10. Maggie
MAGGIE
Aliviada.
Así me sentí cuando me desperté y encontré a Zane en la cama conmigo. Desnudo.
En ese momento incómodo, tambaleándome en la irrealidad entre el sueño y la vigilia, los acontecimientos de la noche se repitieron en mi cabeza a toda velocidad, todos a la vez. Y por una fracción de segundo, al abrir los ojos, estuve intensamente convencida de que nada de eso era real.
Lo había soñado. Todo.
Cuando le vi tumbado a mi lado boca arriba, con la cabeza girada hacia otro lado, su pecho subiendo y bajando mientras el ritmo de su respiración profunda sonaba suavemente en la penumbra… sí. Me alegraba de que estuviera aquí.
Me alegraba de que toda esa locura fuera real.
Mientras le observaba, no pude evitar sentirme un poco feliz.
¿Puede que la cordura estuviera sobrevalorada?
¿Puede que estuviera bien volverse un poco loca, solo por una noche?
Entonces giró la cabeza hacia mí. Parpadeó con esos ojos azules y se clavó en mí.
Ay, mierda.
Ahora conocía esa mirada. Íntimamente.
Se giró hacia mí. Su mano cálida encontró mi vientre bajo la sábana y se deslizó hacia abajo, hacia abajo… Cuando las yemas de sus dedos me rozaron el clítoris, me mordí el labio para no jadear. Abrí las piernas sin pensar.
Porque joder, sí… quería más.
Más de lo que había tenido anoche.
En mi defensa, aún estaba medio dormida, y además, solo una mujer muy, muy tonta echaría a Zane Traynor de la cama. Solo una loca le dejaría meterse en su cama para empezar, pero aun así.
Sus ojos parecieron oscurecerse en la penumbra y su mano se deslizó más abajo, sus dedos resbalando contra mi carne ya mojada. Luego se metió dentro, llenándome. Su dedo se curvó y trabajó dentro de mí, haciendo cosas demencialmente placenteras, y gemí.
Vale. Definitivamente ya estaba despierta.
Se recolocó encima de mí y me besó. Sus labios estaban calientes y, a esas alturas, me resultaban familiares.
Me gustaba sentirlos contra los míos. Cómo me chupaba el labio inferior y hacía ruiditos graves, como gruñidos, en la garganta al hacerlo, como si no pudiera evitarlo.
Cómo respiraba cada vez más rápido cuanto más nos besábamos, como si estuviera acelerando hacia el borde, y yo le estuviera llevando hasta allí.
Metió un segundo dedo junto al primero, retorciendo ambos mientras me follaba con ellos. Me retorcí y gemí, incapaz de resistir el placer casi abrumador. Simplemente era tan bueno.
Tan. Jodidamente. Bueno.
Debería haberlo parado.
Una Maggie más sensata, la Maggie de veinticuatro horas atrás, lo habría hecho. Pero ella no habría estado en la cama con Zane para empezar.
Lo cual significaba que se habría perdido esta dicha increíblemente placentera…
Pero sí. Debería haberlo parado. Lo de anoche fue una cosa.
Una cosa aparte, de una sola vez.
Un final de locos para una noche de mierda, provocado por horas de tensión sexual acumulada y reprimida. Coop me había dejado tirada a medias en los preliminares, y estaba cabreada con mi padre. Me habían humillado y herido. Iba un poco colocada. Y muy borracha.
¿Pero ahora? ¿Qué excusa tenía para dejar que me hiciera esto?
Ya no estaba borracha. Ni un poquito.
En la tenue luz de la mañana, estaba sobria como una piedra, y aun así abrí las piernas para Zane.
Me retorcí y ondulé debajo de él, cabalgándole la mano, queriendo más. Incluso mientras lo hacía, sabía que le estaba dando demasiadas vueltas. Zane me había advertido que no hiciera eso. En realidad, más o menos me lo había ordenado.
Bueno, que le dieran. Yo no seguía sus órdenes.
Le aparté de encima, le pasé una pierna por encima y le tumbé de espaldas, montándole a horcajadas.
Sus dedos seguían dentro de mí, y los cabalgué con toda la frustración acumulada que me quedaba.
Había mucha, al parecer. Puede que hasta anoche, cuando me follé a Zane —tres veces—, nunca me hubiera dado cuenta de lo mucho que me contenía.
No me di cuenta hasta que de verdad me solté y todo salió de golpe.
Tanta. Tensión.
Me rodeó la nuca con la mano y me atrajo hacia él, besándome ferozmente mientras yo seguía cabalgando su mano.
El hombre tenía una lengua perversa y con talento…
pero yo le devolvía todo lo que recibía.
Le devoré, le chupé, me lo comí vivo, tomando todo lo que era mío en ese momento con mis labios, mi lengua y mis dientes.
Era caliente y húmedo y de lo más voraz. Era un desastre.
Era caos.
Se estaba volviendo adictivo.
Solo habían pasado unas horas desde que nos habíamos dormido, pero técnicamente era más o menos un nuevo día.
El día en que se suponía que tenía que levantar mi culo masoquista y espabilar.
Ocuparme de la última noche de la gira. Cerrar asuntos con Brody y volar a casa. Despedirme de la banda, por ahora.
Despedirme de Zane.
