Tan canallas como nosotros 3. Maggie
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3. Maggie

MAGGIE

Había cagadas, y luego estaban las Cagadas.

Y yo acababa de Cagarla.

A pesar de lo que pudiera parecer, dado que era más bien menuda y me gustaban el maquillaje bonito, las manicuras y los tacones de diez centímetros —con los que seguía siendo menuda—, era una tía dura.

Tenía que serlo, dada la vida que llevaba y el trabajo que hacía.

Lo que significaba que Cagarla como acababa de hacerlo dolía de un modo al que no solía estar acostumbrada.

Mi noche ya había ido mal, ya me habían herido, y ahora acababa de llevar ese dolor de mal en peor.

Y ahora yo, Maggie Omura, la chica dura, la chica «que lo tiene todo controlado», la chica organizada de cojones, la chica siempre armada con un plan, no sabía qué hacer al respecto.

Por una vez, no tenía plan.

No tenía ni la más remota idea.

Recién duchada y envuelta en un albornoz del hotel, me apoyé en el muro bajo de la enorme terraza de la azotea, contemplando las luces centelleantes del Strip abajo, como si pudieran tener respuestas.

Llevaba las gafas de sol puestas, tamizando la noche a mi alrededor, porque notaba un cosquilleo sospechoso en los ojos y nadie me iba a ver llorar.

No es que hubiera nadie alrededor.

Ya había comprobado que Coop y las groupies se habían ido; la sala principal de la suite estaba vacía, la música apagada, y Zane no aparecía por ningún lado. Lo único fuera de lugar era una media de encaje perdida, que deposité en la basura antes de salir a tomar el aire.

La terraza se extendía a lo largo de todo el ático, pero yo me quedé en mi lado. Lo último que necesitaba era pasar por delante de las puertas de cristal que daban al dormitorio principal y vislumbrar a Zane ahí dentro desnudo, haciendo Dios sabe qué.

Ya había tenido bastante de ese hombre y de su polla por una noche.

Solo estás enfadada porque te apartó antes de llegar a la parte buena de verdad.

Madre mía, mamá, a veces eres una pervertida.

Dios, ¿por qué tenía que meterse en esto? No era como si ella no hubiera tomado alguna decisión cuestionable en lo que respectaba a una estrella de rock encantadora y promiscua.

Supuse que esa vena particular de masoquismo venía de familia.

Arranqué el aluminio de la parte superior de la botella de champán y desenrosqué el alambre que sujetaba el corcho. A la mierda con mi padre y su mierda gratis con tantas condiciones. Me iba a beber su champán, porque que le dieran.

Y que le dieran a Zane también. Fuera cual fuera su problema, no era mi problema ni de lejos. Solo necesitaba recordar eso.

«Gestionar» a los miembros de esta banda solo llegaba hasta cierto jodido punto.

Descorché la botella y atrapé con la boca el chorro de burbujas que salió disparado, con la esperanza de poder borrar la última hora y media de mi vida en la dicha inducida por el champán... porque ni siquiera podía procesarlo. Ni siquiera quería.

Besé a Zane.

Y él me apartó de un empujón.

Ah, y luego estaba esa parte superdivertida en la que escupió en la moqueta.

Gracias a Dios, porque fue justo el puñetazo en la cara que necesitaba. Un recordatorio de que lanzarme sobre Zane Traynor era una Cagada completa y absoluta.

Había dejado que se me metiera bajo la piel, cuando hacía mucho tiempo que me había impuesto como norma no dejar jamás que ese hombre se acercara a mi piel.

Y ahora iba a pagarlo en forma de locura.

Mierda.

Ya tenía bastante locura con la de mi padre.

No podía permitirme dejar que la locura de Zane se desbordara más allá de los límites profesionales de nuestra relación solo porque estaba herida y enfadada —la mayor parte de ese dolor y esa rabia mal dirigidos, porque con quien estaba verdaderamente cabreada era con mi padre—, por no hablar de cachonda, humillada y vulnerable, y perdí los nervios, exploté e hice algo totalmente ridículo.

La culpa también era mía. Por mucho que me gustara culpar a Zane, no era exactamente culpa suya que me hubiera lanzado sobre él, por muy capullo que estuviera siendo y por mucho que eso, para mi desgracia e irritación, se interpusiera en las señales entre mi clítoris y mi cerebro.

Actuar en consecuencia —con la rabia y las señales confusas— fue cosa mía, y era totalmente impropio de mí.

Zane, por su parte, simplemente estaba siendo Zane.

Años atrás, él y yo habíamos llegado a una especie de punto muerto en nuestra relación.

Él quería acostarse conmigo. Yo no pensaba acostarme con él.

Ninguno de los dos iba a ceder, y por mucho que chocáramos por eso, en cierto modo también nos respetábamos mutuamente por ello.

Éramos quienes éramos, y así eran las cosas.

Él seguía intentando meterse en mis bragas, porque eso era lo que hacía Zane. Y yo seguía rechazándole.

Simple. Y el sistema nos funcionaba.

Hasta que dejó de hacerlo.

Esta noche el sistema se estrelló y ardió por completo. Todo porque me lancé yo, casi desnuda y furiosa, al otro lado de esa línea crucial que nunca le había dejado cruzar.

