Tan canallas como nosotros 2. Zane #2
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2. Zane #2

Ahí de pie, de espaldas a la puerta del dormitorio, me devanaba los putos sesos intentando averiguar con quién coño había follado Maggie en Navidad.

¿Coop?

¿Algún otro imbécil?

Que yo supiera, no estaba saliendo con nadie de forma regular.

Maggie nunca había tenido novio en los años que la conocía.

Había visto a Coop comiéndosela con los ojos.

Le había visto flirtear con ella, pero menuda novedad.

¿Quién no flirteaba con Maggie? La mitad del equipo estaba coladísima por ella, pero la tía era tan jodidamente profesional y tan de «aquí se viene a trabajar» que apenas parecía darse cuenta.

Salía de fiesta tan rara vez que me había acostumbrado bastante a decirme que, si no me la estaba chupando a mí, al menos no se la estaba chupando a otro.

Ahora tenía una imagen mental. La dulce Maggie, de rodillas, chupándosela a Andy Cooper... jooooder. La oleada asesina de testosterona y adrenalina me puso la polla tan dura que sentí que se me iba a partir en dos.

Mierda.

Igual sí que era un puto idiota.

Dos tías buenísimas, cachondas y dispuestas, estaban dándose el lote justo delante de mí, y yo tenía la cabeza en la habitación de al lado.

Pero no me extrañaba. Llevaba años cachondo por Maggie, una de las poquísimas mujeres con las que había pasado más de una hora y que no había abierto las piernas para mí. Años. ¿Y ahora se lo estaba dando a Coop?

Que le den.

¿Quién coño se creía que era?

El capullo se había cargado el chollo de su banda a costa de Dirty en el mismo momento en que le respiró encima a Maggie. Yo daba la orden y los Pushers se quedaban fuera de la próxima gira, y eso me producía una sombría y puta satisfacción.

¿Lo haría de verdad? Quizá.

Dependía de cómo se desarrollaran las cosas esta noche.

Cogí el mando para bajar el volumen de la música. Una pena. Era Woman de Wolfmother, una canción decente para follar.

Me gustaba el sexo como me gustaba la música: fuerte y duro.

Ni idea de cómo se había colado Marvin Gaye en la mezcla. Probablemente mi gracioso batería, tocándome los cojones.

Me quedé escuchando, pero no oía una puta mierda de la habitación de al lado.

¿Qué clase de sexo incómodamente silencioso y educado estaban planeando esos dos? ¿Qué estaban haciendo ahí dentro, ahora mismo?

¿Y cuánto tiempo iba a dejar que esto siguiera?

Según mi móvil, habían pasado tres putos minutos desde que Maggie cerró la puerta. Me parecieron una maldita hora.

Pero cuanto más dejara pasar esto, peor sería para Coop cuando le echara a patadas. Sí, era un cabrón sádico. No me importaba lo más mínimo estar a punto de cortarle el rollo a un hermano.

No cuando estaba ahí dentro ahora mismo con Maggie, preparándose para meterle la polla.

Ya. Hasta aquí habíamos llegado.

Aporreé la puerta del dormitorio con el puño. Con fuerza.

Medio minuto después, Coop abrió.

—¡Maggie! —bramé por encima de él—. ¡Mueve el culo hasta aquí!

—¡No le dejes entrar! —gritó Maggie desde dentro—. Es como un maldito vampiro. Le invitas a entrar y le das poder.

Los ojos de Coop se entrecerraron un poco mientras me evaluaba, y cada músculo de mi cuerpo se tensó. Estaba bastante seguro de que olía la lujuria y la frustración que desprendía, pero simplemente se encogió de hombros.

—Lo siento, tío.

Empezó a cerrar la puerta, pero la paré con la mano.

—Voy a entrar a hablar con Maggie —dije con calma—. Puedes apartarte o puedo pasar por encima de ti.

