Tan canallas como nosotros 7. Zane
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7. Zane

ZANE

Flynn y yo entramos en la capilla de bodas y nos encontramos con un cortejo nupcial esperando en el pequeño vestíbulo y una ceremonia en marcha en la sala principal, tras unas puertas cerradas. Se oían voces y risas. Con suerte, estarían a punto de terminar.

Me acerqué directamente al pequeño mostrador de recepción, fijándome en la mujer que había detrás.

—Hola —dijo al verme, animándose. Tendría unos cuarenta, guapa en plan MILF, la blusa abrochada un poco demasiado arriba. Parecía simpática. No debería costar mucho conseguir lo que necesitábamos.

—Hola, guapa. —Me había puesto la gorra bien calada; ni idea de si me había reconocido—. Vengo a casarme.

—Estupendo —dijo—. Estaremos encantados de atenderle. Solo habrá que esperar un poco. Hay una ceremonia en curso y otra pareja antes que ustedes. ¿Unos… cuarenta y cinco minutos?

Me apoyé tranquilamente en el mostrador y la miré a los ojos.

—¿Qué tal si, en vez de eso, te doy lo que ganas en un mes, ahora mismo, para que vacíes este sitio y nos cases a mí y a mi chica?

Se me quedó mirando, un poco sin palabras, pero se le veían los engranajes girando. Lanzó una mirada culpable al cortejo nupcial que charlaba emocionado al otro lado de la sala.

—Ah, sí —añadí, dando un golpecito en la pequeña vitrina junto al mostrador—, y voy a necesitar un par de anillos.

Minutos después, volví a la limusina, metí la mano y cogí a Maggie de la mano.

—¿Quiénes eran todas esas personas que acaban de salir con cara de cabreadas?

Joder. A esta chica no se le escapaba nada.

—No te olvides de las flores —le dije mientras se deslizaba hacia mí.

—¡Las tengo yo! —La acompañante de Dizzy, detrás de ella, levantó el ramo triunfalmente.

Maggie me fulminó con la mirada mientras bajaba de la limusina. Le cogí la mano y la guié hacia la puerta de la capilla. La mujer de recepción nos la estaba sujetando abierta.

—He visto a una mujer con vestido de novia, Zane. —Maggie estiró el cuello para ver por encima de la limusina, donde el cortejo nupcial que acababa de echar se estaba metiendo en un par de taxis—. No tenía pinta de recién casada feliz.

La hice pasar a la capilla, encogiéndome de hombros.

—La habrán cancelado.

Maggie entrecerró los ojos mirándome, pero no me lo echó en cara.

Dizzy y su acompañante, una tía con pinta de atolondrada, enfundada en un vestido tubo, que apenas parecía haber salido de la adolescencia, nos siguieron dentro.

Cuando habíamos llamado a la puerta de su habitación de hotel, tanto Dizzy como Maggie se habían quedado de piedra cuando le pedí formalmente la mano de su hija.

Dio su consentimiento, con una expresión de asombro mucho mayor de lo que yo esperaba.

Por lo visto, Maggie tenía razón en que no se la tomaba en serio, ni como miembro del equipo de dirección de Dirty ni como una mujer con la que yo tuviera los santos cojones de casarme.

Solo me confirmó que estábamos haciendo lo correcto. Al viejo de Maggie había que ponerle en su sitio.

Cumpliendo mi palabra, le hice prometer que no le contaría a nadie lo de la boda hasta que nosotros le diéramos permiso.

Le dije que esta noche era nuestra, de Maggie y mía, y que no necesitábamos que nuestra relación se convirtiera en un circo mediático.

Con esa condición, le habíamos invitado a asistir a la boda.

Estaba bastante seguro de que le mataría tener que mantener la boca cerrada con esto, pero lo haría por el honor de asistir a mi boda. Y no había duda. Al hombre le hacía claramente más ilusión el hecho de que fuera mi boda que la de su hija.

Menudo cabrón.