Le volvería a ver en unos meses, cuando la promoción del álbum en solitario de Jesse, que salía pronto, se pusiera en marcha de verdad.
Puede que incluso antes.
¿Pero entre ahora y entonces? Zane haría lo que Zane hacía. Podía estar con un montón de mujeres más. Yo no tenía ningún derecho sobre él, a pesar de lo que había pasado anoche.
No quería tener ningún derecho sobre él. O eso no paraba de repetirme, una y otra vez, anoche en la oscuridad, mientras nos reclamábamos el uno al otro… una y otra vez.
Pero estábamos aquí ahora mismo, y él estaba dispuesto. Ya no había nada entre nosotros. Nadie más, ni alcohol, ni distracciones… aparte de mi cerebro hiperactivo. Aquí, en la penumbra… éramos solo Zane y yo.
Y nadie tenía por qué enterarse.
Lo que pasa en Vegas…
Estaba gimiendo, medio jadeando contra su boca mientras me acercaba al orgasmo.
Él lo notó. Sabía que lo notaba mientras me apretaba contra sus dedos.
Gruñó y me dio la vuelta, inmovilizándome otra vez mientras sus dedos se hundían y su pulgar presionaba mi clítoris.
Casi dolía, y quería que doliera. Simplemente le besé más fuerte, atrayéndole hacia mí.
Retiró los dedos y se subió encima de mí y me preparé para la embestida de su polla.
Solo una vez más. Una vez más y luego volveríamos a nuestras vidas.
Él volvería a follarse a todo lo que tuviera coño —excepto a mí— y yo volvería a follarme a algún tío bueno que se cruzara en mi camino, incluso a alguna estrella de rock ocasional…
siempre que no fuera la que estaba encima de mí en ese momento, agarrándome las muñecas y subiéndome las manos por encima de la cabeza, reclamándome otra vez con su boca, sus besos posesivos.
Joder, qué pensamiento más deprimente.
Mucho más deprimente de lo que debería haber sido.
Me separó las rodillas y se acomodó entre mis piernas, y cuando me abrí para él, me embistió con una urgencia que me sobresaltó, igual que la primera vez.
Jadeé de placer-dolor mientras mi cuerpo se estiraba para acogerle.
Todo él. Zane no se contenía en esto, ni en nada de lo que hacía.
Esto era puro Zane, y era bonito y era caótico y era perfecto.
Sus ojos azules encontraron los míos y simplemente asentí, sin aliento, para que siguiera.
Me folló duro y lento, inmovilizándome contra la cama, embistiéndome con las caderas tal como había fantaseado cien mil veces mientras le envolvía con las piernas y le recibía.
Sentí las lágrimas pincharme en los ojos.
Era todo tan abrumador…
De repente se detuvo y se retiró, soltándome las muñecas mientras descendía por mi cuerpo. Entonces su lengua encontró mi coño y se acabó todo: darle vueltas a las cosas, cualquier tipo de pensamiento… racional o no.
Pasó la superficie plana de su lengua sobre mi carne sensible una, dos, tres veces, y me relajé contra la cama.
Luego se centró en mi clítoris, pasando la punta de la lengua ligeramente por encima, luego girando alrededor, y me estremecí, jadeando.
Después del trato brusco de su mano, las caricias cálidas y suaves de su lengua, blanda y resbaladiza, eran casi demasiado.
—Ah… Zane… —jadeé, con la voz rota de anoche— …no puedo…
Ni siquiera sabía por qué lo dije. Simplemente lo dije.
—Maggie. —Agitó la lengua contra mí y prácticamente gruñó—. Voy a hacerte correrte tan fuerte… —Y lo hizo. Con una lamida larga y lenta que me lanzó como un cohete.
Me arqueé y grité, con la voz ronca y áspera.
—Joder, me encanta tu voz —murmuró contra mi carne mientras yo bajaba.
Y luego estaba otra vez con lo suyo, provocándome hasta el clímax, tomándose su tiempo, burlándose y explorando, experimentando mientras asaltaba mi clítoris con lo que parecían mil tipos diferentes de lametones, mordisquitos, besos y caricias desde todos los ángulos.
Me corrí una y otra vez, hasta que finalmente se irguió sobre mí de rodillas, jadeando.
Apoyó las manos a ambos lados de mí y bajó las caderas, frotando su polla larga y dura contra mi coño… y exploté otra vez, corriéndome tan fuerte mientras se restregaba contra mi clítoris que me mordí la lengua.
—Dios mío —jadeé—. Mierda. Me he mordido la lengua.
—¿Estás sangrando? —Se le arrugó la frente de preocupación mientras frenaba sus embestidas provocadoras y yo me estremecía, aún bajando de ese último orgasmo.
—No. —Me pasé la lengua por la boca—. Solo… ay.
Sonrió y se inclinó para besarme suavemente.
Luego me levantó las piernas fláccidas por los muslos, abriéndome de par en par, y me penetró.
Estaba tan empapada a estas alturas que, a pesar de lo grande que era, su polla me llenó con un solo movimiento suave.
Sin fricción esta vez, sin dolor. Solo humedad resbaladiza y calor.
Se metió hasta el fondo y luego empezó a mover las caderas, bombeando lentamente dentro y fuera.
Yo salía al encuentro de sus embestidas, levantando las caderas de la cama mientras aceleraba, arrancándole respiraciones entrecortadas.