Me evaluó otra vez y flexioné la otra mano a mi costado, un par de nudillos crujiendo al cerrar el puño. La adrenalina me recorría el cuerpo. Nunca habría pensado que Coop lo tuviera en él, pero hostia. ¿De verdad estaba considerando pelear conmigo por Maggie?

Me había pasado años de crío recibiendo hostias de tíos mucho más duros y mucho más cabrones que Coop, y espabilas, si pierdes suficientes peleas, al final aprendes a ganar. Lo que significaba que si Coop se enfrentaba a mí, iba a perder esta pelea seguro.

Y él lo sabía.

—Lo que sea —masculló, y abrió la puerta.

—¡Joder, Zane! —Maggie saltó de la cama, tirándose de la camiseta para taparse. Seguía llevando la camiseta de Coop—. ¿Qué quieres?

—¿Que qué quiero? —La encontré en medio de la habitación y, cuando estuve en su cara, la devoré con una mirada dura y ardiente, follándomela con los ojos, ya que esa era la única forma en que podía follármela—. ¿De verdad quieres que te conteste a eso, nena?

—¿Tenéis una mierda que resolver vosotros dos? —preguntó Coop, apartado a un lado, pasándose la mano por el pelo.

—Sí —dije, en el mismo exacto instante en que ella dijo:

—No.

Nos quedamos ahí a un palmo de distancia, yo devorándola con la mirada y vibrando de adrenalina, la polla firme, ella fulminándome con los ojos, el pecho subiendo y bajando sin pestañear.

—Sí, me voy a ir.

—Guay —dije, mientras Coop se dirigía a la puerta—. Hay un par de tías en la otra habitación. Son tuyas si quieres. Solo llévatelas cuando te vayas.

—Vale, hermano.

A Maggie se le cayó la mandíbula.

—Andy. —Miró de mí a él mientras se detenía en la puerta. Luego se acercó a él—. Tengo tu camiseta —dijo, claramente incapaz de procesar qué coño estaba pasando.

—Quédatela —dijo él. Luego le dio un besito casto en la frente y se fue, cerrando la puerta tras de sí.

Maggie inspiró hondo, con un aliento entrecortado, y lo soltó entre los dientes apretados. Los hombros se le vinieron abajo al girarse hacia mí.

—¿Me estás tomando el pelo?

Me encogí de hombros.

—Se asusta fácil, Maggs. Y ha sido bastante rápido en reemplazarte. Mejor que te enteres ahora.

Se quedó ahí echando humo, un poco como un toro joven a punto de embestir. Luego tomó unas cuantas respiraciones lentas y medidas. Se acercó y se plantó delante de mí. Sus ojos grises se encontraron con los míos, tan jodidamente impresionantes contra su piel color miel.

—Espero que te haya divertido. Porque a mí me ha jodido de verdad.

—Maggie...

—Ni se te ocurra. Coop es un buen tío, y tú acabas de tratarle como...

—Coop es un blandengue —solté entre dientes—. Acaba de largarse. Mientras llevas su camiseta. ¿Y por qué no te quitas esa mierda? Date una ducha de paso, que apestas a bajista zalamero.

Sí.

Buscapleitos.

Pero hay cosas que simplemente hay que decir.

Maggie me miró fijamente y un silencio feo, cargado, horrible de cojones cayó tras mis palabras. Separó los labios... luego cerró la boca. Le tembló la mandíbula, le temblaron las pestañas, y durante un minuto horrible pensé que iba a llorar.

Pero en vez de eso frunció el ceño y algo crudo le brilló en los ojos, entre el dolor y la rabia.

—¿Ah, sí? —Se quitó la camiseta por la cabeza y la lanzó al otro lado de la habitación—. Bueno, la camiseta no es lo único que ha tocado. —Se quedó ahí en sus diminutas bragas verde neón y nada más, y se me desencajó la mandíbula.

No tenía palabras.

Ni. Putas. Palabras.

Nunca había visto tanto de Maggie. No podía creer cuánto mejor era la realidad que mi imaginación, y había pasado mucho tiempo imaginándomela.

