6. Maggie
MAGGIE
—¿Nos vamos adónde?
Me quedé mirando a Zane con la boca abierta de par en par. Bastante segura de que era un look supersexi, combinado con mi conjunto de pelo-de-almohada-y-pijama. En ese momento, me importaba una mierda.
—A una capilla de bodas —dijo, trasteando con el móvil, completamente despreocupado por el hecho de que íbamos a una capilla de bodas—. Tranquila, Vegas está plagada de ellas.
Cuando me quedé allí plantada, sus ojos azules se alzaron para encontrarse con los míos, con un destello de desafío en sus profundidades heladas. Fue en ese preciso momento cuando la situación me golpeó de lleno.
Esto estaba pasando.
Si alguien podía hacer una movida tan demencial, era Zane.
El hombre tenía cero control de impulsos. Eso lo sabía. Entonces, ¿por qué coño me sorprendía?
Sí, le dije que lo haría si lo organizaba. Simplemente no pensé que fuera a hacerlo de verdad, hasta el punto de que me había lavado, me había pasado el hilo dental, me había puesto tapones para los oídos y me había metido en la cama.
Básicamente, calculé que una vez que el subidón de actuar por impulso empezara a bajarle y me perdiera de vista, su ADHD se activaría y pasaría a otra cosa… como buscarse otra orgía.
Por lo visto, me equivoqué.
—Mueve el culo —dijo, con un brillo demente y perverso en los ojos que ni siquiera quería mirar directamente. ¿Qué pasaba cuando mirabas a la maldad pura a los ojos?
Nada bueno.
—Zane. No vamos a salir así sin más y… y…
casarnos —farfullé—, ya sabes… sin seguridad.
—Y sí, estaba ganando tiempo. Desesperadamente.
Las neuronas me iban demasiado jodidamente despacio—.
O sea… no pienso dejar que me pisoteen en una estampida de tías borrachas en mi…
Dios… —Me paré a tragar saliva y reunir la voluntad para decirlo—.
En mi… puta noche de bodas… ya sabes, cuando empiecen a reconocerte… y…
Estaba empezando a sudar. El pijama de seda se me pegaba a las tetas. Y cómo no, mi futuro marido —hostia puta, qué raro sonaba eso— lo notó. Su mirada me recorrió el pecho, fijándose directamente en mis pezones, que se erizaron con un poco más de entusiasmo del debido ante la atención.
Me crucé de brazos sobre el pecho y le lancé una mirada elocuente. —Seguridad, Zane. ¿Has resuelto ese pequeño detalle?
—En ello. —Empezó a marcar en el móvil, y me lancé sobre él.
Porque, por lo visto, saltar encima de Zane ya era lo mío.
Esta vez no se cayó. Se quedó ahí de pie con cara de sorpresa y sospechosamente excitado mientras yo me aferraba a él como un mono, con el móvil que le acababa de arrancar de la mano en mi poder.
Lo solté, me dejé caer al suelo y me aparté… el móvil ya estaba marcando a Jude. Ah, no. No, no, no.
Colgué. —No vas a llamar a Jude.
—Acabas de decir que necesitamos seguridad —dijo tranquilamente, estudiando mis pezones a través de la parte de arriba del pijama de seda otra vez. A la mierda, que mirase. No tenía tiempo de protegerme de sus ojos y de toda la fuerza de su locura a la vez.
—Sí, y te dije cuando me «propusiste matrimonio» que no se lo puedes contar a nadie, y si haces que Jude venga con nosotros, todo el universo lo sabrá cuando salga el sol.
—¿Por qué has dicho «propusiste matrimonio» así? —preguntó, y si no le conociera juraría que le había herido los sentimientos—. Fue una propuesta en condiciones, Maggs.
—Una propuesta en condiciones suele culminar con la presentación de un anillo, Zane.
—Te ofrecí un anillo. Y tú me pides…
—Yo no te pedí nada.
—…una propuesta en condiciones culmina con sexo de celebración.
