Tan canallas como nosotros 8. Maggie #2
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8. Maggie #2

En su lugar, mi graciosísimo «marido» eligió otro clásico de Billy Idol, Rebel Yell.

Que cantó posiblemente mejor que el propio Mr. Idol, y hostia puta, ¿quién sabía que esa canción era tan sexy?

Su actuación, con la gorra calada hasta los ojos, levantó tantas cejas que salimos por los pelos de allí antes de que acabara sin pantalones.

Flynn estaba sudando cuando nos metimos de nuevo en la limusina.

Delante del hotel, me tambaleaba un poco en el bordillo mientras todos salían. Le eché a Zane un buen repaso de arriba abajo con mi mirada más profesional.

—Ha sido el karaoke más sexy de la historia. Y el karaoke no es sexy nunca. Así que saca tus propias conclusiones.

Me atrajo hacia él y me guio hacia el hotel.

—Estás borracha —me susurró al oído, con su aliento caliente en el cuello provocándome un escalofrío.

—No lo estoy.

Puede que un poco sí.

Nos despedimos de Dizzy y Maxxi. Iban pedo y mi padre apenas se dio cuenta de que nos íbamos. Al menos se había mantenido lo bastante coherente para presenciar la boda; eso era lo único que importaba de verdad.

Aun así… ¿tanto le habría costado soltar un «Enhorabuena» sin mucha convicción, o un abrazo, o algo?

Por lo visto, sí.

Estaba demasiado ocupado manoseando a Miss Apenas Legal para ni siquiera despedirse.

Cuando Flynn nos dejó en nuestra puerta, me convencí de que lo mejor era dejarlo ahí.

Estaba hecho, y ahora podía tener a mi padre en vilo todo el tiempo que quisiera.

Por lo que él sabía, podía pasar el resto de mi vida felizmente casada con Zane, un hombre que él claramente admiraba.

Mucho. No es que fuera a darse cuenta de que no estábamos juntos de verdad.

Mi padre y yo no vivíamos en la misma ciudad.

Joder, es que Zane y yo ni siquiera vivíamos en la misma ciudad.

Yo seguía viviendo en Vancouver, donde me había criado y donde Brody también seguía viviendo.

Zane vivía en L.A. la mayor parte del tiempo.

Dizzy ahora vivía en Vegas.

Sí. No se enteraría nunca. No si no se lo decíamos.

Nunca había sido el padre más observador del mundo.

Cuando Zane y yo entramos en la suite del ático, ese hecho quedó más que claro. No solo se había tragado Dizzy nuestra pequeña farsa, sino que se la había tragado con tanta fuerza que le había inspirado a hacer algo totalmente impropio de él. Algo considerado.

Había puesto a su gente a trabajar para nosotros, y a lo grande.

Las grandes puertas dobles que daban al dormitorio principal estaban abiertas de par en par.

Habían esparcido pétalos de rosa rojos y blancos por el suelo, trazando un camino que subía los tres escalones hasta la habitación y llegaba directamente a la enorme cama.

La cama estaba cubierta con un edredón blanco mullido, abierto para dejar ver sábanas de satén blanco.

Enormes ramos de flores exóticas desbordaban los jarrones colocados en cada superficie disponible.

Había una bandeja de fruta, trufas de chocolate y ostras frescas sobre hielo.

Y una tarjeta, que abrí. Estaba firmada con una letra que no era la de mi padre.

Con mis más profundas bendiciones. Dizzy.

Menudo gilipollas. Como si me importaran una mierda sus bendiciones.

Le pasé la tarjeta a Zane. La leyó por encima y la tiró a un lado.

Dizzy no había hecho nunca nada así por mí.

Ni cuando acabé el instituto ni la universidad, ni cuando Dirty me contrató, ni cuando compré mi primera casa.

Nada de lo que hubiera hecho jamás había merecido más que un «Bien por ti, cariño» distraído cuando hablábamos por teléfono.

Por eso sabía que esto no tenía absolutamente nada que ver conmigo.

Esta escenita era para Zane.