Luego sacó a esta tía de algún rincón oscuro de su habitación de hotel e insistió en traerla, y Maggie no pareció tener fuerzas para negárselo. Pero mientras mantuviera la boca cerrada, a mí tampoco me importaba.

Nos quedamos a un lado del vestíbulo mientras las puertas dobles de la sala principal se abrían y la boda que acababa de terminar se vaciaba.

Maggie negó con la cabeza mientras veía al personal acompañar a la novia y al novio hacia fuera, con un poco más de prisa de la cuenta.

Entonces se inclinó y me susurró al oído:

—Tienes serios problemas de control de impulsos. Lo sabes, ¿verdad?

—Para eso te tengo a ti —le susurré, inclinándome para acariciarle el cuello con la nariz e inhalar su dulce aroma—. Para que me gestiones todos los impulsos… —Entonces le agarré un buen puñado de ese culo precioso y le di a su nalga prieta un apretón lento por primera vez en la vida.

Me gustó. Mucho.

Puso los ojos en blanco pero se le sonrojaron un poco las mejillas, y Maggie no se sonrojaba nunca, joder.

Eso también me gustó.

La recepcionista nos guio hasta la vitrina de anillos y le preguntó a Maggie qué alianzas quería. Dizzy intentó meter baza con su opinión, pero a Maggie no le interesaba.

—Yo solo quiero casarme con Zane —anunció dulcemente, con el brazo alrededor de mi cintura y la otra mano en mi pecho—.

Me dan igual los anillos. Elige lo que te guste, cariño.

—Batió las pestañas mirándome coquetamente.

Yo bizqueé y saqué la lengua de lado. Ella se rio tontamente, lo cual era totalmente impropio de Maggie. Maggie tenía una risa sexy y ronca.

Estaba exagerando toda la pantomima de cara a su padre.

Dizzy estaba demasiado pendiente de su acompañante o demasiado desconectado de su hija para darse cuenta, de todas formas.

Probablemente las dos cosas. Pero Maggie se las apañó para mantenerle ocupado, alimentándole el ego al pedirle opinión sobre un montón de cosas que yo estaba jodidamente seguro de que a ella le importaban una mierda.

¿Debería su acompañante ser la dama de honor?

¿Deberíamos usar el ramo que habíamos traído, o usar algunas de las flores que ofrecía el local?

Mientras estaban distraídos, elegí unos anillos y eché un vistazo alrededor.

Era una capilla temática hortera, y el tema era el rock 'n' roll.

La recomendación me la había dado el hotel, pero, cumpliendo mi palabra de ocuparme yo de todo, no dejé que llamaran para avisarles.

Estaba bastante seguro de que podía sacarlo adelante con un poco de pasta.

No caí en que quizá el dinero no era la única razón por la que nos habían dejado adueñarnos del sitio hasta que el tío que iba a casarnos me pidió que le firmara un disco de Dirty enmarcado que tenían en la pared.

Accedí a firmarlo con la condición de que el personal entendiera que esta boda era un evento privado, y que no debían contárselo a nadie.

Aceptaron con entusiasmo, especialmente cuando aumenté la propina.

Luego garabateé la firma de Dylan en el disco en vez de la mía, sonriendo para mis adentros.

El autógrafo de mi batería era jodidamente ilegible.

Estaba bastante seguro de que no se dieron cuenta de que no era la mía.

Y si lo hicieron, nadie se creería que era la mía de todas formas.

Yo era el último tío de la banda al que cualquiera esperaría encontrar merodeando por una capilla de bodas. Y eso era mucho decir. Mis hermanos de banda no eran exactamente famosos por sus relaciones estables.

Aunque claro, nadie me había visto nunca con Maggie.

No así.

Ni yo mismo sabía cómo sería aquello. Qué se sentiría al estar realmente con ella. Pero me descubrí siguiéndola con la mirada por la capilla mientras ella y Dizzy curioseaban, y se sentía jodidamente bien.

