Tan canallas como nosotros 8. Maggie
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8. Maggie

MAGGIE

—¿Has visto la cara que ha puesto Dizzy cuando nos han declarado marido y mujer? —Zane se pegó a mí para que no le oyeran; me rodeó la cintura con el brazo.

Para cualquiera que nos estuviese mirando, seguramente parecíamos exactamente lo que debían parecer unos recién casados.

Felices, un poco pasados de adrenalina y pegados el uno al otro.

La gente nos pitaba al pasar en coche. Estábamos en el bordillo a la salida de la capilla, a punto de meternos otra vez en la limusina, y Zane se había vuelto a poner la gorra, así que no creía que nadie le hubiera visto la cara.

Simplemente se alegraban por nosotros. Perfectos desconocidos, y probablemente estaban más contentos por mí que mi propio padre.

Dizzy estaba contento, claro. Por sí mismo.

Suspiré, porque sí, había visto la cara. Una cara que no recordaba haberle visto nunca a mi padre. Estaba bastante segura de que era orgullo.

Lo más parecido que le había visto antes era una aprobación tibia, y de eso hacía años, cuando le conté que me habían contratado para trabajar con Dirty.

En aquel momento, le interesaron mucho menos los detalles de mi trabajo que el nombre que iba a usar profesionalmente; se cabreó muchísimo cuando le dije que seguiría usando el apellido de mi padrastro, Omura, en vez del suyo.

Dizzy estaba empeñado en que llevar su apellido me abriría puertas en la industria, pero yo no era tan ingenua.

Sabía que le interesaba mucho más qué puertas podrían abrirse para él si lograba vincularse de alguna forma con Dirty.

Por un momento, me permití imaginar qué pensaría cuando descubriera que tampoco iba a adoptar el apellido de Zane. Seguramente diría que eso también era un error. Menos mal que me daba igual lo que pensara, ¿no?

Solo que sí me importaba. De ahí toda esta farsa ridícula.

Sí, tenía que hacer algo de una vez con esta jodida vena masoquista que tenía. Empezando mañana.

—Lo he visto —murmuré distraída, mientras observábamos a mi padre montar un espectáculo llamativo y bochornoso dejando propina al personal de la capilla.

—¿Les rescatamos o qué? —preguntó Zane, señalando al personal con la barbilla.

Estaban prácticamente atrapados por Dizzy, que agitaba un fajo de billetes mientras les contaba no sé qué historia inventada sobre la última gran hazaña que creía haber hecho.

Dizzy tenía una historia inventada para cada ocasión.

Sobre todo cuando había estado consumiendo.

—No —dije, aunque agradecí que Zane me dejara decidir a mí.

Nadie podía realmente «manejar» a mi padre, pero después de los años que llevaba trabajando con Dirty, tenía un don para saber cuándo dar un paso atrás y dejar que el ego más grande de la sala acaparara el protagonismo—. Deja que tenga su momento.

Joder, en serio. Cualquiera diría que él era el que acababa de casarse. Solo esperaba que no estuviera siendo maleducado.

El personal de la capilla se había portado de maravilla, y la sospecha de que Zane les había pagado para cerrar el local para nosotros se había confirmado, gracias a mi padre, en la primera oportunidad que tuvo.

A estas alturas me resultaba grotescamente evidente que, a sus ojos, el hecho de que me acabara de casar con un hombre que tenía la pasta, la influencia y los huevos para hacer algo así significaba que me había tocado la lotería con el marido.

Parecía haberse hecho a la idea a toda velocidad de que me casaba con alguien que, en su opinión, se parecía mucho a él.

Lo demostraba el hecho de que había usado la frase «Zane y yo…

» para empezar más o menos una de cada dos frases que había soltado desde que salimos del hotel.

Cosas como: Zane y yo habríamos preferido que llevaras un vestido blanco, Maggie.

Y así sucesivamente.

Lo cual me hizo pensar…

Observé a mi padre e intenté mirarlo con la mayor objetividad posible.

El pelo encrespado, decolorado, todo desgreñado y negro en las raíces.

Los vaqueros obscenamente ajustados. Las botas con tachuelas, los múltiples collares y los pendientes.

La camiseta sin mangas de Harley-Davidson que dejaba al descubierto sus brazos excesivamente bronceados, ya con textura de cecina; el tatuaje de una chica voluptuosa saliéndose de un biquini en el bíceps derecho.

Todo eso quedaba tan chulo cuando era más joven. Recordaba haber pensado que era la persona más molona del mundo. Entraba y salía de mi vida, y siempre tenía alguna excusa mágica para ello. Era como un superhéroe para mí entonces.

Pero ahora yo era adulta, y Dizzy era simplemente ridículo.

Era un hombre extremadamente rico que nunca había tratado a su propia hija con mucho respeto, por no hablar ya de cariño o amor genuino.

Y ahora estaba solo, aferrándose tan desesperadamente a su juventud de colocón que se tiraba a tías más jóvenes que su hija y que probablemente tenían sus propios problemas con sus padres.

Solo esperaba que esta fuera mayor de edad.

Mierda.