Corrección: en realidad era para el propio Dizzy. Para quedar como el padre del año a ojos de mi nuevo marido estrella de rock.

Mucha suerte con eso, papá.

Ah, y había más champán. Porque justo lo que me hacía falta era más alcohol.

Tropecé un poco cuando Zane me soltó. Me había tenido rodeada por la cintura todo el camino hasta la habitación, y me observó con cautela mientras recuperaba el equilibrio.

Daba igual. Mis tacones eran altos. Sí, había bebido un poco mientras estuvimos fuera.

Puede que un poco de más. Pero ¿quién podía culparme?

Acababa de casarme de mentira sin previo aviso con Zane delante de mi padre, que pensaba que era de verdad.

Obviamente entendía por qué Zane no bebía, pero la del problema con el alcohol no era yo. ¿Por qué iba a sufrir una noche con Dizzy estando sobria?

En la limusina, fue el propio Zane quien me pasó una copa de champán.

No tenía ni idea de si mi padre sabía que Zane no bebía.

Zane simplemente declinó el alcohol con educación, y a nadie pareció importarle.

Zane ni pestañeó mientras yo bebía el champán, y siendo sincera…

puede que lo hiciera para forzar cierta distancia entre nosotros.

Él decía que no se liaba con tías que habían estado bebiendo. ¿Qué mejor manera de asegurarme de que no intentaría sobarme cuando volviéramos al hotel que pillar un puntillo?

Le vi quitarse el chaleco y descalzarse las botas.

Todavía tenía el ramo de tulipanes que me había dado, que milagrosamente había sobrevivido a nuestra ruta de bares.

Fui a poner las flores en una jarra con agua en la cocina, evitando su mirada, y me dije a mí misma que no me sintiera culpable por ir un poco achispada.

Esto no era de verdad nuestra noche de bodas.

Sí, resultaba raro beber delante de Zane. Al menos, con las primeras copas. Pero habíamos entrado y salido de tantos bares esa noche y la gente a nuestro alrededor se daba al alcohol sin parar. ¿Qué más daba si yo tomaba unas cuantas?

Fue Zane quien me convenció de hacer body shots con una camarera.

Eso fue en el club de striptease al que Dizzy decidió que debíamos ir.

También fue Zane quien me pagó un lap dance.

De una chica, lo cual no era exactamente lo mío.

Nos llevó a una de las salas privadas y lo aguanté como un minuto, porque hacía reír a Zane.

Pero luego decidí que sería bastante más divertido sentarla a ella en la silla y que me enseñara algunos pasos.

Y joder, menudo partido le saqué a mi vestidito rosa.

Al menos fue divertido hasta que me acordé de que mi padre estaba al otro lado de esa misma sala.

Por suerte, en ese momento estaba morreándose con Maxxi, así que se perdió mi numerito. Zane, en cambio, no se perdió nada. Hasta me dejó propina después. También bastante divertido.

Pero allí, plantada en una sala privada de un club de striptease con mi padre mientras Zane me metía billetes en las bragas de encaje, decidí que ya iba siendo hora más que de sobra de dar la noche por terminada.

Esa noche ya era lo bastante rara de por sí.

No creía poder soportar que se pusiera aún más rara.

Me pasé el trayecto de vuelta al hotel bebiendo una botella de agua en silencio y preguntándome por qué me había dejado beber tanto.

Puede que hubiera estado más nerviosa por toda esta locura de lo que había dejado ver… incluso a mí misma. Puede que hubiera conseguido racionalizar el alcohol, igual que todo lo demás, como algo bastante inofensivo.

Pero entonces volví de la cocina con mi ramo, y vi esa expresión rarísima de la hostia en la cara de Zane… y ya no parecía tan inofensivo.

Nos quedamos allí, incómodos, en lados opuestos de la habitación, mirando hacia la enorme cama preparada para una noche de dicha matrimonial.

—Si quieres la cama grande con las sábanas de satén, cógela —dijo. Se había girado a mirarme, y no me era posible, por más que lo intentara, descifrar la mirada de sus ojos azules—. Yo me quedo con la otra. Lo que tú quieras.