Claro, todo había empezado como un impulso. Al menos, la parte de la propuesta. Un impulso alimentado por la testosterona, provocado por el trato de mierda de Dizzy hacia su hija y mi propia necesidad visceral de hacer todo lo que estuviera en mi mano para protegerla de él.

Pero era un impulso que llevaba seis años gestándose.

La mecha se encendió el día que conocí a Maggie, y llevaba ardiendo por ella mucho, mucho tiempo.

Cuanto más cerca estábamos de recorrer ese pasillo, más me iba gustando la idea de hacerla mi mujer.

A pesar de lo que pudieran pensar mis amigos, de lo que Maggie pudiera pensar, yo podía perfectamente con eso de tener esposa y matrimonio. Si era Maggie. ¿Por qué coño no?

Había tenido todo tipo de fantasías con esa chica, ¿y verla con ese vestido rosa ceñido sujetando esas flores? Sí, me apuntaba a eso sin dudarlo.

Mi mujer.

—Entonces… ¿qué haces luego?

Bajé la mirada y me encontré a la acompañante de Dizzy acercándose demasiado.

—Ya sabes —añadió—, después de esto.

La miré fijamente. ¿Pero qué coño?

—Tirarme a mi nueva esposa —le dije, con cara de póquer.

Sonrió levemente, y fue entonces cuando me fijé en sus ojos. Iba colocada de algo. No olía a alcohol, eso sí.

—Ah, ya —dijo, un poco soñadora—. Es tan guapa. —Y entonces sus pensamientos parecieron irse a otra parte, y ella también.

Negué con la cabeza.

—Estamos de suerte, cariño —oí decir a Dizzy—. Tienen mi canción.

Me giré y vi al padre de Maggie metiendo monedas en una máquina de discos y mirando a Maggie.

¿Cariño?

Supuse que estaba jodidamente encantado con todo este evento, entonces. Gran mejora respecto a llamarla zorra.

Entonces empezó a sonar la canción y me encogí.

Schoolgirl.

Hostia, pero qué despistado era este hombre.

Mi mirada chocó con la de Maggie al otro lado de la sala.

Se le estaba poniendo la cara del mismo rosa que el vestido.

No sabía si era rabia contenida o risa, o quizá algún tipo de reacción alérgica a la canción.

Fuera lo que fuese, se lo tragó y sonrió, la viva imagen de la novia feliz y sonrojada.

—¡Perfecto! —dijo alegremente.

Llevó a Dizzy y a su acompañante a hablar con el oficiante, y luego vino hacia mí mientras Dizzy acribillaba al tío a preguntas, poniendo los ojos en blanco.

La verdad es que sentí un poco de pena por el hombre, pero estaba en el negocio de las bodas.

No podía ser la primera vez que le tocaba lidiar con un padre de la novia gilipollas.

—Eh —dije, cogiéndola de la mano y atrayéndola hacia mí.

—Eh. —Me miró y se mordió el labio. Y sí, me gustaba discutir con Maggie, pero mejor aún que discutir con Maggie era ver ese chispazo de travesura tan raro y tan jodidamente precioso en sus ojos, el que decía que estábamos en el mismo equipo—.

Quería decirte… nunca fui esa chica que soñaba con una gran boda tradicional, ¿sabes?

—Menos mal, porque este sitio es un puto antro.

Echó un vistazo alrededor y se encogió de hombros.

—Ya. Menos mal que da igual. Pero a veces las tradiciones pueden ser bonitas. Y ya que todo esto es tan poco convencional… —Sonrió—. ¿Conoces eso de «Algo viejo, algo nuevo, algo prestado, algo azul»?

—Claro.

—Pues… —Miró por encima del hombro para asegurarse de que Dizzy no la oía y se pegó a mí—. Dizzy es lo viejo —susurró.

Me reí.

—Perfecto.

—Y las flores son lo nuevo —dijo, haciendo girar el ramo—. Algo prestado… pensé que a lo mejor me podías dejar el anillo de calavera.

