dizzy de algo de su precioso dinero me hizo sonreír. Pues claro que podía mandarnos un regalo. Y tampoco lo íbamos a devolver.
Zane se incorporó, aún mirándome raro, y se giró de lado; tenía las piernas enredadas con las mías de la rodilla para abajo. Me centré en su cara para evitar mirarle la polla, que ahora estaba a plena vista.
Parpadeó mirándome, con los ojos ajustándose a la pálida luz de la mañana, como si no estuviera seguro de haber oído bien.
—Fue de verdad —dijo despacio pero muy bajito, y la leve sonrisa desapareció de mi cara.
Zane Traynor me había tomado el pelo un montón de veces, y podéis estar seguros de que sabía cuándo me estaba tomando el pelo.
Ahora no me estaba tomando el pelo.
La intensidad en sus ojos azules lo decía todo, clavándose en mí con esa mirada capaz de congelar a cualquiera.
—No —dije, tan tranquila que hasta me asusté a mí misma. Ni siquiera sabía de dónde salían las palabras, pero estaban saliendo de mi boca—. Fue. De. Mentira.
—No fue de mentira.
—No fue de verdad —protesté, con el cerebro buscando frenéticamente alguna explicación que diera sentido a sus palabras.
—¿Creías que era de mentira? —preguntó, con las cejas juntándose en una expresión peligrosamente cabreada.
¿Qué coño estaba pasando?
—¿Creías que era de verdad?
—¿Por qué iba a ser de mentira?
—¿Por qué iba a ser de verdad?
Me levanté de un salto, desenredando el cuerpo desnudo de Zane del mío y bajándome de la cama a trompicones, llevándome la sábana como escudo.
—No. De eso nada. Eso fue una ceremonia de mentira y le pagaste al tipo de la capilla para… para…
—¿Casarnos? —terminó por mí.
Oh. Dios.
—¡Por el amor de Dios, Zane! No lo has hecho.
—Estoy bastante seguro de que sí. —Se frotó la cara con la mano, con cara de sueño y cabreado que te cagas.
¡Pues mala suerte! No tenía derecho a estar cabreado conmigo. No cuando él…
—¡Hostia! —Agité mi mano izquierda en el aire—. ¿Estos anillos cutres de pacotilla?
Me miró el anillo y luego a mí, con cara de que le importaba una mierda, y arqueó su perversa ceja perforada.
—Se supone que son anillos cutres de pacotilla, Zane —le informé, mientras la rabia aumentaba junto con el pánico—. Del rollo «ja, ja, acabo de casarme de mentira con mi amigo en Vegas porque es graciosísimo».
—Si tú lo dices.
Empezó a arrastrarse fuera de la cama, dándome una vista panorámica de su cuerpo de dios griego y su polla estúpidamente preciosa.
—No. No, no lo hicimos. Yo no lo hice. No puedo haberlo hecho. Yo no acabo de casarme contigo… —balbuceé, aferrándome a la sábana como a un salvavidas.
—En realidad, cielo —dijo—, sí lo has hecho. Quizá te acuerdes de la parte en la que dijiste «sí, quiero» o de los papeles que firmamos.
Salió de la habitación, dándome una vista panorámica de su culo esculpido, mientras yo me quedaba ahí plantada, en shock… Luego volvió, con el chaleco que había llevado a nuestra boda anoche. Nuestra boda de mentira.
—Voy a ducharme —dijo, sonando algo asqueado mientras sacaba algo del bolsillo interior del chaleco y me lo lanzaba—. Y por cierto…
Aterrizó en la cama justo delante de mí.
Una cajita de terciopelo rojo.
Una caja de anillo.
—… ahí tienes tu propuesta en condiciones.
En contra de toda sensatez, cogí la caja y la abrí… para encontrarme un precioso anillo de platino con un pedazo de diamante mirándome a la cara.