Parpadeé mirándole y dejé las flores en una mesa, tambaleándome un poco con los tacones.

¿Lo que yo quisiera?

Pero qué coño…

—¿No vamos a dormir juntos?

Las palabras se me escaparon de la boca antes de poder pensarlas bien.

A Zane le temblaron los ojos como si fuera a sonreír, pero no lo hizo.

—Voy a lavarme. Coge la cama que quieras y yo me quedo con la otra. ¿Vale?

Me quedé mirándole, totalmente sin palabras.

No.

No vale.

Puede que él estuviera listo para dar la noche por terminada, ¿por qué?

, pero yo me había pasado la mayor parte de las últimas cuatro horas, prácticamente desde el segundo en que dijimos «sí, quiero» y me besó como si estuviera devorando una botella de bourbon particularmente caro, preparándome mentalmente para pasar el resto de la noche, desde el momento en que volviéramos allí, rechazándole.

Bueno, eso, o follarle hasta dejarle sin sentido. Si era sincera. Aún no había decidido del todo hacia qué lado iba la cosa. Culpa del champán. Sin duda.

Pero ¿esto? Esto era una mierda.

Le vi subir los escalones con toda la calma, atravesar el dormitorio principal hasta el baño, encender las luces y desaparecer dentro. Cerró la puerta. No del todo, pero aun así. Una persona civilizada sabía lo que significaba una puerta de baño cerrada.

Pero me la sudaba.

Oí el agua correr en el lavabo mientras me acercaba, y abrí la puerta de golpe para encontrármelo lavándose los dientes. Me planté delante y cerré el grifo.

—Es mi noche de bodas —le dije gélida—. Como mínimo tienes que intentar tirarme, para que yo pueda rechazarte.

Señaló el lavabo, delante del cual yo estaba plantada. Sin importarle que hubiera otro a medio metro escaso.

Me crucé de brazos, fulminándole con la mirada.

Se sacó el cepillo de la boca.

—¿Me dejash echcupir? —preguntó, con la boca llena de espuma de pasta de dientes.

—Vale. —Me aparté del lavabo para dejarle paso. Y luego refunfuñé—: Como si no hubieras escupido ya bastante esa noche —mientras escupía y se enjuagaba.

—Y como ya te he dicho —dijo, mirándome mientras se secaba la boca con una toalla—, no me follo a tías que han estado bebiendo.

—¡Pero si ni siquiera estoy borracha!

Me miró con cara de «ya, claro».

—Nena.

—¡Que no! —Estaba bastante segura de que sí. Eso no me impidió protestar. Con insistencia—. Mira, me lavo los dientes. No notarás nada. —Y con eso, le quité el cepillo de dientes y me lavé los dientes.

Se echó atrás, observando.

—¿Ves? —Escupí en el lavabo y me enjuagué, y luego le regalé mi mejor sonrisa—. Aliento fresco a menta.

—Has usado mi cepillo de dientes —dijo, mirándome con preocupación fingida—. Sabes que tiene gérmenes, ¿no?

Puse los ojos en blanco.

—Soy tu mujer —le solté con todo el sarcasmo del que fui capaz—. ¿No puedo usar tu cepillo de dientes?

Volví al dormitorio contoneándome, todavía intentando demostrar lo que quería demostrar. Zane me siguió a distancia. No estaba segura de por qué era tan importante para mí demostrar que no iba pedo. En el bar no me había parecido para tanto, especialmente cuando él no paraba de ponerme copas.

Ahora me parecía mal.

—¿Qué quieres que haga? ¿Andar en línea recta? ¿Tocarme la nariz con el dedo? —Lo hice, y gracias a Dios di en el blanco—. ¿Y si canto Schoolgirl? Seguro que me sé toda la letra.

Y entonces me puse a cantar la canción cutre de mi padre.

No del todo mal, además. Sabía mantener el tono.

No le llegaba ni a la suela del zapato a Zane, pero al menos no haría el ridículo del todo.