Y ahí estaba.
—Dijiste que no habría sexo.
Se encogió de hombros, como si fuera el detalle menos importante del mundo. —Dije que no teníamos que tener sexo. Pero vamos a centrarnos, Maggie. Dizzy está esperando.
Claro. Joder.
Casi se me olvida ese imbécil, de lo ocupada que estaba lidiando con el que tenía delante.
Pero la mención del nombre de mi padre sirvió para recordarme por qué coño nos estábamos planteando esta locura para empezar.
—Lo que sea —dije, estampándole el móvil contra los abdominales de tabla de lavar—. No vas a llamar a Jude.
—Jude es discreto, Maggs —dijo—. Es su trabajo.
Genial. Ni habíamos llegado a la ceremonia y ya estábamos discutiendo. Otra vez.
Ceremonia… Dios, sonaba muy oficial. Aunque solo fuera una ceremonia de mentira, para jodérsela a mi padre… Dios.
—Escúchame con atención —dije—. No puedes decírselo a Jude.
El mejor amigo de Jude en el mundo entero es Jesse, y se lo va a contar a Jesse, aunque le digamos que no.
Es un hecho. Que tú y yo nos casemos esta noche, aunque sea solo por Dizzy, es un cotilleo demasiado jugoso para esperar que la gente se lo calle.
¿Lo entiendes? Jesse se lo contará a Elle, y Elle es demasiado cercana a Dylan como para no contárselo.
Dylan se lo contará a su mejor colega, Ash.
Ash es el vocalista de los Pushers. Lo más probable es que se lo cuente a sus colegas también.
—Incluido Coop. Uf—. Lo que significa que Pepper se entera, y Pepper se lo contará al puto mundo entero.
—Era verdad. El batería de los Penny Pushers tenía una boca enorme, joder—. ¿Ves el reguero de destrucción?
—Supongo que más o menos veo cómo iría la cosa —dijo despacio, siguiendo mi lógica—. Pepper sí tiene la boca grande.
—La más grande.
Me miró pensativo. —Has hilado eso muy rápido.
—Es mi trabajo —dije.
—Entonces, cuando dijiste que no se lo vamos a contar a nadie… te referías literalmente a nadie.
—Exacto.
—¿Por cuánto tiempo?
—Para siempre, joder.
Me sostuvo la mirada durante los segundos más largos de la historia, negando con la cabeza como si de verdad le hubiera dejado sin respuesta. Mala suerte. Esto lo hacíamos a mi manera —en secreto— o no se hacía.
Al final, esbozó una sonrisa perpleja. —¿Sabes qué? Eres muy rara, Maggs.
—Créeme, amigo, tú eres mucho más raro, joder.
Se encogió de hombros. Y volvió al móvil, todo profesional. —No llamaré a Jude. Buscaremos a otro.
—Pero…
—Fíate de mí.
Me puse tensa, y lo captó.
—Si voy a ser tu marido, vas a tener que aprender a fiarte de mí —dijo.
—No empieces con esas mierdas.
—¿Qué mierdas?
—Llamarte mi marido. Todavía me sobra tiempo para mandarte a la mierda antes de llegar al altar.
Se limitó a sonreír con su sonrisa de vikingo endemoniadamente sexy y se quedó ahí, mirándome, como si estuviera esperando a que fuera y le mandara a la mierda de una vez.
Ya. El cabrón me estaba pillando el farol.
Puse los ojos en blanco. Pero no hice ningún movimiento para desaparecer.
—Ve a ponerte ese vestido tan sexy —ordenó—, o te caso en pijama. Tienes… seis minutos.
Le dirigí mi mirada más tranquila y serena. —Claro. Cuando salgas de mi habitación.
—Ningún problema. Te veo fuera. —Señaló con la barbilla hacia el salón y salió pavoneándose.
Cerré la puerta del dormitorio detrás de él.
