5. Zane #2
No es que de verdad creyera que ella no me deseaba a mí también.
Por mucho que Maggie se esforzara en fingir que eso era así, era una sarta de mentiras.
Hablando claro, me había acostado con suficientes mujeres como para saber cuándo una mujer estaba interesada en mí.
Muy interesada en mí. Físicamente, al menos.
Más allá de eso, no podía decir cuánto había realmente entre nosotros.
No es que hubiéramos tenido nunca la oportunidad de explorarlo, dado que lo que Maggie quería y lo que estaba dispuesta a hacer eran dos cosas jodidamente distintas.
Había tenido seis largos y frustrantes años de cojones para aprender eso de ella.
—No podemos —dijo.
—Esto es Vegas —le dije—. Claro que podemos, coño.
Se me quedó mirando. Los dos nos habíamos quedado inmóviles. La polla me seguía palpitando entre los dos, su corazón latiendo contra el mío. Pero no me estaba apartando.
Yo tampoco me iba a levantar.
En mi defensa, era Maggie.
Debajo de mí.
Y no llevaba pantalones.
Estas cosas no pasaban todos los días. Estas cosas no pasaban nunca, en realidad.
No tenía ni puta idea de por qué estaba pasando ahora, pero mientras ella me dejara salirme con la mía, yo no iba a ser el que lo cortara.
—Si hacemos esto —dijo despacio, tragando saliva—, no puedes contárselo a nadie. Solo tú, yo y Dizzy. Nadie más.
—Nadie más.
—Y tienes que organizarlo todo tú solo. —Su tono decía que no se creía ni de coña que lo fuera a hacer.
—Ningún problema.
—Ya —dijo. Cero fe en mí.
Dios. ¿En qué momento exacto la había cagado tan monumentalmente con esta chica?
No era ningún secreto que ella me llevaba todo controlado desde hacía años, pero era porque a mí me gustaba que me lo llevara todo controlado. No significaba que fuera un jodido imbécil.
—Yo me encargo de los preparativos —dije con cuidado, despacio, para que no pudiera fingir que me había oído mal—.
Vamos y hacemos esto. Sin excusas, sin echarse atrás.
Sin mierdas de Maggie May dándole mil vueltas.
Sin echarme la culpa si no tienen un imitador de Elvis disponible para oficiar nuestra movida o lo que sea.
Dices que sí, te haces responsable. Lo llevas hasta el final.
Y te prometo que haremos que ese cabrón de padre tuyo se trague sus putas palabras.
Entrecerró sus ojos grises hacia mí, pero vi el brillo en ellos. Lágrimas. La idea de jodérsela a Dizzy era demasiado dulce para resistirse.
Y puede que no fuera la mejor propuesta de matrimonio de la historia de la humanidad, pero tendría que valer, joder. No es que hubiera planeado esta mierda.
Planificar era cosa de Maggie. Yo era más de improvisar sobre la marcha. Hasta ahora no me había ido mal. Seguía vivo. Además, tenía a Maggie debajo de mí, con su corazón latiendo contra el mío.
—Eso, o le mato —le dije tranquilamente, pasándole el pulgar por el labio—. Tú decides, Maggie May.
—No tienes que matarle —dijo, sorbiendo la nariz un poco—. Es un imbécil, pero no merece morir. Ya perdí a mi madre y a mi padrastro. No necesito perderle a él también.
Joder. Ese cabrón ni de lejos se merecía el amor ni el perdón de esta chica.
—Como quieras —dije—. Pero eso no es un sí. Necesito oírlo de tus labios.
Puso los ojos en blanco. —Sí.
—Ya era puta hora.
Me tomé mi tiempo para levantarme, recolocándome la polla palpitante en los vaqueros. Ya… seguramente no debería haberle dicho que podíamos hacer esto sin sexo.
No sé en qué estaba pensando con esa.
La miré, tumbada ahí con el albornoz todo torcido. El pelo oscuro esparcido alrededor de su cara. Esos ojos grises abiertos de par en par mirándome, un poco nublados por el champán… tan jodidamente guapa.