El alcohol me soltó, así que supuse que sonaba incluso mejor que de costumbre.

Aunque mi capacidad de juicio probablemente estaba algo mermada.

Zane simplemente se quedó allí, apoyado en la pared junto al baño, observando en silencio mientras yo intentaba quitarme las sandalias de tacón cantando el estribillo, y me caí de espaldas en la cama.

—¿Ves? —Me quité los zapatos de una patada e hice lo que pude para que pareciera que me había sentado a propósito—. Toda la letra.

—Ya.

—¿Y bien? —Le miré expectante—. ¿No crees que si estuviera pedo, eso sería lo primerito, primerito que se me olvidaría?

Se le curvaron los labios.

—Eso no tiene mucho sentido, Maggie.

—¡Que sí! —Me puse de pie de un salto—. ¡Venga! Canta conmigo. No sonará tan horrible si la cantas tú.

—No puedo. —Negó lentamente con la cabeza—. Te prometí que nunca cantaría esa canción.

Mierda. Era verdad.

—Vale. ¡Pero no vamos a dejarlo así sin más! Estoy aceleradísima, y es culpa tuya.

—¿Culpa mía?

—Eh, sí. Tú eres el que me ha sacado de la cama y me ha llevado de marcha, se ha casado conmigo, me ha metido alcohol hasta arriba, me ha pagado clases de lap dance y me ha cantado al karaoke. Ahora no tengo sueño. Quédate de fiesta conmigo.

—Joder —murmuró—. Nunca pensé que llegaría el día.

—¿Qué día?

—El día en que me suplicaras que me quedara de fiesta contigo.

—Lo que tú digas. —Fui hasta el otro lado de la habitación, pero algo tiró de mí y me hizo volver—.

Espera. Espera un momento… —Me acerqué a él y le clavé el dedo en el pecho—.

¿Me animaste a beber todo ese alcohol para no tener que tocarme?

—Me miré a mí misma y me pregunté lo borracha que parecía—.

¿Esto es como… repelente de Zane, o algo así?

Se rio brevemente, pero la mirada de sus ojos azules tenía bastante poco de divertida.

Sí. Había dado en el clavo.

El muy cabrón me había emborrachado a propósito para no follarme.

—Hostia. ¡Eres un capullo!

—¿Cómo que soy un capullo? Tú querías tomarte un champán, ¿y por qué no? ¿Por qué ibas a tener que aguantar a Dizzy sobria?

—¡Exacto! —Estaba tan encantada de que lo viera igual que yo que me lancé contra él, plantándole las manos en el pecho—.

¡Venga, Zane! Supéralo. Te prometo que no te voy a meter mano.

Es solo que no puedo irme a la cama ahora.

Me quedaré ahí tirada comiéndome todos esos bombones y cabreada con Dizzy, y eso es una gilipollez.

Me estudió, con un montón de cosas pasándole por detrás de los ojos que no lograba descifrar.

—No me preocupa que me metas mano, Maggs.

—Vale. Pues yo tampoco voy a dejar que me la metas tú. No estoy tan borracha. —No estaba del todo segura de que no lo estuviera, pero daba igual—. Solo… no sé… espabila y fúmate un porro o algo, tío. Te necesito.

Le recorrió el escote con la mirada. Seguía apoyada en él, con los pechos aplastados contra su cuerpo.

—¿Segura de que quieres que haga eso, nena?

—¿Por qué no? —pregunté con naturalidad, echándome hacia atrás para poner algo de espacio entre nosotros.

—Porque me pongo cachondo que te cagas cuando fumo.

No estaba bromeando. Se le notaba en la voz. Se le veía en la cara.

Pero yo no era ninguna víctima inocente. Podía mantener las bragas puestas si quería.

Ya las había mantenido puestas durante seis años.

—Ya te fumaste un porro cuando estuvimos en la terraza esa noche, ¿recuerdas? Y conseguiste controlarte.

—Cierto —dijo. Ya estaba sacando la hierba para liarse un porro, mientras me estudiaba con un ojo medio entornado—. Pero te pedí que te casaras conmigo.