—Es tuyo. —Me lo quité y se lo deslicé en el pulgar otra vez. Su pulgar parecía diminuto y delicado, envuelto en el gran pedazo de plata.

—Y… bueno… —Bajó la mano—. Ya sé que tú elegiste el rosa, pero necesitaba algo azul. —Se subió el vestido por el muslo y me enseñó el encaje azul eléctrico de sus bragas.

Oleada instantánea de lujuria, directa a la polla.

—Creo que, tradicionalmente, se supone que debería ser una liga azul, pero no tenía una de esas con tan poca antelación. —Se mordió el labio otra vez, sonriendo—. ¿Crees que vale?

—Sí —dije mientras se bajaba el vestido—. Vale, nena.

Entonces me incliné y le atrapé la boca con la mía. Simplemente me pareció lo correcto.

Me estaba casando con la chica.

Le rodeé la nuca con la mano y la besé despacio. La abracé fuerte, respirando con ella. No quería soltarla. Solo quería saborearla, olerla… hacerla mía de todas las maneras posibles.

¿Debería haberme asustado eso?

Quizá.

Nunca había deseado a nadie así. Nunca había querido que nadie me perteneciera.

Nunca había querido pertenecer a nadie… hasta que conocí a Maggie.

Se apartó, pasándose la lengua por el labio y mirándome, con una oleada de deseo y una extraña inquietud latiendo entre nosotros. No sabría decir qué era. No sabía si era malo o bueno. Solo sabía que quería besarla otra vez.

Me incliné y le rocé los labios con los míos.

—Eh, vosotros dos.

La voz de Dizzy rompió el momento y sentí a Maggie ponerse rígida.

Le eché un vistazo. Estaba de pie junto a las puertas abiertas de la sala principal, al pie del corto pasillo con alfombra roja, con una sonrisa de gilipollas satisfecho. Le ofreció el codo a Maggie, y yo la acompañé hasta él, entregándosela con cuidado.

—Vamos allá —dijo, y Maggie sonrió.

—Tengo algo que decir.

La ceremonia fue breve y al grano, pero cuando el tío empezó con la retahíla estándar de los votos matrimoniales, intervine, cortándole.

—Ah… lo siento. —Miró de mí a Maggie y otra vez a mí—. Tenía entendido que no habían escrito votos.

—No los hemos escrito —dije, sosteniendo la mirada de Maggie. Parecía un poco asustada. Seguramente quería que me ciñera al guion, pero a la mierda—. Tengo algo que decirle a mi novia.

El tío carraspeó y me hizo un gesto para que tomara la palabra.

—Por supuesto.

—No es mucho. Solo algo que necesito decirte, aquí y ahora, delante de tu padre.

—Ni miré a Dizzy. No hacía falta para saber que se estaba comiendo esto con patatas—.

La primera vez que te conocí —le dije, cogiéndole las manos con fuerza entre las mías y mirándola directamente a esos ojos grises—, me pareciste adorable.

También pensé que no durarías. Llevabas aquellos brackets invisibles, ¿te acuerdas?

—Sonrió un poco y se mordió el labio—. Y tenías un valor de la hostia.

Te quedaste. Nunca tiraste la toalla conmigo, ni cuando deberías haberlo hecho.

Desde el principio, has sido mi chica. Aunque todavía no lo supieras.

Para mí, esto no es más que hacer oficial lo que siempre he sabido.

Me encanta todo de ti, Maggs, incluso las cosas que me sacan de quicio, y no pienso dejarte escapar.

Sus ojos grises se encendieron con eso. Seguramente porque el hecho de que yo declarara abiertamente delante de Dizzy que lo nuestro iba para largo iba en contra de su plan de que pronto nos «divorciaríamos». Pues a la mierda con eso. Aceptó casarse conmigo.

Yo nunca acepté eso de concederle el divorcio después.

Se me quedó mirando, balbuceando algo de que ella también me quería, cuando el tío se lo indicó.

Después de eso, tengo que decir que todo fue un poco borroso. Quizá porque tenía los ojos un poco húmedos.