Negué con la cabeza.
—Ahora mueve el culo, mujer, y ponte el mejor vestido que tengas.
Diez minutos después tenía un servicio de coches reservado y casi estaba listo.
Solo hizo falta una llamada al conserje para organizarlo todo. Así que quizá no lo hice todo yo solo, pero no di mi nombre, solo el número de nuestra habitación, que estaba a nombre de Maggie. Si ella no quería que se lo contara a nadie, podía hacer esto de incógnito.
Aunque se me hacía un poco raro no contar con mis chicos. Jesse, Jude y Brody habían sido como hermanos para mí desde que éramos críos, y casarse era una de esas cosas para las que habría pensado que estarían allí, o para cubrirme las espaldas, o para intentar disuadirme.
Pero ni de puta coña quería que me disuadieran de esto con Maggie.
Si ella no podía disuadirme, nadie podría.
Entré en el baño principal, negando con la cabeza. Maggie. Tocapelotas de cojones.
Y entonces fue cuando me cayó la ficha de verdad…
Hostia puta. Me iba a casar con Maggie.
Maggie se iba a casar conmigo.
Me paré en seco cuando sentí esa puta cosa apoderarse de mí, agarrándome tan fuerte que apenas podía respirar —el corazón martilleándome como lo hacía en ese último momento justo antes de salir al escenario…
cuando siempre tenía un breve ataque privado de inseguridad, sin saber nunca del todo cómo me recibirían.
¿Me querrían, o me darían la espalda?
Sabía que era una mierda del subconsciente por aquello de que mis padres se largaron cuando era tan pequeño. También sabía que por eso, en el fondo, no era lo bastante bueno para una chica como Maggie. Y puede que nunca lo fuera. Porque había algo que no funcionaba en mí. Algo que faltaba.
Algo que se fue, que se perdió, y que quizá nunca volvería.
Empecé a sudar, igual que sudaba en ese momento entre bastidores, con el rugido del público retumbándome en los oídos.
¿Cuántas veces lo había soñado?
Salir a un escenario vacío, encontrar el recinto vacío, el sonido del público todavía tronando en mi cabeza y ni una sola persona en el local.
Nadie entre bastidores tampoco. Hasta mi banda se había ido.
Estaba solo, pero podía oír el concierto a tope al otro lado de algún muro al que nunca lograba llegar.
El espectáculo había seguido sin mí.
Joder.
Simplemente joder.
Me eché agua fría en la cara y me quedé ahí apoyado sobre el lavabo durante un buen rato, agarrándome a la encimera y dejando que el agua me goteara.
¿Me quería Maggie?
¿Llegaría a quererme?
No tenía ni idea. Ni. Puta. Idea.
Me miré en el espejo, directo a los ojos, y quizá estaba mal, pero sabía que me daba igual. Me daba absolutamente igual cuáles fueran sus razones para casarse conmigo. Con tal de que lo hiciera.
Tenía las pestañas mojadas, apelmazadas y oscuras, haciendo que mis ojos parecieran de hielo. Cuando era crío y dejé de odiarme a mí mismo, aprendí que era una cara que funcionaba. Nunca había tenido problemas con las mujeres. A veces ellas tenían un problema conmigo…
Me daba igual.
Pero ¿Maggie? Maggie era diferente.
Siempre había sido diferente.
Desde que conocí a esa chica, las demás mujeres no habían sido más que sustitutas. Desde aquella noche, hacía ya tantos años, cuando la acorralé y le dije lo que quería… y me rechazó por primera vez de muchas. Sí. Solo calientacamas, ocupando el lugar de la única chica que de verdad quería.
Y puede que no planeara pedirle matrimonio esta noche, pero ni de coña era la primera vez que había pensado en hacerla mía. Ni mucho menos. Simplemente nunca había encontrado la manera de hacerlo. La maldición de mi puta existencia.
Me sequé y cogí una bocanada de aire enorme, desde las tripas.