¿Zane iba a acabar igual que mi padre en treinta años?

Daba igual, me di cuenta. No iba a estar casada con él tanto tiempo.

No iba a estar casada con él en absoluto.

Claro, había pronunciado mis votos y firmado los papeles y había seguido el paripé. Me había «casado» con Zane en una capilla hortera de esas que abren toda la noche en Las Vegas, delante de mi padre y de una chica llamada Maxxi. Sí, con dos equis. Me lo deletreó.

No podía haber sido más ridículo, pero al parecer Dizzy se lo había tragado. Completamente.

Aparte de que Zane se había portado bastante bien con todo el asunto, era algo humillante. Lo que no acababa de decidir era si resultaba más humillante para mí o para mi padre.

La mano de Zane bajó hasta mi culo y me apretó una nalga.

Lo había hecho unas diez veces desde que habíamos llegado.

No me importaba. Me parecía patético e increíblemente doloroso que mi padre respetara más al hombre con el que me casaba que a mí, y sus comentarios en el bar del hotel esa noche aún me escocían.

Si esto era lo que hacía falta para que por fin desenterrara una pizca de respeto por mí, pues que así fuera.

Quería que viera a mi nuevo marido sobándome, y Zane, por su parte, estaba aprovechando cada oportunidad al máximo.

—Mete ese culito en la limusina, esposa —dijo, con esa voz ronca cargada de insinuación. Y luego me mordisqueó el cuello con los dientes—. Es hora de celebrarlo.

—No vamos a celebrar nada —dije con frialdad, intentando contener el escalofrío que me recorrió la espalda. La idea que tenía Zane de «celebrar» seguro que incluía su polla en mi coño, y a pesar de que había estado pegada a él durante la última hora, no me apuntaba a eso.

Estaba demasiado sobria, por no decir demasiado cuerda para apuntarme a eso.

—Y una mierda que no —murmuró, y esta vez me mordisqueó la oreja, pasando los dientes suavemente por la curva del lóbulo. Y joder… no podía estarme quieta. Me revolví un poco al estremecerme otra vez, fingiendo que tenía frío mientras me acurrucaba más en sus brazos.

—No —dije contra su camisa. Aquí sí que iba a plantar los pies. De ninguna puta manera íbamos a celebrar esta locura. Solo quería que todo esto terminara de una vez.

—Venga, Maggie. —Zane me agarró la cabeza y me levantó la cara—. Nos acabamos de casar y quiero que salgamos a pasarlo bien antes de que me desvirgues —susurró, con los labios tan cerca que me rozaban los míos—. Tranquila, será algo tranquilito.

Claro. Tranquilito.

¿Y desvirgarle? Estaba bastante segura de que ese honor lo tuvo otra mujer, hacía muchos, muchos años… su profesora de música del instituto, si recordaba bien la historia.

Nadie iba a desvirgar nada esa noche, como mucho, un par de ibuprofenos antes de caer redonda.

—No, Zane —le susurré, con voz firme—. Volvamos al hotel. —Solo me di cuenta de cómo había sonado cuando las palabras ya habían salido.

A Zane no se le pasó.

—¿Directos a la cama, eh? —Arqueó su ceja perforada mirándome, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Por mí vale. Podemos hacer eso si prefieres…

—Olvídalo —le corté, soltándome de sus brazos—. Vamos a pasarlo bien —anuncié, lo bastante alto para que todos me oyeran, mientras mi padre y su acompañante venían hacia nosotros.

Maxxi soltó un grito de entusiasmo. Mi padre le dio una palmada en el culo y les seguí dentro de la limusina, tirando de Zane detrás de mí mientras Flynn cerraba la comitiva.

Dizzy ya estaba abriendo una botella de champán que había sacado de algún sitio mientras yo me acomodaba en el asiento con un suspiro… y me pegaba mi sonrisa más deslumbrante de recién casada.

Tanto para plantar los pies.

Cuando llegamos de vuelta al hotel casi cuatro horas después, todavía me zumbaban los oídos por la música del bar de karaoke que abría toda la noche, la última parada de nuestra frenética gira nocturna por Las Vegas.

Fue Zane quien insistió en el karaoke. Había vuelto con la broma de desvirgar mientras repasábamos la selección de canciones, y cuando me di cuenta de que estaba planeando dedicarme una serenata, le siseé: «¡Ni se te ocurra cantar White Wedding!».

Entonces mi padre intervino, diciéndole a Zane con la lengua bastante pastosa que debería cantar Dirty Like Us, y yo ni siquiera estaba segura de si fue un error de verdad que confundiera el nombre de la canción más famosa de Dirty, o si estaba siendo imbécil equivocándose a propósito, pero ni Zane ni yo nos molestamos en corregirle.

Eso sí, tapé con la mano las canciones de Dirty en la selección, incluyendo Dirty Like Me, ya que le delataría en un segundo si a Zane se le ocurría subirse al escenario y ponerse a cantar ese himno de rock clásico, ya legendario, sobre amor, odio y desgarro del alma, que mojaba bragas. «¡Y nada de Dirty!», ordené.