Me bebí sus curvas menudas, la suave redondez de sus pechos, sus pezones duros de un rosa oscuro y tenue mientras su pecho subía y bajaba con la fuerza de su respiración entrecortada.

Luego tragué saliva, con fuerza, y apreté los dientes. Me metí las manos en los bolsillos de los vaqueros.

Tenía que hacerlo, o iba a agarrarla, tirarla en la cama y devorar cada centímetro de esa piel suave y preciosa.

—Supongo que debería quitarme esto también. —Tiró de la puntilla transparente de sus bragas y mi polla alcanzó un nuevo nivel de dureza, algo así como acero reforzado. Luego su dedo me tocó la barbilla, guiando mis ojos hacia arriba—. Que te jodan, Zane.

—Vale —dije—. Si te va eso, puedo enseñarte un par de cosas.

Soltó un ruidito ahogado, negando con la cabeza incrédula. Sus ojos no abandonaron los míos y seguía ahí, lo crudo y la rabia, la mandíbula endureciéndose como si estuviera luchando contra la necesidad de arrancarme la cabeza de un mordisco.

—Ay, joder —siseó—. ¿Eso es lo único que quieres siempre? En serio. Pero. Qué. Cojones.

Y se lanzó contra mí.

Maggie era una mujer pequeña, pero me pilló tan de improviso que me tiró de rodillas cuando estampó su boca contra la mía.

La cogí en brazos, por los pelos, y sus piernas me rodearon las caderas mientras me besaba con una rabia vengativa, todo labios furiosos y dientes, sus manos arañándome el cuello, las uñas clavándose.

Hostia puta...

Maggie me estaba besando.

La agarré con fuerza y le devolví el beso como si mi vida, mi siguiente puto aliento, dependiera de ello, el corazón abollándome el pecho mientras el cerebro se me iba completamente.

Lo único que podía pensar era: Si me la follo aquí mismo en el suelo, ¿me odiará por ello?

Porque las tripas me decían que la dejara en el suelo.

.. que la soltara, que me alejara de una puta vez.

.. que esto no estaba bien, que Maggie no iba a estar contenta con esto aunque ella lo hubiera empezado.

.. Pero mi polla solo quería hacerla gritar y resolver el resto después, y mi polla era un cabrón testarudo.

Le atrapé el labio inferior con los dientes y, cuando soltó un jadeo entrecortado, mi lengua se hundió en ella como un misil teledirigido. La saboreé como había querido hacerlo durante putos años, desesperado por tenerla, como fuera, enfadada, arañándome, me daba igual.

Y entonces lo noté, y casi me dio una arcada.

El sabor del alcohol. Fuerte y ácido... repugnante... y totalmente jodidamente embriagador.

Y me lancé de lleno.

Le metí la lengua en la boca como si estuviera follándome a lengüetazos el cuello de una botella, chupando con fuerza, el éxtasis de ese sabor y una avalancha brutal de recuerdos golpeándome en la nuca.

Luego me controlé. Casi me dio otra arcada.

Me arranqué con tanta fuerza que la aparté de un empujón.

Escupí ese sabor agridulce en la moqueta y me restregué la boca con el dorso de la mano.

Sí... no fue lo mejor que se puede hacer después de besar a una mujer. Estaba más o menos a la altura de reírse de ella y vomitar.

Lo vi en sus ojos grises... el momento exacto en que empezó a odiarme. O al menos, a odiarme más de lo que ya lo hacía.

Se le cerró la cara y se cruzó de brazos sobre el pecho mientras estaba ahí sentada en el suelo mirándome, casi desnuda con sus bragas de encaje, pareciendo pequeña y tan jodidamente vulnerable que me destrozó.

—Eres un mentiroso de mierda —susurró.

—Maggie...

—Fuera.

Y por una vez, no había discusión posible. Era el mayor gilipollas del mundo, y ahora ella tenía la prueba.

Me largué de una puta vez.