Tan canallas como nosotros 9. Maggie
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9. Maggie

MAGGIE

Un rato después, Zane había fumado, y yo le había ayudado. Tenía la vista borrosa y todo parecía genial.

La vida era genial, ¿no?

Tenía el mejor trabajo del mundo. Cada día me levantaba y me sentía agradecida por dónde estaba. Tenía el respeto de mis compañeros, y lo bordaba en lo que hacía. Sabía que me valoraban. Que me necesitaban.

¿Y qué más daba si mi padre no veía lo que yo valía?

Quizá mi «matrimonio» con Zane cambiaría eso. En el fondo, probablemente no. Simplemente tendría que esforzarme más en aceptarlo.

No iba a cambiar a Dizzy Bowman. Era un perro viejo, viejísimo, sin ningún interés en aprender trucos nuevos.

¿Y qué más daba si no tenía amigas de verdad fuera del trabajo? Siempre podía hacer amigas nuevas.

Además… tenía a Zane. Y ahora mismo, eso era todo lo que necesitaba de verdad.

¿Qué más podía necesitar?

Cuando él y yo estábamos juntos —y no sacándonos de quicio mutuamente— todo encajaba. Se sentía bien. Al menos, cuando no estaba intentando meterme mano.

El problema era que esos momentos eran pocos y estaban muy espaciados.

Puede que ese fuera el único problema real entre nosotros.

Estábamos sentados uno al lado del otro, muy juntos, en la gran cama blanca.

Habíamos conseguido mantener una conversación increíblemente interesante sobre los dibujos de Hanna-Barbera, de esas en las que el tiempo simplemente vuela y yo, desde luego, ni me enteré.

Era vagamente consciente de que pronto saldría el sol.

Acabábamos de tener una discusión acalorada y absurda sobre quién conduciría el coche si viviéramos en la época de Los Picapiedra —eh, obviamente los dos; hacían falta muchos pies para mover esas ruedas de piedra, ¿no?

— y qué dinosaurio sería la mejor mascota.

¿Cómo acabamos hablando de Los Picapiedra? Le pregunté a Zane si alguna vez había pensado en casarse con una mujer antes de soltarme la propuesta en la terraza. De verdad pensé que la respuesta sería no. Pero tras lo que pareció una cuidadosa reflexión, dijo: «Betty Mármol».

Un rato después, una vez que acordamos no ponernos de acuerdo sobre los dinosaurios, dije de la nada:

—Ya tenía marido.

Zane puso cara de no entender.

—¿Eh?

—Betty.

—¿Betty quién?

Me reí, y no podía parar de reír. Sentaba tan jodidamente bien hablar de nada en absoluto. Olvidarme de mi padre. Olvidar toda esa noche de locos. Olvidar esa tensión sexual insoportable que me tenía hecha un lío cada vez que me quedaba a solas con Zane.

Podía vivir con ello. Con todo.

Mientras Zane me cubriera las espaldas, podía aguantar lo que fuera, la verdad.

Lo cual me recordó algo.

—¿Qué te ha dicho mi padre? —Me incorporé y me giré para mirarle—. Cuando estábamos bajando de la limusina y Maxxi me abrazó, él se acercó y estuvisteis hablando un momento. ¿De qué hablabais?

Me sostuvo la mirada, con los ojos un poco entornados, y no pude adivinar qué estaba pensando. No sabía si estaba colocado o no.

—Me estaba pidiendo una reunión.

—¿En serio? Dios santo —prácticamente gruñí—. ¡Joder! No me puedo creer que te haya pedido eso en nuestra noche de bodas.

Zane no dijo nada, pero una sonrisa preciosa se le fue dibujando en la cara.

—¿Qué? —Le di un codazo seco.

—Nada —dijo.

—¿Qué le has dicho?

—Le he dicho que nos veríamos. Pasado mañana.

—¿Qué, aquí? ¿En Vegas?

—Sí.

Parpadeé mirándole.

—Tienes un vuelo a las ocho de la mañana o así. Ni de coña Dizzy se levanta lo bastante temprano para eso.

—Ya —dijo, despreocupado.

Poco a poco me fue calando en el cerebro nublado.

—¿De verdad vas a quedar con él como le has dicho?

Se encogió de hombros.

—Es mi noche de bodas. Voy supercolocado de éxtasis nupcial. Ya se me ha olvidado de qué hemos hablado. —Ladeó la cabeza como si intentara rescatar algún recuerdo lejano—. ¿He hablado yo con Dizzy?

Sonreí, a lo grande.

—Eres un marido de puta madre, Zane Traynor.

—Siempre supe que lo sería. —Tenía los ojos clavados en los míos, y estaba tan cerca que sentía su aliento en la cara. ¿Cuándo nos habíamos acercado tanto? Me di cuenta de mi mano, que en algún momento había ido a parar a su muslo, pero no la retiré.

Su mirada bajó a mis labios y se quedó allí.

Yo bajé la vista y la aparté, porque no podía seguir mirándole la cara.

—Tienes unos pies preciosos —susurré.

Podía verlos ahora, asomando por debajo de los bajos deshilachados de sus vaqueros, descalzos, con los dedos fuertes y elegantes moviéndose con energía latente. Como la cola de un tigre agitándose justo antes de saltar.

Cuando volví a levantar la vista, estaba arqueándome una ceja.

Mierda. ¿Acababa de decir eso en voz alta?

Claro… ahora recordaba la otra razón por la que procuraba no beber demasiado en compañía de Zane.

Se pasó la lengua por los labios.

—Como digas una cosa más así, Maggie May, te voy a besar. Considérate avisada.

—¿Qué? ¿Sobre tus pies?