En la ducha fría que vino después, la única conclusión a la que llegué fue que, para ser una chica tan lista, a veces podía ser verdaderamente imbécil.

¿En qué coño estaba pensando?

¿Como si fuera a darle una lección a Zane restregándole por la cara lo que quería, de una vez por todas? ¿Como si besarle con rabia por haberme cortado el rollo con mi lío fuera algún tipo de castigo?

¿Y luego qué? ¿Qué esperaba que hiciera?

Meterme mano, seguro.

Intentar follárseme, probablemente.

¿Y entonces yo me reiría en su cara y le apartaría a él de un empujón?

Claro. Supermadurez.

Más probablemente, al paso que iba, le habría follado por despecho hasta el martes.

Gran plan. Como si eso fuera a solucionar algo.

Peor que ser rechazada por él no puede ser, Maggie May.

Sí, gracias, mamá. Eso ya lo he pillado.

Me dejé caer en una de las tumbonas acolchadas y puse los pies en alto, dándole otros cuantos tragos a morro de la botella de champán.

Sí, estaba bebiendo sola y era bastante patético.

Además, estaba teniendo una conversación de ida y vuelta con mi madre muerta dentro de mi cabeza.

Nada nuevo, pero quizá fuera buena idea incluir a otra persona viva en la comprobación de cordura.

Saqué el móvil del bolsillo del albornoz.

Había un par de mensajes de trabajo esperando respuesta; nada urgente, pero contesté.

Luego recorrí mis contactos. En Favoritos tenía a los miembros de la banda —Zane, Jesse, Elle y Dylan—, a mi jefe, Brody, a nuestro jefe de seguridad, Jude.

.. y sí, a mi padre. No es que le llamara nunca.

La única otra persona en la lista era Jessa, la hermana de Jesse, mi amiga que me había presentado a la banda y a Brody al principio.

Me quedé mirando la lista cortísima, pasmada.

¿Cómo coño mi vida personal había quedado reducida a esto?

No era ningún gran secreto que con los años me había distanciado, alejado o directamente había espantado a todas mis amigas de siempre.

No a propósito, pero la vida con la banda, dentro y fuera de gira, y trabajar las veinticuatro horas del día había pasado factura.

No recordaba la última vez que había tenido una conversación significativa con alguien fuera de esta jodida burbujita de rock que era mi vida.

Mamá. Pero ella había muerto hacía tres años.

Podría haber llamado a Jessa, pero sabía que estaba en Nueva York por trabajo, lo que significaba que probablemente estuviera dormida ahora mismo. Eso, o follando. Y no me apetecía interrumpir ninguna de las dos actividades.

Tampoco me apetecía quedar con nadie de la banda. Con la suerte que tenía esta noche, había demasiadas probabilidades de encontrarme con Coop, y eso no iba a pasar.

Zane tenía razón en una cosa. Coop era un blandengue.

Iba a quemar su camiseta junto con mi lencería cara de ligue. No necesitaba ningún recuerdo del peor desastre sexual de mi vida. ¿Rechazada por dos tíos buenos en cinco minutos? Puede que hubiera batido un récord mundial en eso.

Toma ya.

Si mi futura vida sexual iba a acabar tan árida como mi lista de amigas, la cosa no pintaba bien.

Tiré el móvil inútil a un lado y fue entonces cuando me golpeó, con fuerza. Que había roto mi propia regla más importante lanzándome sobre Zane, que prácticamente había vomitado como respuesta, y no tenía a nadie con quien hablarlo. Nadie a quien llamar un viernes por la noche para desahogarme.

Nadie que me quisiera lo bastante como para sacarme de mi bajón y decirme que yo era mejor que esto.

Eres mejor que esto.

Gracias, mamá.

Brindé por eso.

Entonces se abrió una puerta detrás de mí y me encogí.

Por favor, por favor, que sea cualquiera menos Zane. El servicio de limpieza. ¿Coop? ¿Una groupie medio desnuda buscando su media perdida?

No tuve esa suerte.

Zane salió a la terraza pavoneándose, seguido del servicio de habitaciones.

Me negué a mirarle, concentrándome en cambio en la bandeja gigante que el chico sacó y colocó en la mesa baja junto a mi tumbona.

Tenía un bol de helado de vainilla y una jarrita de cristal de lo que tenía que ser sirope de chocolate, una pila de revistas basura y una copa de martini llena de gominolas —solo rojas, naranjas y moradas.

Todo lo que más me gustaba para un humor de mierda.

Zane le dio propina al chico del servicio de habitaciones y, en cuanto se fue, me quitó la botella de champán de la mano.

Sus dedos rozaron los míos y capté de nuevo su olor.

.. las tripas retorciéndoseme cuando el recuerdo de nuestro beso me atravesó.

Aún podía sentirlo. Aún podía saborearlo.

Y con la suerte que tenía, ahora sabía que Zane olía casi tan bien como sabía.

.. a hombre crudo y limpio, puro sexo y problemas de cojones.

Nunca acababa de identificar ese olor suyo tan deliciosamente enloquecedor.

Un toque de acero frío y cuero cálido...

¿y algún tipo de especia? ¿Cardamomo recién molido y clavo?