Luego lancé las bragas rosas guarras al otro lado de la habitación en un arrebato de frustración y me puse a rebuscar en mi maleta en busca de otra cosa.
No sabía cuál era la ropa interior adecuada para casarse con Zane Traynor, pero esa no.
Si tuviera unas bragas de abuela para ponérmelas…
Se lo tendría merecido si intentaba meterme mano bajo la falda.
Pero conociendo a Zane, seguramente eso también le pondría cachondo.
Jodido salido.
Pero supe que había encontrado las bragas y el sujetador perfectos en cuanto los vi. Cogí mi neceser y me llevé todo al baño para arreglarme.
Me puse la lencería, jodidamente agradecida de haber tenido una cita esta noche —sí, ya—, así que estaba toda bien depilada e hidratada.
Nada de casarme con Zane con pelos en las espinillas.
Me puse el vestido, me maquillé con lo básico —una pasada rápida de maquillaje mineral, brillo de labios y rímel— y me alisé el pelo, con un par de minutos de margen.
Con tanto viaje y el ritmo frenético de mi trabajo, me había convertido en una profesional de arreglarme a toda velocidad, capaz de prepararme para cualquier situación en un abrir y cerrar de ojos.
Aunque nunca pensé que lo haría para mi propia boda. Seguramente habría pensado que pagaría a una profesional para esto cuando me casara. Y a lo mejor tendría amigas aquí, arreglándose conmigo.
¿Cómo quién? ¿Tu buen amigo, Zane?
Joder.
Daba igual. Esto no significaba nada de verdad, ¿no?
Ya te casarás de verdad, con alguien amable, guapo y cuerdo, cuando estés preparada.
Gracias, mamá.
Y por cierto, estás preciosa.
Durante un momento, mientras me apartaba y me miraba en el espejo, me sentí orgullosa y tan intensamente triste que casi me partió por la mitad. Tuve que agacharme en cuclillas y respirar hondo varias veces para no ponerme a llorar.
Dios, habría estado tan orgullosa de mí. Incluso así.
Aunque fuera una boda estúpida de mentira y solo lo estuviera haciendo para jodérsela a mi padre… ella me habría apoyado.
Hostia, se habría descojonado cuando se lo contara.
Esto no es propio de ti, Maggie May. Pero eso también está bien.
Y tendría razón.
Así que estaba a punto de hacer algo de locos y totalmente impropio de mí esta noche. Esto era Vegas.
¿Por qué no ir a por todas?
Así que irse a una capilla de bodas con Zane Traynor no era exactamente lo menos autodestructivo que una chica podía hacer un viernes por la noche. No es que no lo supiera.
De hecho, sería la primera en decirle a cualquier otra chica que preguntara que Zane Traynor era exactamente el tipo de tío con el que te follabas en el baño de alguna fiesta descontrolada después de unas cuantas copas de más; después, quizá les contabas a tus amigas lo de su cuerpo de otro mundo, su polla enorme y cuántas veces te había hecho correrte con su lengua demoníaca.
Quizá te masturbabas con el recuerdo unas cuantas veces, o mil.
Y luego pasabas página. Conocías a ese tío guapo, cuerdo, normal, que a lo mejor también tenía un cuerpo de otro mundo, si tenías suerte, pero que no se había tirado a medio continente.
Zane no era el tío al que le presentabas a tu padre, por decirlo de alguna manera; ni siquiera a un padre como el mío.
Desde luego, no era el tío con el que te casabas.
Por mucho que la idea pudiera estar despertando un anhelo desencaminado en lo más profundo de mis tripas, desatando una emoción estúpida que me recorría el cuerpo entero y me hacía sudar un poquito. No; Zane Traynor no era ese tío.
Por eso no iba a dejarme llevar por lo que esto no era.
Esto no era que Zane, de repente, hubiera dado un giro de ciento ochenta grados y se hubiera convertido en el hombre de mis sueños.
Es decir, el dios del rock más bueno que había visto en mi vida, con talento, encantador, y comprometido, dispuesto de repente a renunciar a sus legiones de groupies adoradoras para lanzarse a quererme —solo a mí— el resto de su vida.