Maggie.
Hostia puta.
¿Qué pasaba cuando conseguías todo lo que siempre habías querido? Lo único que de verdad importaba.
¿Pasaban esas cosas de verdad?
¿A alguien como yo?
No. Porque no está enamorada de ti, imbécil.
Joder. Daba igual.
Aunque se estuviera casando conmigo solo por lo de Dizzy… para cuando se despertara mañana, me aseguraría de que supiera que había hecho lo correcto. Hostia, me pasaría el resto de mi vida convenciéndola de ello.
Joder.
El puto Dizzy.
Me erguí y me recompuse de una puta vez.
Los hombros hacia atrás, la mandíbula apretada, me crují el cuello, y así, sin más, la adrenalina empezó a subir otra vez.
Igual que cuando me obligaba a salir al escenario.
A reclamar lo que era mío. A hacerlo mío.
El pulso adoptó el golpe firme y constante del bombo, la seguridad del me-importa-todo-una-mierda y la confianza familiar tomando el mando.
No había tiempo para mierdas de pánico escénico de aficionados.
Tenía cosas que hacer.
Había encontrado el móvil de Maggie en su silla de la terraza y lo usé para llamar a su padre.
Le dije que estuviera listo en diez minutos.
Simplemente intenté que no se me notara el asco en la voz.
No fue fácil. Pero el tío estaba tan ansioso por hablar de negocios conmigo que estaba bastante seguro de que ni se dio cuenta.
La cabeza demasiado metida en su propio culo. Seguramente colocado también.
Cómo ese perdedor pudo engendrar a un ángel como Maggie, no lo sabría nunca. Aunque conocí a su madre un par de veces, así que más o menos me hacía una idea de cómo había sido la cosa.
A Maggie le daría pena que no estuviera aquí para esto. Tendríamos que mencionarla durante la ceremonia.
Me puse algo medianamente decente, es decir, un chaleco de cuero y unos vaqueros que no estuvieran tan destrozados como los otros.
Cogí una gorra para ponérmela luego; probablemente la iba a necesitar.
Pensé en hacerme otra paja, pero no lo hice.
La de la ducha tendría que bastarme durante las próximas horas.
Más fácil decirlo que hacerlo si Maggie aparecía con un vestido blanco la mitad de provocativo de lo que me la había estado imaginando desde que se lo propuse.
Cuando llamé a la puerta de su dormitorio, tardó unos minutos en abrir y el subidón de adrenalina empezó a aflojar. Abrió la puerta con cara de pasmo, y bastante confusa.
Nada de vestido blanco provocativo tampoco.
—Hoshtia puta —farfulló a través del protector bucal—. Ibash en sherio, joder. —Llevaba uno de esos antifaces que usa la gente para dormir subido al pelo, y un pijama de seda puesto.
Hay que joderse.
—¿Estabas durmiendo, joder?
Se sacó el protector bucal, limpiándose la baba con el dorso de la mano. —Bueno, es que yo…
—No me jodas, Maggie. —Pasé junto a ella a grandes zancadas hacia la habitación—. Teníamos un trato.
Miré en el armario. Vacío. Supuse que no le había dado tiempo a ponerse en modo maniática del orden con la ropa y colgarla por colores.
Rebusqué en su maleta, ignorando sus protestas.
Encontré lencería de encaje rosa fucsia y se la lancé.
Lo más parecido a un vestido blanco que encontré fue uno rosa claro, de punto suave y ceñido, que serviría de puta madre.
Cuando me giré hacia ella estaba sujetando la lencería con la punta de los dedos como si fuera la ropa sucia de otra persona. —¡Zane, no puedo casarme con esto!
—No es mi problema. Has tenido como veinte minutos para elegir algo. Necesitamos la licencia de matrimonio antes de llegar a la capilla y la oficina cierra en cincuenta minutos. —Le lancé el vestido rosa y se me quedó mirando, todavía con cara de pasmo—. Ponte esto de una puta vez y vámonos.