—Sobre cualquier parte de mí.

Resultó que no tuve que decir nada. Simplemente le besé yo primero.

La verdad es que no sabría decir en qué estaba pensando cuando me subí a la cama con él; cuando me acurruqué contra él como si fuera un amigo asexual con privilegios de abrazo inocente, en vez de un putero diabólico y hambriento de sexo con una erección permanente.

Tampoco sabría decir en qué estaba pensando cuando le besé. Si es que estaba pensando en algo.

Al parecer, había tomado justo la cantidad necesaria de alcohol, hierba y rareza a lo largo de la noche para permitirme llegar ahí. Por una vez, sin cuestionar sus motivos ni preocuparme por lo que eso significaba ni advertirme de que estaba cometiendo el error más garrafal del universo.

Simplemente me incliné y le planté un beso.

Sus labios eran suaves y tiernos de una manera que no esperaba. Casi me quedé sin aliento.

Cuando nos habíamos besado justo antes de la ceremonia, y durante, aquellos fueron besos hambrientos, apasionados.

El primero un fuego lento, el segundo una llamarada.

Puede que fueran de cara a la galería. Sinceramente, no sabría decir cuál era el de verdad; si este beso o aquellos.

O quizá todos. Pero me dejé caer en él, en este beso.

Incliné un poco la cabeza cuando profundizó, abriéndome para él.

Enroscó su lengua contra la mía, tentativamente, y cuando respondí con un pequeño gemido que ni siquiera vi venir, me tomó la cara entre las manos y subió la temperatura.

Después de eso, no tengo ni idea de lo que pasó.

Me perdí a mí misma en el incendio que siguió.

Estábamos en horizontal en la cama, morreándonos como animales, y la camiseta de Zane había desaparecido. Quizá se había incinerado. De alguna forma yo estaba debajo de él, y sus manos iban subiendo por debajo de mi vestido… y no quería estar en ningún otro lugar.

—Joder… Maggie… te he deseado… he deseado esto… durante tanto tiempo…

Me devoraba con sus besos, banqueteándose con mi boca, mi cara, gimiendo cuando le devolvía los besos… Y mientras yo jadeaba buscando aire entre medias —porque básicamente se me había olvidado cómo respirar— un pensamiento horrible, espantoso, invadió mi cerebro.

¿Y si algo de esta pasión tenía que ver con el alcohol?

Me separé, jadeando, mareada y sin aliento.

Claro, me había lavado los dientes. ¿Como si eso pudiera, por arte de magia, deshacer todo el alcohol que había bebido? La verdad era que estaba mucho menos sobria de lo que había dado a entender. Estaba bastante segura de que Zane lo sabía.

Pero eso significaba que estaba rompiendo su regla por mí. Y su regla era importante. Su vida dependía literalmente de ella.

Alcohol y mujeres juntos… esa es una tentación con la que no puedo.

Mierda.

Simplemente… joder.

Se me vació todo el aire de los pulmones y el corazón me dio un vuelco muy raro.

Yo no podía ser la razón por la que Zane destrozara su vida.

Espera.

¿Mi corazón?

¿Cuándo coño se había metido mi corazón en esto?

Joder. Mi corazón no tenía permiso para hacer cosas raras por Zane.

Era Zane.

Me estaba mirando, con esos ojos azules nebulosos, la cara un poco enrojecida, la piel algo húmeda mientras su lengua recorría la comisura de la boca. Saboreé su sal al morderme el labio.

¿Cuándo había empezado a hacer tanto calor aquí?

—¿Qué pasa?

—Creo que tenías razón —susurré, con la mano en su pecho mientras le empujaba.

No me soltó.

—Tengo razón en muchas cosas, nena. Sé más concreta.

Me deslizó la mano por detrás del cuello y hundió los dedos en mi pelo, atrayéndome, y dije:

—Puede que no deberíamos hacer esto.

Se detuvo en seco y me miró fijamente.

—¿Hablas en serio?

Asentí. Muy en serio.

—Joder.

Me soltó y se apartó rodando, sentándose en el borde de la cama, de espaldas a mí. Luego se levantó, rápido, y se volvió a poner la camiseta.

Mierda. ¿Estaba cabreado?

¿Y con qué derecho se cabreaba?

Me bajé de la cama a toda prisa por mi lado.

—Tú antes tampoco ibas a hacerlo, así que ¿por qué iba a hacerlo yo?

Se giró y se quedó fulminándome con la mirada. En realidad me alegraba de que la cama estuviera entre nosotros, porque estaba empezando a poner cara de asesino otra vez.

—Porque tú quieres.

—Tú quieres —le solté.

Se pasó la mano por el pelo rubio como una garra, apartándoselo de la cara.

—Joder, tía, llevo seis putos años queriendo esto, ¿y ahora te casas conmigo y sigues diciendo que no?

—Tú dijiste que no.

—Estoy diciendo que sí —dijo, con un reajuste nada sutil de su polla dentro de los vaqueros.

—Porque te has casado conmigo.

—¿Qué coño significa eso?

—¡Significa que todo esto ha sido idea tuya!

Negó con la cabeza. Luego rodeó la cama para poder fulminarme de cerca y yo retrocedí hasta dar con la pared.

—Y tú dijiste que sí —dijo despacio, en un tono jodidamente bajo—. Justo después de que te dijera que no ibas a venirme con estas, ¿recuerdas?

—Dije que sí porque odio a mi padre, Zane.

—Tú no odias a tu padre.

—Sí que le odio.

Respiró hondo, se giró como buscando algo que golpear, luego se volvió y volvió a fulminarme con la mirada.

—Nos acabamos de casar, Maggs…