Esto era Zane haciendo una movida clásica de Zane, y yo, por primera vez en la vida, dejándome llevar. Por voluntad propia. Un poco a lo loco, pero con buenos motivos.
Y mi padre era ese motivo.
Mañana nos reiríamos de todo y seguiríamos con nuestras vidas. Con el tiempo, tendríamos un chiste privado cojonudo. Eh, ¿te acuerdas de aquella vez que nos casamos de mentira en Vegas para jodérsela a Dizzy?
Para morirse de risa.
Me levanté, respirando hondo varias veces para calmarme. Las lágrimas todavía me brillaban en los ojos, pero las contuve.
No era una boda de verdad. Prohibido llorar.
Me eché un último vistazo en el espejo buscando señales de angustia. Nada. Todo controlado. Y joder… el vestido sí que era sexy. Ceñido, ajustado y diminuto, normalmente lo usaba más como una camiseta larga con mallas y una chaquetita.
Pero cuando salí del dormitorio un momento después y vi la mirada que me echó Zane, y la que me echó Flynn también… supe que podía hacerlo. Podía bordar esta movida de novia-de-repente.
—Flynn —dije, asintiendo con aprobación hacia Zane—. Buena elección.
Flynn llevaba tres años en el equipo de seguridad de Dirty, y era sólido como una roca. Y discreto, sin duda. El tío apenas había pronunciado más de unas pocas docenas de palabras en mi presencia en los años que le conocía.
Zane cogió un pequeño ramo de flores rosas de la mesa de la entrada. —Nos casamos —dijo sin rodeos, respondiendo a la expresión de leve confusión en la cara de Flynn mientras me entregaba el ramo.
Puse los ojos en blanco. —De momento —murmuré entre dientes mientras cogía el ramo. Los tallos estaban cortados cortos y estaba atado con un lazo de raso blanco. Me cabía perfecto en la mano.
Un bonito detalle.
Aun así, todo esto se sentía increíblemente absurdo cuando vislumbré la pregunta silenciosa en los ojos de Flynn. Estaba bastante segura de que no le contaría a nadie lo que había visto, pero tenía que asegurarme.
Eché los hombros hacia atrás y le sostuve la mirada, sin achicarme ante su tamaño, el hecho de que llevaba una pistola, o el desapego frío y profesional que se había asentado en sus facciones otra vez.
Sí, era una mujer pequeña, pero me merendaba a tíos duros a diario como parte de mi trabajo.
Seguratas, roadies, estrellas del rock… los machotes no me intimidaban.
Solo los guapos y completamente idos, por lo visto.
—Juro por la tumba de mi madre —le dije— que como le cuentes esto a alguien, te mato. No sabrás dónde, ni cuándo, ni cómo, pero lo haré. Me da igual que seas exmilitar y toda esa mierda. Te morirás. Lentamente. Te mataré a ti y a todos tus futuros hijos también. No quieres meterte conmigo.
—Lo sé, Maggie —dijo Flynn con un pequeño gesto de cabeza. Una sonrisa leve le tiró de los labios mientras me miraba, tan dura con mi vestido rosa sexy y mis tacones de diez centímetros, sujetando mi pequeño ramo de tulipanes.
Sí, eran tulipanes. Mis flores favoritas.
Miré de reojo a mi «novio» mientras me ofrecía un codo. Lo cogí, sintiéndome un poco arrepentida por lo de los hijos. ¿Un poco excesivo? Daba igual. Flynn ni siquiera tenía novia que yo supiera, y mucho menos hijos en camino.
—Me encanta cuando amenazas a la gente —dijo Zane, y Flynn apartó la mirada, fingiendo no oír. De aquí en adelante, no era más que una mosca en la pared… una mosca ciega y sorda como una tapia con una pistola.
—Ya —dije, un poco avergonzada—. Se me da bastante bien.